En las tinieblas

Dectar me llevó al edificio donde iban a encerrarme.
Me miró y partió.
Un sacerdote con una túnica oscura se me acercó, pero sin decirme palabra alguna.
Me llevó a un espacio tenebroso, me explicó dónde y cómo recibiría mi comida sencilla y desapareció.
En mis pensamientos recibí sus palabras no pronunciadas, porque era como la muerte y guardián del silencio.
Tenía prohibido hablar.
Me quedé solo.
Solo ahora empezaría realmente mi desarrollo.
Me encontraba ahora en ese terrible espacio del que muchos habían salido enloquecidos y donde otros habían encontrado la muerte.
Esta celda era circular.
Aparte de un lecho de reposo y de mí mismo estaba completamente vacía.
Me eché, porque tenía muchas cosas en las que pensar.
Cuando hube terminado con mis propias experiencias me sintonicé con las tinieblas.
Mi lecho estaba orientado hacia el oeste.
Significaba algo.
‘Esa cama no puede quitarse, tiene que seguir allí.
Pero quédate todo lo que puedas en el este’.
Estos pensamientos no eran míos, mi líder espiritual estaba en su puesto.
‘Le estoy muy agradecido’.
Aun así intenté mover la cama, pero fue imposible.
Se me podía alcanzar con mayor facilidad en este lugar y así no les hacía falta esforzarse violentamente.
Si mi organismo yacía con la cabeza hacia el oeste, entonces la mitad de mi concentración ya se había perdido.
Obedecería las leyes naturales, pero ahora vivía en un estado de disarmonía.
No me parecía justo, pero me di por vencido.
Mi alma, sin embargo, pedía sintonización, mi propia vida y pensamiento estaban orientados hacia el este, no el oeste.
No era esto una armonía natural, sino el quebrantamiento de mi personalidad.
Aún se podía percibir algo de luz, enseguida habría mucha oscuridad.
Tendría que permanecer en este infierno durante siete días y noches.
Bien hubiera querido consumir todas mis fuerzas, pero había otra fuerza que se oponía.
Me sentía muy fuerte y pensé que estaba preparado.
Se adueñó de mí una sensación de sueño.
También aquí vi un muro astral.
Las tinieblas no dejaban de acercarse, apenas ya podía distinguir nada.
Entendí asimismo que tenía que intentar salvarme yo; no se me estaba ayudando en todo, porque entonces no aprendería nada.
Tendría que asimilar ahora varias fuerzas.
Ya me vi objeto de su empuje y de los peligros de “la vida y la muerte”, porque caí preso de un cansancio mortal.
Me dejé llevar y me quedé dormido, aunque espiritualmente despierto.
Mi organismo estaba ahora dormido, yo vivía en él y estaba despierto.
Este milagro sí que lo había sabido asimilar.
Mi estar despierto era perfecto gracias a mis dones naturales.
Ahora estaba esperando los primeros fenómenos y perforé las tinieblas.
Mi sueño —el primer fenómeno de todos— no dejaba de intensificarse; un cansancio mortal me dominaba, así como a mi vestimenta material.
Los maestros habían sintonizado su concentración.
Estaba cansado, mortalmente cansado.
Colgaba como un enfermo en mi propio cuerpo.
Me escurría de él sin querer, pero no quería salirme.
Por eso sintonicé mi concentración como empuje opuesto para poder seguir su pensamiento y sentimiento.
Querían alcanzarme en mi sueño; si estaba extenuado podían hacer conmigo lo que quisieran.
El cansancio que sentía ahora era terrible.
Pensaba que iba a derrumbarme, y sin embargo llevaba poco tiempo aquí; aún tenía que empezar.
A medida que se hacía más intenso mi cansancio, más intensos se hacían mis propios deseos para seguir despierto.
Este juego de entrar y salir del sueño lo pude aguantar.
Había perdido la noción de cuánto tiempo llevaba ya ocupado con esto.
Mientras tanto tomé un poco de néctar y después sintonicé con la naturaleza, porque quería saber desde cuándo estaba aquí.
Pero la naturaleza estaba blindada para mí, para mí no existía ni el día ni la noche, tiempo ni sol, nada, solo las tinieblas.
Ahora vivía en su mundo; su concentración y blindaje eran destructivos.
Era incapaz de pensar en nada.
Mis propios sentimientos y pensamientos se ahogaban.
Solo se me permitía sentirlos a ellos, era su preso espiritual.
Tenía que intentar procesar los terribles pensamientos que me enviaban.
‘Son ustedes infalibles, señores de Isis, su concentración es muy nítida, pero horrible’.
Conocí un mundo de poder y fuerza; desde su mundo jugaban un juego de vida y muerte, porque sus pensamientos estaban empezando a tomar forma.
Cuando lo hube procesado me entraron otros pensamientos.
Volví a sentir el calor y comprendí su significado.
Había perdido la noción del tiempo y el espacio, del día y la noche, pero el calor me hizo sentir lo que debía hacer.
Era mi única posibilidad de poder seguir pensando a pesar de todo al margen de ellos.
Mi cuerpo material era un producto de la naturaleza.
Mi propio cuerpo podía conectarme, a mí como ser pensante y que sentía, con la naturaleza.
Si pensaba bien, pudiendo sintonizarme de todas formas al margen de ellos, entonces también a mí me era posible pensar y seguir siendo yo mismo al margen de ellos.
El organismo poseía una sintonización natural, había surgido de la nada, pero ahora vivía a pleno rendimiento y era perfecto.
Si ahora siguiera ese empuje y se me ayudara a hacerlo, entonces sí me sería posible seguir pensando al margen de ellos y prepararme para su ataque.
Seguir este empuje, que significaba el proceso de crecimiento, me exigía darlo todo.
Estuve bastante tiempo ocupado con eso cuando me sentí uno.
Solo entonces comprendí este milagro.
Entonces me llegó sueño desde mi cuerpo material, el sentimiento que experimenta todo ser viviente.
Este sentimiento pertenecía a mi propio organismo, y eso me obligaba a quedarme dormido.
Pero a partir del sueño pude determinar en qué momento vivía y la hora.
‘Esto es curioso’, pensé, ‘veo y siento que el sol se ha puesto’.
Llevaba ya un día completo en las tinieblas y seguía estando consciente.
Ahora que no dejaba de seguir este cansancio natural pude ver que se acercaba la noche.
A través de esta sintonización sí me fue posible ver, aunque los maestros me habían elevado hasta su propio mundo.
Pero seguí sintiendo su empuje.
Pude distinguir claramente el cansancio de mi vestimenta material y el de los maestros.
El de ellos era basto y me castigaba, el otro cansancio me suponía un descanso beneficioso.
Me sentía feliz ahora que podía controlar estos distintos tipos de cansancio.
Envié mi gratitud a mi maestro por lo que había aprendido.
En el fondo, estaba siendo yo inalcanzable hasta el momento.
Fue exactamente como cuando me sondaron por primera vez sin que pudieran encontrarme.
Estaba y no estaba.
Vivía aquí y experimentaba su concentración, aunque ya hubiera pasado un día y aún conservara la conciencia.
Era un resultado espléndido y mi primer conocimiento después de un día de experiencia en las tinieblas.
Pero Dectar no me había contado nada de esto.
Mi cuerpo estaba dormido, aunque yo tuviera que despertarlo.
De pronto me entró una sed muy fuerte.
Se me hacía muy extraño este sentimiento, porque en el fondo estaba viviendo fuera de mi cuerpo material.
Era el cordón que unía a ambos cuerpos el que me llevaba esa sed: el cuerpo necesitaba hidratarse.
Mi propio organismo me obligó a despertarlo y a satisfacer su necesidad.
Para ello descendí en mi cuerpo.
Cuando fui uno y puse en marcha el organismo, fui presa de un terrible cansancio.
La continua concentración de ellos me había extenuado el cuerpo a tal grado que apenas pude moverlo.
Me arrastré hacia donde estaba el néctar y regresé.
Estaba más muerto que vivo.
No obstante, había conseguido protegerme todo un día y evitar que se hicieran más densas las tinieblas.
En cada momento me parecía ya estar viendo sombras.
Ya no conseguí mantener despierto mi cuerpo, así de intensos eran los pensamientos de los maestros.
Su veneno estaba descendiendo en mí.
Habían vencido ahora mi cuerpo material, esto me había quedado claro.
Me entró miedo.
Si me derrumbaba podrían empezar y enviarme las alimañas.
¿Me vendrían las sombras de las que había hablado Dectar?
Durante todo un día estuvieron embistiendo mi vestidura material, que yacía allí como muerto.
Se acercaba mi perdición.
Miedo y el sentimiento de no poder hacer nada me entraron en el alma.
El cansancio se acercaba más y más; solo faltaba yo, solo entonces empezaría todo.
Por eso busqué un medio para protegerme de ello.
Muy dentro de mí ya estaba el veneno de ellos, porque una sensación de pereza me obligaba a dormir.
Si esto era posible, es que este espacio vacío estaba poblado, y sin duda se despertarían las figuras aparentes, entre las cuales había demonios que vivían en la realidad.
Ya casi no me era posible pensar.
Cuando pronuncié el nombre de Dectar, aquel ya no significaba nada para mí.
Lo repetí varias veces.
“¿Dectar?
¿Quién es Dectar?”.
Me sentía muy lejos, en un mundo donde no conocía a nadie, donde todo me era extraño.
Pero gracias a un agradable sentimiento mi alma se despertó.
Este sentimiento me ayudó a pensar.
Pero me encontraba en el umbral de la inconsciencia, aunque me fue tendida una mano servicial que me elevó hasta la conciencia diurna.
Casi había estado perdido y convertido en un juguete de los maestros.
Ya ni conocía a mi mejor amigo.
Supliqué por ayuda, por mi querida madre y Ardaty, todos a los que quería tenían que ayudarme.
El comienzo de la inconsciencia lo acababa de sentir, porque había dejado de ser yo mismo.
El nombre de Dectar no me decía nada.
En mí había una pérdida de conciencia.
Me quedaba grávido de su veneno, este no paraba de acercarse y me destruiría.
El peligro ya estaba acercándose.
Entonces me entró el calor.
En el último momento hubo una intervención, pero había vivido mi lección y la intensidad de su concentración.
—Divídase hasta el veinticinco por ciento, si sigue ofreciendo resistencia se volverá loco —oí que se me dijo.
—¿Puede imaginarse —reenvié— que usted me hace feliz?
Aceptaré su ayuda con gratitud y haré todo lo que pueda, ahora es todo lo que hay en mi interior.
Después de haber elevado mi gratitud me puse manos a la obra.
Me dividiría y comprendí lo que se pretendía.
Para eso tenía que descender en el cuerpo y aceptar su empuje.
Pero ese veinticinco por ciento sería mi propia arma, el porcentaje restante tendría que vivir lo que me enviaran.
Me había quedado muy claro y descendí en mi vestimenta material.
De inmediato sentí el cansancio mortal de mi cuerpo; casi lo habían asesinado a través de su continua concentración.
Yo había ofrecido resistencia demasiado tiempo, aunque al final no pudiera librarme.
Ahora estaba de camino la violencia.
Ya no me era posible ahora pensar ni sentir.
Pronto me hundí y se me hizo borrosa la mirada.
Los maestros se habían adueñado de mí.
Ya no supe nada más.
* *
*
Me encontraba fuera.
Ante mí veía un paisaje precioso.
La naturaleza era muy hermosa, estaba yo buscando frutas que crecían y maduraban de noche.
El entorno era solitario y desolado, no andaba absolutamente nadie por allí.
Mi camino me condujo a un valle.
Una extraña fuerza me impelía a ir a toda prisa, siempre más rápido, por lo que casi ya no pude respirar.
Aun así me restaba algo de fuerza para frenar ese ritmo tan acelerado.
Al llegar al valle iba algo menos apresurado.
Acelerar el paso ya no era posible.
Era como si fuera un instrumento sin voluntad que tenía que vivirlo.
Sintonicé con las frutas, con la esperanza de encontrar muchas.
Con ellas haría feliz al faraón.
Eso se remuneraba, al implicar un enorme peligro.
Era posible que de pronto me encontrara ante sucesos naturales como los animales salvajes que aquí abundaban.
Vi ante mí una cueva donde seguro que las encontraría.
No pensaba en peligro.
A la entrada me topé con una corriente de aire frío.
Una vez habituado a ella me adentré más en la cueva.
Busqué por todos lados, en las grietas y rocas salientes, pero sin ver frutas.
Al adentrarme en una galería tras otra me fue entrando miedo.
Fui corriendo por todas las galerías, hasta que me perdí.
Me había extraviado en un laberinto de grietas y galerías.
Me brotó sudor frío y estaba desesperado.
Seguí buscando, pero sin encontrar nunca una salida.
Me asaltaron el miedo y el horror.
La luz que acababa de ver se extinguió y tuve que buscar la salida al tacto.
De pronto oí un horrible siseo, muy cerca de mí algo se arrastraba por el suelo.
Dos ojos llameantes me miraban y se me acercaban.
El animal irradiaba luz; podía verlo claramente.
Era una serpiente increíblemente grande.
Cuando se me acercó más pedí ayuda a gritos.
Los ojos me obligaron a quedarme donde estaba, pero no paré de gritar pidiendo ayuda.
El siseo no dejaba de acercarse, la lengua bífida se disparaba hacia mí, no tardaría en alcanzarme.
Empecé a sentirme mareado por el miedo.
Fui hundiéndome más y más hasta que todo a mi alrededor se fue borrando.
A pesar de ello seguí pensando de forma consciente.
Pero este pensar era como un recuerdo de siglos antes.
Me sentía y no me sentía a mí mismo.
Aun así lograba acordarme de que era yo, la persona que tenía que vivir algo; de que poseía un cuerpo como todos los seres humanos y de que vivía en la tierra.
Me sentía como una partícula de mí mismo, la otra cantidad había desaparecido de mí y no podía atraérmela ahora.
Yo era como un solo pétalo de una flor, y sin embargo tenía que ver con el conjunto, del que formaba parte.
Ya no me daba cuenta de mi miedo y mareo, ni de que estaba buscando y palpando, ni del siseo del horrible animal.
Empecé a pensar con calma.
La serpiente ya se me había acercado y me estaba envolviendo con su cuerpo.
Su constricción me mataría, pero ya no me quedaban fuerzas para ofrecer resistencia.
Dejé que viniera lo que tuviera que venir.
Me encontraba paralizado, sin fuerzas para oponerme concentrándome.
La serpiente me estaba destrozando el pecho.
Sentí cómo me entraba un fuerte dolor, pero me faltaban fuerzas para pedir ayuda.
El dolor me cortaba el aliento.
En breve me quedaría inconsciente.
Pero todavía podía pensar.
¿Ya me había aplastado hasta matarme?
Ya ni siquiera podía seguirlo.
Ciertamente, todavía vivía, pero lentamente estaba muriéndome aplastado.
Cada vez más me costaba respirar, no podía hacer nada, me entregué por completo y aceptaba lo que me tocaría vivir.
No temía morirme, porque la muerte no existía.
Al parecer, el animal no tenía hambre, porque de lo contrario ya me habría aplastado.
El proceso de muerte lo tenía que aceptar y ahora lo viviría.
Era como si estuviera durmiéndome.
Los dolores disminuyeron, se me paró la respiración.
Estaba muerto, había fallecido en la tierra, aplastado por un reptil, pero la muerte no era otra cosa que quedarse dormido.
Me había despojado de mi conciencia terrenal, ahora me iba a entrar la espiritual.
Había vivido el proceso de muerte y la entrada en ese otro mundo, y me quedé esperando a que me llegaran nuevas fuerzas.
Ahora me encontraba en la vida después de la muerte, poco a poco me iba volviendo mi propia vida, y comprendí lo que me había ocurrido.
Reflexioné como un rayo sobre aquello que había tenido que vivir, y se me hizo milagroso.
Pero la concentración de ellos era terrible.
Pero, en realidad, ¿dónde me encontraba?
Este espacio me resultaba conocido.
¿Me había seguido mi líder espiritual?
Y en ese estado ¿había ofrecido yo resistencia?
¿Hubo momentos en que me había olvidado de mí?
¿Habían podido seguir los maestros mis pensamientos y sentimientos?
Mientras hacía todas estas preguntas vi cerca de mí un terrible monstruo.
Era como un ser humano terrenal, pero tenía ojos verdes y respiré un hedor nauseabundo.
Era como un animal salvaje y emitía alaridos satánicos.
El hombre bestia se me abalanzó, pero antes de que el animal humano me alcanzara me derrumbé y perdí la conciencia.
Ya no tenía resistencia, había consumido todas mis fuerzas.
Entonces me desperté y me vi rodeado de tinieblas.
Empecé a pensar con cautela y a preguntarme dónde vivía.
Me palpaba el cuerpo y lo sentía.
Sí, aún vivía, pero ¿dónde?
¿No me había aplastado el hombre bestia?
A mi alrededor había tinieblas, no tenía noción de vida ni de muerte, ya no había una conciencia normal en mí.
Ya no poseía nada que me sirviera para orientarme.
Pero, realmente, ¿qué me ha pasado?
¿Vivía entre “la vida y la muerte”?
¿Aún pertenecía a la tierra?
¿Podía pertenecer a la tierra?
Pero ¿dónde estaba?
¿Dónde estoy, dónde vivo?
Había perdido el juicio.
Ya no me era posible pensar con normalidad.
‘Estoy loco, me ha entrado la locura’.
Me encontraba en el umbral de la locura.
Ya no había vida en mí, jamás había vivido algo tan horrible.
¿Ya estaba loco?
¿Cómo se sentían las personas que habían perdido el juicio?
¿Eran capaces de sentir y pensar entonces?
¿Les quedaba algo de su propia conciencia, o es que entonces se disolvía la personalidad entera?
‘Me he vuelto loco, querida Madre, loco, Ardaty, estoy demente y he perdido el juicio.
¡Socorro, socorro! ¡Estoy loco!’.
De pronto oí que se dijo cerca de mí:

—No estás loco.
No estás demente.
Puedes pensar y sentir.
Tu sentimiento es normal.
¿No estás preguntando por tu madre?
—Sí —grité—, sí, pregunto a gritos por mi madre, y sé quién es mi madre.
Mi cerebro estaba confuso y yo agotado; después volví a derrumbarme.
Igual que la noche da paso al día, así volví a la vida.
Me había despertado otra vez, pero mi estado era exactamente igual.
De nuevo empecé a hacer preguntas, a sentir y a pensar, y me serené un tanto.
Comprendí ahora que seguía siendo normal, porque podía pensar.
Mi propio ser estaba volviendo a mí.
Pensé en mi madre, en Ardaty y Dectar.
Con cautela seguí y reflexioné sobre todas las cosas, y me quedó claro lo que había vivido.
Estaba en las tinieblas, había experimentado el proceso de muerte y me había derrumbado algunas veces.
Ahora era yo mismo otra vez y el calor planeaba por encima de mi cabeza.
De modo que mi maestro no me había dejado solo.
Ahora me estaba indicando el camino, tenía que intentar seguir siendo yo mismo.
Volví a seguir todo y después me quedé a la espera.
Aún no podía determinar si estaba viviendo otra vez en mi celda.
Y aún no era posible ver escenas en la tierra, ni pensar en cosas terrenales.
Vivía en un caos espiritual, se me echaban encima diferentes mundos, pero en el fondo no era consciente en ninguno de ellos.
Ahora ya no era capaz ni de avanzar ni de retroceder, pero tenía que seguir siendo yo mismo.
¿Seguía en las tinieblas?
Ni me atrevía a sintonizar con nada.
Pero tenía que pensar y de todas maneras volví a seguir todo lo que había vivido.
Ahora se aproximaba el morir en la tierra, el reptil me estaba matando con su constricción.
Ya no podía respirar, la muerte estaba cerca y volví a derrumbarme.
Mi resistencia se había quebrado, mi propio “yo” había sido despojado de todo.
Yo me había convertido en un juguete, un hombre sin sentimientos.
¿Lo sabrían todo esto los maestros?
Pedí tiempo, tiempo para despertar, para volver en mí.
Necesitaba tiempo para recomponerme.
¿Me estaba entrando conciencia?
Hace unos instantes pensé sentir el calor y eso significaba ayuda.
Mi conciencia estaba cobrando fuerzas, me estaban llegando nuevos pensamientos y estos me estaban devolviendo a mí mismo.
Mis sentimientos y pensamientos habían sido erróneos, porque no había usado mis dones, por lo que los maestros habían podido hacer conmigo lo que quisieron.
El comienzo había sido precioso, mi división muy buena, pero me había olvidado de mí mismo y había dejado fuera de servicio mis propias fuerzas.
¿Quién me había vuelto a despertar?
¿Quién me hacía pensar ahora?
Estaba pensando de nuevo, pero ¿a través de quién?
La intención era muy buena, pero ¿no había aprendido nada?
¿Había experimentado todo como ser vacío?
¿No había aplicado lo que había aprendido por medio de Dectar?
Todas estas preguntas me iban surgiendo, pero no entendía nada.
De modo que tenía que empezar de nuevo y prepararme, tenía que estar en mi celda y fuera de ella, en la tierra, o en este mundo en que pensaba que me encontraba.
Aún no estaba seguro de ello, pero esperaba que se me concediera saberlo en breve, entonces podría proseguir.
Me acordaba de que revivía todo y de que me derrumbaba cuando había llegada a ese reptil.
Pero ahora quería saber primero dónde estaba realmente.
Me palpé, me pellizqué el cuerpo y sentí que vivía en mi organismo material.
Ciertamente, estoy en mi celda, en las tinieblas.
Cuando sentí mi cabeza me puse muy feliz.
También conservaba los brazos y las piernas, de modo que no me había accidentado, ni muerto, lo había vivido a través de los maestros.
Esa alimaña era una figura aparente, pero había sentido su realidad.
Ahora estaba oyendo el latido de mi propio corazón y sentía que me volvía la conciencia.
Me saltaron las lágrimas de pura alegría.
Qué feliz estaba de conservar todavía la conciencia normal.
Se me relajó el cuerpo por la alegría y las lágrimas, y pude respirar con algo más de holgura.
Después quise saber si seguía echado en mi lecho de reposo.
No, no lo sentía, tocaba el suelo con las manos.
¿Realmente estaba en mi celda?
Tenía que saberlo, o no me serenaría.
A esto le siguió una vuelta por estas tinieblas.
Me arrastré por todas partes, hacia el medio, y también de allí me fui.
Solo veía en las profundas tinieblas, seguía sin encontrar mi lecho de reposo.
Pero algo me había quedado claro: estaba buscando y mi manera de pensar era normal.
Los sentimientos que albergaba correspondían a la conciencia normal.
Descansé algo y después empecé a buscar de nuevo.
Mi cuerpo se había cansado mucho de tanto arrastrarse, pero aguanté, tenía que saber dónde estaba.
Después de haberme arrastrado mucho a diestro y siniestro, hacia delante y atrás, volví a encontrar por fin mi lecho.
Con todas mis fuerzas que aún conservaba me elevé como pude, y volví a derrumbarme.
Después de eso me desdoblé simultáneamente de mi organismo y vivía ahora en ese otro mundo.
Un sentimiento me advertía de que viviría la realidad.
Me encontraba en un imponente espacio, pero otra vez estaba muy solo.
Aun así, había algo de luz, pero iba apagándose.
En este espacio vacío la vida estaba adoptando formas y haciéndose más densa.
A medida que se hacía más densa también entraba la oscuridad.
Cuando se hubo hecho muy oscuro vi figuras e incluso cavernas y chabolas en las que vivía gente.
Estas personas habían vivido en la tierra y eran demonios astrales, de los que Dectar me había hablado.
No obstante, me sentía muy tranquilo y me acerqué algo, porque quería saber más.
‘Cómo es posible’, pensé, ‘son personas, pero monstruos horribles’.
Cuando sintonicé con esos cuerpos vi su sangre y también pude seguir su vida interior.
Estas personas eran como no podían ser los demonios ni los animales.
Me llegó:

—Su vida es inconsciente, no saben nada de su propia existencia y están listos para abalanzarse encima de ti.
La explicación había vuelto a ser de mi líder y me sentí muy agradecido por ello.
De modo que vivía en la realidad.
Mientras contemplaba todo lo que hacían comprendí lo miserable que era su tenebrosa vida.
Lo que hacían no era humano, un animal no vivía así.
Pero esa cosa inhumana me tenía cautivado y en aquel instante había vuelto a olvidarme de mí mismo.
Sintieron que las contemplaba y vinieron hacia mí como locos.
Habría tenido que sintonizar mi concentración y usar mis conocimientos de las leyes mágicas.
En la conciencia de todas estas fuerzas habría podido resistir a todos y aceptar una lucha abierta.
Pero un sentimiento que me brotó repentinamente me hizo cambiar de parecer y huí.
Busqué una salida entre todas esas cavernas y chabolas, pero sentí que me acorralarían de todas formas.
Entretanto choqué con algo, haciéndome daño en la cabeza.
Mientras huía volví a sintonizar con ellos, porque quería saber si me seguían.
Me habían acorralado por completo; un nuevo miedo, diferente, me tomó desprevenido y me derrumbé, inconsciente.
Cuando desperté y quise saber dónde estaban, vi que estaba rodeado de tinieblas, pero diferentes a aquellas en las que había estado.
¿No me habían destruido los demonios?
¿Dónde me encontraba?
Volvía a vivir entre tinieblas.
¿Aún estaba en el mundo?
Al sentir mi lecho de reposo me quedó claro que había vivido un nuevo milagro.
¿Quién me había llevado a mi celda?
Sentí un agudo dolor en la cabeza.
Lo que había vivido allí también lo tenía que vivir mi organismo.
Me habían llevado en esa inconsciencia, no podía ser de otra manera.
Entonces obtuve una respuesta, a mi lado hablaba una voz y oí:

—Los maestros han podido liberarlo, se disolvió usted en sus manos, porque si no los demonios lo habrían matado, lo que supone la ruptura del cordón.
Mi líder me había seguido, me sentía muy feliz.
Ahora comprendí muchas cosas, aunque había fuerzas a las que seguía sin conocer.
En mi cabeza se había instalado ahora un vacío y mis dolores fueron mitigándose.
Me atravesó una fuerza placentera y estas eran las fuerzas de la conciencia superior.
También eso le agradecí a mi líder.
Me dio a conocer ahora que Dectar pronto vendría a buscarme, y que estaba muy satisfecho.
Después me acosté y me quedé dormido.
* *
*
Desconocía el tiempo que había dormido, pero ya no sentía ese espantoso cansancio.
Había ahora un sentimiento más fuerte que todos los demás.
Comprendí que todavía yo les resultaba inútil, esos derrumbamientos no valían, no estaba preparado para todas esas dificultades.
Podía estar satisfecho con el resultado, pero aun así había aprendido mucho.
Lentamente las tinieblas iban disolviéndose.
¿Ya se había agotado mi tiempo?
Se me hacía que había estado aquí durante siglos.
¿No tardaría en venir Dectar?
Pero volví a dormirme.
Entonces abrí los ojos y vi luz a mi alrededor.
Entró el sacerdote y me llevó a Dectar.
—Dectar, oh, querido amigo mío, ¿cuánto tiempo estuve allí?
—Todavía debes tener un poco de paciencia, Venry, enseguida podremos hablar (—contestó).
Seguí a Dectar afuera y cuando le pareció que podía hablar dijo:

—Estupendo, Venry, no habría sido posible mejor.
Aún no vales nada, así no te pueden usar los maestros, las tinieblas te quiebran.
—¿Pudiste seguir todo, Dectar?
—Sí, Venry.
—¿Al margen de los maestros, Dectar?
—Sí, pero por medio de ayuda.
—¿Lo sabes todo Dectar?
—Se nos concedió que conserváramos nuestra conexión, Venry, por eso pude seguirte (—dijo).
Entré en mi celda y tuve que descansar.
Dectar me dejó dormir y cuando volvió me sentí descansado.
Había descansado varios días seguidos.
No tardé en hacer preguntas.
—¿Sabes, Dectar, que casi me vuelvo loco?
¿Qué pasará conmigo cuando esto dure siete días y noches?
—Entonces todo volverá a ser distinto, Venry, y tendrás otra conciencia, estarás preparado.
¿No sentiste que ibas haciéndote más fuerte?

—¿Pero acaso no volví a derrumbarme, Dectar?
—Eso está muy bien, Venry.
Pero sí entendiste que los podrías haber detenido a todos, o que podrías haber adoptado otras medidas, como debe ser.
¿Sentiste claramente ese empuje?
—¿Quieres decir esa fuerza que me hizo perder la conciencia?
—No, eso no, sino la fuerza que te hizo huir, Venry.
Esa fuerza quiso que te entregaras del todo, porque si no los maestros habrían hecho más pruebas todavía.
¿Lo has comprendido todo bien, Venry?
—¿Qué quieres decir, Dectar?
—Ya no sentías nada de tu veinticinco por ciento.
Al hundirte muy profundamente, esas fuerzas se disolvieron, aunque cada vez te despertaras por ellas.
Las dejaste de sentir por completo.
Aun así, vivías en ellas y ese empuje muy curioso lo habías recibido de tu líder espiritual.
Esas fuerzas te devolvían una y otra vez tu propia conciencia, porque de lo contrario habrías permanecido en ese estado y tendrían que haberse detenido.
Para algunos sacerdotes eso ya supone su final, y ya te habrá quedado claro por qué salen locos.
Pero los maestros se preguntan ahora de dónde venía esa resistencia, en ti no pudieron constatar esas fuerzas.
Y es que eso no es posible, porque proceden del espacio y son de tu líder espiritual.
Él estuvo vigilando, Venry, y te ayudó muy intensamente, encargándose de mi conexión.
Me siento muy agradecido de que se me concediera vivir esto, con otros discípulos ya no pude sentir nada por el predominio de los maestros.
Esto se debe a nuestro muro, Venry, somos uno y seguimos siéndolo, también en las tinieblas.
—¿Pudiste seguirme en esa cueva, Dectar?
—Claro, Venry, yo también viví algo parecido, pero nunca te lo dije, porque pueden aplicarlo de diferentes maneras.
Esta me pareció muy buena, pero peligrosa.
¿Sentiste lo claro y natural que es todo?
—Me pareció horrible, Dectar, y allí fallecí.
—Exacto, ese morir, Venry, y sin embargo estar vivo, lo podrías haber sabido de inmediato, porque te hablé de ello.
Pero entonces ya no queda ninguna conciencia en nosotros y ya no sabemos de la vida.
Aprendiste mucho, amigo mío, y luego estarás preparado, espiritual y físicamente.
—¿Sentiste aquel cansancio, Dectar?
—Sí, Venry, te vencieron de manera muy sencilla.
—¿Qué habría ocurrido, Dectar, si hubiera seguido ofreciendo resistencia?
—Te habrían asesinado espiritual y físicamente.
Aquí aún no ha habido sacerdotes que hayan podido procesar eso.
Es muy natural y por eso es tan peligroso, pero tu división fue espléndida.
Pero no todos tienen ayuda.
Este modo, Venry, es el más sencillo, pero también el más peligroso de todos de los que aquí se aplican.
—¿Por qué es tan peligroso, Dectar?
—Porque a tu cuerpo le roban todas sus fuerzas, y el mismo destino le espera a tu alma.
De esa manera, al ofrecer resistencia, el discípulo vive o bien la locura o bien la muerte en la tierra.
El alma se agota a sí misma por completo y así se convierte en un juguete para los demonios y maestros.
Contigo intentaron muchas posibilidades y así comprendieron que no ibas a sucumbir.
Pero con otros discípulos no pueden ir tan lejos, porque entonces ya es demasiado tarde.
Cuando comprendieron que siempre te despertabas por tus propias fuerzas, siguieron.
Este estar despierto lo atribuyeron a fuerzas que están en ti y que más tarde se harán conscientes, pero que sin embargo ya estaban emergiendo.
Tú te nutriste de ellas y eso es autoprotección, las tienes o no las tienes.
Cuando los maestros sienten eso, van siempre a mayores profundidades.
Pero nosotros sabemos que esas fuerzas están en ti y que son tu líder espiritual; creen que forman parte de tu subconsciente.
¿Lo sientes, Venry?
—Me queda claro, Dectar, que de allí uno sale loco.
Ya había perdido el juicio.
—Pude seguir tus pensamientos.
Por dormir vuelves a despertar y a tener conciencia.
La conciencia vuelve en el sueño si no siguen incidiendo en nosotros otras fuerzas y mientras no caigas en manos de demonios.
Tienes que irte hundiendo aún más, Venry, y solo detrás de eso está la locura.
Tu líder no permitió que se llegara a ese punto, porque eso ya ni siquiera se puede vivir.
Entonces pierdes la noción de todo y eres, por tanto, espiritualmente inconsciente y estás físicamente derrumbado.
¿Qué habría ocurrido, Dectar, si esos demonios me hubieran tomado desprevenido?
—Te tomaron desprevenido, Venry, pero te disolviste en sus manos.
Aceptemos, sin embargo, que así ocurriera: entonces es que los maestros estarían ante grandes problemas y tendríamos que celebrar sesiones, día y noche, sin parar, para liberarte de sus manos.
No pueden matarte, pero la miseria que entonces vivirías es horrible.
Antes de que llegaran a una decisión te habías disuelto, y lo viviste.
—No sé nada de eso, Dectar.
—Es muy sencillo, es que estabas inconsciente.
Aun así, los maestros te llevaron a tu celda.
Es un largo camino y sin embargo está tan cerca.
Donde estamos, Venry, viven demonios.
Todavía vivías en tu propia celda y aun así te asaltaban seres astrales.
¿Te quedó claro que la muerte puede llegar hasta ti?
Debemos conocer todas esas leyes y asimilarlas si queremos poder desdoblarnos del cuerpo y traer aquí la sabiduría que hay allí.
Seguro que ya sientes lo poderoso que es todo esto.
Y nos prepararemos, Venry, ahora es cuando realmente vamos a empezar con ello.

—Entonces todo me queda claro, Dectar.
Aún tengo algunas preguntas que hacerte, ¿es posible?
—No te olvides del muro, Venry, ¿qué quieres saber?
—¿Qué edad tenía mi madre cuando entró aquí?
¿Sabes algo de eso, Dectar?
—Siete años, Venry, así que muy joven todavía, pero aquí llegó a tiempo.
—He visto al sacerdote que quiso alcanzarme en mi juventud.
¿Cómo fue su final?
—Desapareció sin dejar rastro, Venry, una muerte repentina.
—¿Cómo fue posible ocultar lo de mi madre, Dectar?
—Isis es poderosa, querido amigo.
En lugar de sus restos mortales se embalsamaron otros y les dieron sepultura.
El faraón no sabe nada, pero a mí se me concedió ver muchas cosas y solo ahora he comprendido por qué.
Ya sabes que estoy deformado, ¿verdad?
—¿Tiene que ver algo con esto, Dectar?
—Eso es justamente, querido Venry, pudieron seguirme, pero no lo saben todo.
Nuestro líder ya me dejó verlo todo entonces, porque sin él es imposible.
—¿Ya no lo volviste a ver en Isis, Dectar?
—Lo vi algunas veces en el edificio donde se embalsaman los cadáveres.
Cuando dejó a Ardaty, Venry, se fue acercando su final.
Esa noche también él iba a morir, pero violentamente.
No olvides que tu madre era una princesa.
Cuando estabas poseído lo pude ver a él, todo me quedaba claro y lo reconocí por su voz y forma de hablar.
Un poco después lo vi muy claramente, aunque intentara ocultarse de mí.
Él también me reconoció y me maldijo, pero eso no me hace mella.
No podía alcanzarme.
Pero todos nosotros, Venry, recibimos entonces la protección de tu líder espiritual.
Si el padre del Templo hubiera podido seguir esto —lo que a mí me sigue pareciendo un gran milagro— todos nosotros no habríamos tardado en morir.
Tu madre estaba deformada y tú eras hijo de él, y sin embargo pudieron blindarlo de cara a todos estos secretos.
—¿Así que no saben nada de mi madre ni de Ardaty, Dectar?
—No, Venry, aquí no saben nada de eso, él tampoco.
—¿Ya lo llevabas sospechando mucho tiempo, Dectar?
—Dectar ve a veces muy bien, querido Venry, y yo soy amigo de Ardaty.
—Pero Dectar, ¿es que pudiste hablar con Ardaty?
—No, ni palabra, porque sería como pedir permiso para morir.
Pero había aún otras posibilidades.
—¿Puedo conocerlas, Dectar?
—Claro, Venry, ahora es posible, ya no están aquí, pero solo ahora puedes pensar en eso.
Estaba muchas veces con Ardaty, y sin embargo no se me permitía pensar en nada ni jamás hacer preguntas sobre tu madre.
Ni siquiera en pensamientos, de ninguna manera posible.
A Ardaty lo seguían día y noche.
Pero conseguí otra manera para hablar con él.
Ardaty poseía dones y podía hablar con sus hijos.
Lo oí hablar a toda esa vida en el silencio de su propio interior, y eso lo pude seguir.
Era tan sensible en eso que por eso lo llamaban maestro.
Pero también entonces eso ocurrió por otras fuerzas, porque si no los maestros sí que nos habrían podido seguir.
Fui a él con una planta, una que era muy sensible.
Quería que Ardaty me dijera lo poderoso que era su veneno.
Obtuve la explicación, pero llené y rodeé la planta de pensamientos, y Ardaty pudo captarlos todos.
Con cuidado le di a entender que estaba siendo seguido día y noche en su pensamiento y sentimiento.
Pero también Ardaty estaba preparado y pensaba en un enfermo en otras latitudes, una mujer a la que estaba cuidando.
Cuando comprendió que se me había concedido ver y que todo le quedaba claro, volví a blindarme para él sin volver a mencionarlo jamás.
Ahora se me hace glorioso, querido Venry, teníamos un solo secreto, y eso me hacía feliz.
Ya solo por eso valía la pena aceptar todo lo que los maestros me imponían.
Pero ahora sé que todo fue supervisado por tu líder espiritual, también la deformación del rostro de tu madre, todo, Venry.
Los maestros deberían haberlo visto, todos tienen muchos dones.
—Dectar, ¿cómo llegaste a saber que él es mi padre?
—Empecé a ver, Venry, en el lugar se me concedió verlo todo.
También eso recibí.
—¿Ya entonces, Dectar?
—Sí, Venry, solo para armarme, de modo que siempre estaba preparado.
Saberlo todo, por peligroso que sea, es mejor que no saber nada, y eso aquí es necesario.
Así no te pueden tomar desprevenido, pero nuestro autocontrol tiene que ser muy fuerte.
Desde aquel momento, Venry, todas esas vidas se fueron haciendo conscientes en mí y Ardaty me comprendía.
—Ya no tengo preguntas, Dectar, lo sé todo.
—Entonces también ha de quedarte claro, Venry, que tienes que ser tú mismo y que no puedes pensar en nada, o si no estaríamos perdidos también ahora.
Ese secreto muere, pero los maestros siguen vigilando, sospechan algo.
Con Ardaty el secreto de ellos ha muerto, pero tú vives todavía.
Cuando estés preparado, solo entonces se resolverá también esto, pero esperaremos.
Tendrás paciencia, ¿no es así, Venry?
—Haré lo que pueda, Dectar.
¿Ahora qué hacemos?
—Puedes venirte conmigo para curar.
—Eso es glorioso, Dectar, estoy preparado y descansado.
—Ven, sígueme, Venry, pero cubre tu rostro.
No te fijes en nada y recuerda que también en eso nos siguen.
No deben llegarte ni entrarte otros sentimientos, Venry, ese mundo ha muerto para nosotros.