Noche del jueves 6 de marzo de 1952

—Buenas noches, señoras y señores.
(Gente en la sala):

—Buenas noches.
—¿Está el señor Brand?
(Señor en la sala):

—Aquí.
—Tengo aquí la pregunta del señor Brand, ya la tengo desde hace dos semanas en mi bolsillo, así que ya toca.
“Un ser humano sabe mucho”, eso va pasando, Frederik escribió en su cuaderno de bitácora en ‘Las máscaras y los seres humanos’: ‘un ser humano sabe mucho, está abierto a cosas grandes y pequeñas y también las termina, pero es el bien y el mal lo que hace’, seguido directamente de: ‘¿lo sabe para sí mismo?’”.
Por medio de Cristo se da como un amigo, por medio del diablo como un satanás”.
Sí, ¿no es así?
“Entonces sueles ver a un amigo cuando ves la vida por medio de Cristo”.
También está claro, ¿verdad?
“Pero solo llegas a ver la máscara sucia, taimada, si no conoces el alma que le corresponde, porque esos pensamientos diabólicos los representa esta horripilante máscara”.
¿Qué más quiere saber de eso?
(Señor en la sala):

—Sí, eso último, señor Rulof, no me ha quedado muy claro.
No lo entiendo muy bien.
—¿Qué es lo último?
(Señor en la sala):

—La última frase.
“Por medio de Cristo se da como un amigo”.
—Si el ser humano viene con Cristo, tienes a un amigo delante.
Un ser humano que acepta a Cristo al cien por cien ya no tiene, en ningún caso, una máscara, ¿no?
Pero cuando, dice, con ese satanás...
Entonces sueles ver a un amigo, casi siempre, si ves la vida por Cristo.
“Por Cristo”: qué bien suena, ¿verdad?
“Pero solo llegas a ver la máscara sucia, taimada”, es la del satanás, “si no conoces el alma que le corresponde, porque esos pensamientos diabólicos los representa esta horripilante máscara”.
Es el ser humano con el que nos encontramos en el mundo y que no quiere saber nada de Dios ni Cristo ni de las leyes astrales.
Cuando estamos ante esa máscara, no la reconoceremos a las primeras de cambio, y esa es la intención.
No es posible mirar detrás.
Pero un ser humano que ya acepta a Cristo y que hace lo que se le enseña, un protestante, un católico, un protestante de la corriente reformada, la religión que sea que conduzca a Cristo, entonces estamos ante un amigo de Cristo.
Es muy sencillo y claro, ¿no?
(Señor en la sala):

—Sí, pero el ser humano se hace pasar por cristiano; sin embargo, no actúa en consecuencia...
—Claro, claro, claro.
(Señor en la sala):

—... bajo el pretexto de Cristo se han cometido los mayores crímenes.
—Sí, señor, si uno no actúa consecuentemente, la máscara es aún más vil.
A un demonio y a un satanás los ves delante de ti.
Sí, pueden ponerse una máscara y una bonita túnica, una preciosa, y todas esas demás cosas, y son amigos, pero usted se va al cuerno.
Son millones esas personas en el mundo, ¿no?
Y si aplican ese camuflaje, si se ponen esa máscara, con la fe y todas esas cosas, pues, sí, entonces es aún más vil.
Eso no lo calamos de buenas a primeras, ¿verdad?
Se pone peligroso.
Y eso es lo que quiere decir Frederik.
Eso usted lo había deducido de allí, ¿verdad?
Qué hermoso y profundo es ‘Las máscaras y los seres humanos’, ¿verdad?
Semejante frasecita, sobre eso se puede escribir, pues, un libro de setecientas cincuenta páginas, sobre esto, solo ya para analizar las máscaras, solo de cara a Cristo; ¿qué queda entonces?
Dilátese, adelante, así se adquiere profundidad...
Cuántos miles de personalidades no se ve ahora por esto, ¿no?
¿Algo más?
Aquí tengo: “¿Puede usted explicar a qué se debe que hoy en día nacen más de esos llamados mongolitos que antes?
El médico dice: ‘Es por la guerra’.
Pero en mi opinión es imposible, dado que para eso la última guerra es demasiado reciente.
Según los datos estadísticos, estos mongolitos se dan en su mayoría en gente mayor que tiene su primer hijo”.
¿De quién es eso?
(Señor en la sala):

—Mío.
—Señor, los mongolitos son psicópatas (véase el artículo ‘Psicopatía’ en rulof.es) y eso nada tiene que ver con la vejez.
¿No han leído esa historia en la Biblia, donde una tal...?
¿Cómo se llama esa comadrona?
Con ciento ochenta años, que tiene cuatrillizos y trillizos y mellizos y estaban sanos.
Estaban sanos, dice.
Pero ¿sabían ustedes —ya lo he explicado aquí alguna vez— de dónde venían en realidad esos mongolitos?
¿Sabían por qué se manifiesta eso en estos tiempos?
Eso tiene que ver con miles de problemas y significa...
¿Lo sabe mi gente?
Lo hemos tratado aquí.
¿Lo olvidaron?
(Dirigiéndose a alguien en la sala):

—Dígame.
(Señor en la sala):

—Guarda relación con vidas anteriores, naturalmente de la persona en cuestión.
—Sí, eso también, claro.
(Señor en la sala):

—Pero entonces no puede tener que ver nada con la última guerra, ¿no?
—No, para nada, esa guerra no significa nada.
(Dirigiéndose e una señora en la sala):

—¿Qué dijo, señora?
(Señora en la sala):

—¿Es la evolución del ser humano?
—Sí, es evolución.
Pero ahora escuche bien, por favor.
En el mundo aún no hemos alcanzado un nivel espiritual.
Ahora les voy a contar algo que jamás deducirían ustedes.
Aún no hemos alcanzado un nivel espiritual.
Y seguimos todavía con la endogamia.
El ser humano que posee la conciencia más elevada —eso es ahora, ¿verdad?— quizá vuelva en mil años.
Pero entonces el mundo ya habrá avanzado más —la sociedad y la humanidad— y entonces la conciencia de un pueblo será más elevada.
Así que en este momento tendremos...
Si ya tienen ustedes un hijo sano y lo dan a luz, ya serán una entre un millón de personas.
Una madre que pueda decir: “Mi hijo es sano y precioso”, ya es milagrosamente feliz; y eso demuestra que la humanidad ha avanzado enormemente en los últimos mil años en todo este lapso de diez millones de años, ¿verdad?
Porque esa endogamia, esa desintegración, que todos hemos vivido desde la jungla —fue entonces cuando empezamos, hemos transgredido leyes—, esa raza (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es) está regresando ahora a la tierra, al igual que otros millones de núcleos y grados de personas que vivieron en este tiempo, en este, este, este y este, y que solo conocieron desintegración.
Así que no es de ninguna manera para tanto.
Pudo ser tan grave que la mitad de La Haya fuera mongólica.
Es decir: si nacen cien niños, puede haber entre ellos noventa y cinco que sean psicopáticos.
Y si ahora toman ustedes esa balanza —también es una armonía, es armonía cósmica—, si toman la balanza y colocan allí la conciencia y aquí la inconsciencia —es la conciencia e inconsciencia— entonces esa balanza se mantendrá de todas formas en equilibrio.
Pero ¿entienden lo que quiero decir?
Que la reencarnación, la evolución, hace siglos y siglos, nace ahora y es psicópata.
¿No está claro eso?
(Señor en la sala):

—¿Por qué entonces no es así? Los médicos que dicen que nacen más que, digamos, hace diez años.
—Escuche bien, pues.
(Dirigiéndose a alguien en la sala):

—¿Cómo dice usted?
(Señor en la sala):

—Los médicos que dicen que ahora nacen más que antes.
—Mire, ahora hay en las guerras...
¿Qué es una guerra?
Si tomas esa guerra espiritualmente, sentirá usted que esa misma masa, atraerá... —haya guerra o no, la guerra da igual—, no podrá cambiar nada en eso ni darle nada.
Y ¿por qué no?
Porque el ser humano de 1914 vive todavía ahora o... —¿entiende?—, atrae a un alma y una vida que ya vivió en la tierra hace siglos y siglos, quizá incluso hace cinco mil años y que no entiende nada de la Primera Guerra Mundial.
Así que ólvidese de esas guerras, sin problema.
Pero lo que hacemos es atraer nuestra propia sintonización, como grado de vida y evolución, y eso es inconsciencia y se manifiesta como psicopatía.
¿Ha quedado claro?
Esa respuesta no se la puede dar ese médico.
¿Entiende lo que es una guerra? ¿Qué más dan cuatro años entre cuatrocientos millones de años?

(El señor en la sala habla un momento a la vez).

¿Lo ven? Esto se está poniendo infantil, esto es infantil.
Sí que regresarán..., en cinco mil años estaremos aquí en la tierra, pero entonces habremos avanzado bastante, aunque en cinco mil años, diez mil años volverán los salvajes de 1940-1945.
Y entonces dirán: “Tengo aquí a uno que se parece bastante a Adolf Hitler”.
Sí, es posible.
Sí, señor, es posible.
Pero Adolf no era tan salvaje (véase el artículo ‘Hitler’ en rulof.es).
¿Les parece que era muy salvaje?
¿Tienen preguntas sobre esto?
Por aquí hay quienes andan sueltos y que son mucho más salvajes.
(Dirigiéndose a alguien en la sala):

¿Qué pasa, señor?
(Señor en la sala):

—Esa cuestión de los mongoles, ¿es que sufre la influencia del esperma?
(Jozef tarda en responder, hay un largo silencio, en la sala hay risitas nerviosas).
—Bien, allí estamos.
Aquí se detiene el lector, ¿verdad, señor Götte?
Señor Götte, está usted preguntando algo que ya sabe, porque es imposible.
Por eso llegué de esa manera..., creo que...
(Señor en la sala):

—... se presenta como mongólico, pero si la raza blanca tiene una sociedad, uno esperaría normalidad, casi normalidad, a veces durante algunas generaciones sí que es posible que...
—Quiere decir usted: que si es sin lugar a dudas material, ¿verdad?, el esperma es material..., es una cuestión hereditaria.
No, señor.
Mire, el alma alumbra y crea el organismo.
Cualquier disarmonía en el ser humano —lo hemos comentado hace poco, ser ciego, y el otro al que le falta un brazo, y este que llega al mundo así, y aquel que es lo otro— no son injusticias de Dios, sino que es un estado disarmónico, o bien de la personalidad en esa madre, o bien la madre ha tenido alguna experiencia, se cayó, esto, aquello, tal y cual, y así es como ha surgido un trastorno.
También es posible.
Y es que es así.
Pero cada enfermedad y todas la desgracias en el organismo las verán por separado, eso ya está en el organismo.
Pero un mongólico, eso se va directamente a la psicopatía (véase el artículo ‘Psicopatía’ en rulof.es) —¿entienden?—, eso es conciencia semidespierta.
Ese espíritu no tiene una ley normal.
Allí lo tiene.
¿Qué es un psicópata?
¿Por qué deforma un psicópata el cuerpo?
Pues, miren esos pobres diablos, ¿no?
Este verano me encontré con unos cuantos en Noordwijk, una peña de esas, paseando, digo: “Vaya, hola, hermanos”.
Hola, y dale que saludaban, no paraban, más contentos...
Digo: “Sí, soy familia tuya

.
Yo acabo de salir.
Acabo de salir de esa psicopatía”.
Y todos nosotros.
Y hay que ver esos rostros retorcidos y esas manitas, y esto y lo otro, incapaces de hablar; llegan a la tierra, en la madre, desprovistos de una conciencia natural.
Porque si uno mete una semillita en la tierra —así es— y añaden una y otra vez veneno de ratas y aun así tiene la fuerza para continuar, así que no mata usted esa semillita, entonces ya comprenderán que allí tendrán un trastorno.
Y ese espíritu, esos sentimientos de esta personalidad por tanto no alimentan el cuerpo de modo normal, natural, armonioso.
Porque los sentimientos impulsan el cuerpo.
Así que ese espíritu ya no tiene armonía, porque ha transgredido esas leyes.
Así que ese espíritu en realidad todavía está dormido, medio dormido, un poco de esto y un poco de lo otro, un follón de primera y ese follón resulta que está metido en ese organismo.
Y entonces esos tejidos tienen que densificarse con una fuerza de amor armoniosa y natural —esos tejidos como embrión, a partir de la vida embrionaria en la madre—, tienen que empezar a densificarse, a radiar y a dilatarse, y en esa célula no hay vida normal.
Y entonces surge ese carácter retorcido.
Ese carácter retorcido es el rostro retorcido.
De esa manera tan genuina y justa el ser humano refleja el interior por fuera, no tiene vuelta de hoja.
Y el psicólogo que sigue mirando, dice: “Sabe Dios qué clase de gente es esta”.
No lo sabe.
Más sencillo imposible: son psicópatas.
¿Dementes?
Oigan, esa gente está loca.
No, señor, no están locos.
Les dicen la pura verdad, pero nosotros somos...
Tenemos la conciencia social.
Pero ¿quién de nosotros dice que estamos espiritual, real, armoniosamente en contacto con la creación?
Pero esa gente libra una batalla a vida o muerte para liberarse, la demencia, para desprenderse de líos animales, eso es el psicópata: no el psicópata, es el loco, el poseso.
Y en eso volvemos a tener mil grados.
“¿Hubo alguna vez...?”, dijo el maestro Zelanus en Diligentia, a la iglesia católica le van a entrar ganas de matarnos, ¿verdad?
“Y espíritu esto, y lo otro..., pero si no hubiera surgido ninguna religión, entonces tampoco habría nadie con delirios religiosos”.
Es tan tremendamente sencillo.
Esa gente..., igual que ‘Las máscaras y los seres humanos’, de nuevo dice Frederik allí en el manicomio cuando está con Hans, dice: “Ese cuelga entre...”.
“¿Qué clase de persona es esa”, dice Hans.
Dice: “Ese, ese quiere ir a Mahoma, no, a Jehová, pero se olvidó de su escalerita, y ahora está suspendido entre el cielo y la tierra”.
¿No es así?
Están colgados y suspendidos entre el cielo y la tierra.
Si a esa gente en el instante en que...
Aquí no se vuelven locos si no lo hacen ustedes mismos.
Esto es tan real...
Yo ya tendría que haber sucumbido mil veces antes, pero no puedo hacerlo porque: siempre fundamentos, siempre.
¿Es así o no?
Pero si las personas con delirios religiosos, esa gente, si hubieran aprendido en la escuela: no hay condena y Dios así, y Dios es esto, Dios de mi alma, sí, Dios de mi alma, entonces no puedes hundirte en una nada.
Y entonces no se puede ver a Jehová entre el cielo y la tierra, sino que entonces Él está aquí.
Y entonces no aparecen agujeros ni complejos en esa personalidad; pero una vez que están, ya no es tan fácil sacarlos en poco tiempo.
¿No es sencillo?
Ahora te pones a hablar.
Complejos, religión; se vuelven locos, se desvanecen, andan por allí y entonces tienen allí...
¿Cuántas personas no están enfermas por la Biblia?
¿Cómo es posible que la palabra de Dios los vuelva locos si es buena? Pero la gente que la quiere poseer ella misma, también lo quiere de un maestro de esos y de... (inaudible), sí, entonces uno ya no sabe dónde pisa, las piernas por debajo de la tierra y empiezas a planear, y entonces pierdes el norte.
Entonces vas a parar a la escuela cósmica oculta.
(Señor en la sala):

—¿Señor Rulof?
—Sí, señor.
(Señor en la sala):

—Conozco una familia donde a todos les entró el delirio religioso.
Se han matado entre ellos.
Era una familia de un padre y una madre con siete hijos, seis o siete, y por las noches leían la Biblia y cantaban.
Pero había uno que prefería adentrarse en la naturaleza y no participaba.
Ellos, sin embargo, pensaban que era el Satanás.
Una noche volvió a casa y habían acordado en esa ocasión: cuando vuelva a casa lo estrangularemos.
Así que entró y le cortaron el cuello y colocaron la cabeza en la estufa que estaba al rojo vivo.
—¿Eso usted lo ha vivido?
(Señor en la sala):

—Los padres..., ocurrió al sur de Waardenburg, en 1940.
—¡Madre mía!
(Señor en la sala):

—Los padres y cinco o seis hijos.
Uno de los hermanos encima ayudó, cortó la cabeza del cuello y la colocó, así, encima de la estufa que estaba al rojo vivo...
—¿Eso ha ocurrido?
(Señor en la sala):

—Eso ocurrió en Waardenburg.
La familia entera está ahora en un manicomio.
—Todo por la Biblia.
La Biblia ha causado al menos veinte millones de enfermos, ¿no?
Enfermos de la Biblia.
¿No es horrible?
Y ahora siguen allí, ahora es posible...
Lástima que esa gente no se hubiera quitado de encima la condena, el Juicio Final.
Ese Dios que allí...
Cuando oyes esas historias, cuando lees esas historias...
Entonces anda un profeta por allí con la cabeza rapada y los niños lo insultan.
(Señor en la sala):

—Sí, eso viene en el Antiguo Testamento, era el profeta Eliseo, tenía la cabeza pelada y entonces los niños lo perseguían: “Calvo, calvo”.
Y Entonces Dios mandó traer unos osos del bosque y despedazaron veintidós niños. (2 Reyes 2:23-25).
Veintidós niños; y estuvo bien, dice allí.
Mire, eso es lo que vuelve loca a la gente.
—“Si te dedicas a eso, si sigues a ese Jozef Rulof, te vuelves loco”, dicen.
(Señora en la sala):

—No, al contrario, te haces mejor.
—¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—Al contrario, te haces mejor.
—Señora, la pongo con los dos pies en la tierra.
Le quito el miedo.
Le quito el miedo por completo.
Cuando haya terminado esos diecinueve libros, ya ni siquiera me necesitará.
Pero de nosotros no quieren saber nada.
No, entonces ya no tendrían castillos, ¿entiende?, y perderían al ser humano.
¿No es horrible?
Y luego encima dicen: “Pues no te pongas como un energúmeno”.
Y hay que ver las cosas tan patéticas que ocurren todos los días, porque lo dice la palabra de Dios.
Peleas.
“A sentarse”, uno que tiene un sentimiento amplio, “¡a sentarse, te estoy diciendo!”, encima un insulto, “Ah, no importa, golpea esa Biblia, sin problema”, y después un poco de encaje encima de la cabeza: “¡A rezar!”.
Pues creo que ustedes me echarían a garrotazos si me dedicara yo a eso.
Miren, más adelante la humanidad recibirá la apertura, la claridad.
No hace falta que recemos, porque de todas formas no les va a servir.
Mussolini rezó por el conjunto de...
Millones de personas rezaron: no vayan, por Dios, a Abisinia (Etiopía), no vayan, por favor.
Y aun así ese pequeño lelo de Italia sí fue.
No sirvieron millones de oraciones.
Flores para María y flores para Nuestro Señor; el gordo ese de Mussolini fue a pesar de todo.
Pienso: ‘Mira ese gordinflón.

(Risas).

Va, a pesar de todo’.
Dice: “Me voy, que me voy”.
Toda Roma estaba rezando, cerca de él; sí que fue.
Los cardenales rezan, el papa rezaba: “No vayas, por favor”.
Sí que fue.
Pues, imagínense lo que supone eso.
El papa estaba rezando: “No vaya, no vaya, por Dios, no vaya, no vaya, por favor”, y lo difundió por el mundo entero, piensa: entonces ya lo oirá.
Pero Mussolini dijo: “Voy”.
Y entonces la gente dice: “Pero ¿es que el ser humano tiene una voluntad propia?”.
Fue.
Y así uno puede seguir y seguir.
La Biblia ha enloquecido a millones de personas.
Hay gente que quiere primero esto y luego lo otro.
Aquí también viene gente, viene gente que quiere absorberlo, asimilarlo, más, más y más, y entonces se equivocan un momento y entonces, bueno, claro, dicen: “¿Lo ve? Allí no tiene que ir usted porque es peligroso, es mortalmente peligroso.
Esa asociación de Jozef Rulof es una casa de locos”.
Pero no tan loca como...
Todavía no tenemos en el manicomio a personas con delirios religiosos.
Y ese hombre del que hablaba usted, ese profeta, sigue viviendo en una iglesia de los protestantes reformados.
Quizá ahora ya tendrá una barba, creo, pero eso la gente lo acepta, porque fue Dios quien lo dijo.
Y Dios arroja del mundo, así, sin más, a un montón de niños del mundo y hace esto y hace lo otro.
Pues léanlo un poco más.
Es para llorar, para llorar, para llorar.
(Señor en la sala):

—¿Señor Rulof?
Nos vino a ver una mujer indonesia que había tenido un hijo en la selva y no podía hacer bautizar a ese niño muy rápidamente.
Resulta que el pastor protestante había dicho que el niño era... (inaudible).
Esa mujer vino a vernos y nos contó la historia.
Bueno, pues, mi mujer se dirigió a la mujer, y esta contó que cómo es posible que un pastor protestante haga semejante jugarreta con un ser humano.
Cuando la hubo expuesto en grandes líneas, la mujer se echó en brazos de la mía en gratitud por haberse quitado ese mal sabor de boca”.
—Hay gente, señor, si les cuenta una parte mínima de lo que ahora sabe, le estarán eternamente agradecidos de lo contentos que están.
Un patán de esos los arroja en cualquier momento de vuelta a esas tinieblas.
Qué pobre, ¿verdad?
Pero nosotros lo tenemos, y con eso basta.
¿Tenía alguna cosa más sobre esos mongolitos, señor?
¿Usted, señor? ¿Algo sobre esos locos, la psicopatía?
(Señora en la sala):

—Sí, señor Rulof.
—Sí, señora.
(Señora en la sala):

—Se refirió usted a que esas almas tuvieron que esperar decenas de miles de años para volver a la tierra...

—Sí.

—... y eso ¿siempre es tanto tiempo o puede ser también menos?
—Señora, en el mundo de lo inconsciente hay quien ya lleva esperando cien mil años.
Cuando regresen Adolf Hitler y la gente de 1940-1945, esos salvajes, quizá entonces vivamos en 46422.
Mire, cuanto más uno pierda los estribos, más difícil será su regreso.
Porque son atraídos quienes conservan un cierto grado de armonía.
Así que si una pierde totalmente los estribos aquí en la tierra, se anula a sí misma, mucho más allá, porque ya no es posible atraerla.
Le preceden millones de personas.
Habrá echado a perder, mancillado, fragmentado y estropeado su nacimiento normal según Dios y el cosmos.
¿Ha quedado claro?
Y diez mil años, señora, no son nada, nada.
Y en siete meses, en siete horas si es necesario, puede usted morir aquí y entonces esta mañana, cuando aquí sean las doce, puede usted volver a nacer esta mañana a las siete en alguna parte del mundo.
(Señora en la sala):

—¿Así que existe esa posibilidad?
—Desde luego.
Con la misma rapidez que dura el alumbramiento y el nacimiento del niño en la madre.
En eso concluye con solo siete meses.
(Señora en la sala):

—Señor Rulof, ¿puedo preguntarle algo?
Yo misma lo he vivido, perdí a un niño de un año...

—Sí.

—... y no me puse muy triste porque al poco tiempo, inmediatamente después, volví a quedarme embarazada.
Y no sabía nada de su trabajo, que conste, y entonces tuve la sensación, y se lo decía a la gente: “No, es como si sintiera que él tenía que volver”.

—Sí.

—¿Que lo que era en realidad?
Y ese sentimiento no he dejado de tenerlo.

—Puede ser.

—Después volví a tener un chico.
Resulta que más tarde volví a pensar en eso por haber venido a verlo a usted.
—¿Primero fue una niña?
(Señora en la sala):

—No, volvió a ser un niño.
—Otra vez un chico.
Mire, aquí pocas veces me han hecho estas preguntas.
Pero es posible.
Por ejemplo: la gente pierde un niño, me he encontrado con gente así, y vuelve esa personalidad, de modo infalible.
Puede ocurrir siete veces.
Siete veces.
Es decir: siete grados para el nacimiento y siete veces para construir esa materia; esa posibilidad es entrar en armonía con el alumbramiento, con el nacimiento, con la madre.
Así que el espíritu entra en armonía con la madre.
Y entonces es posible que tenga usted un aborto, adiós niño.
Otra vez uno, otra vez uno.
Adiós niño.
Y el mismo niño vuelve hasta siete veces.
Eso también ocurre.
¿Lo sabía usted, señora?
¿No es interesante eso?
Sí, el ser humano tiene millones y millones de posibilidades de dar a luz y de crear y de regresar.
Ya comprenderán: el ser humano —el domingo lo oyeron en Diligentia— el ser humano tiene a Dios en sus manos.
Y con que solo actuemos un instante mal...
Si no nos equivocáramos...
Cuanto menos tenga, más fácil será...
No hará falta que asimile nada: si sabe de esto será una felicidad total detrás del ataúd.
Cuando luego lleguen allí uno por uno, habrá alguien que se les acerque.
Quizá sea un amigo, sus padres, cuando hayan llegado a ese punto, la mayoría eso no lo tienen, porque esos padres dicen..., no quieren esto o no quieren lo otro; eso ya son abismos, mundos, mundos diferentes.
Pero si viene uno a su lado, y alguien, infaliblemente, acudirá, irá a recogerlos; solos no encontrarán el camino.
¿No les parece divertido eso también?
Cuando mueran, señoras y señores, encontrarán el camino, no, no hace falta que lo conozcan, porque irán, infaliblemente, a su sintonización espiritual.
Infaliblemente.
Pero siempre habrá alguien para ir a recogerlos, porque ese el trabajo más hermoso que existe.
Saldrán ustedes de ese pequeño ataúd, de ese pequeño cuerpo; a cerrar los ojitos, qué gusto, no harán nada, adiós tonterías.
Los más grandes, los más agitados, los más grandes que tuvieron las mayores ínfulas, serán como corderitos.
¿Ladrar?
Ya no es posible allí.
¿Gruñidos?
A cerrar la boca.
La porra espiritual, señor Veenkamp, ya existe.
Y entonces no queda otra que entregarse.
Y si ese hombre o esa mujer hablan, uno ya siente gratitud.
Y cuando diga: “Ahora ya no vives, qué gusto, ¿verdad?”,
ja, ja, entonces se ríen.
Sí, eso no llega hasta dos, tres semanas después, quizá después de cuatro meses, seis, porque es posible yacer allí sin conciencia durante seis, siete meses, ocho, año y medio, y entonces...
Igual que un enfermo, ¿verdad?
Es cuando da un paso hacia adelante el enfermo, el enfermo mental.
Señoras y señores, si no han alcanzado la primera esfera, serán enfermos mentales.
Lo conté hace poco: si tuviéramos una escuela, si se me concediera montar la escuela con desarrollo espiritual —esto es desarrollo universal, quiero decir el desarrollo espiritual—, comenzaríamos con lo primero, y eso es lo que hace el maestro en el otro lado, con esa primera cosa de todas: ¿qué es cierto en mi pensamiento y qué no lo es?
De eso dije hace poco: también pueden aprender muchas cosas si se tienen unos a otros, hombre y mujer, amigos.
¿Y qué es lo que no sabemos?
Eso es lo que deberían anotar alguna vez.
Cualquier persona que haya asistido a todas estas conferencias a lo largo de los años y que haya leído los libros puede escribir para sí misma un grueso libro.
¿No es así?
Y entonces deberían ponerse a responder esas preguntas.
¡La de cosas que saben ustedes!
El maestro Zelanus lo dijo hace poco, pero es cierto.
Si los enviara a ustedes, uno por uno, a los más antiguos que lo han vivido todo, a quienes realmente hayan asimilado todas esas ochocientas y pico conferencias y esos libros, si los enviara allí a pueblos, si así lo desearan los maestros, podrían jugar a ser profetas; con tal de que repitieran exactamente lo que han aprendido.
Entonces nadie los podrá convencer, sobrepasarán todas las cabezas, la conciencia del mundo.
¿No es así?
Pero entonces tenemos que empezar con: ¿qué es bueno?
¿Qué es cierto?
¿Qué esta mal?
¿En cuántas cosas nos equivocamos?
Y entonces tenemos que empezar con lo cotidiano, con lo social.
No pueden ustedes llegar a tener conciencia si no empiezan aquí con estas cosas, y con estas y estas.
(Dirigiéndose a alguien en la sala):

¿Qué tenía?
(Señora en la sala):

—Un bebé.
—¿Dices que llegó un bebé?
(Señora en la sala):

—Sí.
—Es el desarrollo universal, ¿entiende?
Y entonces allí, detrás del ataúd, recibirá en primer lugar: Sí.
Eso.
Así es.
Ahora sí que está en ese mundo.
¿Hay alguna duda?
¿Hay desconfianza?
¿La hay?
Hay gente que lee, han vivido todo, estaban como locos; dos años después: adiós.
“Bah, estoy hasta las narices de Jozef Rulof”.
Está hasta las narices del otro lado, porque aquí ya vives en el otro lado.
Me río de esa gente en plena cara.
Del ser humano que de pronto dice, por ejemplo: “Vaya, menuda basura, menuda desintegración, Jozef Rulof es un faquir, es un mago”.
Ah, sí.
Muy bien, señor.
Pero entonces Cristo y Dios y todo también es...
Pero ¿de verdad saben ustedes lo que es la magia?
No lo saben.
No lo saben.
Aquí viven ustedes detrás del ataúd y si quieren alcanzar eso, no solo lo conseguirán leyendo; tienen que empezar con ello.
Detrás del ataúd —recuérdenlo— serán o bien inconscientes, psicopáticamente, espiritualmente, o tendrán pensamientos, actos, sentimientos reales.
Y si comienzan con ello, si realmente empiezan, ya se lo dije algunas veces a gritos, en un año se dirán: “Dios mío, Dios mío, cómo he cambiado.
Yo he cambiado mucho”.
En un año podrán conseguir muchísimo, con tal de que allí hayas puesto los fundamentos.
¿Tenían alguna cosa más sobre esto?
¿No es cierto, señor Veenkamp?
Su niña también está allí ahora, ¿verdad?
Ella seguro que lo sabrá.
Enseguida tendrá a alguien a su lado, dice el maestro Zelanus.
De eso se trata.
¿Tienen más preguntas sobre esto?
(Señor en la sala):

—Sí, señor Rulof, una pequeña definición, una muy pequeña, sobre el nacimiento veloz, sobre el morir y volver a nacer ya en un plazo de siete meses...

—Sí.

—... eso de menos de siete meses no me queda...
—¿No lo puede aceptar?
(Señor en la sala):

—No, no me queda claro.
—No le queda claro, ¿por qué no?
(Señor en la sala):

—Pues, porque no lo comprendo.
—Señor, ¿ha leído usted mis libros ‘El origen del universo’ y ‘Aquellos que volvieron de la muerte’, ‘El ciclo del alma’?
Mire, allí se encontrará con esas leyes.
‘Dones espirituales’.
Pero lo que es el nacimiento es algo que no se da tan pronto aquí en Europa, antes se daba más.
Por ejemplo, hace poco, en la India colonial, ocurrió hace veintitrés, veinticuatro años.
Esos sumos sacerdotes lo han vivido mucha veces.
Me viene a ver aquí alguien y dice: “Lo he vivido yo mismo, señor, acepto de inmediato lo que escribe allí”.
Digo: “Es posible, pero entonces es una tarea”.
Porque los seres humanos vivimos todos en disarmonía.
No estamos en armonía con el cosmos ni con el mundo astral, no puede ser, ¿no?
Así que de ese modo hemos fragmentado todo nuestro nacer a tiempo —normal, divino—, debido a que empezamos a vivir a la buena de Dios.

Y allí hay suicidios, asesinatos, robos y todas esas cosas, se habla de pasión y violencia.
Señor, eso no significa nada todavía, siempre que no se trate de asesinatos, porque estos los anulan y los dejan fuera del nacimiento normal, real, armonioso.
Y entonces tenemos que volver.
Y ahora tenemos la paternidad, tenemos la maternidad.
O sea, es como si estuviéramos atados a miles de leyes.
Y son todas armoniosas y todo va por sí solo, a tiempo, al segundo.
Y entonces hubo...
Entre la vida y la muerte, eso los maestros lo llaman el mundo de lo inconsciente, es decir: allí el ser humano entra en el sueño y se hace embrión.
¿Puede usted aceptar, que usted y todos nosotros..., que luego...?
Ahora salimos del ataúd.
Tiene que regresar a la tierra, así se disuelve por completo.
Lo he visto, hablo a partir de lo que he visto, señor.
Me desdoblo corporalmente y he visto esas leyes y se me concedió seguirlas con esos maestros, si no, ¿qué quiere que le diga?
Así que le cuento las cosas a partir de la verdad.
Entonces se disuelve usted por completo y regresa al embrión, a un chispita así, y de este modo es atraído por papá y mamá, porque eso también es embrionario.
Así que eso es cierto, ¿verdad?
Ahora hemos transgredido esas leyes.
¡Fuimos nosotros!
Ahora vas a tener: meses.
La naturaleza se alumbra y se crea en un plazo de tiempo.
Si ven la naturaleza, entonces llega, habrá pasado el invierno y primavera... daríamos a luz cada año.
Pero el ser humano tiene, a su vez, una evolución más profunda, más amplia, según su conciencia; es decir: el ser humano da a luz, eso dura equis meses, a eso lo llaman meses, pero son grados de vida, son transiciones de densificaciones, de crecimiento, el sentimiento se dilata, dilataciones; lo que ha ocurrido en el cosmos ocurre todo en esa madre, y entonces un mes es en el fondo un grado, y entonces hay siete transiciones; y serían siete meses, pero eso no cuadra.
Si resultara que estuviéramos libres de pecados, de errores, de disarmonía, señor, entonces podría ser, sería posible.
Pero entonces es una tarea, como le digo, y regreso al instante —que es posible y que puede ser—, entonces es una tarea; en poco tiempo, en siete meses, hasta en siete horas podría ser que fuera usted atraído y que volviera a nacer en la tierra.
Pero entonces estamos también completamente en equilibrio, cósmicamente, con todas las leyes divinas.
¿Quién es?
Pero ahora ha ocurrido en la historia, era frecuente en Egipto, llegaba un “alado” de esos, a tiempo.
Pero en la India colonial ocurrió en el pasado; hubo un sumo sacerdote y murió, hizo la transición, y dijo: “Por la mañana ya volveré de nuevo, porque a mí me corresponde continuar mi tarea”.
Y ese tipo volvió.
Dice: “Pronto oirán de mí, ya estoy por aquí otra vez”.
Pero eso está en manos de maestros, ¿entienden?
Y ese hombre continúa allí una escuela, esa es la sabiduría, sabiduría oriental, esas escuelas siguen activas.
Es decir, están (unidas) al espacio místico.
La Universidad de Cristo tiene espacios místicos, también docentes místicos, para esto, esto, esto y esto, para construirlo, y eso lo retienen, porque Egipto, China, Japón, Oriente han construido la mística.
¿No es cierto?
Resulta que nace ese hombre.
No sabían dónde.
Dice: “Pronto oirán algo sobre mí”.
Seis años después, tres años después, ya empezaron las cosas.
Cuando el niño empezó a hablar: “Mamá, no me quedo aquí porque me voy al templo.
Allí hay un templo, ¿verdad?”.
“Sí”.
¿De dónde lo sacó el niño?
No lo había visto.
Cuando tenía seis años, dijo: “Mamá, me voy, porque quiero tener mi perro, porque mi perro también está allí”.
Entonces dice: “Aunque usted es mi madre, no lo es, porque allá vive mi otra madre y allí también está mi perro”.
Y allí se fue.
Y allí también estaban los padres de seis, equis, poco tiempo, después de siete meses... esos padres seguían allí, pensaban haber perdido su hijo.
Y al instante empezó a hablar en la conciencia anterior, o sea, la reencarnación había sido absolutamente consciente, estaba en manos de los maestros, porque de lo contrario eso se sumerge en su conciencia.
Y si has estudiado eso, también es tremendamente sencillo que en esos sentimientos, en este nacer, y quizá en algunas cosas más, para el estudio, que en eso conservara la plena conciencia; porque ese hombre no hacía otra cosa ni quería hacer otra cosa.
Si deciden esta noche: quiero hacerme cura y no se desprenden de ello, no le dan un golpe en la cabeza o algo así, se convertirán infaliblemente en papa, porque lo conseguirán.
Ese sentimiento los elevará por sí solo a lo más elevado.
Y cuando entren en eso y lo hayan vivido, solo entonces lo sabrán y lo conocerán, y después volverán a desprenderse de ello y entonces comenzarán con la naturaleza.
¿No es sencillo?
Y así es como se pudo demostrar.
Se demostró varias veces que ese hombre dijo: “Soy yo”.
Y entonces vino después de seis años...
Un señor que había leído mis libros, ‘El ciclo del alma’, ‘Una mirada en el más allá’ y esos otros libros, viene a verme y más tarde me cuenta: “Señor Rulof, todo esto cuadra a la perfección.
Pero ahora he vivido algo hermoso”.
Y lo contó.
Digo: “Sí, eso también lo he oído yo”.
Y eso es cierto, señor.
Y nosotros, los seres humanos, y no solo ese hombre, sino miles, no millones, miles, que por su tarea, por tanto, reciben un pronto nacimiento para volver a demostrar al ser humano: ¿Cómo es posible?
Yo era eso, reencarnación, tengo mi conciencia plenamente.
Encontrará usted cosas en mis libros, señor, con las que ya debería poder convencer al mundo entero.
En ‘Jeus de madre Crisje’: de niño encontré dinero en el bosque y todas esas cosas; con eso tendría que ser posible convencer al mundo, ¿no?
Estoy durmiendo, quería ir a la feria, no teníamos dinero, me dan diez centavos, baja un cordón del cielo y yo que salgo pitando.
Lo sigo, hora y media en el bosque, que encuentro dinero.
Junto al dinero está el espíritu que me ha llevado con él, que ha escrito los libros, dice: “Bueno, te doy veinticinco centavos”.
¡Veinticinco centavos!
Debería leerlo, señor.
Con eso en realidad ya podrías haber convencido la humanidad entera.
Pero ¿qué hace el ser humano?
Ja, ja, ja.
De estas pruebas hay centenares de miles.
¿Y puedes convencer con ellas a la gente?
Tengo millones de pruebas de la pervivencia eterna.
Esta misma tarde tuve otra revelación, un milagro, ya solo por el arte, por los libros, la sabiduría.
Sí, señor, entonces el señor se tiene que poner a pensar.
Pero es posible.
Así que si ese hombre llega, si yo llego, si usted llega a una tarea y usted, a base de trabajo, se ha elevado cósmicamente, digamos espiritualmente, y es usted quien puede procesarlo, señor, entonces tendrá usted preferencia por encima de quienes hayan matado y lo hayan vivido todo.
Porque quien asesine... entonces el maestro dice: “Ahora se anula a sí mismo por equis miles de siglos”.
Porque el ser humano, ese sacerdote estaba en armonía, claro, con esto, esto y esto.
Y él mismo lo contó, no podía hacer daño a una mosca, aun menos a un ser humano.
Así que estaba en armonía y aportó esto, continuó su propia sabiduría.
Y entonces abandonó a sus primeros padres: “Mejor no lloren, papá y mamá”, dice.
“Y ustedes tampoco, papá y mamá, y tengo más padres y madres.
Porque de todas formas me perderán en breve porque volveré, soy el jefe de un templo”.
Y entonces se fue, tenía ocho años y estaba con la misma sabiduría.
Pero eso tampoco ocurre más que una vez cada cien años en Oriente, que se levante uno así, ¿entiende?
Ramakrishna era uno de ellos; ni siquiera tenía eso.
Y así hubo..., una sola vez en centenares de años...
En Egipto, señor, rezaban, suplicaban —tendría que haber escuchado usted los dramas— para llegar a tener un “gran alado”, pero vino.
Hasta que se volvieron a olvidar, y entonces fue...
Mejor lea mi ‘Entre la vida y la muerte’, trata de Egipto.
Entonces lo blanco se hizo negro, sí.
Entonces se desfogaron y perdieron el contacto.
¿Tenía alguna pregunta más sobre esto?
¿Puede comprenderlo, señor?
(Señor en la sala):

—Sí, claro.
—Tiene algo, ¿no le parece?
Esta es una pregunta que, por lo tanto, lo conecta con cien mil posibilidades, porque los seres humanos nos hemos echado a patadas, nos hemos arrojado fuera de la creación y el alumbramiento armoniosos.
¿Quién tiene una pregunta sobre esto?
Merece la pena, ¿verdad? Volver en siete horas, aquí y allá.
(Dirigiéndose a una mujer en la sala):

Sí, señora.
(Señora en la sala):

—Pero ¿si no quieres volver a la tierra?
—¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—Pero ¿si resulta que no quieres volver a la tierra?
—Si es que no quiere volver.
Señora, no querer volver no existe en el espacio.
El ciclo de la tierra significa: usted, podríamos decir, ya ha alcanzado la raza blanca (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es), el ciclo del organismo, porque la raza blanca y los mulatos son el séptimo grado para el organismo humano.
Aquí no tenemos tipos de razas sino grados de desarrollo.
Y entonces el ser humano es...
Procedemos de la jungla y ahora vivimos en la raza blanca (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es).
Y entonces podemos decir, al menos para Europa: “Esas personas ya no volverán”.
Pero hay millones de personas que tienen que regresar, ya solamente por matar y masacrar, y tal vez también para... sin duda todavía para el organismo.
Es decir: experimenta usted como espíritu y sentimiento —pero como personalidad— el organismo más elevado que la madre tierra nos ha preparado.
¿Lo ve?
(Señora en la sala):

—Pero ¿es que entonces no vamos a otro planeta?
¿Es que no se puede en menos tiempo...?
—Eso ya lo ha atravesado usted, ya lo tenemos a nuestras espaldas.
Tiene que leer los libros ‘El origen del universo’.
Están agotados, pero todavía puede conseguirlos en la biblioteca.
Venimos de la luna.
Su no conoce usted esas leyes..., y está el erudito aquí y dice usted: “De la luna, venimos de la luna”.
La luna ha sido escupida, según los eruditos, por la tierra, es una chispa de la tierra.
No saben cómo encajar las piezas.
Pero la luna está moribunda.
Aun así, ha completado una tarea.
¿Ha podido ver ya alguna vez un pequeño insecto, una chispa en la naturaleza, en la creación, que viva pero que no hace nada?
¿Ha visto alguna vez un ser humano muerto que no haya conocido la vida?
No es posible, ¿no?
Pero esa luna, esa gran luna —no es tan grande, pero esa forma poderosa de infundir alma, ese cuerpo, ese espíritu, ¿no habría hecho nada?
Solo observan esos cráteres que hay allí.
Tampoco los pueden explicar.
Pero esa luna nos dio a luz.
Entonces hemos ido a transiciones, planetas de transición —en Marte hay vida, ha habido vida, Marte también ya está casi muriéndose— y nuevas transiciones, y por fin la tierra estuvo lista y llegamos a la tierra.
Así que aunque vaya usted a los planetas, de nuevo, primero tenemos que ir, libremente, de la tierra a..., primero tenemos que vencer esto, no solo lo corporal, sino también nuestra causa y efecto y nuestros asesinatos.
Ahora es usted mujer, pero quizá vuelva todavía como hombre, señora, porque el alma vive en ambos organismos.
Tenemos que volver, ya solamente para la paternidad y maternidad, para vivir y experimentar eso pertinentemente como espacio; esa es la posesión del planeta, adquirimos conciencia por medio del planeta.
Y si resulta que mueres de verdad..., ahora suponemos que luego se irán ustedes al ataúd, eso ocurre, y entonces llegarán al otro lado a un mundo... —y puedo remitirme otra vez a ‘Una mirada en el más allá’ y así verán su propio mundo—, a un mundo que es como sus sentimientos.
Y allí viven todavía millones de personas.
Si odian, irán a la tierra del odio.
Si tienen amor, irán elevándose más y más y más.
Entonces tendrá que vivir siete esferas, a eso lo llamamos cielos, y cuando las hayan atravesado —la séptima—, señora, entonces recibirá regiones mentales, de nuevo regiones para el renacimiento.
De nuevo como embrión.
Y entonces llegan a un nuevo universo.
Y ese es el cuarto grado cósmico.
Entonces tendrán el quinto, sexto y el séptimo grado cósmico, que es la Omniconsciencia, el Omniestadio.
Eso lo pueden leer en esos tres libros ‘El origen del universo’.
(Señora en la sala):

—Yo ya no quiero volver a la tierra.
(Risas).
—El ser humano dice...
Señora, en el otro lado no hay ningún lugarcito más, no hay ni un solo centímetro más donde yo no haya estado.
Habré hecho unos cincuenta mil desdoblamientos corporales.
Eso ya lo hacemos en unos minutitos.
Eso incluso pasó esta noche, puede pasar mientras estoy hablando.
Pero conozco, por tanto, los infiernos, los cielos, el cosmos, los planetas, las estrellas.
Hemos estado en el Omnigrado.
Tengo libros cósmicos.
Todavía no tenemos el dinero, así que todavía no se aclaran, pero también tenemos ‘La cosmología’, aparte de esos veinte.
Pero conozco el espacio entero, he vivido los cielos, todos, todo, todo, todo.
Cuando luego esté allí, desde luego que quiero volver alguna vez.
No sabe usted lo que dice.
Si esa palabra suya continúa, si pudiera continuar... y hay más gente que dice eso: “No quiero eso” y “Quiero...”
Señora, no sabe usted lo que dice.
Porque esa vida en la tierra es hermosa, aunque esté usted bajo tierra.
Usted no se conoce, no conoce la vida, no sabe para lo que está aquí.
Pero será usted consciente para la lluvia y el viento, para las tinieblas y la luz, para el amor y la felicidad, para la gloria, el Reino de Dios, dijo Cristo.
Y por salvajes que sean esa sociedad y todos los pueblos, vivo en un paraíso y no permitiré que nadie me arroje de allí, nadie.
Y una tarea...
Los seres humanos...
Ya ni siquiera hace falta que sea feliz por lo que haga.
Estoy contento con mis libros y esa sabiduría.
Ay, señora, cuando se levante ese sol y caiga algún día una deliciosa lluvia..., eso se lo he hecho creer aquí: sientan el gusto de mojarse en la lluvia, cuidado con el frío, pero métanse algún día en el chisporroteo del espacio y háganse uno con todo.
Aquí pueden conseguir mucho en la tierra.
Aquí pueden arreglárselas todavía con un tontería, con una cosita graciosa, pero en el otro lado estarán desnudos, desnudos...
Sí que llevarán harapos, allí llevaremos harapos.
Cuanto más hermosos nos hagamos por dentro, y lo seamos, más poderoso será lo que irradie nuestra túnica, porque esta se forma por nuestros sentimientos y conciencia.
Allí llevaremos sandalias plateadas y doradas, señora.
¿Tiene usted ‘Las máscaras y los seres humanos’?
Claro, eso tampoco lo conoce.
Aunque aquí en la tierra puedas hacer esto y lo otro, y mil cosas más, allí no tendrán nada, allí ni siquiera podrán hablar.
Y ya digo, detrás del ataúd...
¿Quién de ustedes puede decir y se atreve a asegurar, y no tiene un punto débil, un pequeño error malo?
Y un error malo..., un error es inconsciencia, es falta de sentimiento, falta de amor, falta de justicia, de benevolencia.
Y entonces ya iremos descendiendo y corriendo y corriendo, y terminaremos agotados como el hilo de un gran ovillo.
Tiramos del hilo y desenroscamos la personalidad entera, porque no había posesiones.
Si no eso se negará, entonces habrá algo atascado.
El ser humano es como una bola cósmica, que tiene un hilo colgando.
Y resulta que aquí en la tierra hay gente, que con que solo tires un poco, deshilachas el suceso cósmico entero.
Se va por sí solo.
A veces uno llega a donde unas personas y me entran ganas de tirar de ese hilo; y entonces hace: “Pum”.
Entonces pienso: vaya, ¿este que tiene tantas posesiones?
Pero para millones de personas es posible tirar un poco y entonces se deshace ese ovillo entero, ese ovillo cósmico, se deshilacha él mismo, porque carece de fundamento espiritual.
Pero ¿a usted no le gustaría volver?
Señora, yo sí, todavía una vez.
Porque conozco el otro lado, conozco el espacio, allí puedes volar, puedes ir a donde quieras, ya no tienes desgracias, ya no hay hambre, ya no hay miseria, vuelas por el espacio, todos los pueblos de la tierra te bailan al son que le toquen; si les apetece a ustedes, a Estados Unidos: allí estarán en un segundo.
La gente en el mundo ya no tendrá nada que contar, serán ustedes reyes, reyes si tienen conciencia, reyes del espacio.
Ese globito terráqueo, la madre tierra, no es nada en comparación.
Tanto es.
Pero allí los conozco, allí he hablado con ellos.
He estado allí tanto que me desplomaba en este trabajo; pienso: ‘Ya no lo puedo soportar, entonces había cien millones, señora, a quienes les gustaría tomarme el relevo, me miraban a la cara, digo: “Sí, todavía lo tengo”.
“Oh, ojalá tuviera ahora un cuerpo para poder hacer eso”.
Digo: “Si ustedes pueden, yo también”.
Y yo que vuelvo.
Eso es lo que les gustaría.
La vida en la tierra es tan tremendamente hermosa, si es que uno lo entiende.
Silencio.
Hablar.
Pensar.
Ser uno de sentimiento a sentimiento, para el hombre y la mujer.
Artes y ciencias.
Dedicarse al arte.
Una conversación sobre la dilatación, ampliación, sobre el renacimiento, sobre el más allá, sobre las reencarnaciones, todo el mundo se abalanza sobre usted, y eso los atraviesa a los dos.
Aquí se vive tomado de la mano, puedes hablar, puedes hacer, trabajar un poquito a gusto, entonces uno es todavía bastante capaz, estar a gusto y con buen ambiente en casa, no hace falta que tengan ustedes muchas cosas, lo importante es vivir; entonces la vida en la tierra no es más que una gran gloria poderosa, profunda.
Pero ¿en qué lo convierte la gente?
¿Por qué no iba a querer regresar usted aquí, señora?
Porque no lo conoce.
Ve usted aquí un caos, ¿verdad?
Pero aquí no lo hay, en la tierra.
Vivimos —usaré una bonita palabra— en una pocilga asquerosa, guarra, ¿verdad, señora?, pero no la hay; no para mí, al menos, yo no tengo nada que ver con esa porquería.
Si existe esa suciedad y esa pocilga, no es cosa mía, yo no tengo que ver con ella.
Y entonces sí que llegarán a tener su reino, entre esos millones de personas.
Y si él quiere robar, no tengo por qué hacerlo yo.
Y si él lo quiere, señor, eso no me dice nada de nada.
Llegarán a conocer su felicidad, a sentirla, a vivirla, y entonces la vida se hace hermosa.
¿No es así, señor?
(Señor en la sala):

—Sí, estoy por completo de acuerdo en que, en resumidas cuentas, yo también pueda vivir que la cuestión..., que cuanto más cerca esté el mundo de Dios, más hermoso será y más agradable será estar allí.
—Pero si esa señora dice: “Ya no quiero volver aquí”, ya lo comprenderá, eso lo dicen miles y miles de personas.
Hay que ver esto en lo que vivimos.
(Señor en la sala):

—Eso es pobreza, ¿verdad?
—Pobreza.
Pero no hace falta que se venga usted.
(Señora en la sala):

—No.
Pero, señor Rulof, aquí por ejemplo, si aquí cometes un asesinato, te meten en la cárcel...

—Sí.

—Y ¿en Corea? Cuantos más asesinatos cometas...
—¿Lo ve? ¿Lo ve?
Señora, contra eso luchamos.
(Señor en la sala):

—Eso es un problema.
—No son vacas bobas, como se dice, sino que son inconscientes de espíritu.
Van allá, les dan un cacharrito de esos.
Hace poco volvieron unos cuantos de Corea, señora, y allí estaba nuestra Alteza Real, dice, y, ah, sí, un momento: “Ustedes desde luego que han demostrado que...”.
Ah, sí, eso no salía de aquí, sino que lo tuvo que leer de allá.
“Ustedes desde luego han demostrado que son soldados que bien...”.
Ay, ay, ay.
(Señora en la sala):

—¿No le parece eso una casa de locos?
—¿Una casa de locos?
Es un follón demoníaco.
Y de esa gente, señora, no se trata para nosotros, se trata de que..., nosotros decimos: “Nosotros ya no vamos a disparar, ya no nos dejaremos matar.
Estamos empezando a construir una conciencia eterna”.
Los asesinatos, los asesinatos, los asesinatos, ya lo han visto, el ser humano que no tuvo que ver con eso en la Segunda Guerra Mundial se apuntó todavía, porque pensaba: “Sí, eso es”.
Señor, ¿cómo puede dejarse arrastrar por la violencia?
¿Cómo puede seguir a un ser humano que quiere cambiar el mundo por medio de la violencia?
¿Qué hizo Cristo cuando Pedro tomó un trocito de la espada?
Dice: “Pedro, Pedro, para lo que he trabajado todos estos años lo estás haciendo añicos de un solo golpe”.
Y nosotros no hacemos más que: ratatatatá.

(Imita el sonido de una ametralladora).

Y encima luego vienen y les ponen una de esas cositas bonitas en la solapa.
Hay que ver, ¿no, señoras?
Creo que del susto tendremos que tomarnos un té.
(Dirigiéndose a alguien en la sala):

¿Ya es la hora?
(El técnico de sonido):

—No, todavía no.
—Ah, todavía no.
(Risas sonoras).
—Dan ganas de hacerles cualquier cosa.
Señora, debería usted hablar alguna vez con esa gente.
Mi gente, diversas personas de la alta sociedad, una baronesa, una condesa, han enviado ‘Los pueblos de la tierra’ a la reina Guillermina.
No matarás.
“Quizá llegue a darse cuenta”, decían.
Y después a esperar, señores, a esperar.
Pues, luego fueron llegando una pena de muerte tras otra.
“Usted representará el ‘no matarás’”, dijo Él.
¡No matarás!
Y matan que saltan chispas.
¿Y a eso tengo que tenerle respeto?
¿No es cierto?
¿Ven a quién se ama?
Yo esa vida la respeto.
Pero no para las cosas que allí se hacen.
“No matarás”, allí lo lees una y otra vez.
Y Su Majestad Juliana, la reina tal y cual de Heemskerk, arrasó una aldea allí en Corea, adiós cincuenta mil personas.
En su nombre, señora, en su nombre.
Bonito honor ser reina.
Pero no matarás.
Y ellos rezando y rezando y rezando y el Dios y Dios y Padre, Padre
Mañana...
Ah, sí, a rezar un rato, bueno, eso, a rezar un rato.
“Bueno, a encargarme de mis asuntos.
Ah, allí hay otro, allí tenemos a otro, sí, sí, mejor cargarnos a ese hombre: pena de muerte”.
Pero: rezar, rezar.
¿No les da miedo eso?
Y es la realeza consciente en el espíritu en esta sociedad.
Sí, en Navidad fue muy bonito como habló la Juliana (la reina Juliana de los Países Bajos, 1909 - 2004), y, qué encanto.
Ya me gustaría que me llevaran ante el juez: “Ha estado usted hablando sobre la reina”.
Digo: “Sí, señor.
Sí, señor, lléveme ante el juez, sin problema”.
“¿Tiene usted un abogado?”.
“No, señor, hablaré yo mismo”.
“Ah, bien”.
“De acuerdo, señoría.
Sí, señoría, eso he dicho.
Me represento a mí mismo”.
Ya me gustaría que algún día ocurriera, señora.
Digo: “Usted habla aquí, administra justicia, ¿verdad?”.
“Sí”.
“Por la Biblia, ¿verdad?”.
“Sí”.
Digo: “¿Sigue usted la Biblia?”.
“Desde luego”.
Digo: “Miente”.
Digo: “Allí dice: ‘No matarás’.
¿Y no ha dictado nunca una pena de muerte?
¿Por qué no sigue usted la palabra de Dios?
Ya ve usted que miente al administrar justicia”.
Les hablé hasta volverlos locos.
“Dice usted que administra justicia, señor, y pone la mano encima de la Biblia, pero esta comienza con sinsentidos.
Y ni siquiera me refiero a eso, sino que mejor retengo ese ‘No matarás’ y entonces siempre estoy preparado.
Entonces, ¿por qué no obedece a Dios?
¿Y quiere hacerme creer que su justicia divina...?
A levantar dos dedos: ‘Con la ayuda de Dios Todopoderoso’.
Usted mismo está todavía metido en una pocilga.
¿Y quiere usted juzgarme?
Adelante, señor”.
Pero: no matarás.
¿Por que hizo ella eso?
Solo quería yo decir cosas bonitas sobre esta personalidad, menuda lástima que esta hermosa alma, ¿verdad?, se fragmente y destruya por aprobar que se mate a una criatura de Dios.
Los diez mandamientos, señora, me respaldan y me dan la razón.
Pero no lo hacen.
¿No es una pena?
A la reina, a la vieja reina, le enviaron el libro ‘Los pueblos de la tierra’, señora.
Y la gente que estaba a su lado miró; en 1937 ya leía ‘El ciclo del alma’, se decía.
Protestante reformada, protestante: ya no le hace falta nada más.
Juliana dijo: “Que este año vengan los fuertes de este espíritu, nuestro conjunto lo necesito, que se levanten los sensibles de espíritu”.
¿Verdad? Así lo dijo; muy hermoso.
Entonces hubo algunos que escribieron: “¿Por qué no recibe entonces a Jozef Rulof? Entonces llegará a tener conciencia cósmica”.
Pero entonces no me necesitaban.
Aunque seamos sensibles, no es esta la sensibilidad que se desea.
(El técnico de sonido):

—Quedan dos minutos.
—Quedan dos minutos.
Miren, se estrellan ustedes, sí, señora, contra la incredulidad.
¿Quieren hacerme creer que esa gente cree y que de verdad viven conforme a la Biblia?
¿Qué tonterías son esas de que estén rezando y rezando y que emitan hermosas palabras hacia la humanidad, hacia los pueblos de la tierra, y que aun así renieguen de los diez mandamientos?
Eso no lo puedo respetar.
No sé lo que son ustedes.
¿No es así?
Señora y señores, el té está preparado.
 
DESCANSO
 
Señoras y señores, vamos a seguir con la pregunta: “Toda esa agitación y el deseo de vivir cosas de la juventud, ¿tiene que ver algo con el carácter?”.
Ya se lo he dicho: yo me puse a loquear un poco.
Y así tiene que ser, ¿no?
Deberían ustedes loquear un poco más en la vida.
Claro, no de manera equivocada, no de manera equivocada.
Sabemos lo que tenemos que hacer, ¿no?
Por eso digo, si se encuentra conmigo, ya me daré, ya me voy por mi cuenta.
La gente piensa que si haces esto y escribes libros y vas a los cielos, que entonces tienes que ir aquí por la calle como una seta sagrada o como un fardo sin forma, así, con cuidado, siempre poniendo cara circunspecta, y al final ya te da un ataque en este lado de todo ese comportamiento.
Pero entonces piensan que siempre eres así cuando llamas a la puerta...
Hace poco oí algo, miren qué cosa tan rara.
Yongchi está pintando y crea un milagro; llaman a la puerta, mi mujer no está en casa, salgo volando a la puerta: una señora que viene a cambiar un libro.
Y allí estoy, exultante, digo: “Sí, señora, es el equivocado, nada, señora, enseguida le doy otro”.
Y voy a por el libro.
Después oí: “Ya no iré nunca más a ese señor Rulof: estaba riéndose”.

(Risas).

Pienso: ‘Vaya, pues tendré que empezar a poner caras largas’.
Ya no sé cómo mirar cuando me encuentro con la gente.
Pero ahí no entro.
Por eso digo: cuando se encuentren conmigo y hago el pino y me faltan dos piernas o tengo cuatro brazos y me paso un poco agitando los brazos a modo de saludo...
Pero aquí en la sociedad, con solo equivocarse un poco al irse a la izquierda cuando debería haber seguido recto, claro, señor, entonces algo le pasa a uno.
¿Ven? Siempre tenemos lo equivocado y siempre lo malo, y siempre esto, la gente se convierte a sí misma en...
¿Qué?
¿Qué piensan, pues?
(Señor en la sala):

—Una tumba.
—No, señor: un misal.
No, señor, un misal corriente y moliente.
Una vez me encontraba en un sitio, había entre ellos algunos católicos, y entonces me invitaron.
Pienso: ‘Bueno, aquí vengo bastantes veces, de modo que, bueno, quiero..., me estorban un poco’.
Y yo allí sentado, qué gusto.
Y entonces me divertí tanto, me lo pasé tan bien, a esa gente les pareció un poco raro, nos estábamos divirtiendo un poco de más.
Y entonces dijo él: “Bueno, se han ido, pero los has echado a base de risas”.
Digo: “Así no hará falta que lo hagan ustedes”.
Digo: “Y si vengo aquí otra vez ya no volverá a pasar”.
Y destrozaron toda nuestra tarde, ¿verdad?, porque tuvimos que medir mucho nuestro comportamiento y palabras.
Mire, señor: yo nunca estoy quieto.
Agarro su silla y todo, en cinco minutos estoy en el pasillo y estoy fuera, estoy aquí.
Bien, todo depende de lo que pase ahora.
Loqueen un poco, adelante; ese señor quiere decir con eso: un ser humano está haciendo algo y...
Lean ‘Las máscaras y los seres humanos’.
Un ser humano hace algo, y sobre todo cuando uno se adentra en la teología más avanzada, y sobre todo en la cosmología y en esto, entonces el ser humano del mundo piensa: esas personas tienen que llevar todas una camisa blanca.
Voy a ver a mi editor.
Durante ocho años tienen los libros.
Pues, que ya querían hablar conmigo.
Pienso: ‘Y estos dos señores, ¿qué querrán?’.
Llego y se me quedan mirando, digo: “Señor, ¿por qué mira de esa manera?
Realmente, parece que pensara usted: ‘Ese hombre no tiene cuernos’”.
“Pensaba que tenía mucha más edad”.
Digo: “Bueno, señor, voy a darle una paliza”.
Un señor muy grande, un señor guapo, un señor con palabras, un señor con título universitario.
Entonces dijo: “¿Por qué me va a dar una paliza?”.
Digo: “Llevo ocho años con esta casa y ¿no sabe usted lo que se imprime aquí?”.
Pues, el otro que dice: “Muy bueno”.
Digo: “Sí, señor”.
Entonces dice: “Un cigarrillo, ¿señor?”.
Quería dejarlo de lado lo antes posible.
Digo: “Si tiene bueno, si no, no”.
Digo: “No soy descarado, señor, pero usted, claro, piensa: ‘El hombre que escribe esas cosas está loco’”.
“No me imaginaba, señor, que tuviera tanta personalidad”.
Digo: “Señor, así me conocerá por fin”.
Digo: “Pero ya llevo aquí ocho años con esta casa y no me conoce, según veo.
Y yo le doy de comer.
Yo también formo parte de esas migajas.
Pero usted ni siquiera sabe, señor, lo que se cuece aquí.
Usted pretende que conoce su negocio de arriba abajo; para mi usted no cuenta.
No haberlo preguntado.
Lo ha querido usted mismo”.
Y allí estaba el señor.
Pensaba que yo tenía cuernos.
Y entonces nos pusimos a hablar y nos hemos divertido un montón, lo pasamos pipa, y de todo.
“¿Qué tal así, señor?”.
Digo: Sí, señor, la vida es tan milagrosamente hermosa.
No se interesa en esas cosas.
No es capaz de volver a reírse jamás en regla, libre como un niño.
Es usted un vejestorio.
¿No es así?
Entonces, ¿para qué se han escrito los libros filosóficos?
¿Y por qué se representan obras teatrales?”.
Digo: “Porque la vejez, un espíritu sano, un espíritu sano en un cuerpo viejo se mantiene joven”.
Digo: “Señor, pero a usted una risa le cuesta un horror”.
“Realmente, pensaba que la gente que escribe cosas así, de verdad que pensaba: gente tranquila, quiero decir, tan serena y tranquila”.
Digo: “Lo soy por dentro”.
Digo: “¿Quiere verme tranquilo?”.
Digo: “Entonces nos pondremos a hablar, un gusto”.
Pero ya estaba hasta aquí de esa oficina, claro.
Nos fuimos a sentar.
Digo: “Pues, usted dirá, señor: ¿cómo quiere verme esta mañana?”.
Después me fui, le digo al otro jefe que siempre está conmigo: “¿Qué dijeron?”.
Y el hombre dice: “Pues, algo así jamás lo había vivido”.
Digo: “¿Por qué no?
Me quedo con el piropo y lo pongo allí”.
Y dice: “¿Cuánto cerebro tiene, tiene ese hombre?”.
Digo: “Digamos: cuando uno llega a conocer el espacio, el cerebro se dilata”.
Señor, la ciudad entera, La Haya entera...
Usted no se fija en la gente, solo se fija en: “¿Y qué dirá la gente de mí?”.
Así piensan ustedes todos.
¿Y qué dirán los vecinos, señor?
Yo no tengo vecinos, no tengo una ciudad, no tengo un mundo, solo vivo para mí mismo.
Y, claro, me encargo de llegar a estar en armonía con la sociedad, y de seguir así, y entonces luego pasaré por el ataúd, no me quedaré en el interior, tomaré mis “alas” o tomaré una parte de un pasaje de ‘Las máscaras y los seres humanos’, y miraré un momento mi brújula espiritual, ¿verdad?, y no tardaré nada, apenas cinco minutos, en ponerme encima del ataúd y en ponerme a trenzar una pequeña corona de lirios del valle, margaritas, ¿verdad?, eso es lo que dice Frederik; eso ocurre.
Pero lo habitual es que todo ustedes..., el joven tiene muchos años y el viejo tiene aún muchos más, pero lo juvenil, el júbilo, la felicidad y la alegría, ese loquear de verdad, de forma natural...
Llévense un día a sí mismos a la feria y luego se la llevan a casa.
Y si tienen que meditar, cuando se les eche encima esa tormenta de sabiduría, entonces ya cantarán por su cuenta y no dirán nada; a mí me pasa igual.
Pero por eso dije hace unos instantes, lo cité: he visto la tierra crepuscular y las esferas inferiores.
Oí allí a esa mujer, y miles de mujeres y hombres: “Johan, Johan...”.
El mundo de la nobleza al completo, si no es bueno, si sigue anclado a la Biblia y sigue con la condena, señor, no se crea... no podrán acceder a ninguna primera esfera porque ha de saber usted que Dios no condena.
Y entonces estará usted allí no para gemir, ni le provocará dolor, porque allí estará usted en medio de la realidad.
Y entonces dirá usted: “Si toda esa gente de la iglesia tiene razón y es esto lo que dan a la gente, entonces esto también es parte de ello, señoras y señores”.
Y entonces Nuestro Señor dice a Pedro: “Pedro, esta mañana has vuelto a llegar cinco minutos tarde, a mis hijos les rugen las tripas del hambre que tienen”.
Y entonces oirán ustedes la campanilla.
Es cuando Pedro la hace sonar en el paraíso, y la vuelva a hacer sonar y entonces Juan lo ayuda y todos esos ángeles lo ayudan a hacerla sonar, y así es como llegamos a estar ante la sopa de pollo.
Y entonces llegó ese señor y dice: “Miente usted”.
Digo: “Vaya, ¿eso qué es?”.
Digo: “Sí, señor, ahora estoy haciendo sopa de pollo de los cielos”.
Y si se me ha oído así alguna vez, piensan: ‘Bueno, ese tipo está loco.
Ese tipo está loco’.
Pero si ellos mismos están locos, yo también voy.
¿Entienden?
Y entonces consigo hacer algo que valga la pena y los envío a casa con un detallito.
Y así tienen golosinas espirituales.
Ay, ay, ay, hay que ver lo tiesa que es la gente, ¿verdad?
Sí, eso es así con la teosofía y eso es así con el sufismo y eso es así allí, cuando lleguen al vestíbulo, y eso lo he vivido con los teósofos, pienso: ‘Qué rica es toda esa gente, ¿no?’.
Y luego ese, tenía una túnica así y aquel una túnica asá y el otro una túnica así.

(En tono afectado).

“Sin duda, sin duda”.
Y entonces se trata de... (inaudible), y entonces trata sobre la mística y sobre la escuela esotérica, y entonces oí...
Pero entonces miramos allí un momento, digo: “Mejor paga a esa mujer esos quinientos florines que has tomado prestados allá.
Y mejor vende ese vestidito y dale a esa mujer ese dinero que has tomado prestado allá”.
Digo: “¡Entonces es cuando tienes que empezar a hablar de escuelas esotéricas”.
Pero no había nada de eso.
Bueno, bueno, bueno, ¿por qué no venimos esta noche, o mañana, la semana que viene...?
Váyanse a la tienda de ropa Brenninkmeijer, señoras, vamos, dejen que les hagan un vestido de noche y vengan aquí vestidas de largo, y veremos si cambian ustedes en una semana.
Eso ya no lo habrá en el otro lado, ¿entienden?
Pero el entusiasmo juvenil, el entusiasmo infantil...
Aunque cumpla yo aquí cinco mil años, seguirán oyéndome reír.
Un ser humano no se puede hacer viejo si uno mira a través de las cosas.
Pero el que algo loquee de forma natural, contemplar la vida, el carácter, la personalidad, el sentimiento, algo que te ofrece la posibilidad de vivir, de cargar y que te da alas, vamos, cielos, ¿no puedes divertirte con eso?
¿De verdad que pensaban ustedes que la primera esfera... —allí la gente es consciente—, que allí nunca se sonreirían?
Y cuidar toda esa santidad de Dios y Nuestro Señor: ay, no vaya a pasarle nada.
Bueno, bueno, todo eso va por sí solo allí.
Hay que verlos pasear por allí, es justo como si vieras la Roma antigua, con esas hermosas túnicas sobre el pecho, por encima del brazo, ¿verdad?, van planeando de este modo y entonces hombre y mujer van juntos sobre sandalias, hay que verlo.
Dios, qué auténtica es la gente allí.
Y aquí tenemos que empezar, ah, sí, y Nuestro Señor todavía mira así...
Ay, Dios, eso ya lo viví.
Cuando tenía siete años e fuimos por primera vez a la iglesia, lo primero que se me ocurrió fue mirar a esa gente.
Digo a Crisje, entonces ya tenía agarrada a Crisje, digo: “Crisje, ¿es una buena persona esa mujer de allí?”.
Digo: “¿Qué? ¿Y? ¿Y? Dilo ya, vamos”.
No se atrevía, porque bien sabía quién era.
Digo: “Esa reza como si fuera una santa, pero no lo es, es una ratera.
Esa mujer sisa y birla cosas que saltan chispas”.
Pero eso sí: inclinar la cabecita y plegar las manitas; ay, Crisje ni siquiera era capaz de eso.
Digo: “Eso es falso”.
Es cuando empecé a ver lo falso, pero lo verdadero...
Cuando más tarde empezamos a ir a catequesis y el cura decía: “Los ojos cerrados.
A rezar”, la penitencia, ¿se acuerdan?
Pues, a rezar.
Yo entonces miraba de vez en cuando a hurtadillas si no estaba allí Nuestro Señor.

(Jozef imita el gesto y hay risas).

O así, así.
Y de pronto vi algo allí, digo: “¿Te das cuenta?”.
Digo: “Bueno, entonces volveré a cerrar los ojos”.
Y entonces me puse a escuchar.
Digo: “Madre, Él ya te puede escuchar mientras duermes”.
Me dedicaba a pensar día y noche, y a ser uno con Nuestro Señor, con el espacio.
El maestro Alcar, claro, era para mí Nuestro Señor.
El maestro Alcar miraba de esta manera y cuando yo veía entonces algo así, aparecía con un guiño de estos.
Pero una vez casi me toma por sorpresa.
Y entonces pensé: ‘Ahora tengo que mirar si va en serio con ese ojo”.
Y apareció otra vez, así, y entonces...
¡Lo sorprendí yo!
Y entonces volví a tener a Crisje, estaba temblando otra vez.
Y así hasta que Crisje, mi propia madre, también recibió lo natural a partir de esa santidad.
Y entonces dijo: “Sí, pero tampoco puedes destrozar todo lo que tiene la iglesia, ¿no?”.
Digo: “Mamá, ¿es que ya no sabes reírte?
Cuando sales de la iglesia, madre, entonces ya vas de esta manera, ya ni te atreves a mirar al cielo.
¿Qué es eso?
¿Por qué lo haces, mamá?
¿Por qué miras de esa manera al suelo?”.
Y ¿no hace eso el mundo entero? Mirar al suelo, con esas apariencias, con esas posesiones aparentes, y ya ni detener el paso.
Ah, sí, entonces Nuestro Señor tenía que mirar un poco si Su hijo abre un ojo y si abría brevemente los ojitos durante esos rezos.
Todo eso yo lo sacaba de allí.
Y si ese hombre que pregunta esto aquí, sobre aquello del loquear de los jóvenes...
Pero la gente de edad avanzada también tiene que mantenerse joven, y esta sabiduría los hace a ustedes jóvenes.
No hay condena, La Parca no existe, no pueden ustedes morir, detrás del ataúd continuamos, estamos en la santidad del espacio, si en ustedes vive espacio.
¿Pues?
(Señor en la sala):

—Señor Rulof, me parece maravilloso que uno esté loco.
Imagínate que lo consideraran normal en una sociedad así de podrida: calumnias, mentiras y engaños.
Imagínese que en eso fuéramos normales: calumnias, mentiras y engaños, desintegración, cotilleos...
—Mire, usted y yo —yo del todo, claro—, cuando luego esa gente se ponga a leer habrá millones de personas que nos den la razón.
Pero ojalá que alguna de esas personas, esos católicos tan finos, esos protestantes tan finos, esas personas que aún poseen todo eso, ojalá que leyeran todo eso alguna vez; no serán capaces de encontrar en esos libros ni una mota negra, tenebrosa, que no los llame al orden, y bien.
Pero lo que quiero decir es: no podrán encontrar allí nada contrario a Cristo, al Gólgota y la Biblia.
Nosotros decimos: la condena no existe.
¿Es que no es más hermoso y más poderosos que tener que aceptar allí esa condena de la Biblia?
El Juicio Final, ¡ahí es nada!
El Antiguo Testamento, deberían oír lo que se dice allí, entonces se quedarán todavía exangües.
Pero sí que saben que están en un punto muerto.
¿Qué cosas han vivido en la guerra?
Entonces ya sí que eran incapaces de mostrar la más mínima sonrisa.
Y nosotros estábamos jubilosos, el ser humano que había leído esos libros.
El judío al que se le gaseaba en Alemania tenía ‘El ciclo del alma’ en las manos, dice: “Señor, me da igual que me gasee, pero yo no me gaseo. (Jozef dice en otros momentos que llegó a oír que algunos judíos en los campos de concentración encontraron apoyo en el libro ‘El ciclo del alma’ para no suicidarse en su situación desesperada).
De todas formas no va a conseguir destruirme.
(En alemán): Voy a seguir viviendo”.
Eso es lo que les decían a las SS.
Miren, eso es júbilo.
Y cuando uno tiene todo ese júbilo en su interior...
Ni piensen —de verdad que no— que detrás del ataúd uno mira directamente en los ojitos de Nuestro Señor.
Y eso uno lo puede hacer aquí de todas formas si se está en armonía con la naturaleza y con esas leyes.
Señor, entonces uno de vez en cuando tiene ganas de ir a la feria y te sientas alguna vez en un caballito de madera.
Háganlo alguna vez, pero sepan que están encima de él, ¿entienden?
Y ¿entonces están locos para la sociedad, señor?
Hago mucho en cinco minutos, sé procesar tantísimas cosas porque yo también..., varias cosas, otras cosas, el ser uno y la conciencia que reciben ustedes continúan.
Pero la facilidad de procesar eso, sé arrojármelo de encima y entonces ando, bueno, quizá no haga justo lo mismo que el señor con esas migajas, doy un pasito de más.
¿Es una locura?
Estamos todos locos, ¿no?
Y somos magia negra, todos magia negra, ¿negra?
¿Y sabe usted lo que es eso, señora y señor, lo que es eso: magia negra?
Es decir: ustedes aquí quieren saber lo que es la muerte.
Significa: cuando nace un niño, eso es magia.
Porque la magia significa: vivir una ley de Dios —puede ser justa, armoniosa, una ley elemental— y darle la vuelta para ustedes mismos, el alma, el espíritu, la vida.
¿No es así, señor?
Y lo convierten en perifollos y aspavientos.
Nosotros somos magia, Jozef Rulof hace magia negra.
Ja, ja, sí, claro, un mago se va a sentar encima de un caballo de madera aquí en la (calle) Maliebaan por dos centavos.
Sí, sí.
Ya hará otra cosa, ¿no cree, señor?
Siempre podrán verme los domingos por la tarde entre cuatro y cinco en la (plaza) Thomsonplein, entonces juego con la peonza.

(Risas).

Digo: “Sí, señor”.
Y cuando luego llamo a la puerta y sonrío amablemente, estoy contento, entonces...
Señor, no me río así como así...
Bueno, lo hice alguna vez en el pasado.
Pero entonces seguía sabiéndolo.
En la (región de la) Achterhoek la gente no es de risa fácil.
En la ciudad se ríen mucho más que allí.
¿Lo sabía, señor?
Aquí ustedes se ríen por cosas que a nosotros nos hacen llorar.
Cuando llegué a La Haya, digo: “Cómo se ríe la gente aquí, Johan, aquí se ríen por todo”.
Y eso es cierto.
Señor, ¿sabe lo que va a ser entonces, señora?
¿Sabe lo que es entonces, señor?
Lo constaté de inmediato.
Constátenlo donde ustedes mismos.
Miren, escuchen, yo lo escuché al instante.
Tengo cuidado con una sola cosa.
¿Sabe por qué, señor?
¿Quiere hacerse sabio?
¿Quiere recibir la primera esfera, poseerla?
¿Cómo dice?
(Señor en la sala):

—Si es posible, me encantaría.
—Señor, entonces hay que dejarse de tantas risitas.

(Risas).

Aquí les entran risitas por todo.
Aquí la gente se ríe...
Lo he vivido aquí, allí había una señora, que me dice: “¿Por qué anda esa gente allí con sus risitas?”.
No hay motivo para risitas.
Seguramente que ustedes alguna vez sí se reirán, y sé que tendrán sus risitas, pero aquí todo les provoca risitas.
¿Sabe cuándo se puede reír uno en el otro lado?
Cuando el sol gira alrededor de la luna y no la luna alrededor del sol, entonces es cuando se ríen.
Pero aquí el ser humano se ríe de todo y no saben por qué.
Y si uno no sigue esas risitas de su propio sentimiento, señor, entonces está sentado al revés encima del caballo en la (calle) Maliebaan y de la vida y de su alma y de su espíritu y de su personalidad.
Esas malditas risitas nos frenan para la infinitud.
Porque entonces no tendremos ni por asomo la armoniosa seriedad sagrada.
¿No es así?
Hay que ver sus risitas.
Señor, la conciencia de La Haya —lo constaté a las cuatro semanas de estar en La Haya— no es más que risitas y más risitas.
Bueno, bueno, bueno.

(Hay unas risas titubeantes).

Vaya, ¿qué tiene esto de divertido?
Ah, se ríen de eso.
Pues, sí, entonces hice un pequeño juego.
Johan dijo: “Vamos a salir”.
Bien, eso hicimos.
La primera noche que llegué a La Haya hice este juego, señor.
Fuimos a la (calle) Boekhorststraat, primero vimos ‘Los dos huérfanos, ¿verdad? (Representación teatral de ‘The two orphans’, de Adolphe d’Ennery y Eugène Cormon, en la sala de teatro de la calle Boekhorststraat de La Haya).

(Risas).

Vaya, por allí ya se están riendo otra vez, ¿ven?
Vi ‘Los dos huérfanos’ en (la sala) Scala, señor.
Y he llorado que daba gusto.
Y cuando salimos a la calle, pienso: ‘Tengo que quitarme esa tristeza de encima’.
Y ¿qué hice entonces?
Entonces me puse a hablar en dialecto; porque había aprendido a hablar holandés en Arnhem, ¿no?
Bueno, más tarde me decían: “Este es un artista, seguramente que será de Bélgica”.
Dije: “Sí señor, no lo dude.
Soy de la ópera de la Belgique, claro que sí”.
Y me dice: “¿Qué...?”.
Mi hermano se tiraba al suelo de la risa y mi cuñada igual y todos se habían tirado al agua por mis payasadas, porque de lo que es divertirse algo sé.
Entonces dicen: un cómico nato.
No, señor, nato; la diversión natural la puede construir uno mediante el sentimiento.
¿Qué era Buziau?
En eso tenía sentimiento.
Y entonces los hice reír.
Yo había llegado a ese punto, pero con que solo me pusiera a miar un poco de esta manera, ya los tenía otra vez a todas partiéndose de la risa.
Y mi cuñada empezó a reírse tanto que terminó por desternillarse de la risa, tanto que ya no podía parar, tuvimos que llevarla a casa enferma de reírse tanto.
Digo: “Pues de momento ya no vas a reírte más”.
Y yo había constatado las risitas, en esa noche en concreto las maté.
Adiós risitas.
Digo: “Pónganse a pensar un poco en serio sobre esto y lo otro”.
Y entonces dice él, Johan: “¿Qué te pareció La Haya?”.
Digo: “Te contaré lo que me pareció La Haya”.
Entonces me puse a hablar con Johan.
Digo: “Vaya...”.
Y ahora, ahora hemos vivido la cosmología.
Entonces llega el ser humano: ¡pum!
Un día me vino una señora, a hablar, hablar y más hablar.
El ser humano, el niño, la personalidad, los sentimientos, el espacio, la fe, Dios, Cristo, desaparecidos: todo.
Y lo que vive en esa personalidad —miren alguna vez— es camuflaje.
Si empiezan a saber, por estas cosas, úsenlas, como un juego, y pónganse a escuchar y no se vuelvan a apresurar a hablar.
Y sellen los labios, porque cuando el ser humano les pueda decir: “Vaya, qué risitas las de esa señora”, y no hay nada de qué reírse, señora, señor, entonces la personalidad de ustedes estará en la basura.
¿No es así?
Es mucho mejor —eso lo he vivido yo mismo—, es mucho mejor que hagan ustedes las cosas añicos para ustedes mismos, que salten del tejado y se rompan una pierna, que loqueen, un accidente en algún sitio, pueden hacer otras cien mil cosas que a ustedes solo les supondrán un golpe, es algo de lo que se aprende —es una caída, una depresión, de acuerdo— pero las risitas indiferentes, inconscientes es lo más horrible que he visto en el otro lado.
¿Lo creen?
Y esa es la personalidad de toda esta sociedad.
Su sociedad entera —basta con que echen un vistazo— no es, en comparación con ‘Una mirada en el más allá’, con ‘Las pueblos de la tierra’, más que risitas.
Y si eso encima lo envuelven con perifollos, señora, y se dedica a estas cosas y de verdad viene aquí con etiqueta de noche —ya lo dije, para la noche, ¿verdad?— y entra al edificio envuelta en brocados, el hombre con un...
Así era aquí antes...
Pienso: ‘Vaya...’.
Les conté una vez que una noche..., que venían las señoras, pienso: ‘Vaya, mira esto’.
Entraban así y ya me las quedaba mirando, pienso: ‘Qué seres humanos tan hermosos, ¿verdad?
Y con unos zapatitos tan bonitos... blancos.
Jamás había visto unos zapatos tan bonitos.
Y así se sentaban aquí.
Y entonces una noche me dejaron acompañarlas, y sondé toda la panda.
Pienso: ‘¿Es auténtico eso?’.
Bueno, bueno, bueno, vaya, vaya, vaya, en primer lugar se les tomaba el pelo con las leyes ocultas, porque se estaba dando algo que eran puras tonterías.
En segundo lugar se vendían a sí mismas, y no había más que risitas.
Toda la noche vi cosas así, por ejemplo así.

(Jozef Rulof hace algo, hay risas).

Cuando tenían algo que contarse, se ponían un cacharro de esos.
Digo: ‘¿Y eso es el otro lado?
Primero quítense eso y anden así y paseen así y siéntense y aparten esa cosa y pónganse ahora a hablar de verdad de Nuestro Señor.
Pues, entonces caí en desgracia, claro.
Que si era un rebelde.
Digo: “A mí me da igual”.
Pienso: ‘Ahora todavía no puedo contigo, ya veremos dentro de dos o tres años.
Y entonces a todos..., al general, a la baronesa y al hidalgo...
Digo: “Señor, ¿qué quiere usted?
Unos alborotadores, eso es lo que son ustedes”.
Digo: “Señor, no hace falta que se asuste, no hace falta, no voy a tocarle la cartera.
No voy a concederle el honor, señor barón, de darme un florín y medio para ayudarme con mis libros, no voy a concederle ese honor”.
Así que aun hoy soy..., aun hoy soy capaz de decir la hora que es.
Y entonces le fui a contar..., le conté lo que veía allí y cómo era la sociedad.
Digo: ‘Por mucho que usted esté aquí sentado para oír algo sobre el otro lado y para escuchar a los maestros, señor, usted no le concede un valor ni de cinco centavos”.
Sí.
Si, y esa es la verdad.
Vendemos nuestro yo por soberbia, altanería.
Estas preguntas las saca usted, señor, de ‘Las máscaras y los seres humanos’.
Y en ese ‘Las máscaras y los seres humanos’, en esa trilogía, allí hay algo para la sencillez, la diversión.
Frederik pasó por allí y por la vida como una apisonadora.
Vamos, lean ‘Las mascaras y los seres humanos’, son los libros más poderosos; el maestro Zelanus escribe, al final de la parte 3 de ‘Jeus’, dice: “Y entonces llevé a Frederik van Eeden a Jeus y entraron en contacto”.
Son los libros más poderosos que se nos ha concedido escribir como novelas”.
Porque la vida entera del ser humano es una novela.
¿Y qué contiene de auténtico? ¿Y qué está mal? ¿Y qué es esto?
Desfóguense, pero deben saber lo que hagan, y pónganlo en armonía.
Hagan siempre comparaciones, y eso yo también lo tengo que hacer.
Pero no piensen que vayan a verme aquí cubierto con una sábana blanca, porque la hago jirones y me la quito.
Prefiero con mucho venir aquí con harapos.
¿Es así?
He experimentado lo que quieren los señores.
Y si piensa usted, señor, que no es así, pues pruebe usted mismo.
Aprenda a escuchar, aprenda a pensar y si hay algo de que reírse, exprímanlo a fondo, porque es relajación.
Pero déjense de risitas por algo que no posee ninguna risita, porque entonces se es bobo, se es pobre.
¿No es así?
Señor, eso me ha dicho la sociedad.
Lo primero con lo que comenzó el maestro Alcar, era esto que decía aquí: “Sigan siendo jóvenes, dejen siempre que Jeus hable en su interior.
Pero no se rían nunca cuando haya dolor o tristeza en el ser humano, en la palabra”.
Y a nosotros no hay nada que nos detenga, ni los muertos, es lo que hace la sociedad.
Así que primero hay que llegar a conocer los sistemas.
Si quieren desarrollarse, tienen que conocer primero los sistemas: ¿Por qué vivo aquí?
Y ¿qué hago ahora en realidad?
¿Qué soy como madre?
¿Qué soy como padre?
¿Qué hago en la sociedad?
Entonces aprendes a ver la desnudez de la sociedad, el engaño, porque se nos engaña a la izquierda, por delante, a la derecha y a nuestro lado y por encima, muy por encima, a la luz del día y en la oscuridad.
¿Pensaba usted que no es así?
Esa sociedad aún no tiene una justicia espiritual.
Y todo eso lo tienen que llegar a conocer.
Y entonces se liberarán y se reirán exactamente cuando deban, y puedan, hacerlo, y entonces la vida es hermosa, aunque cruja su organismo.
Pero la juventud en usted sigue alimentándolo; y usted seguirá sonriéndose.
Y entonces dirá usted: “La vida es hermosa y la vida es preciosa”, y aunque se pongan de cabeza.
¿No es así?
Quieren ustedes aprender de mí cosmología, quieren oírla, pero está en cada cosa.
Mil veces me he partido el cuello por este trabajo, y me he caído, y allí estaban otra vez Jozef y André.
Pero volvimos a levantarnos.
¿Pensaban que todo eso me lo habían dado a cambio de nada?
Eso es imposible.
Pero con diversión y felicidad... pero pensando tremendamente, pensar, pensar, y entonces a base de seriedad, a base de azotes, a base de palos, así no hace falta pegar a nadie más si empezamos por nosotros mismos, y una y otra vez por nosotros mismos y otra vez por nosotros mismos...
La caída, una voltereta desde allí un poco hacia abajo, y entonces deberían ver lo hermoso que es saber cuando llega la segunda voltereta; porque hay que repetirla siete veces, ni siquiera eso alcanzamos.
Una caída del ser humano, cuando el ser humano asesina...
¿Cuántos asesinatos no ha cometido ya antes de que se aseste el golpe real, no?
Y después vuelve a continuar.
Y por eso digo: eso nunca más, porque ahora tengo pesadillas de noche, pero empezaron siendo pesadillas de día.
Dicho de otro modo: ese hombre ya estaba asesinando y asesinando y asesinando, y al final, sí, atraes, y entonces vamos a alguna parte y somos víctimas.
Dicho de otro modo: entonces puedes estar bajo la influencia de esto y lo otro, de tal y cual, y puede entrar en juego la magia negra.
No, señor, entonces aún no es magia negra, sino una personalidad astral en una tinieblas que se desfoga por medio de usted.
¿No es así?
Y así es todo el otro lado.
Hagan el bien y se elevarán.
Y hagan el mal y llegarán a estar allí hasta el cuello en esas tinieblas, en esas desgracias, en esos harapos, pobres y raquíticos.
¿No es así?
Ya hemos hablado de ello, así que ya pueden saberlo: el cuerpo ha empezado a dilatarse para la desintegración.
No se hagan imaginaciones de que tenemos algo, aún no tenemos nada.
Porque este espacio solo es muy pequeño, eso lo oirán más adelante del maestro Zelanus cuando haya llegado a ese punto.
Entonces este espacio en el que vivimos no es más que una manchita, una chispita de Dios en nosotros.
Y esas conferencias sí que pintan algo, ¿no?
Voy a continuar un rato más: “¿Es posible que los sistemas materiales puedan dominar la personalidad y que estas no tengan nada que decir?
Sí, esto también se refiere a la maternidad.
¿No es así?
De esto hemos hablado la semana pasada: ¿Es posible que las partes materiales del cuerpo, los sistemas, dominen la personalidad?
Se lo conté hace poco.
A los veinte, los seres humanos aún no tenemos personalidad.
¿Pueden determinar eso para ustedes mismos?
El psicólogo, el escritor, el conocedor del carácter, el desarrollador de la tierra aquí, la sociedad, hay cien mil, el hombre que dice: “A usted la puedo desarrollar”, empieza entonces, y deberían oírlo cuando tiene a una chica de veintiún años delante de él.
Si usted viniera a verme y tuviera veintiún años, y dice usted: “Señor, quiero hacer algo con mi vida, me parece una maravilla”,
pues entonces ya debería detenerme, no hay necesidad de empezar con nada.
Porque sé: el ser humano no es adulto hasta los treinta y ocho años.
Entonces me pongo a hacerle algunas preguntas: esto, esto y esto, eso se puede ver, ¿no?
Y nos ponemos a sondar un poco sus sentimientos: ¿qué tiene usted para estas y aquellas leyes? ¿Cuántos gramos de sentimientos?
Y entonces el psicólogo puede...
Eso todavía no lo sabe, porque no conoce al ser humano, primero este tiene que empezar a hablar y entonces tiene que decir: “Soy así”.
Es cuando ponen a prueba un carácter; y eso se puede ver claramente.
Solo hace falta que pregunten: “¿Les gusta esto?”.
Sí.
“¿De verdad que le gusta?”.
Entonces dice: “Pues, no lo sé”, y desaparece la personalidad entera.
Pero entonces no hago preguntas con las que tenga que ver ese ser humano.
Le hago preguntas que no le interesan en absoluto, pero es que tiene que interesarse, porque esa es la fuente.
Y entonces el psicólogo se pone a buscar.
Pero el ser humano solo empieza a ser consciente entre los treinta y cuatro y los treinta y ocho.
Así que todo, señor —esa es su pregunta, y entonces ya pueden volver a seguir ‘Las máscaras y los seres humanos’—, o sea, todo lo que haga antes de los treinta, señor, sigue sin ser un carácter consciente.
Cuando luego empiecen las escuelas universales aquí en la tierra, esa escuela será muy distinta, entonces ya no tendremos que ver con geografía ni con todos esos líos con los que atiborramos a los niños.
Porque es horrible lo que les enseñan ahora; y no les dejan tocar lo divinamente correcto, porque eso no van con la iglesia.
Pues, sí, allí estamos.
Eso lo sabrán las profesoras que estén aquí.
¿Por qué se lo ponen tan difícil a esa gente?
Pero a ver cómo se van a coscar los niños de todas esas cosas.
Entonces la cosa va de: “Hermana, cuente algo más, vamos”.
Con que la profesora en nuestra escuela solo empezara a hablar de un cerdo o una gallina nosotros ya estábamos con los ojos abiertos y los oídos aguzados.
Y entonces yo me lo sabía todo.
Digo: “¿Es que no sabes de dónde venimos?”.
Pero no, había que hablar de Piet Hein y de la Flota de Indias y de Michiel Adriaensz de Ruyter, hasta que te volvías loco de cómo te daba vueltas la cabeza. (Es una referencia a las personas de la historia de Holanda que se enseña en las escuelas).
Mejor que esa gente se encargue de sí misma.
Que me cuenten algo, ¿no?
Y eso ocurre sobre la base de la creación y todas esas cosas más.
No, pero eso no nos lo dan.
Pero formar el carácter, fraguarlo, hacer que despierte...
Miren, el carácter, podemos ir hasta aquí, puedo convertir esto en una conferencia cósmica, el carácter va hasta allí...
A los veinte años, a los veintiuno, empezamos a ennoviarnos, ¿verdad?, empezamos a tener relaciones, amamos, y después es: pumba, nos casamos.
Entonces el ser humano dice: “Estoy casado”.
“Me he casado”.
Y eso ustedes lo han dicho.
Pero, ¿sabían...?
¿Quién, pues, está casado? ¿Quién?
¿Quién se nos ha adelantado? De eso hablé hace poco, con la voz y todo, de eso trata esta pregunta.
¿Quién está casado?
¿Lo ven?
¿Se conocen a sí mismos?
Y después, cuatro meses después, de pronto somos viejos, porque entonces conocemos la naturaleza y la creación, ¿verdad?, entonces de repente somos viejos.
Ella está vieja y él está viejo.
Andamos con más serenidad.
Ya no nos miramos tanto.
Empezamos a tener tiempo de verdad para pensar.
¿No es así?
¿Lo han vivido de otra manera?
Bueno, entonces los habrá aquí, ¿no?
Pero ahora deberían imaginarse y ahora nos ponemos a pensar...
¿Y qué tenemos que decirnos ahora?
¿Qué tenemos ahora que decirnos?
Ahora nos conocemos —eso creemos—, ahora nos conocemos.
Pues, es cuando tiene que venir ese carácter, ¿verdad?, esa personalidad.
¿Han oído el zumbido de esos mosquitos?
Entonces vuelven a tener un mosquito humano de esos.
Señor, no valemos nada, porque no nos conocemos.
Señora, es verdad que sabe usted cocinar, y todo está listo, pero no tenemos una conversación, estamos vacíos.
Nuestra habitación está vacía, nuestra vida está vacía, y allí estamos y va pasando toda esa hermosa vida juvenil, y entonces los seres humanos, o la iglesia católica y el protestantismo, tenemos algo que decir, que un ser tan joven, como hombre y mujer...
Vayan a jugar al fútbol, hagan deporte.
Si ambos hacen deporte al menos tienen todavía un fundamento.
Y nosotros los domingos también decimos alguna vez: “Nuestro Señor los castigará”, los domingos; si eres de la corriente protestante tan reformada eso tampoco está permitido.
Y ahora vamos a ver lo que queda de eso.
Claro, claro, pues entonces a hablar con los vecinos, a hablar con la familia, hacer visitas.
Pero en casa quienes mandamos somos nosotros y tenemos que generar nuestra vida.
¿Y cómo era usted, señor Götte? ¿Cómo era usted en esos tiempos?
¿Qué le quedó después de los veintidós, de los veintitrés años?
Claro, claro, ahora no se le ve el pelo, ¿verdad?
¿Cómo dice?
(Señor en la sala):

—No estaba casado todavía.
—Ah, todavía tenía que empezar con eso.
(Señor en la sala):

—Sí.
—Mire, pero de eso no se trata ahora.
Pues ya puede estar contento.

(Risas).

Porque, mire, ¿qué dice el ser humano?
Y eso lo vivirán ahora, señoras y señores, solo después de cuarenta, después de cuarenta...
Y los hay incluso de veinte años, de quince y de diecisiete, tienen sentimiento, tienen espacio, dan espacio a una cosa, a un carácter, a una cosa, a un carácter, a una cosa, a un paseo, al sol, a nadar.
Pero empieza después de los treinta y entonces volvemos a mirarnos.
Pero no empezamos a mirar otras cosas, es solo entonces cuando nos ponemos a mirar, de lo que dirán y de qué expansiones y qué explosiones irán apareciendo en ese rostro.
Empieza a haber pequeños rasgos, aparecen risitas en esos ojos, risitas de antes.
Eso es lo que he contemplado yo.
Y entonces la vida se hizo hermosa, porque entonces empezó a hablar el carácter.
Y cuando el maestro Alcar empezó conmigo, cuando empezó con resolución, a partir de ese instante, no sé lo que ha vivido usted, pero desde ese momento vivíamos en un paraíso.
Todo el tiempo hasta que...
Si ella dice: “Ya, pero ¿de verdad que es así?”,
digo: “Sí, uá uá uá” y empezaba yo de nuevo.
Y entonces empezábamos a hablar, empezábamos a pensar y empezábamos a vivir.
Esto es lo que nos ha dado vida y conciencia.
Y señor, ahora le doy la respuesta: a la edad de veinte años, a los veintidós, a los veintitrés, a los veinticuatro, a los veinticinco, no estamos más que dominados por la maternidad, su ser madre, señora; y nosotros, como padres, esos arrullos viven para nosotros.
No lo oímos, sí lo oímos, no, en el fondo ni siquiera lo oímos, andamos detrás de esos arrullos.
Pero lo que predomina nuestro carácter es la ley de la naturaleza que se llama nacimiento y reencarnación.
Señor, solo después de los cuarenta, en el espíritu solo después de los cuarenta, es cuando el ser humano empieza a pensar libre del organismo.
Y entonces se manifiesta otra psicología espacial cósmica que se llama: cuando su cuerpo se haya dilatado y lo haya dado todo, entonces la personalidad será la protagonista.
¿No es así?
Y entonces tiene que empezar la personalidad a llevarse el organismo consigo.
Y si esa personalidad no tiene nada, entonces allí reina la pobreza, ¿no es así?
Si quieren cambiarlo, pues no tienen más que intentarlo.
En la naturaleza no ven otra cosa.
Esa, pues, es mi respuesta a su pregunta: ¿Es posible que los sistemas materiales puedan dominar la personalidad?
Señor, antes de los veinticinco no pintamos nada como vida interior.
Y todo lo que usted asimile en la sociedad, por mucho que sea un velocista y sepa hacer bien esto, sepa pintar, sepa tocar el piano, sepa sumar y restar bien, señor, no significa nada, porque no es ningún amor, ahora se trata de comprenderse unos a otros según las leyes de la madre naturaleza y llevarlas al análisis para nuestra alimentación, nuestro sueño, nuestras conversaciones cotidianos.
¿No es eso el hermoso matrimonio?
Y si usted va a contracorriente de eso y tiene ahora religión, esto, y el otro que no quiere aquello, y ella no lo quiere, entonces ya comprenderá usted que hay un abismo que ya es insalvable.
Y detrás del ataúd, a esa gente la he visto allí...
Digo: “¿Qué clase de gritería es eso, maestro Alcar?”.
“¿Esos?
Esos ya llevan veinte mil años lamentándose: ‘¿Qué he hecho con mi vida?’.
Y ‘¿Qué he hecho con mi vida?’”.
Mejor paren y entren en las tinieblas, hagan como ese Gerhard, aquel cochero, desciendan e intenten encontrar al ser humano.
“Ojalá se fuera esa gente”, dice el maestro Alcar, “a otro ser humano y preguntara: ‘¿Por qué vienen ustedes aquí?
¿Por qué están sentados allí?
¿Me permite que se lo pregunte?
¿Saben qué es lo que los hace evolucionar?’”.
Esa gente llega a despertarse y solos, señor, señora: “¿Me permite preguntarle por qué vive usted aquí?”.
Y entonces se quedan mirando y hay que tener cuidado que no se tiren a la yugular si baja usted un poquito.
Porque eso es lo mismo que si usted llegara aquí a algún sitio y dijera: “Señor, ¿por qué se está divirtiendo?”.
Dice: “¿Qué tengo que ver yo con usted?”.
Aquí usted pregunta..., en medio de la ciudad, entra a algún sitio, señor, y llega allí, pero entonces hay que ponerse muy serio, entra a la estación Central y le pregunta a un señor, con unas señoras: “¿Señor, ¿por qué está usted aquí?
¿Me permite saberlo?”.
Entonces ese señor dirá: “Traigan un momento al jefe y que manden encerrar a ese hombre.
Un loco, un loco, señor”.
O lo atacarán a usted, o ese señor dirá: “Oye, ¿por qué no me dejas en paz?
¡Fuera!”.
Miren, el peligro ya está allí, porque el ser humano no se cree que ahora usted esté trabajando en sí mismo o sí misma para aprender por medio del ser humano.
Y entonces el otro lado ya está.
Y entonces tiene que despertar el ser humano y eso solo puede hacerlo allí, en esa esfera, solo es posible —y en la primera esfera va por sí solo, pero entonces ya no les hará falta—: “¿Cómo fue que vive aquí? ¿Me permite saberlo?”.
Y si entonces las miran a los ojos y ellas las sienten a ustedes, señora, y les dan la mano, y esa señora, esa mujer, es una madre —ya no hay nada de “señora”, porque todo eso de “señora” habrá desaparecido—, pero esa mujer, esa maternidad la tiene usted enfrente como ser humano, la toma de la mano y dice: “Venga conmigo, tranquila”, es posible que hará usted un viaje de diez mil siglos, con un solo ser humano.
Y cuando usted haya vivido a ese ser humano aún podrá empezar con cien billones de eras para vivir a todos eses seres humanos, porque solo entonces sabrán ustedes por qué están ellos allí.
Y entonces despertarán ustedes.
¿No es sencillo?
Pero ¿no tenemos que hacer eso también en la sociedad?
Si otra persona les da una bofetada, ¿la devolverán o se preguntarán: ‘¿Por qué me ha dado ese hombre una bofetada?’?
Señora, ¿sabía usted que quiero mucho más a la gente que lo deja todo hecho trizas que a la gente a la que jamás puedes sacar de esa pequeña vereda hermosa, inmaculada, pura?
De todas formas no llegarás a ver más que un diosecito dominguero.
A mí me da igual lo que haga una madre, una mujer, no estamos hablando de las cosas de la calle ni de la ciudad, se trata de la corrección.
Pero esa vereda, esa pequeña vereda solitaria, cuando no hay interés por la luna, por el sol, por ninguno de los planetas ni ninguna de las estrellas...
Pueden darle mil vueltas, pero vayan a ver alguna vez a un pato, un pato salvaje, hablen alguna vez sobre una paloma y hablen alguna vez sobre un cuervo y de esa cigüeña suya, señor.
Y si entonces no hay interés, señor, es que ya estamos en el ataúd.
¿No es así?
(Señor en la sala):

—Otro ejemplo así es el del funcionario que desde el primer momento en que está empleado está cavilando sobre su jubilación”.
—Señor, ¿le cuento una bonita historia?
He vivido miles de tomos de libros.
Si entra en contacto con la gente, sobre todo cuando tiene que ver con el espíritu, porque con eso tiene que ver, entonces todos los sentimientos quedaban abiertos para mí, al instante.
Que viene a verme alguien: un tratamiento, un tratamiento.
Ay, ay, ay, si lo único que quería esa mujer era hacerse jefa en la oficina, ¿entienden?
Y ese subjefe era un demonio.
Y venía cada sábado por la tarde: “Mmm, escuche, señor Rulof”.
Digo: “Señora, pero allí hay más gente todavía”.
Pienso: ‘Claro, tiene que volver a descargar’.
Y entonces el tema era todo el tiempo ese subjefe, ese subjefe.
Y una y otra vez: “Ay, señor Rulof, qué hermoso es esto y qué hermoso es lo otro”.
Digo: “Sí, señora, es bonito este”.
Una acuarelita bonita, una vista en perspectiva de esas.
Y entonces: a hablar sobre el subjefe y ese cuadrito.
Y yo pensando: ‘Esto tiene que acabar, ¿no?’.
Que viene el sábado y le digo: “Señora, no, ya no lo tengo colgado aquí, señora, está listo para usted, se lo han dado usted”.
“Ay, pero bueno, ¿quieres darle las gracias a los maestros?”.
Digo: “Sí, señora, eso va directamente al otro lado”.
Digo: “Pero ahora cállese la boca y no hable más sobre el subjefe porque tengo que hacer el tratamiento”.
Y ella dale que dale.
Digo: “Señora, o se calla o no sigo”.
Y la callé; el tratamiento y adiós.
“Oh, qué contenta estoy”.
El sábado que vuelve a la carga.
“Oh, qué contenta estoy”.
Me había quitado de encima esa matraca.
Que si el cuadro, siempre el cuadro.
Pues: el subjefe, el subjefe.
Logro tranquilizar los nervios un poco, pero que vuelve con lo del subjefe, señor, y se quiebra, rota, los nervios, rotos, rotos.
Encima un golpecito, y al ataúd.
Su hermana no quería tener que ver nada con este follón y arroja todo a la calle.
¿Sabe usted cuánto dejó?
Unos cincuenta mil florines.
Pero era demasiado agarrada como para concederse ese cacharro.
Pienso: vamos a ver un poco.
Está libre, esa seguro que aparece con los libros en el otro lado.
Yo esperando.
Y había dicho en su lecho de muerte: “Ese cuadro es para ella, para ella”.
De acuerdo, adelante.
Y ese cuadro...
Esas otras cosas fueron a parar al trapero, más tarde pude volver a comprarlas en el barrio judío, estaban allí con los judíos, da igual, pero allí estaban.
Digo: “Aquí, unas cuantas más”.
Por fin tranquilidad.
Resulta que ese mismo cuadrito llega a parar a manos de la amiga de la señora; y esta que fallece, llega al otro lado, se hace consciente...
Un buen día la mira a los ojos por la mañana.
Pienso: ‘Esta no tiene paz.
Sigue atada al subjefe’.
Pienso: ‘No, no es así’.
No podía llegar a donde yo estaba.
Así es como estaba.
“Señor Rulof, ¿lo siente?”.
Digo: “Sí, lo siento”.
Digo: “Hágalo”.
Pienso: ‘Ahora le daré una prueba de lo fuerte que es usted detrás del ataúd si alberga usted de verdad sentimientos’.
Si se está más abajo allá...
Era una buena persona, pero amargó, destrozó, su vida entera por ese subjefe.
Y así uno puede seguir y seguir.
Esa cuadro va a su amiga y ese mismo día, esa misma noche, esa amiga oye: “Por el amor de Dios, devuelve ese cuadro”.
Que viene a verme por la tarde y dice: “Señor Rulof, no puedo tenerlo.
No sé, jamás he sido clarividente, pero ahora es como si ella me estuviera diciendo: ‘Devuelve ese cuadro’”.
Digo: “Sí, señora, así es”.
Pero ella me lo había dicho, ya la había visto yo.
El maestro Alcar dice: “Mejor déjala.
Yo la llevaré allí, mejor la dejamos trabajar un poco”.
Y entonces el maestro Alcar la volvió a llevar a su amiga: “Por el amor de Dios, no te quedes con ese cuadro, porque tenía dinero de sobra para comprarlo”.
Con su dolor y sus líos y ese subjefe, digo: “Toma”, y otro y otro, “y ahora largo de aquí”.
Ella está en esas fuerzas.
Digo: “Sí, señora”.
Y esa señora que viene a devolver aquel cuadrito, una acuarela.
La señora se va.
Digo: “Bien, señora.
Quédeselo sin ningún problema, se lo deseo de corazón”.
Digo: “¿Lo conseguirá?”.
Entonces me dice ella: “¿Lo vende, señor Rulof?”, no la amiga, la que falleció.
Digo: “Si es usted tan fuerte, le tendré respeto”.
Al día siguiente viene una señora de (la localidad de) Wassenaar y me dice: “Ese cuadro lo he visto, ¿me lo da?”.
Digo: “Sí, señora.
¿Cómo lo ha visto?”.
Y me dice: “Sí, creo que mientras dormía”.
Sí que recuperó ese sosiego, el subjefe ya no estaba, porque ella estaba viviendo en el otro lado, pero al fin y al cabo el maestro Alcar le había dado la oportunidad de influir en otra persona, con la que solo ella tenía que ver —pero, claro, de otra manera no vemos a esa persona en esta vida—, y de pedirle: “Por el amor de Dios, compra esa cuadrito”.
Ella le dio la visión del aspecto que tenía el cuadro.
Y esa dama dijo: “Eso es lo que he visto”.
“Sí, señora, el cuadro la está esperando a usted”.
No era yo, no era el maestro Zelanus, pero, mira por dónde, la que pudo preparar el subjefe detrás del ataúd, aunque entonces ella lo perdió a él.
Pero quince años, veinte años amargaron esa alma, solo porque quería hacerse jefa.
Y eso no era necesario por el dinero, y no lo era por lo que poseía, lo tenía todo, había heredado y todo eso, dinero de sobra, poseía cosas de sobra, pero estar atada a algo para ser aquello en la sociedad: ¿a cambio de qué?
¿A cambio de qué?
Y ¿qué más da, señor, si mañana es usted alcalde de La Haya?
Y ¿aun así, señor? Si mañana se hace usted juez y está subido encima de una silla de montar muy grande, señor, ¿qué más da si puede mirar hacia abajo y me ve como un gusanito diminuto?
Y ¿qué importa, señor?
Me reiré en plena cara suya.
Si lleva condecoraciones en el pecho me reiré de usted, porque en este mundo no le darán condecoraciones por el amor, las de Nuestro Señor no las recibirá, señor.
Todo lo que vea de medallas, señor...
Sí, entonces tiene que aparecer una hermanita y tiene que llevar una crucecita encima.
Pero aun así miro entonces a los ojitos: ¿no será que te lo has ganado un poco con esos gruñidos?
Porque de esos también hay.
Así es como se pondrá usted a mirar las preguntas que se han hecho aquí esta noche.
Y entonces uno llega a ver la vida.
Añado de todo para mostrárselo: está en todo.
Y si uno aprieta de esta manera allí, señor, si uno hace así, saldrá volando un diablito y este le mostrará cómo es la máscara.
Pero ¿no sabían ustedes todo eso aquí en La Haya?
Y encima dicen, señor, que aquí estamos locos, que hacemos magia negra, señor, ¿se entera ahora?
¿Lo barro un momento del mapa de un soplo?
(Señor en la sala):

—Eso es justo lo que más bonito me parece.
(Jozef continúa leyendo):

—“Un joven de estos”, prosigue el señor, “¿lo tendrá menos complicado en unos miles de años, no solo material sino también espiritualmente? Quiero decir: ¿se le entenderá mejor si se descarrilara?
Mire.
Ya se lo acabo de decir, señor: hay gente que tiene una sola veredita, se ríe justo cuando tiene que reírse.
Todo en su momento, en armonía con todo y todo y todo, pero ya no cabe ni una brizna más, nada, y están muertos en vida.
Señor, loquee, adelante, tan a gusto.
Marido, deje que su mujer...
Prefiero con mucho que se me diga: “Ay, bobo”.
Oye, que esta tarde, hoy, he vuelto a preparar algo.
Ay, señor, se reirá a carcajada limpia cuando lo oiga.
Eso me divierte, señor, me parecía una maravilla.
Bueno, me zurraban un poco.
La radio está detenida.
Voy con mis gafas, sí, ahora estoy un poco atontado, pero, miro, el número del hombre de la radio, digo, lo anoto, tan a gusto, ¿verdad?, así, por acá una bonita notita, cuadra a la perfección.
Y a llamar y llamar.
“No, señor, ¿qué pasa con ese número?”.
“Pues, no lo entiendo”.
“Allí está este otra vez, enseña cosas a la gente”.
Sí, tiene toda la razón, ¿no?
Señor, ¿sabe lo que les había dado?
El número de cuenta.
Y yo escuchando, nada más, pienso: ‘Pues, sí, qué bueno, ¿no?’.
Pero yo no había visto para nada ese numerito en la parte de arriba.
Digo: “Pero, señora, ¿y qué más da?
Déjeme que cometa un delicioso error, uno que dé gusto.
Ni que fuera yo un santo, maldita sea, no soy un cura, ¿no?”.
Miraba con mis gafas, con mi resfriado, andaba por allí, no veía nada.
Miraba detrás del aparato y veía unos numeritos, eran esos, ¿no?
Resulta que eché a la buena criatura...
Veintiséis llamadas y el número de cuenta que no contesta.

(Risas).

Digo: “Sí, señora, he cometido un error, y que haya más errores.
Pero entonces vamos a verlos, vamos a hablar un poco, así conseguiremos espacio, así llegamos a tener alas.
¿No es así?
Quieren ver en mí un ser humano extraordinariamente extraño, pero no soy más que una persona normal.
Y si lo soy, señor, he visto el otro lado y a los maestros que están trabajando...
He recibido ahora en cuatro meses cien platillos, señoras y señores.
Hay unas revelaciones increíbles entre ellos, aún no les puedo ofrecer la exposición, porque todavía dicen: “No”.
Y cuando eso haya acabado, te quedas así y piensas: ‘Dios mío, Dios mío, cómo es posible.
Si el ser humano es capaz de hacer eso...
Mis libros más sagrados, más poderosos, ‘La cosmología’, los he recibido desde el Omnigrado, señor, cuando yo era Jeus de madre Crisje.
Cuando André comenzó con Jeus, dice: “André, vamos, vete...
Yo también sé hablar dialecto”.
Entonces hemos vivido la cosmología con acento de Güeldres, de Güeldres, señor, no de La Haya, sino de (la región de) la Achterhoek.
Porque no nos atrevíamos a hablar ni una palabra de holandés, porque entonces estaríamos demasiado alejados de la madre naturaleza.
Y cuando estábamos ocupándonos allí de los soles, los planetas y las estrellas, Jeus dijo (en dialecto): “Qué aspecto tan bonito tiene el sol, ¿verdad?, cuando lo conoces”.
Digo: “Jeus, ¿te das cuenta?”.
Porque, señoras y señores, ¿pensaban ustedes que un campesino no sería capaz de hablar un idioma divino en su dialecto?
Bueno, bueno, bueno, ladren, adelante, ladren un poco.
Sí, míranos aquí.
Si logro que todos ustedes vuelvan a la escuela como párvulos, con alegría, y nos damos unos golpes en la testa, los unos a los otros, con los zuecos, entonces podré decir que luego iré al ataúd...
Yo ni siquiera iré al ataúd...
La semana pasada andaba pensando un poco, hablábamos de morir.
Qué contento estoy, quería decir, por aquella primera cosa.
Tengo unas cuantas cartas más, señora, pero ya serán para la semana que viene.
Hablábamos de los lechos de muerte en la tierra.
(Dirigiéndose al técnico de sonido):

¿Aún tengo un minuto?
(El señor dice):

—Un minuto.
—Un minuto.
... los lechos de muerte en la tierra.
De eso estuvimos hablando la otra vez.
Ah, sí.
“¿Ya sabes cuándo te irás, Jozef?”.
Digo: “El maestro Alcar lo sabe, pero no me lo tiene que contar, porque entonces lo echo”.
Digo: “Si empieza sabiéndolo todo...
Yo tampoco me lo sé todo”.
Digo: “Pero...”.
Entonces alguien dijo...
Digo: “Mira, tenía esa gente conmigo allí el jueves por la noche, eso es lo que tendría que haber contado”.
¿Creen ustedes, señoras y señores, que tal vez debería morirme más adelante en mi cama?
¿Y usted?
¿Ha pensado alguna vez, señor, que podría caerle un trozo de sus máquinas, usted que anda con ellas, y que se quede tirado allí?
Pero si voy así y asá bien podría ser que hoy o mañana me adentre en las aguas y diga: Adiós muy buenas.
Ni siquiera vas a llegar detrás de mi ataúd, porque se lo dejaré hacer al lucio, a la solla o al arenque”.
Y es un ataúd hermoso, señoras y señores, porque este tiene espacio.
Pero es cierto.
Porque hablábamos de los lechos de muerte, ¿no?
Decíamos, sin embargo: “Dios no conoce los lechos de muerte”.
Señor, no crea que ese ataúd suyo esté encima de su cama, a veces puede estar en la calle, porque entonces uno se cae por la ventana o de la escalera.
¿No es así?
Si se pone a pensar —he olvidado una cosa, lo más hermoso de todo—, si se pone a pensar: ‘Voy a morirme, entonces siempre pensamos en una camita mullida’.
Pero libérense, es lo que quiero decirle esta noche, y es parte de lo de la semana pasada: libérense de esa cama y tomen el lecho de muerte espacial.
Entonces puede ser que lleguen a estar tumbados encima de una..., cómo se llama una bandera de esas, un asta de esas, de espaldas y que en un bandazo experimenten la muerte.
Dicho de otro modo: alguna vez es posible que vivan “alas” por su muerte.
No tienen que empezar a pensar: ‘Luego estaré en el hospital y entonces me moriré tan pancho.
Tan pancho.

(La gente se ríe).

Bueno, bueno, tan pancho me voy a morir’.
Puede ser que fuera estén saludando y que tengan que ir a hacer un viaje y que quieran irse todavía rápidamente a Utrecht o a Zwolle, y todavía voy a visitar a esta persona, y que dén su último suspiro delante de la puerta del tren y digan: “Sí, se acabó, me voy, adiós muy buenas”.
Eso es lo que quise decirles en la conferencia de la semana pasada, y se me olvidó.
Porque un lecho de muerte, si quieren preguntarme sobre eso alguna otra vez, tendrán una noche maravillosa.
Un lecho de muerte, señor, es universalmente profundo.
¿Han recibido esta noche alguna cosita?
Solo he borrado mi resfriado a base de hablar, nada más.
Muchas gracias, señoras y señores, les deseo un feliz descanso.
(La gente aplaude).