Conocí la muerte

Por fin entró en mi celda, pero lo encontré muy raro:

—¿Ocurre algo, Dectar? —le pregunté.
No me respondió y no dejaba de mirarme.

—¿Le ocurre algo al niño? —volví a preguntarle
Entonces me contestó:

—Discípulo de sacerdote de Isis, continuaremos hablándole de las leyes de este Templo, que hicieron grande a Isis.
Lo observé y creía estar viendo a un loco.
Sintonicé como un rayo con él, pero mi maestro, amigo y hermano estaba completamente blindado para mí.
Me estremecí de miedo y pregunté:

—Dime, Dectar, ¿pasa algo?
Pero hizo como si fuera aire y continuó:
—Tiene que escucharme y no hacer preguntas.
Soy su maestro y los sumos sacerdotes quieren que usted me escuche.
De nuevo pregunté:

—Dime, Dectar, ¿qué pasa?
¿Hay peligro?
Habla y no me dejes preocupado.
—Soy su maestro y profesor, no se olvide de ello.
Entonces comprendí que algo pasaba.
Me llegó una terrible influencia.
Quería descender en él, pero me era imposible encontrarlo.

—¿Estás loco, Dectar?
¿Estás disolviéndote?
—No debe pensar usted de esta manera, discípulo de sacerdote, o estará destruyéndose.
Se olvida de que soy su maestro.
Esto me bastó y dije:

—¿Me habla completamente en serio, Dectar?
Contésteme la pregunta.
—Soy su maestro y usted ha de obedecerme.
No deseo que me busque.
Las leyes de este Templo se lo prohíben y usted tiene que seguirme en todo, e inclinar la cabeza, o sabrá lo que son las leyes.
—Ay, canalla, farsante, mancillas el verdadero amor, vete, vete de mi celda o te estrangulo.
Te maldigo, animal ruin, demonio, largo te digo o me olvido de mí.
Mi poder es grande y te aplastaré (—terminé).
Me atravesaba los ojos con los suyos, pero yo ya no sentía a mi amigo.
Dectar había muerto para mí.
Sentía odio por él y por todos que se hacían llamar maestros.

—Eres un traidor, un canalla, mancillas a mis padres y a ti mismo.
Vete, sal de mi celda, aquí no te quedes más (—añadí).
Se quedó lanzándome una mirada penetrante, pero sin decir palabra.
Era como una esfinge, envuelto en misterio que ahora me era imposible calar.
Qué horrible, me sentía engañado.
Me brotaba un odio rabioso, la sangre se me disparaba a la cabeza y me latía el corazón en la garganta.
Me levanté de un salto para estrangularlo, pero al saltar fui presa de una sensación paralizante, y volví a desplomarme sobre el lecho de reposo.
Allí seguía él, mirándome.
Me recompuse de inmediato y volví a maldecirlo.
No dejaba de mirarme.

—¿Qué quiere de mí, cómo he de hablarle?
¿Cómo desea el reverendo que me dirija a él?
Farsante —añadí.
Si no fuera tan profundamente triste me resultarían asombrosos sus melindres, pero él iba completamente en serio.
Allí estaba, como un gran misterio.
Volví a preguntarle:

—¿Hay algo, Dectar?
Silencio.
Otra vez me asaltó ese odio rabioso, más rabioso que nunca, y lo maldije.
Me puse sarcástico y pregunté:

—¿No querrá sentarse el maestro encima de las nubes?
¿No querrá ver a quienes lo deformaron?
¿No querrá saber si hay más animales en uno solo?
Vil farsante, ingrato, destructor de todo, de mi felicidad y de mi vida.
Lo odio, maestro de Isis.
“¿Te cuidarás bien?
Seré un padre y una madre para ti, querido Venry, y te daré todo mi amor.
Cómo agradecérselo a los Dioses.
Cómo he rezado por este ser uno”.
Te maldigo (—concluí).
Me atravesó una corriente helada.
De nuevo intenté descender en él, pero estaba blindado para mí.
No lo entendía, pero tenía que aceptarlo.
Nuestro muro se había derrumbado, me encontraba encima de una ruina.
Aun así, volví a sintonizar con él, porque me resultaba imposible aceptarlo.
Había una fuerza alrededor de él, una fuerza asombrosa y me parecía sentir ese blindaje.
Sin embargo, volví a sacudirme todo mi ver y sentir, porque ya no me creía a mí mismo.
Cuando me calmé un poco le podría haber perdonado todo, pero seguía sin darme cuenta de que lo había perdido como hermano mío.
Una cosa sí me había quedado clara: en concentración era mi maestro.
Así que me había equivocado conmigo mismo, porque creía estar preparado, y sin embargo no podía descender en él.
Su alma estaba cerrada, completamente blindada para mí.
¿O es que estaba jugando?
¿Iba completamente en serio?
Aún me era imposible aceptarlo.
Todavía le pregunté:

—¿Podría conectarse el maestro conmigo en el espacio?
Me quedé esperando una respuesta, pero creí morirme cuando me respondió:

—Si no desea morir, piense entonces solo en Isis y su sacerdocio.
El sumo sacerdote de Isis me encargó ir a verlo con usted.
¿Me sigue, por favor?
—¿Cómo dice usted?
—¡Quería decirle que pisará suelo sagrado y que tiene que seguirme! (—dijo).
Este hombre se me hacía horrible.
Él me era un misterio, pero había vuelto a hacerme con mi autocontrol.
Añadí:

—¿Es así el amor de usted?
¿Qué dirá mi líder espiritual de esto?
—¿Está preparado, discípulo de sacerdote?
—Sí, maestro —dije, pero por dentro lo maldecía.
Pero no quería destruirlo todo y añadí—: Estoy preparado, maestro Dectar, nunca antes lo había estado tanto como ahora, estoy preparado, si quiere se lo repito: estoy preparado.
Pero no reaccionó ante ninguna de mis palabras y lo seguí hasta los maestros.
Me sentí siglos más viejo en este breve lapso de tiempo.
Entramos en el santuario de los maestros.
El supremo sacerdote estaba acompañado de tres maestros más.
Dectar se acercó a ellos y dijo mientras creía volverme loco:

—Padre, maestro de maestros, jefe del Templo de Isis, mi discípulo no obedece las leyes (—comentó).
Eran mentiras.
Dectar, ¿quejándose de mí?
‘Está loco’, pensé.
No obstante, mantuve la calma, pero ya no me sentía.
Los maestros sintonizaron conmigo y me sondaron.
Estaba yo aquí como un niño, pero no sentía a mi líder espiritual de ninguna manera.
¿Me dejaba solo en esto?
Mi padre me taladró.
Y me dijo:

—¿Por qué no se toma usted su tarea en serio?
No respondí.
—Hablará, discípulo de sacerdote (—añadió).
Dije, pero a través de otra fuerza que de pronto planeaba en mi interior y alrededor de mí:

—Realmente, no sé por qué estoy aquí.
No soy consciente de haber hecho nada malo y me esfuerzo todo lo que puedo.
Sé cómo es mi vida y estoy agradecido a los Dioses por poder contribuir a hacer grande a Isis.
Para ello me daré por completo y asimilaré todas las leyes.
También intentaré pensar de manera más profunda y natural, y me prepararé.
¿Podría brindarme usted esta gracia?
Serviré y me entregaré a ello en cuerpo y alma.
—¿Puede confiar usted plenamente en su maestro?
¿Quiere seguirlo en todo?
—Si pudiera acusarme a mí mismo de deslealtad, gran maestro, entonces apuñalaría mi corazón y sacrificaría mi alma a los Dioses, o le pediría a usted cómo liberarme de ello, para hacerme con las leyes del Templo de Isis.
—Es usted vigoroso, pero aún muy joven.
Ha de saber que lo estamos ayudando.
Le pedimos su completa entrega, todos hemos podido seguirlo y las quejas del maestro Dectar están justificadas.
Tiene que sintonizar más claramente, sobre todo cuando descanse y finalice sus quehaceres diarios.
Se toma usted descansos y duerme, pero en el sueño ha de permanecer despierto.
En usted no hay una seriedad sagrada y está jugando con su vida.
Hubo un profundo silencio y una nueva sintonización conmigo; mi padre dijo:

—Aún no es usted nada, discípulo, se pierde en su propia vida y no es un conocedor de la muerte, su camino es intransitable.
Ya habría podido avanzar mucho, pero no hay seriedad en usted.
Queremos que sirva y que obedezca las leyes.
Ahora comprendo por qué el maestro Dectar se queja de usted.
Nosotros, como maestros de este Templo, queremos que haga todo para trabajar en sí mismo.
Considero que no conoce usted la muerte, y ha de ser uno con ella.
Se olvida de que vive entre la vida y la muerte (—dijo).
A Dectar dijo:

—Váyase ahora, maestro Dectar, y obedezca mis órdenes.
Seguí a Dectar al exterior, pero no lo sentía, seguía inalcanzable para mí.
Mi amigo estaba muerto.
Me dolía y volví a la celda arrastrándome.
Cuando entramos en ella me asusté.
Donde había estado mi lecho de reposo había ahora un féretro.
Comprendí este castigo, Dectar me había hablado de él.
¿Por qué se me castigaba?
El calor que había sentido en él había desaparecido.
Tenía ganas de llorar de pena y dolor.
Me dijo:

—Ya lo ve, discípulo de sacerdote, le espera la muerte y puede dormirse.
Es para que se haga uno con Su Majestad la Muerte.
Ahora la conocerá, porque detrás de ella vive su propio saber y la razón por la que está usted aquí.
Está jugando un juego con usted mismo.
Por eso, hágase uno con ella, y usted sabe por qué esto es así.
Ahora duerme en una cama que nos espera a todos, pero ahora usted ya la está conociendo.
En ella oirá el latido de su corazón, al que se llama la “muerte”, y aprenderá a aceptarla, para que haya en usted seriedad sagrada.
‘Pero, Dectar, ¿realmente eres tú’, me pregunté, ‘o estás poseído, o eres una de todas esas horribles personas que he conocido aquí?’.
Pero no me sentía, ya no quería sentirme ni comprenderme.
‘Pues bien’, pensé, ‘muy bien, a partir de ahora seguiré mi propio camino.
Para mí has muerto’.
—Vaya adentro, discípulo de sacerdote de Isis, tiéndase y duerma, si cree poder hacerlo (—dijo).
Lo miré, pensativo, pero reiteró:

—Vaya adentro, discípulo.
Me acosté en mi féretro.
En cada esquina ardía una pequeña luz, mi lecho mortuorio era espléndido.
Cerré los ojos.
Aparte del taparrabos no llevaba nada más.
Extendí los brazos a mis costados y sentí la intensa incidencia de Dectar.
Entonces sentí que me entraba un nuevo mundo, que me hacía uno con Su Majestad la Muerte.
Me era imposible dormirme y empecé a pensar.
Lo primero que hice fue rodearme de un nuevo muro; el de los dos había quedado destruido.
Ahora tenía que pensar en mí mismo, sentir y comprender la seriedad de mi presencia aquí.
Aún sentía a Dectar, pero a la vez, que se iba.
Mientras sucedía creí que se me partía el corazón.
Me había quedado a solas con la muerte.
Entonces me saltaron las lágrimas.
Estuve llorando toda la noche y hasta entrada la madrugada, incapaz de parar.
Por fin recuperé mi autocontrol.
Sin embargo, empecé a sentirme algo más relajado, volví a reconstruir mi propia personalidad y me puse a pensar de nuevo.
Pero ahora ya no como antes.
Me sentía del todo desvinculado de mi maestro; era lo que había intentado conseguir.
Sintonicé con mi nuevo estado.
Aun así, volví a él y otra vez le fui haciendo preguntas.
Dectar era un demonio o ya no era normal.
Si me había olvidado de mí mismo, entonces ¿por qué no me habían destruido?
¿O tenía que cometer estupideces aún mayores?
Cuanto más pensaba, más confuso se hacía todo lo relacionado con él.
Qué hermoso había sido nuestro vínculo y nuestro ser uno, pero de eso ya no quedaba nada.
Había sido para mí como un padre y una madre, y ¿ahora este final?
No había quedado nada.
Iba a levantarme ahora mi propio muro y protección, y dentro de estos me mantendría.
No sentía a mi líder de ninguna manera, quizá también él estaba enojado.
Si era así, ya no me creería nada ni quería volver a oír su voz, y era él también uno de los demonios.
Qué peligrosa era esta vida.
Aun así me propuse entregarme por completo a mi tarea y prepararme para alcanzar el sacerdocio.
En estas pocas horas ya me había convertido en una persona completamente diferente.
Ahora solo tenía que continuar, pero los retaba a todos, por grandes que fueran.
Si me castigaban más todavía, les mostraría que Dectar era un loco.
Sin embargo, tenía que tener cuidado.
Y si aquí él me hacía la vida imposible, pediría otro preceptor y así me lo quitaría de encima.
Hasta aquí había llegado, y sin hacer nada hice la transición a mi nuevo estado.
Me llegaba la muerte.
Estaba en mi féretro.
A mi alrededor había un ambiente con decoración festiva, en cada una de las cuatro esquinas ardía una luz en su honor.
En la tierra la gente moría, y sin embargo ni siquiera era posible morir verdaderamente.
Pero entendí muy bien la sagrada seriedad de este castigo.
Era para destruir mi juventud.
¿Estaba jugando yo con los milagros?
El peligro ¿era aún más grande que lo que pensaba y sentía?
Seguía sin saber nada de mi líder espiritual, pero seguramente estaría al corriente, lo sabía todo de mí y de Dectar.
Esto significaba morir.
Pero detrás de esto había un poderoso espacio.
Estaba conociendo esta majestad y seguí pensando toda la noche, porque no podía dormirme.
¿Se me mantenía despierto?
Durante todo ese tiempo había seguido varios lechos de muerte, que podían ser vividos por la gente; este en el fondo era el más hermoso de todos.
Ahora moriría en completa serenidad y podría prepararme para ello.
Otras personas, a su vez, morirían de otra manera y para muchas era un proceso poderoso que no se esperaban.
Naturalmente, no estaban preparadas ni listas para este gran acontecimiento.
Toda esa gente estaba preparada y completamente lista para miles de cosas vacuas, pero no para ella, para esta imponente grandeza.
Casi no se pensaba en ella.
A esta gran Reina, aunque tan repugnante al parecer del hombre, no se le prestaba ni un pensamiento, nada.
Visitaba a la gente de improviso, anunciándose: había que aceptar y ocurría lo inexorable.
Pero entonces, ¿qué ocurriría entonces?
Seguí a esta Reina en su viaje inhumano, porque sembraba dolor y pena, nada más que miseria, y sin embargo era tan tierna, tan increíblemente buena, pero eso nadie lo comprendía; la gente no lo quería comprender.
Este secreto solo se conocía aquí y en otros Templos.
Las personas lo querían saber todo de los demás y se contaban sus experiencias, pero ni una hablaba con amor de ella, a quien solo ahora estaba conociendo claramente, por lo que me entró una sagrada seriedad.
Ahora que estaba conectado con ella casi podría estarle agradecido, porque servía para mi formación.
Lo que estaba sintiendo y experimentando era poderoso.
Si Dectar aún fuera mi amigo, ahora podría sentirme muy feliz, porque me seguía doliendo haberlo perdido.
Mis padres ya habían conocido la muerte y ahora comprendí lo asombrosamente profunda que era mi madre.
Me acordé de sus palabras: “¿Adónde iríamos, querido Venry, si todos los caminos estuvieran obstruidos?”.
Y también decía: “Si quieres seguir viviendo, Ardaty, muere conmigo”.
Cuando uno se moría era cuando en realidad por fin se vivía.
Madre era grande, tenía conciencia interior y yo esperaba también alcanzar esa conciencia, y asimilarla.
Y estaban en vida, ella y Ardaty.
Aun así, habían fallecido, pero no en un féretro: su muerte había acaecido a causa de los elementos de la naturaleza.
Habían depuesto la vida terrenal y recibido una nueva vida, una vestidura bellísima y la felicidad de su propio paraíso.
Quien no estuviera preparado sentía miedo y temblaba ante la muerte.
Ese castigo en el fondo era bueno para todos, porque así se aprendía a pensar y a amar todo lo que era bueno.
Para muchos suponía una formación interior, haciéndolos despertar en poco tiempo y hacerse interiormente más grandes y conscientes, como me pasaba ahora a mí.
Entonces no les podría llegar de improviso, estarían prevenidos de que llegaría, en el fondo estarían siempre preparados, y así no habría que estar esperando.
Podías hablar con ella, porque esta Reina era muy sabia.
Conocía a todo el mundo, los animales, la vida de las plantas y flores, todas las vidas, porque podía seguir la vida interior.
Calaba la grandeza del alma, le bastaba con mirar y sentir, y en eso era infalible.
Para ella no era morir, ni pena, ni dolor, sino un viaje hacia la eternidad.
Yo había estado allí hacía poco, aunque toda esa experiencia hubiera sido horrible.
Y sin embargo oí que dijo:

—Entre las personas se me odia, Venry.
¿Por qué la gente me odia?
Porque no me conocen.
¿No ves todas esas cosas preciosas, como las flores, los hermosos árboles y todas esas preciosas casas y edificios, sin olvidarnos de los Templos?
Y luego todas esas personas y animales que llamé hasta mí.
Cuando estoy triste, Venry, solo es porque no quieren conocerme.
No hay ni una sola persona en la tierra, querido Venry, que me ame verdaderamente.
Y ¿no me preocupo por ellas?
Naturalmente, han de encargarse de que no alberguen odio, que estén en armonía con mi vida.
Pero tienen que quererlo, Venry, obligarlas a ello, eso no lo hago.
Oh, observa, Venry, cómo son las casas que habitan, no aquellas chabolas ni cavernas en que viven en la tierra, no, hijo mío, son edificios grandes, enormes, hasta Templos que reciben de mí.
Y todos esos edificios están decorados, allí acuden pájaros que cantan mi canción, la canción de la alegría y felicidad, del ser uno, del amor sagrado, querido Venry.
Y sin embargo me odian, soy odiada, pero me conocerán como tú me ves ahora y como ya me conoce tu madre.
Las personas en la tierra piensan en todo, pero no en mí.
Solo cuando me presento.
Y créeme, querido Venry, siempre aplazo mi llegada en lo posible, porque sé a quién y qué aman.
Creen que los ayudaré para suplicar más fuerzas, pero eso es demasiado necio, demasiado sencillo, demasiado infantil, estimado Venry, lo tienen que querer ellas mismas.
Pero no en el último instante de todos, Venry, no cuando les pido que me dejen entrar, porque entonces ya no sirve y es demasiado tarde.
Entonces tengo que actuar sin que pueda haber compasión en mí, estimado Venry.
Entonces soy implacable y terrible, por lo que la gente se pone a llorar sin poder parar.
¿Crees, querido Venry, que no tengo un corazón por el que corre sangre?
Late de alegría y felicidad, como el de los seres humanos.
A sus ojos soy la destructora de toda su felicidad, me odian como no se odia a nadie, pero mira en mi corazón, Venry, y conóceme ahora.
Verás, Venry, cuando llamo a mí a personas mayores, a veces sus sentimientos y pensamientos son bondadosos y cariñosos, debido a que es mejor que vengan a mí, en lugar de quedarse allí y solo complicarles la vida a los demás.
Pero, ay, hijo mío, cuando llamo a su hijo o persona amada porque debe continuar aquí, debido a que se agotó su tiempo y vida allí, entonces me maldicen, odian y vilipendian como a nadie más en la tierra.
Pero cuando voy tienen que venir a mí porque tienen que conocer las leyes en mi mundo y terminar su vida allá.
A veces me retiro en soledad y reflexiono sobre todas estas cosas, toda su pena y dolor, pero no puedo actuar de otra manera, querido Venry, tienen que venir a mí, a fin de cuentas soy la eternidad.
Cuando después de nacer alcancé la edad adulta y tuve que comenzar la tarea que me habían impuesto los Dioses, entonces, querido muchacho, me puse furiosa y planeé por mi casa, me fui de este a oeste, de sur a norte, a la velocidad de un rayo por el universo, para aplacar mi ira y olvidar mi dolor y todo ese odio.
Aun así, no me fue posible librarme de ella, a fin de cuentas mi tarea es así, dura, severa y terrible, e incliné la cabeza, porque las leyes son así.
A ti sí estoy dispuesta a contártelo, querido Venry, porque ahora que estás solo en la vida y has de seguir por tus propias fuerzas me puedes seguir y escucharme bien.
Pues bien, pasaron siglos, Venry, sin que pudiera hacer ya otra cosa que vaciarme llorando.
¿Tan extraño te parece?
Tú también te vaciaste llorando, ¿no es cierto?
No obstante, después también yo me sentí animada, me puse a trabajar otra vez, repasé esos sentimientos humanos y los llamé a mí, pero sin compasión, sin perdón, ya fueran reyes o emperadores, ricos o pobres, cada cual tenía que venir, y así fue, Venry, mis órdenes los aniquilan.
Cómo sufrí, hijo mío, y sigo haciéndolo, porque me odian.
Naturalmente, en lo que vivo eso lo compensa todo, los Dioses me dieron el espacio; las estrellas y los planetas me pertenecen y son los ornamentos de mi propia casa.
Y, además, la luz y las tinieblas y todos esos mundos que ya has conocido.
¿No es maravilloso?
Claro, querido muchacho, todas esas posesiones me dieron fuerza y poder, pero también responsabilidades.
Los Dioses también me siguen a mí, pero el Dios Supremo, querido Venry, a veces me llama igualmente, y entonces he de contar clara y nítidamente cómo están todos sus hijos.
Las personas en la tierra creen que su Dios no lo sabe, Venry, pero yo también he de obedecer las leyes.
Alguna vez cada miles de años —porque ya sientes que vivo en un espacio inconmensurable— tengo que presentarme ante “Él”.
Deberías poder escuchar nuestra conversación, querido Venry, porque es muy instructiva.
Entonces yo también tengo que responder a todas esas preguntas.
Créeme si te digo que a veces intento callarme cosas por el bien de las personas, para ahorrarles a muchas pena y dolor cuando veo que se esfuerzan mucho.
Algunas veces lo consigo, cuando el Dios Supremo está de buen humor, entiendes, pero muchas veces me observa y entonces sé que me está calando.
En el fondo Él lo puede ver todo, pero entonces tiene compasión.
Aun así, dice Él, no se ha de tener compasión por todos esos hijos, porque así no aprenden y no volverán nunca conmigo.
Y esa sin duda es la intención, querido Venry, porque todos esos hijos son Dioses, son hijos del Dios Supremo.
Cuando estoy allí y acudo a Él, llegan los ángeles y atenúan mi pena, y recibo todo.
Cantan y bailan, querido Venry, ¿y eso en el espacio?
Es inaceptable, hijo mío, pero allí todos son felices, ya no albergan nada que los trastorne.
El palacio del Dios Supremo está hecho de materia etérea.
Cuando Sus hijos hacen el bien, viven en amor y se aman con sinceridad eso agranda Su palacio y los cristales se hacen de oro y plata, y entonces el cántico de los ángeles es tan nítido como la irradiación que solo posee el Loto.
Y cada pensamiento bueno representa a un solo hijo, es una sola partícula de Su poderoso sentimiento, que es el espacio inconmensurable donde Él vive.
Pero cuando las personas odian, estimado Venry, entonces allí también se estremece y tiembla todo, y el Dios Supremo ve lo que hacen y eso queda anotado.
Después de recuperar todas mis fuerzas he de volver a la tierra y a todos esos otros cuerpos.
Y así vuelvo a estar rodeada de todos aquellos que me maldicen, pero entonces puedo aguantarlo, porque no hay palabras para lo que allí recibí.
Después de Dios, querido Venry, estoy yo.
No creerás que soy vanidosa, ¿verdad?
Es que mi tarea es esa y no otra, y la dignidad de mi grandeza la he tenido que aceptar.
Mi maestro en realidad se llama “La Vida” y a mí ya me conoces.
Se me llama “La Muerte”.
Pero ¿estoy muerta?
¿No oyes que te estoy hablando?
Cuando empezamos a pertenecer a la vida visible —créeme también esto, querido Venry— ninguna de nosotras dos quiso aceptar su tarea.
Sentimos que una y otra cosa significaban que nos echarían maldiciones.
En eso también pasaron siglos, antes de que mi maestro y yo llegáramos a una decisión.
Aun así, no aceptamos nuestro trabajo voluntariamente, Venry, sino que fue la voz en nosotros la que decidió.
A mí me entró mi verdadero nombre, tal como a ti te entran sentimientos y tu madre vivió cosas, y entonces comprendí mi tarea.
Yo me llamaría “Muerte” y Ella, que vivía antes que yo y que, por tanto, era mayor que yo, se llamaría “La Vida”.
Si te contesto tu pregunta, querido Venry, lo hago porque eres tan valiente y me quieres escuchar.
No, estimado, Ella vivía antes que yo, porque cuando aún no había Vida, tampoco podía haber Muerte.
Primero fue “la Vida”, después nací yo y me atraje toda esa Vida.
En el fondo ya entonces había aceptado mi tarea, pero nuestras preguntas y llamadas, poder saber quién se llamaba en realidad “Muerte” o “La Vida”, están a medio camino.
La Vida aún era muy joven, Venry, ya entonces la tuve que llamar a mí.
Nos preguntamos lo que haríamos y llegamos a una decisión.
Ser Dios Supremo, eso tampoco es muy sencillo, querido Venry.
Sé que me maldicen, pero a mi maestro se le piden las cosas más imposibles.
¿Acaso puede hacer reyes y emperadores de todos sus hijos?
Todas esas preguntas y oraciones, estimado Venry, llegan primero a los ángeles, que investigan y siguen a continuación a esas personas en la tierra, y ven que mienten y engañan.
Con todos esos asuntos tenebrosos, los ángeles le ahorran a su maestro mucho dolor, ya que de por sí faltan palabras para Su tarea.
Cuando entonces estoy allí repasamos todos esos asuntos.
Así fue como aprendí y pude ver, querido Venry, que, con todo, mi propia tarea es la más sencilla.
Tengo una sola meta, una sola cosa en que pensar, y es llamarlos a tiempo.
Pero mi maestro necesita millones de ayudantes para investigar todas esas oraciones, peticiones, preguntas y pensamientos, porque en eso el hombre es muy astuto, a veces sarcástico, o está lleno de compasión y sincero deseo, pero lo habitual es que el amor puro brille por su ausencia y aquel intente engañar a Dios.
Los sacrificios que hacen, querido Venry, suelen ser las sobras que los animales salvajes desprecian.
¿Tan extraño es entonces que Dios se tape los oídos?
Créeme, buen muchacho, los sentimientos sinceros siempre son oídos, pero también tiene que ser posible materializarlos.
Piden las cosas más imposibles, y normalmente felicidad, ya sea en oro o plata, ser reyes o emperadores, muchos esclavos y muchas propiedades terrenales.
Pero míralos entonces, Venry, se olvidan de sí mismos y por sus propios actos maldicen a su maestro.
Y eso no puede ser, ¿verdad?
No, hijo, entonces mi tarea es más sencilla.
Y aun así no piensan en mí.
Pero ¿hay alguna cosa en la tierra que pueda llegar a mi altura?
¿Alguna cosa que sea tan natural?
¿Hay alguna cosa, Venry, que valga la pena ser pensada?
¿Puede haber algo que me iguale?
¿Pueden llegar a mi altura los reyes terrenales?
¿Es tan poderoso como yo el faraón?
Dale unas vueltas, hijo mío.
¿Qué sientes ahora?
Cuando voy a ellas y las llamo para que vengan a mí, ellas también tienen que obedecer, ni una sola persona puede librarse.
Y sin embargo, querido Venry, se le honra, los seres humanos lo adoran y lo siguen a la más mínima, y hasta se arrodillan ante él.
Cuando veo eso, solo me queda sonreír, no me merecen la pena más sentimientos, ni otros.
Pero qué nimio es un rey de esos, Venry, comparado conmigo.
Créeme, y ahora lo puedes sentir porque te está entrando mi serenidad y silencio, qué digo: felicidad, alegría, muchísima alegría, y solo porque estás conociendo a mi verdadero “Yo”.
¿Y qué hago yo, estimado Venry?
Cuando visito a los enfermos y les hago sentir mi serenidad con antelación, solo llaman a todos los sabios terrenales para mancillar mi serenidad y gran alegría, además de mi sagrado e inmaculado silencio.
Y aun así, continúo predominando sobre todos esos pensamientos y medicamentos; llamo, querido Venry, y mi voz, mi orden, es obedecida.
No quieren recibir de mí enfermedades ni otros fenómenos que dañan el corazón.
Y acepta también esto, hijo mío: ni siquiera me pertenecen, son de mi maestro, es así como tienen que llegar a conocerme.
Seguramente que sentirás que las dos somos una en todo, y que tenemos que serlo, porque tanto la “Vida” como la “Muerte” están indisolublemente conectadas.
Para poder explicártelo todavía más claramente te diré lo siguiente.
Una surgió de la otra.
Más claramente todavía, Venry, es: “después de la ‘vida’, o por ‘la vida’, vino ‘la muerte’.
La muerte surgió de la vida porque había vida”.
¿Lo sientes, Venry?
Pero mira cómo son las personas, hijo mío.
Siempre las aviso y ni así me escuchan.
Se olvidan de todas esas advertencias, una y otra vez, y viven su propia vida, sin prestar atención a nada.
Pero en eso son necias o están dementes, porque a quién se le ocurre burlarse de esta ley tan inmensa, imponente, inconmensurable e incluso divina.
Pero son frívolas, y lo seguirán siendo.
Claro, también hay quienes se entregan por completo, pero es que entonces han aprendido mucho.
Unas vienen tranquilamente, otras de golpe, y aún otras por el veneno de terceros.
Y otras más por un accidente, pero todas, querido Venry, todas vienen a mí.
Experimentan una sola cosa, y eso es “ir adentro”, dentro de mi Reino donde no hay “Muerte”, porque soy “la Vida”.
Soy una con Dios, y así seguiremos (—concluyó).
Así habló la muerte, mientras yo lo oía todo.
—Claro, así es —le dije—.
Mire el espacio en el que me encuentro postrado, es de mendigos.
Pero usted no hace distinciones, todos los hombres, también los ricos, yacen como yo en su féretro y tienen que ir hasta usted.
Hasta el insecto más pequeño se cava un sitio “dentro”, y es rico, pero usted ya conoce la razón.
Yo no puedo odiarla, estoy empezando a sentir amor por usted, ya me siento agradecido por haber podido conocerla de tan cerca y porque me haya hablado.
¿Me permite que sea su amigo?
Ya siento latir su cálido corazón, late de amor inmaculado, dentro y alrededor de mí, pero lo oigo latir muy bien.
No hace frío en mi ataúd, es usted muy cálida.
Pero es usted pobre, amiga mía, para quienes no la conocen.
En el fondo es usted inmensamente rica, la variedad de sus riquezas me irradia entero, me ha entrado, atenúa mi tristeza y enmudece mi odio, permitiéndome olvidar y perdonar todo.
Si ahora voy a conocerla y a sentir su poderosa voluntad, es porque vivo cerca de usted y soy uno con usted, en la vida y la muerte.
Aquí no podrían haber imaginado mejor castigo para mí.
Aprendo y me hago consciente, y le estoy muy agradecido.
Siento entrar en mí su calor, que da fuerza a mi alma.
Quiero aceptar, y siempre seguiré pensando en usted con alegría y serenidad, pero también con pena y dolor.
Las fuerzas que siento ahora me ayudarán a prepararme para alcanzar el sacerdocio.
Después poseeré las grandes alas, por conocerla a usted.
Para muchos usted es horrible, pero en usted está el espacio inconmensurable y su panorama es poderoso (—dije).
Hablé durante horas con la muerte.
Me entró profundidad, así como vejez espiritual.
Mi celda estaba completamente vacía, esto excluía todo y a todos, era yo del todo uno con la muerte.
Me había entrado ahora sagrada seriedad, y esta seguiría en mí.
Con qué asombrosa rapidez había cambiado.
Mi alma anhelaba la profundidad y yo mismo adquiría conciencia en ella.
Los pensamientos y sentimientos de la muerte eran profundos.
Lo infantil y juguetón había desaparecido de mí y había sido matado, me había conocido en poco tiempo y me sentía muy feliz.
La noche dejó paso al día, pero yo seguía pensando, siguiendo la muerte en sus miles de estadios de fallecer y morir.
Las pequeñas luces seguían ardiendo, solo habían consumido una décima parte de su contenido.
Oí que estaban golpeteando la puerta de mi celda y que entraba alguien.
No podía ver quién era, el féretro era demasiado hondo.
Solo me era posible sentir y sintonizar con ello.
No era Dectar, su influencia e irradiación eran diferentes.
Me entró un extraño sentimiento y eso me permitió determinar esa personalidad desconocida.
Esos sentimientos se me fueron acumulando y vi a la persona, podía verla claramente.
No conocía a este sacerdote.
Lo que venía a hacer aquí lo viví pronto, porque estaba rociando mi cuerpo.
También eso lo entendí, porque lo adopté de él.
Quien entraba en la muerte no requería alimento.
De modo que no se me dio nada, tendría que conciliarme con eso.
‘Ciertamente’, pensé, ‘Isis es poderosa, profunda también en esto’.
Empecé a pensar de nuevo, porque no podía dormirme.
No había pegado ojo en toda la noche, tenía que quedarme despierto, como fuera, o no aprendería nada.
“Si quiere, intente dormir”, había dicho Dectar, pero me era imposible.
También en esto era grande y profunda Isis, casi diría que perfecta.
Mejor pensar entonces, pensar de nuevo, una y otra vez, revivir absolutamente todo desde mi juventud y asimilarlo.
Por eso repasé toda mi vida, seguí todo desde que fui niño.
No se había perdido nada, todo volvía a mi conciencia, ahora que también era uno con esta.
Cuando terminé con eso, el día había vuelto a terminar y se acercaba la noche.
Seguí entonces lo que me había enseñado Dectar y que habíamos comentado juntos.
Ahora absorbí su sentir y pensar, porque su sabiduría me proporcionaba serenidad además de gratitud, por lo que dejé de sentir odio por él.
‘Ciertamente, es curioso’, pensé, ‘si esto sigue más tiempo así, hasta le estará agradecido por todo lo que se me concede vivir ahora’.
Me volvió el amor hacia él, lo cual me hizo muy feliz.
Seguí sin oír nada de mi líder espiritual.
Pero cuanto más pensaba en Dectar, más gratitud sentía por él.
Cuando llegué al punto de aceptarlo de nuevo, también me volvió el amor, pero también la noche había vuelto a pasar, dado que se estaba levantando el sol.
No me había sido posible dormir, tenía que seguir despierto.
Otra vez viví cómo me rociaban el cuerpo y eso me refrescó de manera agradable.
Ya vivía desde hacía dos días y noches en mi féretro, y las pequeñas luces seguían ardiendo, no querían morir.
Cuando estas hicieran su entrada en la muerte, yo volvería a pertenecer a los vivos y habría concluido mi ser uno con la muerte.
Y era extraño, ni siquiera sentía hambre o sed.
Estaba siendo uno y conectado de manera demasiado intensa.
De modo que opté por volver a pensar y a seguir todos esos lechos mortuorios humanos, deseando muy intensamente que la muerte volviera a mí, porque ella me enseñaba mucho.
La sentía muy lejana durante el día, pero en la oscuridad éramos del todo uno.
El día se me hacía ahora eterno, tan fuerte era mi deseo de que cayera la noche.
Comprendí que las pequeñas luces seguirían ardiendo por el momento.
Todo iba por ese mismo camino, no había ni un solo organismo vivo que pudiera librarse.
Durante el día me veía sometido a esta serenidad mortal, era como si estuviera preparándome para la noche para poder escuchar bien y claramente.
Me había olvidado del Templo de Isis y de todos los maestros.
Solo pensaba en Ella, en Su Majestad “La Muerte”.
Me sentía muy consciente en esto, esta conciencia solo me había llegado recientemente.
Sin embargo, seguía las leyes de Isis y las asimilaba.
También quería asimilar las leyes invisibles, de las que me había hablado “la Muerte”.
El día transcurrió con lentitud hasta que otra vez se fue haciendo de noche.
No sentía cansancio, pero mi cuerpo estaba tensado, como si ya no tuviera vida.
Ya se estaba haciendo de noche, el sol se había puesto hacía tiempo, en el Templo todos se habían dormido ya, solo yo seguía despierto.
Sin duda, este castigo me estaba curando, daba profundidad espiritual a mi pobre alma, y el despertar me elevaba, haciendo que se acercara otro silencio, diferente a su vez al de hace un rato, al de ayer y al de antes de ayer, también era más profundo, diría que aún más sereno.
Tuvo que ser después de la medianoche cuando oí que se acercaban los suaves pasos de la muerte.
Tenía que venir acompañada de un flujo de aire gélido, pero ahora me entró un intenso calor.
Su Majestad estaba haciendo su entrada.
No tuve que esperar mucho hasta que la vi como una verdadera figura ante mí.
Me dijo:

—Buenas noches, querido Venry.
—Buenas noches, Majestad, ¿vuelve usted a mí?
—Sentí tus deseos, muchacho, así que vengo a contarte algunas de mis experiencias que hace poco tuve que vivir otra vez.
Digo “tuve”, querido Venry, porque no querían escucharme ni venir a mí, así que —ya lo sentirás— tuve que volver a recurrir a la violencia, y eso es una gran pena.
Estaba yo con un caballero rico, Venry, tenía muchos bienes terrenales y todas sus mujeres lo lloraban.
Me fijé en todas esas lágrimas, querido, pero ni una de ellas era sincera.
Le habían servido porque querían formar parte de la vida mundana y para poder ver todas esas riquezas, aunque ni siquiera fueran de ellas.
Pero a su maestro, un hombre alto, grande y fuerte, lo picó uno de mis ayudantes —un insecto venenoso— y él vendría a mí.
Las personas creen, Venry, que las torturo, pero eso no es cierto.
Tienen que venir, y para eso se requiere la destrucción de su pequeña vestimenta.
No importa cómo se produzca, el caso es que así suceda.
Pues bien, echaba pestes y estaba furioso, pero no le sirvió de nada.
Hace unos instantes hizo su entrada en mi reino, pero no tengo para él una chabola, ni una cabaña, nada de nada, querido Venry, vive en las tinieblas y allí yace, y esperará a que Dios lo vuelva a despertar.
Era demasiado rebelde.
Vi en su vida.
Recibió muchas cosas hermosas, pero no las entendía.
Ves, Venry, es cuando mancillan todos esos tesoros y maldicen a mi maestro.
Esta tarde llamé a muchos a la vez.
Eran miles, otra ayudante los barrió por la tierra con agua y después los succionó en sus profundidades.
Querido Venry, así hay muchos que me ayudan, pero soy “yo”.
Había una mujer que envenenó a su esposo.
Ella también pensaba que me ayudaba, pero no es cierto, y me pregunto dónde mete las narices.
Seré yo quien elija mis ayudantes, y me siguen de muy buen grado.
Creerás que tengo muchas cosas que contar, pero en breve he de retomar el camino, Venry, esta noche tengo muchísimo que hacer.
Y tú tienes que ir a dormir luego.
Por la mañana volverás a estar entre los vivos.
Cuando vengas a mí igual que aquellos a quienes amas, acepta entonces, muchacho, que tu entorno tendrá una decoración festiva, de la que yo misma me encargaré.
Cuando estés entonces en la “pradera” y me veas en toda mi fuerza y gloria, en tu corazón y en el de ellos entrará alegría, una que es celestial y que es de aquellos que te pertenecerán eternamente.
Te está entrando sueño, Venry, sé por qué, y por eso me retiraré en silencio para retomar mi largo camino.
Saluda de mi parte a quienes forman parte de los vivos, a quienes me conocen y quieren aceptarme, explícales que solo soy “Amor”, y que dejen de odiarme.
¿Lo harás, querido Venry?
Atenúa mi dolor y háblales de todo ese calor mío para que despierten todos esos durmientes, todos esos soñadores que creen que viven.
Hijo mío, voy a seguir y te saludo, termina tu tarea y sé fuerte, no te olvides nunca de pensar en mí, entonces siempre estarás preparado.
Cuando se levante el sol mi Reino estará lleno de millones, de los que muchos llorarán como niños, pero estos, en cambio, están despiertos y conscientes, y su interior me da calor, por lo que también puedo comprender lo gloriosa que es mi tarea.
Te saludo, amigo mío, yo también parto (—concluyó).
Me quedé pensando mucho tiempo.
En ese sonido, en la sensación cálida y agradable, pensé sentir el entendimiento, la conciencia adulta, es más: a un maestro.
Me parecía que me hablaba un amigo que me conocía desde hacía tiempo.
Pero sí era muy extraño y tampoco acepté mis pensamientos, pero me pareció sentir en Ella a mi propio líder espiritual.
Y quizá no era cierto, pero aun así había aprendido mucho.
La noche fue acercándose al día, pero me quedé dormido.
Cuando me desperté por la mañana seguían encendidas las lucecitas.
Pero las lámparas se habían agotado, en breve también ellas morirían.
Eso también era fallecer.
Me quedé entonces esperando mientras se iban apagando una tras otra.
Del interior me brotó mucha alegría, porque significaba el final de mi ser uno con la muerte.
Ahora volvería a formar parte de los vivos en la tierra y retomaría mi tarea.
Si se me permitiera abandonar ahora la casa de la muerte y si pudiera darle las gracias a Ella por su hospitalidad, me sentiría muy feliz.
Le elevé una oración.
—Le doy las gracias, oh, Muerte, por su sabiduría que he recibido ahora.
Usted me hizo muy viejo, y eso en solo poco tiempo.
Me convertí del todo en mí mismo.
No hay poder más grande que el suyo, una vez que se acepte.
Le doy las gracias, Majestad, por sus pensamientos y sentimientos que me dio a cambio de nada.
Se la maldice y odia, pero yo la amo.
Me ha entrado su grandeza, mi alma es consciente y la comprendo.
Le estoy agradecido por el silencio, por su poderosa casa, este féretro que me acogió y albergó, por la luz y el calor, por todo, porque usted ha matado el odio que llevaba dentro.
Ya no podré odiarla cuando me venga lo que es de justicia.
He vencido mi miedo, por todo le doy las gracias (—concluí).
Las lámparas se habían apagado, el sol traía la nueva luz, pero ahora me sentía extenuado, estaba sediento y hambriento.
Mi cuerpo material estaba despertándose, mi propia sintonización lo había librado de eso, ahora había vuelto a ser parte de la vida.
Pedía líquidos y alimentos vigorizantes por mi propio deseo de poder trabajar.
Se abrió la puerta de mi celda y entró Dectar.
Ya no me era posible odiarlo, pero aún no lograba hablarle.
Lo vi como mi maestro y dijo:

—Buenos días, sacerdote de Isis.
No le contesté.
Sin embargo, me encontraba muy feliz por que hubiera venido a mí, aunque no se lo hice sentir.
Volvió a colocarme en mi lecho de reposo, el féretro desapareció y me humedeció los labios.
Después me dio a beber un poderoso néctar de hierbas.
Cuando terminé de bebérmelo, sentí que se me iban relajando los miembros y que se recuperaba la circulación mientras me entraban al cuerpo nuevas fuerzas.
Dectar se fue, no me saludó.
Se parecía ahora a la muerte y al silencio de la tumba.
Volví a estar solo y me dormí.
Las hierbas me habían dejado dormido, pero me desperté por la tarde.
Dectar me trajo néctar, se concentró en mí, y volví a sumirme en un profundo sueño.
Solo me desperté varios días después, sintiéndome completamente descansado.
Mi organismo se había recuperado del todo, ahora mi alma poseía una fuerza fenomenal, porque ya no me conocía.
Me había encargado de matar a mi personalidad anterior.
Dectar me refrescó, cuidándome como lo habría hecho mi madre.
Eso me alegró mucho y me hizo muy feliz, y ya estaba dándole las gracias a los Dioses de que no me hubieran privado de él.
Di las gracias a los Dioses por poder estar cerca de él, sentir y ver su personalidad, y por que se me concediera poder seguir su imponente silencio y autocontrol.
No entendía nada, me preguntaba por qué lo amaba tanto, casi como si estuviera obligado a hacerlo por serme impuestos esos sentimientos.
Cómo había cambiado yo.
Ahora era del todo yo mismo y me encontraba delante de él como un hombre frente a otro, aunque él siguiera siendo mi maestro.
Mi juventud había muerto, yo vivía en otra vestimenta, mi ser entero estaba siendo irradiado por la conciencia.
Ya me arrepentía de no haberle devuelto el “buenos días”.
Cuando volvió a mí y me dio unos alimentos más consistentes, dijo:

—Si quiere, podemos salir, pero si lo prefiere nos quedamos aquí.
Lo miré y dije:

—Si mi maestro cree que es bueno para mí, entonces por favor, pero todavía me siento muy cansado (—contesté).
Al poco tiempo entraron dos sacerdotes que me portaron al exterior.
Me instalaron en un entorno muy hermoso, donde fui aspirando las fuerzas de la naturaleza.
Dectar se sentó a mi lado y me leyó las leyes de Isis.
‘Pero ¿qué es lo que le ha sucedido, extraño, para que ya no me conozca?’.
Había visto que su forma de andar había mejorado bastante; ahora iba erguido y muy normal otra vez.
Pues eso al menos lo había recibido a través de mí.
Después de cierto tiempo se nos acercó un sumo sacerdote que habló con Dectar de mi estado.
Vino hacia mí y preguntó:

—¿Empieza a sentirse más fuerte?
—Gracias, gran maestro, me siento muy bien y pronto estaré preparado.
Se alejó y volví a estar a solas con Dectar.
No dijo ni una palabra sobre nuestro pasado, todo lo que habló tenía que ver con las leyes de Isis.
Solo ahora comprendí que en el fondo yo no sabía nada todavía.
Me dio a conocer todas las leyes.
Pronto me hube recuperado del todo y volví a irme con él para visitar a los enfermos.
Siempre estábamos juntos, aunque ya nunca me hablaba como antes.
Ese Dectar había muerto, como mi propia personalidad.
Pero también amaba mucho a este Dectar.
En el fondo me parecía muy bien, ahora ya no había peligro.
Ya no sentí ni oí nada de mi líder espiritual, y tampoco lo comenté con Dectar.
Mientras tanto fueron pasando los años.
Tampoco sabía si Dectar seguía deseando a Myra, y ya ni siquiera me interesaba.
También me dejaba del todo indiferente si aún quería avanzar planeando sobre nubes, todo eso lo habíamos enterrado, habíamos olvidado el pasado y aceptado una nueva vida.
Su palabrería infantil y las muchas vidas que había en él, y que yo tanto amaba y por las que tanto lo quería a él, se habían disuelto.
También eso era parte del pasado.
Él era del todo él mismo.
En los años transcurridos había sido mi maestro y profesor, nada más, pero tampoco nada menos.
Gracias a él había aprendido y podido asimilar muchas cosas.
Lo aceptaba a él y lo obedecía en todo.
Quería vivir las cosas y había matado las preguntas “por qué y para qué”.
Me había entrado conciencia, una gran fuerza, y ya me sentía preparado para las tinieblas.
Una tarde me preguntó:

—¿Cree estar preparado para las tinieblas?
Descienda en usted mismo, tiene que saberlo.
Se me quedó mirando con expresión interrogativa, pensé que en cualquier momento me diría “mi querido Venry”, pero no abrió la boca y se reservó todas esas cariñosas palabras.
Sin embargo, contesté:

—Estoy preparado, maestro Dectar, muy preparado.
Se me permitió regresar a mi celda, ya no me dijo nada más, él también se fue, pero se dirigió a los maestros.
Al día siguiente me hizo saber que debía prepararme.
Aún no sabía si volvería a llevarme a las tinieblas, como años atrás.
Había pasado ahora cinco años en el Templo de Isis.
A otros les tomaba diez años, también me sentía agradecido por ya estar preparado ahora.
Y me encontraba preparado, en mí estaba ese saber.
Poco antes de adentrarme en las tinieblas le pregunté si seguía deseando a Myra, pero me respondió:

—Le prohíbo que me investigue y que me haga semejantes preguntas.
Incliné la cabeza y tuve que aceptar ahora que el pasado estaba enterrado o embalsamado, pero esto último no lo aceptaba.
No obstante, pensé: ‘Vaya, vaya, ¿también eso está olvidado?’.
No podía aceptarlo, no creía en eso, para él eso lo era todo.
Pero no me quedaba claro por qué me resultaba imposible aceptarlo, nadie me respondía.
Incliné la cabeza ante este sacerdote y acepté su personalidad, a la que yo amaba grandemente, porque había otros mucho más severos que él.