La primera prueba

Dectar vendría a buscarme.
Había serenidad en mí y ya era un ser humano completamente diferente.
Y ahora vería a los sumos sacerdotes.
Había siete: uno de ellos estaba a la cabeza y los demás tenían que completar su propia tarea.
Junto al faraón dirigían este país y eran los doctores, cirujanos y expertos en medicinas o hierbas, los profesores de religión y los conocedores del bien y del mal.
Cuando entró Dectar yo ya estaba listo y nos fuimos a otro edificio.
Al entrar, se nos acercaron volando varios pájaros y entendí por qué esos seres alados estaban aquí.
También había algunos animales salvajes, de mayor y menor tamaño, así como serpientes venenosas de todo tipo.
También entraron los maestros y se colocaron sobre una tarima.
En el medio estaba sentado el supremo sacerdote.
Todos llevaban diferentes túnicas; estas indicaban su grado y sabiduría y los dones que portaban en su interior, o que habían asimilado.
Todos estos hombres, tal como me dijo Dectar, eran famosos por alguna propiedad, que conformaba su estudio, y en ella eran maestros.
Entre ellos había sanadores que de manera infalible curaban en poco tiempo un tumor o muchas otras enfermedades mediante la concentración.
Entre ellos había quienes convertían un animal salvaje, furioso y apasionado, en un cordero; que hacían obedecer a un ave rapaz en pleno vuelo, y otros que podían transformar en miel el veneno de una serpiente por dominar el animal y su ponzoña.
Poseían una concentración infalible, estos caballeros eran sumamente poderosos.
Todos conocían las leyes imperantes entre la vida y la muerte, y las tenían plenamente en su poder.
Podían ir a donde quisieran, y así es como se desdoblaban de su cuerpo material y reunían tesoros espirituales que al regresar portaban de forma consciente en su interior y que después se documentaban.
El sumo sacerdote y algunos más estaban en continua comunicación con el faraón, y eran sus consejeros y elaboraban las leyes con su Rey.
Tuvimos que sentarnos con ellos.
Lo que se diría ahora a un discípulo también era de interés para los maestros.
Un grave error de un discípulo afectaba al maestro.
Si un discípulo alcanzaba cosas extraordinarias, entonces era el maestro quien las había logrado.
Mi sentir, pensar y vida interior estaban en manos de Dectar.
Si yo cometía errores entonces también le afectaba a él, pero yo solo era un instrumento.
También había escribanos, porque cada palabra que se decía se anotaba para ser conservada.
El primer momento de todos de mi entrada estaba anotado en un pergamino amarillo, así como lo que había vivido en mi juventud, junto a todo lo demás que ya había conocido.
Habían seguido mi vida, por lo que entendí que podían averiguar mi pensamiento y sentimientos interiores.
Empecé a sentir cómo me entraba una influencia apabullante.
Se sondaba mi alma y se investigaba mi complexión.
Este sondeo y la investigación tomaron bastante tiempo; después tuve que desvestirme.
A mi izquierda había un pequeño espacio al que accedí.
Dectar me dijo:

—Tranquilo, Venry, los maestros tienen que ver la constitución de tu organismo.
Así es como aparecí desnudo del todo ante ellos, a la espera de sus órdenes.
Pero mi gran interés se hundió en mi interior, ahora que estaba siendo sometido a su sondeo e investigación repelentes.
Desde la profundidad de mi interior sentí brotar repugnancia, pero seguida de inmediato de calor, por lo que entendí y sentí claramente que esa fuerza invisible me había seguido hasta aquí.
Con ese calor tuve nuevos pensamientos y comprendí lo que tenía que hacer ahora.
Lo que viví ahora fue una revelación para mí.
Cuanto más descendían en mí, más intenso se hacía el calor a mi alrededor y en mi interior.
Esta curiosa fuerza me trajo serenidad.
Entonces seguí a los maestros y viví el espacio.
En estos momentos vivíamos en el universo, íbamos de mundo en mundo, de esfera en esfera en donde hubiera vivido el alma; allí estaban los grados de las vidas en las que yo había estado.
Buscaron muchas vidas, porque todos eran clarividentes en el más alto grado, e intentaban ver ahora, a través de mí como contacto, esas diferentes vidas.
Con estas como base podían determinar mi actual estado.
El supremo sacerdote quedó sumido en honda meditación después de haberme escrutado, pero los demás aún no habían terminado.
Albergaba yo un sentimiento como si ya no viviera en la tierra.
Me llegaban sentimientos de aliento para seguirlos.
Pero había algo, algo que se resistía, que les impedía sentirme en lo más hondo de mi ser, porque todos se miraban, y seguramente estaban ante un gran misterio.
Y yo, por muy asombroso que fuera, lo comprendía todo.
Esto sí fue para mí una revelación, pero para todos ellos fue lo incomprensible.
Dentro de mí y a mi alrededor había algo que no lograban determinar.
Me rodeaba un misterio, o yo mismo lo era, un problema profundo y poderoso para todos ellos.
De nuevo descendieron en mi interior, este curioso fenómeno no lo habían vivido todavía.
Reunían unas fuerzas terribles.
La insistencia del sondeo y de la concentración me parecía horrible, porque muy en mi interior me dolía.
Pero me sentía como un niño pequeño, como un niño que no era consciente de nada, que nada sentía, nada veía, nada vivía y que estaba del todo vacío antes ellos.
Sin embargo, había una fuerza en mí, había dones y hasta dones conscientes que ellos conocían y que podían seguir.
Pero lo que tanto deseaban ver planeaba y vivía ahora entre la vida y la muerte; no podían verlo ni sentirlo en ninguna de mis vidas; les paraba los pies a todos.
Sus fuerzas antagónicas se me abalanzaron encima.
Dectar comprendió que había trastornos y preguntó:
—¿Hay algo que te moleste, Venry?
Lo miré y respondí:

—No, maestro Dectar, nada, me siento muy tranquilo.
—Los maestros quieren que seas tú mismo de lleno.
Dectar ya había dicho demasiado; el sumo sacerdote lo advirtió con una mirada, pero esta fue terrible, ninguna fustigación podría ser más grave.
Dectar recibió una mordedura espiritual, que le penetró mucho.
Sus sentimientos bonachones no eran aceptados.
¿Entendería Dectar algo, me preguntaba yo, de lo que estaba sucediendo aquí?
Era plenamente consciente de ello, pero no osaba pensarlo, ni invocarlo, dado que entonces podían seguirme de inmediato.
Aquí había un poder que les paraba los pies a todos, un poder en el que yo vivía, sentía y seguía siendo yo mismo.
Sus dones, así como su ver y sentir, y hasta su maestría, ahora dejaban de existir.
Estaban siendo trastornados en sus contemplaciones y sentimientos.
Para ellos, el alma humana era como la naturaleza, y sin embargo ninguno de ellos era capaz de determinar la verdadera profundidad de mi vida interior.
Entonces tuve que vestirme y volver a sentarme.
Ahora era yo quien intentaba seguirlos a ellos, pero se me hizo imposible pensar, no permitían que otros fueran incorporados en sus pensamientos y sentimientos, en su propio mundo.
Se nos cortaba el camino, a nosotros y a cualquiera que no perteneciera a este septeto.
No debía sentir compasión por Dectar, porque de lo contrario me seguirían y castigarían, y entonces él no me habría enseñado bien.
Pero cuando a Dectar y a mí se nos envió un intenso odio, por haber sido molestados ellos en su ver, sentí que me entraba otra conciencia, por lo que le prometí que los destruiría a todos.
Estos sentimientos me habían llegado con ese glorioso calor, y entonces entendí que podía pensar y sentir, sin que ellos pudieran seguirlo.
Todo mi ser vivía en otro poder y fuerza, lo que me suponía una gran protección.
Los sentía a todos fuera de su propio poder, fuerza y capacidad, aunque fueran maestros.
Ahora empezaría una lucha espiritual, y no me cabía duda de que iba a ser a vida o muerte.
Pero me acababa de entrar por qué y de dónde sabía yo esto.
Los maestros tenían un arma poderosa, porque eran uno.
De pronto pensé en mi madre y en las palabras que me había dicho.
“Rezaré, querido Venry, para que los Dioses te den una poderosa arma”.
¿Tendría que ver esto que ocurría aquí con aquello?
¿Sabía mi madre de todas estas leyes?
Mi juventud estaba cobrando conciencia en mí, otra fuerza me despertaba ahora parcialmente, y estos pensamientos y sentimientos eran parte de eso.
La fuerza que ahora vivía en mí y que estaba consciente era imponente.
Estaba viviendo ahora que planeaba y vivía en el espacio, pero pudiendo pensar y sentir todavía en mi propio cuerpo; mi alma se dividía en miles de partículas, porque estaba aquí y en el espacio, allí, con ellos, detrás de ellos y delante de ellos, y en ninguna parte.
Sin embargo, era consciente de mí mismo, y era del todo yo mismo.
Solo ahora comprendía mi sentir y pensar de semanas atrás, es decir, que tenía que seguir bien y claramente ese dividirme, y que, si fuera necesario, podía hacer uso de esta arma.
Pero ahora estaba siendo ayudado al dividirme, porque el calor era tremendo.
Una centésima parte de mí estaba presente aquí y representaba a Venry, pero el restante noventa y nueve por ciento se había extraviado, vivía en el espacio, pero este era infinito, y allí podían perderse todos.
Di gracias a esa ayuda invisible por estos fabulosos dones, di gracias a todos los que tenían que ver con esto, también a mi propia madre.
La felicidad que estaba en mí, ahora que estaba viviendo que me seguían pero sin poder encontrarme, trastornaba su ser uno, produciéndose un estado discordante.
Y cuando esto sucedía veía un poder que debía de ser y significar concentración; era una voluntad fuerte y vigorosa, que planeaba por encima de mí, dándome toda esta asombrosa fuerza.
Esto empezó a ser mi arma, que manejaba yo mismo y que nadie podría quitarme.
Si los Dioses querían convertirme en su instrumento, pues entonces enviaba todo mi amor y fuerza hacia arriba, Venry estaba listo.
Si conseguía asimilar esas leyes y fuerzas —de lo que ahora ya no dudaba—, sería un instrumento útil y podríamos empezar.
Sentía claramente estar siendo usado como un instrumento, pero no solo para todos estos sacerdotes, también para fuerzas invisibles de las que aún desconocía el empuje.
Uno de ellos se levantó de su sitio, fue a una esquina a por una pequeña jaula en la que había un hermoso pajarito y la colocó en una tarima.
La abrió y volvió a sentarse.
El animal saltaba de un palito a otro, sin preocuparse por nada más.
Se me solicitó entonces sintonizar mi concentración en el animal y llamarlo.
No venía al caso si eso ahora ya era posible; era una prueba para ver lo profundamente que podía sintonizar mis pensamientos en un solo punto.
Todas las miradas estaban fijadas en mí.
Me sintonicé con el animal, siguiéndolo en todos sus movimientos.
Fuimos juntos de palo en palo, hasta que quise que se quedara posado.
Entretanto volví a sentirme completamente en mi cuerpo.
Este milagro ocurrió durante la concentración y sentí que el pajarito me obedecía.
De nuevo puse en movimiento el animal y lo obligué a salir de la jaula.
Aunque vaciló, me seguiría, como fuera.
Una especie así aún no la había sometido a mi control, la desconocía, quizá no la había en nuestro país.
Quería que el animalito se posara en mi mano y con eso me sintonicé.
Mantuve elevada la mano derecha y obligué al animal a que viniera.
Pero se negaba, por mucho que me esforzara, no me obedecía.
Había otras fuerzas, y estas querían que la prueba saliera mal.
Volvió a ser el calor por el que me entraron esos sentimientos, y comprendí que esas fuerzas procedían de un ser humano.
Esta imponente conciencia, esta increíble energía y ese fabuloso sentir y pensar pertenecían a una persona, y ese ser quería que esta prueba fracasara.
Me sentí muy emocionado cuando en mi interior y a mi alrededor oí decir:

—No todo de golpe, Venry.
Ten paciencia, muchacho, o irán demasiado lejos y entonces no podrás completar tu tarea.
Mientras hablaba miré a los maestros, pero nadie había sentido ni percibido nada, y supe a ciencia cierta que se estaba velando por mí.
Los maestros comprendieron que me encontraba impotente y que no podía seguir.
El pajarito se fue volando hacia el espacio, pero ahora hacía lo que él mismo quería, y siguió volando.
Ya me había separado del animal y estaba a la espera.
Uno de los maestros se sintonizó con el animal y este voló de inmediato a la jaula.
La concentración de aquel era infalible.
Volvieron a entrarme otros pensamientos.
Pensamientos de duda.
Los maestros dudaban de varios fenómenos y se preguntaban: ‘¿Por qué no podemos seguir a este jovencito, que por lo visto es incapaz de sintonizar una clara concentración?’.
Entendí que esa fuerza podía alcanzarme de varias formas cuando oí decir en mi interior:

—Ves, querido Venry, hicieron que muchos sucumbieran, los espantaron ya locos y los destruyeron.
¿Y acaso no son los doctores de este Templo?
Ya lo ves, Venry, tengo poder y conozco su arma espiritual, pero los he despistado.
Estoy preparado, Venry.
Me seguirás a mí, y no a ellos, porque ambos tenemos que enmendar y deshacer aquí lo que ellos han construido.
Su espantoso edificio tiene que derrumbarse.
Por eso conocerás y comprenderás su vida, y por qué estoy aquí.
Muchos sucumbieron o fueron malditos; otros terminaron deformes y desaparecieron sin dejar rastro.
¿Eso es servir a los Dioses, Venry?
Tienes que ver detrás de su propia arma, Venry, pero hazlo a través de mí, y acepta que soy dueño y señor de este ámbito.
Ahora no me busques, Venry.
Los Dioses quieren que vuelva a ti.
Nuestro ser uno está libre de cualquier trastorno.
Haces mi trabajo.
Recibirás las llaves de este Templo y conocerás todos los secretos.
Pero ¡paciencia y mira ahora a través de mí!
Les habían entrado dudas, su disarmonía era de tal forma que yo había trastornado el contacto entre ellos.
No podían captar los sentimientos y pensamientos de los otros.
Este imponente contacto, que era su arma secreta, lo empecé a percibir ahora.
Vi que del supremo sacerdote salía un cordón luminoso hacia los otros, uniéndolos a todos.
Ese cordón astral, construido a base de pensamientos y concentración, era la conexión mágica.
Este cordón invisible lo veía ahora a través de esa otra fuerza, porque comprendí que eso a mí no me seía posible hacerlo.
Veía porque se quería que viera.
En algunos puntos, el cordón se había debilitado e incluso era translúcido.
Por dudar y no alcanzar lo que querían se habían interrumpido los sentimientos y pensamientos entre ellos.
Entendí lo misterioso y fabuloso que era eso, me resultaba patente su ser uno.
Tal como yo era uno con Dectar cuando él me llamaba y yo tenía que acudir, eso lo habían conseguido ellos.
Entendía ahora, porque podía seguirlo, lo poderoso y mágico que era esta arma, con su empuje místico y hasta posesión del espacio, y que tocaba el mundo invisible.
Estos maestros eran uno solo en la profundidad de su ser.
Todos tenían dones, y gracias a ellos y al conocimiento de las leyes astrales se habían conectado intensamente.
Se recuperaron rápidamente mientras el cordón se hacía más denso, su contacto y atención volvieron a ser completos, pero comprendieron que ni siquiera los maestros son Dioses.
Había una laguna en su ser uno, pero ya lo recompondrían cuando estuvieran solos.
En apenas unos segundos me había percatado de esta arma secreta y la pude seguir, pero desde luego lo más importante era que la había comprendido.
El supremo sacerdote tomó la palabra y me dijo:

—Se le está formando como sacerdote.
Debe seguir en todo a Dectar y debe obedecer las leyes de este Templo.
Aceptará todo ciegamente, se dará por completo y se preparará.
Váyase, pero sepa que lo seguimos.
Nos fuimos.
Dectar estaba callado.
Entramos en mi celda.

—Te han aceptado, Venry, ahora podrás quedarte siempre conmigo.
Oh, me siento tan agradecido.
Tenía mucha curiosidad por saber cómo había sentido las pruebas y pregunté:

—¿Me seguiste, Dectar?
No me respondió y se me quedó mirando muy seriamente, de lo que deduje que había peligro.
Aquí no se podía pensar en nada, cualquier pensamiento podía ser captado y entonces se nos castigaría.
Si no pensábamos según las leyes, o lo hacíamos al margen del Templo, sobre pensamientos que tenían que ver con nuestra propia vida, olvidándonos de la seriedad del sacerdocio, había un castigo inmediato.
Dectar empezó a ver, miró hacia arriba y los lados, esperó un momento y dijo:
—Ahora escúchame bien, Venry.
Ahora todo es seguro de nuevo, pero cuando sientas en mí un repentino cambio, ya no digas nada, ni pienses en nada, ni siquiera en ti mismo, y blíndate ante todo y todos.
Nos siguen y por eso soy cauto.
Tienes que seguirme, Venry, o ya no podremos hablar más de forma confidencial.
Si los maestros sienten que me olvido de mí mismo se nos destruirá a los dos en poco tiempo.
Así que si quieres confiarme algo, estemos donde estemos, tendrás que pensar siempre en esto.
Tienes que rodearte de un muro de fuerza y construirlo mediante la concentración.
Aún eres joven, Venry, también viejo, pero aun así, tu juventud te podría llegar a ser fatal.
Siento que se te ayuda, y por eso puedo hablar ahora contigo, pero no te olvides de esto nunca.
¿Lo que sentía, estimado Venry?
Pues, jugabas un juego a vida o muerte.
Conozco tu interior; tuve la oportunidad de conocerlo, pero tengo mucho miedo, ahora que sabes lo poderosos que son.
Pero se necesitan tus dones, Venry.
Ya podrían ocurrir ahora cosas terribles, y de eso la gente de fuera del Templo no sabe nade, pero entonces nosotros dos sucumbiremos (—dijo).
Dectar puso las manos en el rostro y suspiró profundamente.
Lo comprendía.
Prosiguió:
—Los maestros no podían alcanzarte, Venry.
Había algo, pero te advierto que ahora debes ser muy cauto.
No vivías en la tierra.
No estabas en su presencia, estabas y no estabas.
Se me concedió seguirte, pero no fue posible mediante mis propios dones.
A través de qué o quién no sé, pero ambos éramos del todo uno.
Los maestros te seguían.
Lo que sucedió hoy aún no lo había vivido aquí.
Lo terrible de eso me infundió temor.
En ese instante, Venry, ya no vivías en la tierra, no eras nada en el fondo, imposible de encontrar, ver o seguir, y sin embargo eras muy fuerte.
Se me hace por eso un gran misterio, y lo es también para ellos, y por eso hay peligro, uno tan terrible, Venry, que te suplico ser muy cauto en adelante (—concluyó).
Dectar me miró:

—¿Lo he percibido bien, Venry? —preguntó.
Prosiguió sin siquiera querer saber mi respuesta.
—¿Pensabas, Venry, que no sabía nada de esto, que me había ofuscado y que me sentía como un muerto viviente?
Tampoco sabías que esas fuerzas estaban en mí, pero sé aún muchas más cosas.
Ahora escúchame con atención.
A partir de ahora, querido Venry, tenemos que saber cómo sintonizarnos.
Quiero que sepas que aquí siempre hay peligro.
Has de saber entonces que te sigo y ese seguimiento tienes que poder sentirlo.
Me tienes que poder sentir con claridad a mí, no a otros.
Podrás captar muchos pensamientos, pero tendrás que poder determinar que no son los míos.
Intentarán incidir en ti desde lejos y hacer entonces como si fuera yo.
Si accedes a eso, si pensaras alguna vez que soy yo y me reenvías una respuesta, por lo que los maestros llegarían a saber de nuestro sentir y pensar y ser uno, entonces te aseguro, querido Venry, que seremos carnaza para las fieras.
No uno, sino decenas han sido arrojados como alimento para los animales; no una imprecación, sino miles de imprecaciones y condenas maldicen la existencia de este edificio, porque se ha mancillado lo sagrado, y pisoteado y denostado la profundidad del espíritu.
No te olvides, Venry, de que ya sirvo a los Dioses desde hace treinta años y que conozco los secretos del Templo de Isis.
Di muchas gracias a Dectar y respondí:

—Eres un verdadero sacerdote, Dectar.
Nos unirá un hondo contacto y nos asiste el espíritu, de quien yo tampoco aún no sé nada.
—Vi tu contacto, Venry, y ahora conozco tu secreto.
—¿Tú, Dectar?
—Te olvidas de que tu padre me habló, dejándome el mensaje de que me han incorporado a su círculo.
También tengo claro que no sé todo, pero sí sé ahora que tú conocerás los secretos y que destruirás su conexión mágica, que es su ser uno.
Viven desde hace siglos en estas tinieblas, Venry.
Todos esos maestros se envuelven en una emanación monstruosa, y también ellos viven en ellas.
El mundo cree que hacen bien, pero la luz se perdió y están errantes.
Nada ha cambiado en esto durante todos estos siglos, porque siempre se van sucediendo unos a otros.
Pero aun así vi, Venry, que los llevaste por un camino equivocado; eso me hizo bien.
Entonces sentí cómo fue cundiendo la duda entre ellos; desde que estoy aquí no se había vivido nunca algo así.
Tenías el pájaro en tu poder, pero había otra fuerza, y esta no quería que continuaras.
No sé a través de qué sentí y percibí esto, pero nuestro ser uno no dejaba nada que desear.
—¿Sintieron algo de eso, Dectar?
—No, querido, eso es justamente lo más increíble de todo.
Y no lo entiendo bien, porque son poderosos.
De todas formas, estaremos seguros si me dejas entrar en ti, Venry, y así no habrá nada que trastorne nuestro ser uno.
—Entra en mí, Dectar, y sigue en mí.
Entonces sentí un nuevo milagro.
Dectar entró en mi alma, se unió a mí y nos fundimos.
Era como si se me desplazara algo, su personalidad predominaba, nuestras almas encajaron profundamente y me entró una gran felicidad.
—Eres un milagro, Dectar.
—Luego sabrás que no lo soy, Venry.
Sé, y he aprendido, cómo hacerme uno con otro ser humano.
Pues bien, ahora somos uno y podemos prepararnos.
—¿Seguirá así, Dectar?
—Sin duda, Venry, ha de ser así.
¿Estuvo Ardaty contigo, Venry?
—¿Ardaty?
No, Dectar, mi padre no estuvo allí.
Espérate, Dectar, quizá pueda decirte algo más en breve.
¿Qué hacemos hoy?
—Vamos a caminar y a repasar todo bien para tomar nuestras medidas.
Tiene que ser ahora, Venry, más tarde ya no será posible, nos siguen en nuestro sentir y pensar, y su percepción es más severa.
Pero tengo un plan.
Cuando queramos hablar de manera confidencial, tendremos que intentar hacerlo desde ese otro mundo.
—¿Cuánto tiempo se necesita para eso, Dectar?
—En breve podremos estar listos con eso, Venry.
Ya me resultó patente que Dectar no sabía sondar en grado suficiente mi vida interior ni mis dones, porque yo ya podría estar listo gracias a la ayuda de esa otra fuerza; así lo sentía yo y ahora podría usarla en cualquier momento.
Pero aparte de mi propio sentir y pensar, comprendí que Dectar también estaba bajo ese liderazgo, porque había visto y vivido lo que ocurría en mí y a mi alrededor.
Sobre todo era importante que teníamos que estar juntos los dos y que éramos instrumentos.
Le pedí que se quedara del todo vacío.
Vi algo misterioso en el espacio a nuestro alrededor.
Aquí había ojos y esos ojos nos buscaban a Dectar y a mí, y estaban registrando la conexión astral que era nuestro ser uno.
Dectar me siguió como un rayo en mi percepción, por lo que reconocí al sabio sacerdote, pero eso me hizo comprender cuánto me quedaba por aprender.
—¿Qué te acabo de decir, Venry?
Tenemos que estar alerta y ser muy cautos y siempre rodearnos de nuestro muro cuando queramos vivir nuestra propia vida.
Esos ojos nos buscan.
Esto siempre ha sido así y eso se hace con todos los que están aquí, pero en especial contigo.
—¿Por qué es eso, Dectar?
—Ahora saben quién eres, pero a la vez no, y eso es justamente lo peligroso.
—Esos ojos, Dectar, ¿lo pueden ver todo?
—No solo ver, Venry, sino también sentirlo todo.
Ven, sienten y oyen lo que digo, y lo que pienso en mis adentros.
Pero no estamos aquí en estos momentos, ahora vivimos en el espacio, aunque también allí nos pueden seguir.
¿Sientes, Venry, lo que quiere decir eso?
¿Entiendes lo poderosos que son los sacerdotes?
Pero esto no es nada en comparación con lo que pueden hacer.
Ahora vuelven a marcharse, pero enseguida regresarán.
No debemos hablarnos más que en el espacio.
Y para eso deberemos dividirnos, Venry, pero esto también lo aprendiste ya.
¿Te quedó claro, entonces, cuánto peligro entrañan estas fuerzas?
Hemos de seguir, Venry, a pesar de tantos peligros.
Los conocí en este Templo.
Pero a veces me pregunto por qué los siento con tanta nitidez y por qué les calo a los maestros el estado mental.
En esta tierra se sabe muchísimo de las leyes mágicas.
Ahora soy consciente de todos los peligros.
Sin embargo, no sabría explicarte la profundidad de todas estas leyes, pero misteriosas sí que son.
Dectar partió y ambos nos dispusimos a descansar.
Después iríamos a pasear.
Me acosté y empecé a pensar.
Qué prudente debía ser ahora.
Si quería pensar en cualquier cosa que me importara y me afectara, entonces tenía que poder blindarme por completo.
Si no tenía esas fuerzas y pensaba de todas formas al margen de este Templo, entonces todos mis pensamientos eran captados y me esperaba un castigo.
Me parecía horrible.
Si quería pensar en mi juventud y en las cosas hermosas vividas con mis padres, entonces ya me extralimitaba y no obedecía las leyes.
Eso también contravenía mis sentimientos y pensamientos interiores, y me parecía horrible.
Aun así, intentaría encontrar mi propio camino para poder pensar de tiempo en tiempo en mí mismo, en Dectar y también en mis padres.
Para todos ellos mi juventud estaba muerta.
Mis padres también estaban muertos, aquí no se deseaba que hubiera otros pensamientos en mí, porque eso frenaba mi formación.
Y todo eso lo odiaba, con tanta intensidad e ímpetu que en ello podía olvidarme a mí mismo.
Comprendí, sobre todo, que aquí no había más que odio y horror.
Pero ahora seguramente ya me habría vuelto a extralimitar.
Si pensaba en ella y en todos estos sacerdotes, entonces no me prestaba atención a mí mismo, y me podía ser fatal.
Mi única esperanza era mi ayuda, solo esa ayuda podía ayudarme, si no Dectar y yo sucumbiríamos.
Había, sin embargo, algo más, y también eso me infundía valor y fuerza para no sucumbir.
La única posibilidad era de lo que hablaba Dectar.
Si me dividía y vivía en el espacio podríamos volver desde allí a la tierra y a todo lo que tuviera que ver con nuestra propia vida, y hasta obedecer las leyes de Isis.
Pero entonces sí que tenía que estar presente mi personalidad completa, aquí en mi cuerpo.
Y esa fuerza había de representarme durante mi ausencia.
Me sorprendió poder pensar ahora con tanta lucidez.
¿Estaba conmigo mi ayuda?
Al poco tiempo sentí algo así y me entró en el alma otra felicidad.
Entonces volvieron los ojos y me visitaron.
Me surgió entonces un sentimiento horroroso, por lo que maldije a los maestros.
El veneno astral que emitían esos ojos me despertó de una sacudida y me quedé alerta.
Los ojos volvieron a desaparecer.
Aun así, sentía mucha serenidad, pero era porque el calor estaba en mí y a mi alrededor.
El Templo de Isis me parecía un edificio venenoso, donde desde hacía siglos habían estado quebrando corazones y destruyendo jóvenes vidas.
Y esto ocurría para tapar sus propias vidas repugnantes y fuerzas diabólicas.
Yo había vuelto a la tierra y a esta vida para desenmascarar esa porquería diabólica, y esto se intentaba conseguir convirtiéndonos a mí y a Dectar en instrumentos.
Hacían cosas buenas para el mundo, hasta milagros, pero yo sentía cómo todo ese mal se me echaba encima.
Yo los desafiaba, a los señores maestros, a pesar de mi juventud, porque me asistía una ayuda más fuerte que ellos.
Albergaba una gran arma.