Noche del jueves 31 de enero de 1952

—Buenas noches, señoras y señores, estoy que todo me tintinea por dentro.
¿Quién tiene un poco de sonido para mí?
Voy a empezar —ya lo aclararemos de voz en cuello— con: “Pero ¿qué es exactamente el karma?”.
¿De quién es esto?
(Señora en la sala):

—Mío.
—Señora, ¿qué es el karma?
Hay gente que hace de cualquier cosa karma: pero el karma es cuando tiene usted algo que enmendar ante alguien.
Así que el karma ya se disuelve en la causa y el efecto.
Las cosas pequeñas, mentiras, engaño, vivir a la buena de Dios, eso sigue siendo causa y efecto.
Pero el karma, el karma directo, es una ley.
Y la causa y el efecto también es una ley, pero estas leyes —espero que esta noche mi amigo me llegue a dar la razón—..., estas leyes tienen que ver —escuchen bien— con el ser humano, y el karma directo con Dios.
Si usted vive karma, una ley del karma, si mata a alguien, tendrá de inmediato una ley divina entre sus manos.
Pero la causa y el efecto... las mentiras y los engaños y cada uno que viva a la buena de Dios, todas esas cosas, se convierten en causa y efecto, y eso es: el ser humano.
La diferencia, sin embargo, entre causa y efecto y karma significa, por tanto, lo que tenemos en nuestras propias manos, y en lo que atañe la ley divina: el nacimiento, la maternidad, la paternidad.
Pero solo la reencarnación, eso es karma.
Y no hay karma para ninguna otra cosa, porque esa ley en particular solo tiene que ver con el renacer.
¿Entienden?
¿Sienten ahora la poderosa diferencia entre aquello que pertenece a la personalidad: causa y efecto..., pero una ley del karma penetra directamente hasta la vida, por la que los seres humanos hemos recibido la vida.
Y esa es la ley divina que rompemos por el asesinato.
(Señor en la sala):

—Eso nosotros lo llamamos karman, no karma: karman.
—Eso es oriental, pero nosotros vivimos en La Haya y aquí se llama karma.
(Señor en la sala):

—Sí... (inaudible), pero karman también.
—Pero karman, ah, eso es un karman.
Una vez hablé con alguien, señor —sí, estoy con ocupado con ella, con esta señora—, ese hombre también se refería a un karman.
Digo: “Ah, será un hombre de esos que empuja un carro”.
Digo: “Señora, eso no hay quien lo entienda”.
Claro, esos orientales tienen razón, claro que sí.
Si esto lo comentas..., si comentas el karma con un ruso teosófico o con un ruso metafísico, entonces también se llama karma, pero entonces en ruso, y eso no lo entendemos.
Pero karma quiere decir: violar una ley que los conecta a ustedes con la vida; con la vida.
Y entonces estamos ante el karma si privamos al ser humano de la vida, o sea, mediante un asesinato o violencia, entonces estás..., tienes que volver y hay que donar un nuevo cuerpo a esa vida.
El tiempo que quitamos ese yo divino a esa alma, a esa chispa, ese tiempo lo tenemos que devolver; y eso es ir desde la disarmonía a la armonía.
Así nos hemos echado, a base de palos, fuera de lo armonioso divino por medio de asesinatos.
Eso ha sido cosa nuestra.
Pero ahora tiene usted centenares de miles de cosas, rasgos de carácter que tienen causa y efecto.
Estamos aquí en este momento en el lado exactamente opuesto a nuestra propia causa y efecto.
Y así tenemos que ver otra vez —quizá no lo sepan, claro que no—..., tenemos que ver con asesinatos, que están relacionados con la ley del karma.
¿Lo entiende, señora?
¿Quedan más preguntas?
(Señora en la sala):

—Sí, cuantos más hijos tengamos..., ¿habría que enmendarse por más niños?
—Señora, eso de “más hijos”, si usted pregunta eso...
¿Ha leído los libros?
(Señora en la sala):

—Sí.
—Al preguntar por “más hijos”, eso nos lleva fácilmente a veinte problemas, o sea, otros estados.
Hay madres... lo cual a su vez está relacionado con... hay madres con ganas de tener un hijo pero que no lo consiguen.
¿Qué es eso?
Un trastorno.
Porque ese cuerpo, en perfecta armonía, tiene que poder dar a luz, ahora solo para la maternidad, ¿verdad?; pero no va, así que es un trastorno.
Un médico que dice: “Señora, no le pasa nada.
Es normal”.
Bien.
El hombre la examinó, todo en orden.
Que no consiguen tener hijos.
Hay gente en este mundo que quisiera tener hijos, pero que no lo consigue.
Otra madre tiene diez, doce.
Va a acompañado de psicopatía, hay hijos que salen enfermos e hijos que salen sanos.
Y todo eso son problemas y todos se pueden analizar.
Pero ahora también aparecen las madres —ya estamos otra vez— que no quieren tener hijos, y aquí habrá quizá unas cuantas, diez, veinte, cien millones de madres que no quieren tenerlos, no se dan cuenta de lo que pueden vivir a través de la maternidad.
Esas madres..., si se negara también el resto del mundo, como madre —¿comprenden?—, se detendría la creación.
Y esa creación de todas formas no la podremos controlar.
Aunque no queramos hijos, aunque sí los queramos —¿cuántas madres no espantan el fruto y quieren espantar a esos hijos—, la creación continuará, de cualquier modo.
Y ahora llego a su pregunta: esa madre en particular no tiene hijos, aquella otra sí, y esta de aquí sí, ya entenderá usted: esto es un gran caos.
Ya no puede significar la armonía divina, porque ahora resulta que es el propio ser humano el que tiene en sus manos el cosmos, el nacimiento, la reencarnación, la maternidad y todo; eso piensa el ser humano, porque ella puede decir. “Pues, yo no quiero, eso ya se acabó”.
Hablé con una madre, me dice: “Sí, tengo que tener un hijo porque ya he asesinado a ocho”.
Por encargo de él, porque él no quería tener hijos.
Pero ella llegó a tener unos siete u ocho.
“Y lo que ocurre ocurre, pero yo quiero enmendar”.
Había leído un libro que le llegó al corazón; dice: “Lo que ocurre ahora ocurre, pero necesito tener un hijo, quiero enmendarme”.
Tuvo un hijo.
Bien.
Pero esas almas, ¿cuántas almas no son atraídas, enviadas de vuelta?
¿Y cuántos millones de almas, miles —ahora escuchen bien—, quizá hasta cien mil personas —así que ahora hablamos de almas, son personas que regresan como chispa, como embrión— están esperando entre la vida y la muerte —es el mundo para el renacer— para ir a la tierra para nacer, solo para ser padres y madres, porque eso nos reconduce a Dios, y no adquieren un cuerpo, no son capaces de llegar a tener un cuerpo, de lo contrario serían atraídas; llevan miles de años esperando un nuevo nacimiento.
Sientan ese caos, adelante.
Y si entonces miran un poco el mundo, verán que hoy mismo ha habido en La Haya quizá medio millar que han sido devueltas.
Y ahora se les echan encima miles de problemas.
Y entonces tenemos, por ejemplo, antes de que vayamos a lo normal, la iglesia católica —el cura, de acuerdo, no puede dar a luz, pero creará—, pero ¿cuántas mujeres, cuántas monjitas, cuántas madres que se niegan a hacerse madres no han sido atraídas por la iglesia católica?
Y esto es lo más divino, lo más sagrado, lo más glorioso —bueno, glorioso no es—, pero lo más poderoso por lo que evolucionamos los seres humanos.
Pero ahora son tan sagradas que no quieren ser madres.
(Señora en la sala):

—Sí, pero entonces lo dicen a los parroquianos, ¿verdad?
—¿Lo ve? Pero no me estoy refiriendo a eso, da igual lo que digan.
Se trata, sin embargo, de esto: esas madres también se niegan.
Y el número de madres para el espacio —otro problema más, y hermoso—..., aquí tenemos, por ejemplo, digamos, cien millones de madres —y hay cien millones de padres, hombres, claro, hay billones, pero tomamos cien millones—, y ahora de esos cien millones diez millones se niegan a tener hijos.
Y a esos hombres... a esa armonía, a ese ir y volver, morir, nacer, a eso le ha entrado un caos por los asesinatos —la guerra es horrible—, suicidios.
Así que esas personas, esos diez millones de personas, han fragmentado lo que es divinamente armonioso, los han echado a perder, digamos, mancillado, porque no quieren ser madres.
¿Y qué ocurre ahora?
Ahora aparece allí..., en realidad deberíamos...
Eso lo he visto, hablo desde la esencia, esas leyes las he visto, me desdoblo corporalmente.
Qué recibimos ahora, que hemos recibido para que usted, como ser humano, pueda...
Nos casamos, la madre da a luz a dos hijos, uno para ella y uno para mí.
Que si son chicos o chicas da igual, nacen otros niños, eso se hace armonioso por sí solo.
Enseguida volveré a tratar esa armonía en ella, esa armonía vive en el ser humano, pero Dios y la madre tierra siguen controlándola, de lo contrario —lo que ya dije hace unos momentos, pueden aceptarlo— habría sido eliminada de la creación en cincuenta años, por nosotros.
Ahora la madre tiene que dar a luz a dos hijos, uno para usted y uno para mí, para luego —ya lo estarán intuyendo, esa evolución continúa— vivir esa evolución, que luego nos volverá a atraer.
Pues bien, la madre no quiere un hijo, esa monjitas no quieren tener hijos, son santas, bien, están casadas con Nuestro Señor, eso ya basta.
Pero ya verán ustedes la fatalidad que supone ser santas en esta tierra y negar, reducir y en el fondo aplastar a muerte la creación, el alumbramiento, lo divino en nosotros.
Entonces resulta que otra madre tiene que dar a luz a diez, doce, catorce hijos para darles luego la vida, señora.
Ahora le voy a dar mi respuesta.
¿No es horrible?
Ahora el ser humano en la sociedad dice, cuando llega a casa de gente con diez, doce, catorce hijos: “Ya estamos otra vez como los conejos”.
Pero, ay, si supieran ustedes lo que sucede.
Que una madre todavía sea capaz de dar a luz a diez, doce hijos: eso ya es estar al servicio del propio grado.
Estamos conectados con un grado.
Por eso digo: habrá mil problemas más, y todas esas leyes —todo eso son leyes— tienen que ver con la maternidad.
Estamos vinculados a un grado y eso es lógico si compruebas: tienes el grado para el organismo, vamos entonces desde la jungla a la raza blanca (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es), pero ahora, junto al grado, también llegamos otra vez en la raza blanca; son transiciones.
Así que es posible que esta noche haya aquí con nosotros seis transiciones en un solo grado.
¿Lo entienden?
Por consiguiente, toda esa gente, esos hombres y esas mujeres, tienen que ver con un grado por el que representan su entidad, como madres y maridos.
Y ahora, atención: ahora están ustedes conectados con mi grado, dentro de nuestro grado, no lo deseo y resulta que es tan sorprendente, madre, que usted dé a luz a doce hijos para retener ese grado, de lo contrario nos exterminaríamos a nosotros mismos.
Y ahora lo más poderoso para todos ustedes: podemos preparar lo que queramos, y aunque asesinemos y incendiemos todo, es el propio ser humano quien se vuelve a encargar de la armonía; ustedes la son, la son las demás que dan a luz por esas monjitas, de lo contrario estas luego no podrían regresar.
Esas criaturas piensan que cuando mueran aquí llegarán al cielo, han tenido una vida hermosa...
Ojalá lo hubieran hecho de otra manera.
Imaginen que la iglesia católica pudiera aceptar esto por fin, que las monjitas..., la autoridad más elevada para Dios es: dar a luz.
Y ahora santifican a esas chicas.
No hacen otra cosa que rezar, hacen un buen trabajo.
Pero el trabajo más poderoso que pueden hacer es dar a luz a un niño.
Si toman ustedes cien monjitas, noventa y nueve tendrán que volver a la tierra, porque no son madres.
Un ser humano —pueden constatarlo en su totalidad—..., un ser humano —inconsciente o consciente, da igual..., ahora los sentimientos reaccionan— que sigue rotundamente una sola linea —eso también es apostarlo todo de sí mismo a una sola carta—, una sola línea, un solo camino, y que ahora acepta una secta, una religión en lugar del cosmos divino, de la maternidad..., ¿entienden lo patético, lo pobre que se hace eso de cara a Dios, de Cristo, del espacio, del cosmos, del macrocosmos?
Esa gente, esas mujercitas lo apuestan todo a una sola carta, a una sola vida, e incumplen, destruyen —no hace falta decir “echan a perder”, es que echan a perder la vida— es como si echaran a perder, no, lo hacen sin duda, su vida en la tierra de cara a su evolución.
Y resulta ahora que una madre da a luz a diez, doce hijos, catorce, dieciséis, solo para mantener en pie el grado humano.
Y ahora el ser humano piensa —y es eso lo que quería decirles—..., ahora piensa, como si dijéramos, que puede hacer y deshacer con sí mismo lo que quiera, y romperlo; hace chapuzas, hace esto, hace lo otro, dice...: “Soy dueña de mí misma”, dice una mujer, “y no quiero hijos, no quiero tener que ver con esos líos”.
Eso es para esta vida, con todo eso pueden hacer usted su juego.
Pero ahora hacia ustedes y hacia otra madre: es otra la que tiene que encargarse de que luego ella tenga la oportunidad de volver —porque eso tendrán que hacer—, igual que esas monjitas: tienen que hacerse madres.
Esta vida, por santa que sea, se ha echado a perder por completo.
Esa gente está detenida.
¿Ha quedado eso claro?
Porque estamos evolucionando cuando poseemos el organismo materno, y damos a luz.
Eso es justamente el macrocosmos, Dios es eso.
Pero de lo que se trata ahora es esto: la madre tierra —claro, ahora bien podríamos decir: sí, ya lo haré, y haré aquello y lo otro lo quiero así—, pero la madre tierra vuelve a dar la oportunidad al ser humano de regresar.
Y ahora resulta que el ser humano no tiene ni posee la voluntad de hacer y deshacer lo que él mismo quiere, sino que es la tierra, como madre, la que lo retira y dice: “Oye, espera un poco”.
Así que es imposible eludir —ahora vamos otra vez hacia abajo— a eso de la causa y el efecto.
Estamos entonces ante el carácter humano, ante ese asesinato, ahora es karma, y mientras vivamos en una ley del karma, o sea, al margen de nuestra propia evolución...
Así que el organismo más elevado que la tierra puede dar a sus criaturas —o sea, la raza blanca (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es) o una persona de color, da igual—..., es el séptimo grado para el organismo..., cuando los seres humanos hayamos alcanzado ese cuerpo como personalidad espiritual, como padre y como madre, entonces la tierra nos suelta cuando estemos listos —y ahora de vuelta allí— con la ley del karma, o sea, cuando las vidas...
Y son centenares de miles, señora.
Créame si le digo que en esos diez millones, veinte millones de años que hemos necesitado para venir desde la jungla aquí, a la raza blanca (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es), desde que allí hemos hecho papilla a centenares de miles de personas, desde que las metimos en el caldero para hacer una rica sopita, y eso lo hacíamos allí para alimentarnos, y más tarde empezamos a lanzar disparos y más disparos y más disparos, hasta reventar.
Ahora, en la sociedad, en estos tiempos, se sigue asesinando e incendiando todo, y esa es la única ley del karma —ya estamos otra vez, señor, esto le interesa— que controla la tierra.
Y el planeta dice ahora, es una fuerza, es sentimiento, y ese sentimiento nos dice: “Oye, espera un poco”, y tenemos que volver para hacernos madres.
Y ahora nos negamos a la maternidad; ¿ve lo fatal que es esto?
Tenemos que volver para que el organismo maternal lo podamos...
Como hombre no podemos dar a un ser humano una vida, así que, si yo le quito a usted la vida —ahora soy un hombre—, entonces he de..., me hago madre para dar a esa alma un nuevo cuerpo por el tiempo que he quitado a esa vida.
¿No es justo eso?
Y eso lo controla la tierra como sentimiento de poder, como fuente.
Y cuando eso lo hayamos enmendado, vamos..., podemos irnos al otro lado con nuestra causa y efecto, entonces tendremos siete mundos tenebrosos inconscientes —mejor léanlo en ‘Una mirada en el más allá’, y se les abrirá la creación entera—, entonces recibirán allí lo que llamamos los “infiernos”: son mundos inconscientes.
Y cuando entren allí, cuando los vivan, irán ascendiendo lentamente, y en eso estamos; si quieren liberarse de eso, nos elevaremos por encima de esa inconsciencia e iremos a una primera esfera y sobre eso también preguntarán algo.
¿Tiene alguna pregunta más, señora?
(Señora en la sala):

—Sí, quería preguntarle: el hombre con el que estés casada, por ejemplo, ¿también es posible enmendar cosas ante él, como si dijéramos?
—Señora, no hay ni un solo ser humano en la tierra que pueda decir de sí mismo: no tengo nada que enmendar.
Estamos todos metidos hasta las cejas en desgracias, espiritual y corporalmente.
Y si esa desgracia no existe..., en este momento, en cualquier caso, no tenemos un paraíso aquí.
Pero no hay ni un solo ser humano que esté libre de la causa y el efecto, eso es imposible.
(Señora en la sala):

—Sí, pero la gente se lo salta a la torera...
—¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—Que hay personas de esas que viven a la buena de Dios y parece que no tienen nada que enmendar ante nadie.
—Ay, señora, hay gente a la que se le golpea y patea y que dice: “Yo no voy a responder a eso”.
Pero luego, señora, todos éramos salvajes como demonios, y eso no fue hace tanto que lo dejamos atrás.
Todos, sin embargo, éramos inconscientes.
Ya lo digo: en la jungla hemos metido al ser humano en el caldero y nos dedicábamos al canibalismo y un poco después le retorcía el pescuezo a quien se me cruzara y antojara.
Y ahora estamos en una sociedad..., estamos, digamos, ante la causa y el efecto.
Son ustedes unos incomprendidos y se les pega, ese no quiere esto y aquel lo otro, y ese hombre pega o aquella mujer hace esto y lo otro.
Señora, todo ser humano tiene que enmendar cualquier pensamiento equivocado.
(Señora en la sala):

—Parece que todavía hay quienes ni siquiera han llegado a ese punto.
—No, claro que no.
Claro que no.
Si mañana pasa algo y tendemos una mano, tomamos un revólver y pegamos tiros a diestro y siniestro, habremos metido la pata aún más.
Pero a ese punto llegamos.
Y cada ser humano está ante esas leyes divinas cósmicas y eso es: ama todo lo que vive.
Y tendrán que empezar tarde o temprano, pero ahora todavía no les da la real gana, ahora no lo hacen.
(Señora en la sala):

—Qué divertido si una tiene que ver todavía con esa gente.
—Sí, y tenemos que ver con ellas, ¿entiende?
Creo, sin embargo, que todos tenemos que ver un poco con ellas, le pasa a toda la sociedad, de verdad que no es solamente usted.
¿Tiene alguna cosa más?
Piensen un poco y entonces tendremos algo más.
¿Quién tiene alguna pregunta?
Señor, ¿quiere que sigamos hablando del karma?
¿Lo entiende ahora?
Sí, si lo puede aceptar.
(Señor en la sala):

—Sé lo que me quiere decir, pero no estoy de acuerdo.
—¿Cómo dice?
(Señor en la sala):

—Sé lo que quiere decir, pero no estoy del todo de acuerdo.
—No está usted de acuerdo, claro que no.
Vaya, pues qué lástima, porque así ya no puedo decir nada.
Por eso digo: la teosofía, los rosacruces también lo tienen, creo, hay más sectas, es karma, karma, karma, karma, karma, pero no saben lo que es.
Se lo pregunté al maestro Alcar y dice: “Vamos, vente, entonces te meteré hasta la nariz”.
Y entonces me metió con la cabeza.
Dice: “Mira, solo asesinatos, el resto es causa y efecto”.
¿Para qué tiene que servir todavía ese karma?
¿Lo ve?
Todo lo que está en manos de los seres humanos, lo que controlamos...
Con el karma eso no ocurre, el karma quiere decir: un castigo impuesto.
¿Eres capaz y quieres imponerte un castigo, conscientemente?
Ni siquiera son capaces de eso.
Por mucho que digan: “Esta vez sí que tengo ganas de morirme de verdad, qué gloria”, pero no pasa.
Lo quieren de verdad; no ocurre.
Eso demuestra que sí que es posible vivir y pensar para uno mismo, pero cuando el karma se materializa, se va directamente al poder y la fuerza que controla la madre tierra.
Y el resto tiene que ver con nosotros mismos y ahora eso se llama: causa y efecto.
Y allí se disuelven centenares de miles de cosas: nada de asesinatos, pero sí robos, mentiras y engaños, dureza, pegar, patear, mancillar etcétera etcétera.
Pueden cotejarlo con el diccionario entero.
Y Cristo solo dijo: “No mates porque te matarán”.
Pero podría haber añadido: o tendrás que regresar a la tierra y así lo podrás volver a enmendar.
De aquí no escapamos.
Y por eso —eso ya lo hemos comentado— los seres humanos vivimos demasiado tiempo en la tierra, ya podríamos haber estado hace millones de años en el otro lado si hubiéramos seguido y vivido las leyes de forma armoniosa.
¿No es justo?
(Señor en la sala):

—Eso es una verdad como un puño.
—Eso es una verdad como una catedral.
Así es.
Pero, claro, si le digo al señor: “Eso lo he visto”, me dirá: “Sí, eso lo tengo que ver yo también”.
Eso es desde luego lo que ha vivido Jerusalén, señor.
Dice: “Bueno, quizá esas marcas sean propias”.
Cristo se encontró con alguien que dijo, bueno, pues esto: “Es que, mira”, dice, “yo también vi a alguien hace poco que dijo: ‘Yo soy Cristo’, y tú también lo eres, ya son dos, imposible, ¿no?”.
Miren, crean...
Esto ya no es posible creerlo; lo que les digo sobre el cosmos, sobre el renacimiento, sobre los infiernos, los cielos, la atracción, la maternidad, la paternidad, la reencarnación: estas leyes las he visto.
Yo lo tengo todo por experiencia.
No estoy aquí diciendo tonterías sobre nuestra doctrina.
No he sacado nada de la teosofía; no se me concedió leerlo.
Jamás he tenido un libro sobre la teosofía en las manos.
Tampoco he leído la Biblia, jamás.
Señor, si se atreve, puede hacerme las preguntas y le saco todos los errores a la Biblia, ¿eso qué es?
(Señor en la sala):

—Una gran pena.
—¿Por qué?
(Señor en la sala):

—Porque el núcleo de la Biblia...
—Ay, señor, hay que ver lo perdido que está.
Mire, el maestro Alcar dijo esto...
No, así no avanza usted nada.
Ya lo ve: siempre esto y lo otro, son los frenos para usted mismo.
Yo reacciono ante lo que dice usted, pero ya no lo haré más.
Mire un poco, el maestro Alcar, los maestros dicen esto...
Yo digo: “¿Por qué es esto?”.
“Nada de leer esto, porque te mostraremos la inmaculada Biblia”.
Y entonces vi el otro lado y conocí la Biblia.
Entonces vi los infiernos, vi la Biblia.
Entonces vi el estadio inicial, cuando llegaron al mundo Abraham, Moisés y los demás; fuimos al mundo de lo inconsciente y ese instante lo vi, lo viví.
El maestro Alcar dice: “Pues, vente conmigo”, dice, “viviremos el instante en que Moisés fue atraído a la tierra”.
Dice: “Porque no creerás, lo que harás será...”.
Ahora conozco la Biblia entera.
Entonces el señor dice: “Qué lástima”.
Contiene algo sobre el amor.
El maestro Alcar me llevó al Omnigrado, a la Omniconciencia.
Allí he visto y hablado a Nuestro Señor tres veces.
Claro, eso tampoco se lo cree, ¿no?
Lo vi de niño, aquí dije a la gente: Pueden escucharlo en cualquier momento, siempre que hagan esto, lo otro y aquello.
Pero el Omnisaber...
Esos maestros que me acompañaban a ese espacio, a ese ley, pregunto algo, dicen: “Voy a esa ley.
Es la vida, es el alma, es el espíritu, es una parte de Dios.
Y atención: mi palabra es ley”.
El maestro Alcar puede decir, junto al maestro Zelanus y todos los demás maestros: “Soy un Omnisciente para este espacio.
Un Omnisciente”.
Y entonces, ¿seré yo quien diga: “Eso es imposible”?
Entonces me echan.
Ya nunca tendría contacto, ya no recibiría nada.
(Señor en la sala):

—Tal como nos lo ofrece la Biblia, en ese Antiguo Testamento, oiga, eso no contiene amor”.
—Claro, claro, claro.
Eso es tan satánico que lo ponen en manos de Dios, porque Dios jamás hizo eso, todo obra humana.
Dios jamás habló como ser humano.
Y allí habla día y noche.
Se pelea con Noé por tres barricas de coñac.
“No”, dice a Noé, “no te daré más de tres”.
Noé quiere cinco, dice: “Porque me apetece.
Con coñac lo puedes hacer todo, todo”, dice Noé.
Pero no recibió más de tres.
Y ¿eso es Dios?
Dios anda por allí...
¿Han visto la película ‘Los verdes prados’ (‘The Green Pastures’, 1936)?
Entonces ven a Dios, es muy hermoso, un gran negro, y este va andando el domingo, viene un rato a la tierra a echar un vistazo y hay un chico allá, y una chica, en la naturaleza, que están jugando.
“¿No tienes otra cosa que hacer?”, dice Dios.
Ese chico, lógicamente, no lo ve a Él.
Pero a Dios se le ve en todas partes, en un traje negro.
Los pastores protestantes se pusieron como fieras por la salida de esa película, pero es impagable.
Uno la ve veinte veces.
En el cielo los domingos se fuman puros de veinticinco centavos y están pescando, y entonces uno de esos negritos se tragó una espina y le calentaron el trasero.
Ja, ja, es para troncharse de la risa, pero, oigan, es cierto, porque con eso han querido mostrar en cierta medida lo ingenuo de la Biblia, al comienzo, lo ingenuo.
Y han escupido sobre esa película, pero era imposible detener a la gente.
Creo que estuvo cuarenta días en cartelera.
Miren, el ser humano quiere saber y eso es lo que hará.
Y nosotros hemos recibido la ciencia, gracias a Dios, hemos recibido los maestros; no les he preguntado y no los he buscado, llegaron hasta mí y dijeron: “Te llevaremos a las leyes”.
Y ahora vamos a seguir.
Aquí tengo otra pregunta: “El volver a verse, ¿solo es cuando llegas a las esferas donde están tus seres queridos?”.
Señora.
“El volver a verse, ¿solo es cuando llegas a las esferas donde están tus seres queridos?”.
¿Por qué hay que estar en el otro lado para ver a sus seres queridos, señora?
¿Siente usted que aquí...? Y eso es en general..., todo eso es..., es el pensamiento de la omnialma, el omniespíritu —no el Omniespíritu—, quiero decir el ser humano de las masas.
El ser humano cree que tiene que estar en las esferas para ver su amor.
Pero no es así.
Aquí está el amor.
Porque si no tiene usted ese amor aquí, allí tampoco lo tendrá.
Y entonces, claro, pensará: ‘Pero si aquí no hacen otra cosa que pegarme y patearme, y todas esas cosas, ¿cuándo voy a recibirlo entonces?
Eso está en sus propias manos y depende de usted, si tiene esa felicidad, si, ciertamente, entonces podremos decir: detrás del ataúd llegará a ver usted su propio estado.
Pero esta pregunta se refiere a otras muchas preguntas.
“El volver a verse, ¿solo es al llegar a las esferas?”.
No hay apenas un solo ser humano en la tierra de su propio grado de vida —y eso que hay millones de personas— al que no conozca, al que no haya vivido, de quien no fuera hermana, de quien no fuera hermano, de quien no fuera padre, de quien no fuera madre.
No hay apenas nadie en ese espacio a quien no haya portado y alumbrado.
Usted ha sido hombre, usted ha sido madre, miles y miles de veces.
Y ahora recibe usted un solo núcleo de todas esas eras de amor, llega a vivir y a ver problemas, un solo núcleo.
¿Y de eso se trata para usted?
¿De ese único núcleo?
Es la parte —los maestros la llaman el alma gemela—..., pero esa es la parte de usted misma que ahora anda por algún sitio en la tierra.
¿Tiene usted esa parte junto a usted?
Bueno, pues quizá haya una persona entre centenares de miles de personas que la tenga.
Hay gente que ciertamente ya la tiene en la tierra.
Porque entonces eso quiere decir —ahora viene— que desde la luna —porque ya en Marte y en otros planetas y ahora en la tierra hemos empezado con la desintegración, ya lo dije hace unos instantes, ¿qué es lo que no hemos hecho?— nos fuimos separando para enmendar cosas.
Y ahora es natural que se me atraiga desde alguna parte de ese mundo y que tenga que desprenderme de la parte que me corresponde a mí, ya está fragmentada, pero porque yo tengo que hacer algo, y usted también, allá, allá y allá.
Y si queremos recuperar ese sentimiento cósmico de ser uno, tendrá que encontrarse usted infaliblemente con esa parte de su vida como hombre y mujer, y entonces tendrá usted verdaderamente el ser uno cósmico.
Eso ocurre en el otro lado.
Y debido a que la gente no lo tiene aquí, significa de nuevo: nos hemos echado a patadas... podemos decirlo así sin problema: nos hemos echado a patadas de ese matrimonio divino.
Porque el matrimonio es lo más poderoso de todo lo que existe y por lo que vivimos a Dios y lo representamos, en cualquier estado que sea.
Y ahora hemos hecho la causa y el efecto y nos fuimos separando.
Eso ya fue hace millones de años.
Y ahora el ser humano está ampliándose a sí mismo en la tierra, está dándose sentimiento y, principalmente solo para eso, está reconduciéndose a esa parte propia, y eso es una parte de mi alma, de mi vida, de mi espíritu —no de mi personalidad—, porque esa parte también tiene que vivir las leyes y tiene que asimilar el macrocosmos.
Si viven eso, señoras y señores, y están delante de eso, todo ese cosmos estallará dentro de ustedes porque en esto los sentimientos son infalibles.
Pero también les digo: de cada millón de personas solo una lo ha vivido, o sea, que aquí haya sido espiritualmente consciente en todo.
Porque aquí tienen ustedes grados preanimales, el ser humano preanimal, el ser humano que solo vive a la buena de Dios, los asesinos y los incendiarios, y el que hace lo que quiere, esa gente también ha entrado en contacto con los demás y es una en sentimiento, una en color, en su estado.
Pero para nosotros se trata de ese sentimiento en particular, de esa felicidad en particular.
Y eso, ciertamente, no es la primera esfera, sino que ya lo pueden vivir aquí.
¿Lo comprenden?
Y si lo viven aquí, pues sí...
Porque tenemos...
Sobre esto bien podría escribir un libro, es tan poderosamente profundo, aunque no tan profundo como para no comprenderlo, pero quiero decir: hay tantas cosas vinculadas a esto, porque así uno puede encajar toda la miseria de la sociedad y de todo el mundo, de toda la humanidad.
Y seguramente que ya sentirán ustedes que tipo de libro será, si quieren analizar esta pregunta de forma espiritual, corporal y cósmica.
Es así de profunda.
¿Por qué?
Porque cada ser humano ha mancillado su propio núcleo.
¿Es así?
Cada ser humano ha fragmentado su propia sintonización divina.
Y si es que ya tienen un poco de felicidad aquí, y ya entienden ustedes al ser humano y este a ustedes, Dios mío, Dios mío, esa es la posesión más poderosa que pueden vivir, porque son los fundamentos bajo sus pies, de lo contrario se desangrarán, se quedarán sin vida, no soportarán esos crujidos.
Y si tienen aquí la comprensión, seres humanos, estén agradecidos de estar sentados aquí, juntos, y de que lean los libros juntos y de que deseen ampliarse juntos.
Hay aquí entre nosotros quienes se van tomados de la mano a casa y que al dormir dicen: “Adiós, hija”, hacen el vuelo tomados de las manitas, son personas agraciadas.
Aquí hay ciertamente personas que ya tienen una comprensión espiritual y corporal, o sea, material, aquí en la tierra, que es una de un modo tan llamativo, tan curioso, que te hace temblar y estremecerte.
Esa gente puede con todo porque caminan de forma consciente en la felicidad del macrocosmos.
Y eso es marido y mujer.
Y entonces la vida es un paraíso, aunque vivan ustedes bajo tierra.
Aunque haya patadas y golpes a diestro y siniestro de ustedes: viven ustedes de forma serena, en paz, con prosperidad.
¿Saben lo que es, lo que significa, que el otro ser humano, hombre o mujer, los entienda, los acoja, tener el mismo anhelo, el mismo deseo?
Aquí tenemos..., y entonces la mujer de aquí y el hombre de aquí pueden decir: “¿Y cómo fue? Vamos, cuenta”, y entonces él se tiene que sentar, ella prepara un té, él se enciende su pitillo, y entonces se habla.
Primero reciben ese despertar espiritual, ese anhelo espiritual, anhelar conocimiento.
Ambas vidas ya están enriqueciéndose.
Dios mío, Dios mío, ¿entienden, madres, hombres, lo hermoso que se hace entonces un matrimonio?
No tenemos ignorancia.
Da igual ser protestante o tener todavía la Biblia, pero entonces por la ignorancia ya no se llega a la claridad inmaculada, espaciosa.
¿Por qué pueden vivir ustedes esta felicidad?
Un protestante no es capaz de eso.
Sí, ya pueden amarse todo lo que quieran, pero entonces el amarse y el amor no es más que un circulito así.
¿Lo aceptan?
Porque si ustedes se apoyan en la condena, y ellos no lo saben, tampoco tienen ampliación, ¿no?
Ustedes saben que se volverán a ver más adelante.
Saben infaliblemente que algún día se encontrarán con su propio sentimiento y personalidad.
Y entonces estarán ante su felicidad divina.
Señora, ¿a que es hermoso?
¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—Sí.
—Dan ganas de ponerse a llorar, ¿no le parece?
Para eso el ser humano lo entrega todo.
Y para nosotros, para el mundo entero, solo se trata de ese núcleo.
¿Y por qué se separa el ser humano?
Porque no sabe.
Ha venido gente a verme, señora, que dice el hombre: “Es una gata salvaje, esa mía”.
Digo: “Pues mándame esa gata”.
Que entra un encanto.
Pienso: ‘¿Cómo es posible?’.
Claro, a la mujer no le dije que él dijo: “Es una gata salvaje”.
Digo: “Señora, qué hermosa es usted; no por fuera, sino por dentro”.
Digo: “Y su esposo...”.
“Sí”, dice, “¿qué ha dicho?”.
Digo: “¿De qué le sirve, señora?”.
Digo: “Es mejor que se vaya.
Mejor guarde silencio, mejor no diga nada, ya verá como todo se resuelve.
Hágalo venir de nuevo”.
Entonces le canté las cuarenta, digo: “Haz el favor de empezar a ver esa gata de otra manera, ¿quieres?”.
Digo: “Entonces tú tienes que empezar a no jugar a ser tigre y león; eres de los que ladran, un fanfarrón, haces aspavientos.
Crees que puedes comprar con dinero una madre, y con un vestidito.
No, señor: te sientas y la miras a la cara y le hablas”.
Digo: “Para la sociedad eres un pez gordo, pero tú, para arriba, no vales nada, ni un céntimo”.
Digo: “Es un ser humano tan hermoso por dentro, pero jamás le has sacado ni cinco gramos de sentimiento.
Jamás has dado por ella ni el cinco por ciento de tu sentimiento amoroso, para vivir alguna vez esa belleza, porque ella dice en sus sentimientos: no estoy disponible para una bestia salvaje”.
Allí estaba el señor.
Dije: “Te gusta París”, digo, “pero lo que ves allí vive en tu propia casa y es mucho más hermoso”.
Digo: “Es la madre de tus hijos”.
Tuve que sacudir a ese hombre desde los cimientos para que despertara, y mirar, y hacerle ver quién era él.
Digo: “Ahora a callarse un poco.
No vas a decir nada”.
Ya se lo conté a ustedes una noche.
“Tú a callar.
Solo vas a decir ‘sí’ y vas a analizar algo.
Cuando ella diga: ‘¿Qué tal te fue? ¿Está lloviendo?’, vas a empezar mostrándote cortés de verdad, con mucho interés, para decir: ‘Pues, hija, sí, según los eruditos’, aunque no quieras jugar a ser erudito y entonces le vas a decir, con cortesía, con humanidad, como un hombre: ‘Pues no pinta mal.
Es bien posible que vayamos a tener buen tiempo’.
Y ahora vas a hablar de las cosas, vas a hablar por fin de la vida, señor.
Te vas a sentar un poco.
Por fin vas a prestar atención al hecho de que allí vive una divinidad”.
Digo: “Si quieres recuperar a esa mujer, lo conseguirás en dos semanas”.
Cuatro años habían estado armando bronca, se arrastraban por los pelos por la casa, a tirar todo por los aires; las lámparas rotas, la porcelana rota.
“Quisimos hacerlo una noche con un buen vaso de vino”, dice él, “cinco minutos después la botella ya volaba por el espejo”.
Dice: “No hay quien hable con ella”.
Digo: “Señor, ni siquiera se ha sentado”.
Digo: “Usted se ha socializado.
Ya no tiene nada”.
Entonces empezó a callarse.
Digo: “Usted quiere la felicidad”.
Dice: “Pero si todo era maravilloso.
¿Cómo es posible que un ser humano se rompa así de golpe?”.
Y es cierto, lo he comentado aquí, por la noche.
¿Pero piensan ustedes alguna vez en eso?
“Cuando empezamos a cortejarnos”, dije, “no vemos un carácter”, señora, “sino que despierta en nuestro interior la madre tierra”.
Aunque ella tenga unos bultos como estos en la cara, así de grandes, torcidos y retorcidos; si es ella, la cortejamos.
¿Cierto o no...?
Sí.

(Risas).

Entonces nos ponemos a arrullar.
Pero ese sentimiento...
Como una persona que viene a verme, igual que ese señor...
Un ser humano queda destrozado en cuatro meses.
“Eso es imposible y no puede ser”.
Un ser humano agota su vida en cuatro meses.
“Imposible.
No puede ser”.
Un ser humano es cósmicamente profundo, el hombre y la mujer, pero sobre todo la mujer, la madre, es de una profundidad imponente.
Y en cuatro meses, señor De Wit, una madre puede haber perdido el norte por completo.
Claro, es imposible vivir con hienas, claro que no.
Pero cuando el ser humano lo quiere, es posible que se despierte todo un mundo nuevo.
A esa gente solo le dije: “A callarse.
Si se trata de algo, nada de hablar, a callarse”.
Les tuve que enseñar a pensar, como niños.
Y cuatro días más tarde me dice él: “Dios mío, Dios mío, ¿qué ha pasado contigo?”.
Y no dijeron nada durante un tiempo, volvieron a sentir su propio silencio y se pusieron a hablar que daba gusto, y cuatro meses después se fueron a la Riviera francesa, que tenían una vida nueva.
Los advertí, pero, bueno, por el dinero de ellos.

(Risas).

Pero volvieron y dicen: “Dios, contigo es...”.
Digo: “¿No es una maravilla?”.
Entraban y salían de los hoteles, uno tras otro.
Digo, los seguí: “Cómo es posible”.
Qué felicidad poder devolverle a un ser humano la felicidad y a sí mismo.
Así es como he recompuesto a veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta.
He luchado como un diablo para que ellos...
Los tenía aquí y allá de sesenta, de cincuenta; ella a un lado de rodillas y él también, al otro lado.
Los volví a mandar al paraíso como dos niños.
Pero yo estaba en medio de todo eso.
No como el árbol de la vida, sino que estaba silbando como una serpiente.
Digo: “Y ahora fuera de aquí”, y entonces vuelven a hacerse pequeños, vuelven a ser hermosos.
“No nos comprendemos”.
¿Quieres felicidad? ¿Quieres vivir?
A volver.
Si eres, pues, practicante, protestante, y tienes miles y miles de cosas y no has terminado ni una sola, entonces sigue en nosotros el porqué y el porqué; y el sí, sí, sí, claro; pero será mejor que eso me lo demuestres.
Entonces la mujer puede demostrar..., y el hombre no puede demostrar nada a la madre, no tenemos sentimientos el uno por el otro, ni amor.
Y ahora hay que empezar por el primer fundamento: ¡acepta esta vida!
Y si entonces quieres vivir lo definitivo, señora, sí, claro, eso tomará todavía algún tiempo.
Ahora aún lo puedo hacer espiritualmente, y entonces ya verá lo que queda de eso.
Entonces también podrá ver...
Les contaré una cosa hermosa esta noche.
Todo lo que vivan en esta vida, señoras y señores, no es más que algo recibido.
Esa esposa que tienen ahora, y ese marido que tanto las saca de quicio, ni siquiera les pertenece.
Quizá.
Ya lo puede ser ahora.
Pero ¿comprenden lo que hay en eso?
He conocido a gente que ahora está en el otro lado, y él decía: “No quiero perder a esta querida alma ni por el cosmos entero”.
Y los he vuelto a ver en el otro lado, a él y a ella, y he tenido que preguntarle a ella, por medio del maestro: “¿Sigue él allí?”.
“No”, dice, “pertenece a otra persona”.
Digo: “¿Y usted puede con eso?”.
“Desde luego, porque mi vida se está acercando y llegando”.
Señora, si usted me dice: “¡Oh, amo esta vida tanto!”, yo le demostraré lo profundo que es su amor.
Y esto no es más que social, no es más que terrenal; y ahora vamos al otro lado y entonces bien puede ser que..., entonces la persona que le pertenezca viva todavía en Estados Unidos o en Francia o en otra parte, pero algún día llegará esa vida; y a quien tenga usted ahora lo puede amar mucho, sin duda, y así tiene que ser, pero es posesión recibida de otra persona.
¿No es justo?
Y a eso renunciará usted de buen grado, porque recuperará sus sentimientos propios y sentirá, es el blanco del blanco, el amarillo del amarillo, no hay nada por encima de eso, llegará a ver y a vivir usted su propia vida y al final, señora, seremos todos, millones de personas, completamente uno, como una sola madre y un solo hombre, una sola vida, un solo sentimiento.
Así que todo acabará bien.
¿Hay preguntas sobre esto?
Tengo más cosas.
Ay, no, aquí dice: “El volver a verse ¿solo es cuando se llega a las esferas donde están los seres amados, o directamente con la transición?”.
Miren, esta pregunta: “..., ¿o directamente con la transición?”.
Hay personas con las que he hablado y hablado y hablado y estaban tremendamente alejadas unas de otras.
Entonces dijo el hombre: “Por el amor de Dios, ¡ojalá que la vuelva a ver cuando llegue yo allí”.
Digo: “Eso te lo doy yo sin problema.
Yo puedo dártelo”.
Digo: “No lo doy porque tú mismo tienes que pelear por eso”.
Digo: “Si tú inclinas la cabeza ante todas las cosas, aunque pienses tener la razón, pero aun así puedas aceptar”, digo, “entonces recibirá ella la posibilidad de irte a ver luego.
Pero si le cortas el paso a esta vida”, sentimientos, comprensión, armonía, amor, ¿entienden?, cortar el paso está en la personalidad, eso lo hacen ustedes con los sentimientos, con su amor, “entonces no verá a ese ser humano”.
Se ven el uno al otro..., a la gente con la que tiene que ver aquí la volverá a ver luego, a todos.
Los veré a todos ustedes.
Y a mí no se me puede escapar ni una sola persona, las veré a todas y a todas las volveré a ver en el otro lado, porque tengo que ver con ustedes.
En el otro lado no somos ajenos los unos de los otros.
Allí está mi hija y allí está mi madre, vuelvo a ser un niño, soy padre otra vez, y así sigue y sigue.
Hemos llegado a ser una sola vida en ese tiempo, en ese mundo.
Y cuando luego llegas allí, pues entonces lo primero que preguntas —ese núcleo vive en nosotros, por supuesto— es: “¿Mi marido? ¿Mi mujer?”.
Estamos ante leyes espirituales, espaciales, cósmicas.
Y entonces surge: ¿estamos el uno con el otro en amor, en armonía?
Ya habrán entendido: mundos, son mundos.
¿Comprenden todo esto?
Y eso lo tenemos que asimilar, señora.
Y quieran o no, no les apetece leer, de todas formas estarán luego ante las leyes, porque aquí todos moriremos, como dice el ser humano.
Ahora el ser humano sigue teniendo mucho cuento, pero luego irá de medio lado, empalidecerá un poco, se le cerrarán los ojitos, entonces lo que pasará es..., hay alguien al lado que toma un martillo y meterá una punta aquí y allá, dice: “Muerto es muerto, tú, al hoyo”.
Y bien podrá decir usted entonces todavía: “Sí...”.
Hay quienes levantan dos dedos; quiero tener razón de todas formas, pero: muerto es muerto.
Y entonces va a empezar otra ley y nos quedamos desgarrados.
Ahora nuestra causa y efecto se disuelven.
Cuando tengamos que volver a la tierra —deberían ir a escuchar eso a fondo, a sentirlo a fondo—, ama usted una sola vida, aquí también tienen que poder amar una sola vida, pero ese amor tiene que ser radiante.
Tienen que poder amar todo.
Eso no significa, como siempre digo, que tengas que empezar a cargar a los mendigos y todo lo que llame a la puerta y lo que no sepa avanzar aquí en La Haya, eso de todas formas es imposible.
Pero entonces volvemos y estamos de nuevo como una nueva personalidad en la tierra.
Luego volveremos a crecer, seremos chico o chica y empezaremos a arrullar de nuevo.
De nuevo, otra persona.
¿Qué ocurre en esta vida?
El ser humano se siente pequeño, tiene complejos, complejos de inferioridad, pero el ser humano es tremendamente profundo y grande y poderoso.
Con que solo quisieran ver y vivir ustedes ese poder y ese espacio.
Si te puedes mantener firme en esta vida y te pegan, aunque fluya la sangre, habrá millones de madres y padres a tu lado, detrás, donde sea que estés; pero cuanto más profunda se haga la lucha, Cristo estará a tu lado, pegado, y dirá: “También estoy aquí”.
Si retienes eso y no sucumbes, es decir: si no devolvemos los disparos ni los golpes ni lo que nos arrojen, nos patearán y golpearán y nos chuparán todo, nos torturarán, pero estaremos trabajando para ese mundo, para conseguir esa cosa en concreto.
Y la que me pertenece a mí, o la otra que le pertenece a usted y a él y a mí, dirá: “Muy bien.
Hay que luchar hasta que salten chispas, pero no hay que devolver el golpe”.
No hay que entrar en la lucha, mejor soportarla, de lo contrario no saldremos nunca de allí.
Es cierto, nunca saldrás de allí si devuelves la mordedura.
Aquí en la tierra uno ama, están casados, tienen hijos, pero en la sociedad entera, ahora deberían averiguar lo infantil que se hace la vida social, la unión de un pueblo.
Un católico me toma por demonio.
Para Roma soy un hereje y un diablo.
Para cualquier otra fe soy un demente.
Ya les gustaría..., no faltan, ya les gustaría arrojarme ahora mismo a la hoguera.
Y tienen que amarme.
Yo también los amo.
Solo quiero enriquecerlos.
Ahora no logramos resolver nada, tampoco podemos avanzar más porque la sociedad nos retiene.
No, esa gente no tiene más, pero ustedes, que leen esos libros, que adquieren espacio, tienen que seguir con los demás.
Y ustedes están dándole contenido a la vida, pueden vivir felicidad todos los días.
Si no la tienen, siguen viviendo en la causa y el efecto.
¿No es así?
Pero si la tienen, y aunque ella todavía no quiera ni él tampoco, aunque ya tengan la comprensión, mejor sientan gratitud cuando vean el hombre que ama los niños y ella pueda soportar de vez en cuando algo si hablas de esto y lo otro.
Dios mío, Dios mío, si conoces y sientes la humanidad y el pensamiento humano —se lo conté hace poco—, podrán declararse sin problema alguno santos, incrédulos, porque quien ya busque esto y lo anhele y lo pueda aceptar, esa persona está empezando, ciertamente, a trabajar en sí misma, aunque no avance con rapidez, pero ese ser humano ya está en ello.
¿No creen que es así?
Están ustedes aprendiendo...
Hace unos años pensé: lo dejo.
Eso dije.
Y si le digo al maestro Alcar: “Lo dejo”, ya no puede hacer nada.
Porque me ha llevado a través del cosmos y nuestro trabajo en realidad ha terminado.
Dice: “Es posible”.
Digo: “La gente no aprende”.
Pero he visto..., después he visto que la gente aprende un montón.
La gente decía: “Ay, qué tonta es esa gente”.
Pero a esa gente también la oí hablar dos, tres años atrás y era tonta, y ahora empieza a ver lo inconsciente de la masa.
Y eso lo han aprendido de los maestros.
¿Cierto o no?
(Señor en la sala):

—En efecto.
—Señoras y señores, todavía tenemos unos minutos.
¿Tienen alguna pregunta más sobre esto?
¿Está contenta, señora?
(El técnico de sonido):

—Tiene todavía más de cinco minutos.
—¿Aguantan un poco más?
Así aprovechamos esos cinco minutos.
(Jozef se dirige a alguien):

¿Por qué no entran, señor, señora?
¿Es esto lo que busca, esa señora?
Pero, señora, entre, adelante, no nos molesta para nada.
Es que, mire: en el cielo tampoco hace falta que se quede detrás de la puerta.
Buenas noches, señor Luienweg.
(De nuevo dirigiéndose a la sala):

¿Hay más preguntas, señoras y señores?
(Señor en la sala):

—Señor Rulof, ¿me permite hacerle una pregunta?
—Sí, señor.
(Señor en la sala):

—Con motivo de esas monjas que luego se empiezan a sentir tan santas, quizá sigan con eso, con semejante sentimiento, en el otro lado, si en el templo del alma también se encuentran por ejemplo eruditos, artistas y se centran en continuar su arte, su ciencia...
—Ya lo ayudaré yo un poco, señor Götte, porque solo tenemos unos minutos y su pensamiento está tardando ahora demasiado.
Esas madres..., hermosa vida la que tiene esa gente, pero les he explicado el porqué de esas leyes.
Y de cada cien hay noventa y cinco que tienen que volver, y cinco están justamente trabajando en ese estado, pero han completado su ciclo de la tierra.
Volvieron a la tierra para hacer aquí algo, fueron liberadas por la tierra, libres, y pasan a tener una fe.
Así que también vienen..., por ejemplo también un cardenal y un cura y un obispo, que llegaron hasta ese punto; hay un montón que tienen que volver.
Un papa que piense que llega a un cielo, pero allí no hay ni uno consciente para la primera esfera...
Si son católicos a ustedes quizá les parezca horrible.
Pero lo primero que pregunté al maestro Alcar..., digo: “¿Dónde viven los papas?”.
“Mejor vente conmigo”, dice.
El maestro Zelanus acogió a siete.
“Siete”, dice, “a cuyo lado me encontraba yo.
Había dos a quienes pudimos llevarnos al otro lado y el resto tuvo que volver, se disolvían al instante delante de tus ojos”.
Dice: “Allí llegaron dos.
Y entonces empecé yo, tuve el honor de convencer a esa vida”.
Pues, dice: “La revelación con la autoridad más elevada para...”.
No es más que una secta, lo tendrán en cuenta, ¿verdad?
Es cierto que la autoridad más elevada es aupada en la tierra, pero en el otro lado era un ser humano que había alcanzado lo más elevado para una fe.
Una fe, sin embargo, no es ningún Dios ni ningún cosmos.
“Así que”, dice el maestro Zelanus, “me puse a hablar entonces con él.
Volvimos al instante.
‘Aquí nació usted, allí usted...’.
Por fin llegamos al ataúd.
‘Aquí murió usted’.
Esa vida vio entonces cómo murió y que no había condena, ya entonces empezaba.
De todo no se hacía más que..., podíamos dejar las cosas de esa personalidad a nuestro lado, a diestro y siniestro, y para eso puse al lado el nuevo fundamento, el nuevo fundamento divinamente cósmico”.
Vuelta también para esas monjitas, noventa y cinco de las cien a volver; pero si aparece una criatura de esas, o sea, que ya ha sido pura, pues, claro: vivirá en una tierra crepuscular o en la primera esfera.
Porque queda un restito de odio, todavía hay...
No son tan santas, deberían oírlas hablar entre ellas.
Entonces hablan de envidia y odio, es más que terrible.
Hay algunas que son muy fuertes callando, tanto que a una... hay chicas —oigan, eso yo lo he vivido, no estoy contando tonterías— que una dice: “Esa víbora ya lleva seis años sin decirme nada”.
Ay, las cosas que ocurren allí son más que terribles, pero no es cosa nuestra.
Es por eso que esa criatura no puede vivir esa primera esfera, porque no ama.
Así que se blinda para el amor universal.
Primero tiene que aprender todavía amor.
Tiene que asimilar amor y ha apostado todo a una sola carta.
Y Cristo dice: “Ama todo lo que vive”.
Ahora hay que enseñar a esa gente, instruirla.
Es lo más hermoso que hay.
Eso quería decir usted.
Ahora está al final, una última respiración y comenzamos de nuevo.
Enseguida vamos a tener un nuevo nacimiento, señoras y señores, pero tómense primero un té.
Hasta luego.
 
DESCANSO
 
Señoras y señores, vamos a continuar.
Antes de que lo olvide: está aquí el señor Van Otterloo, nuestro actor de teatro, pueden estar seguros de eso.
Dice —mañana por la noche también lo trataré—, dice: “Hay una obra de teatro que estamos representando, y parece hasta católica, pero contiene muchísimo ocultismo: un ser humano que adopta la pena y el dolor y las desgracias de otro ser humano y que luego carga con todo eso”.
Tiene que ser una obra dramática maravillosa.
Todos recibimos una invitación suya, si ustedes se encargan del dinerito.
Pero quizá sea algo para ustedes.
(Señora en la sala):

—¿Cómo se llama la obra, señor Rulof?
—Si pudiera levantarse un momento, señor Van Otterloo.

—‘De lengte van Posserloedaat’, señoras y señores.
—En esa pieza hace de canalla.

(Risas).

Y cuando mañana por la noche estemos allí todos, claro, todas las entradas estarán vendidas, pero entonces ya lo retaremos.

Ya verán.
En (la sala) De Kleine Komedie, donde (la plaza) Spui.
Tiene que valer la pena porque contiene muchísimas cosas.
(Señor en la sala):

—¿Cuándo es?
—¿Cómo dice?
Mañana por la noche, empieza a las ocho.
Las puertas abren a las siete y media.
Entrada: cuarenta céntimos, no es caro.

(Risotadas).

Pero quizá sea algo para ustedes.
¿Está contento, señor?
Pero, ay, si no se esfuerza todo lo que pueda.
Tengo aquí una pregunta procedente de Haarlem.
“Si un hijo no se parece a ninguno de los dos padres, ¿quién lo ha atraído entonces?
¿Y quién tiene que ver entonces algo con él?
El carácter ¿juega un papel en esto?”.
¿De dónde viene esta nota?
¿Dónde está la dama?
Allí, en la esquina.
Hay gemelos e individuos.
Es decir: una madre tiene un solo hijo, da a luz a un solo hijo, y a dos, a tres.
Resulta que hay gemelos que son como dos gotas de agua.
Aquí lo he contado, y el médico en la radio..., hace años que ya lo expliqué aquí.
Y hace poco el doctor Storm, que los viernes a las once y cuarto de la noche... cuando habla del matrimonio y de todo.
Y una noche también surgió este problema.
Digo: “Mira por dónde, que me están dando la razón”.
Pero yo soy de ‘s-Heerenberg, ¿entiende?, y no soy médico.
Lo recibí de los maestros.
Y ahora estaba hablando sobre la división de una sola célula, y eso son gemelos.
Pero ahora se libera una división y otra célula, y entonces son gemelos: el tercero no se parece a esos dos.
Primero les ofrezco esta imagen.
Esto es una personalidad propia y puede parecerse a papá y mamá, pero por lo mismo no.
Así que esos gemelos se parecen decididamente, o a los padres, da igual, pero sin duda se parecen y allí reconocen el rasgo familiar de esas dos personas, del padre y la madre.
Se queda libre otra célula y no se parece, como esos dos, como dos gotas de agua, y tiene un carácter y una irradiación propios.
Y ahora quieren saber ustedes: si un hijo no se parece al padre ni a la madre, ¿cómo es entonces la ley?
¿Qué les parecería a ustedes?
¿Quién de ustedes lo sabe?
(Señora en la sala):

—Es posible que a esa criatura la hayan colocado donde los padres para enmendar algo.
—De eso no estamos hablando, señora.
De lo que hablamos es: ¿por qué un niño no se parece al padre o a la madre?
(Otra señora en la sala):

—No creo que sea muy relevante...
—No, así es, señora, no estamos hablando de eso.
De lo que sí se trata..., la pregunta es: ¿por qué es posible que un hijo no se parezca al padre ni a la madre?
(Un señor en la sala):

—El karma.
—Otra vez el karma.
(La gente en la sala habla a la vez).
¿Cómo dice usted?
(Otra señora en la sala):

—En el momento en que tendría lugar la fecundación, ambos estaban con la cabeza en otra parte.
—¿En la feria?

(Risas).

(El señor continúa):

—... como contrapeso de alguien, una mujer o un hombre, que tuviera más fuerza de atracción en ese punto, por lo que el niño empieza a parecerse más a uno u a otro.
Señor, comprendo lo que quiere decir.
Cuando damos a luz y creamos...
Ahora voy a ponerlos a todos frente al hecho y entonces les demostraré que no dan a luz ni crean de forma consciente, porque ni siquiera son capaces de ello.
¿Y por qué no lo son?
Bueno, sí que son capaces, a veces ocurre.
Y esa ley adquiere materialización, pero ustedes no son uno solo con ese estado.
Uno se va a la feria, está haciendo cuentas, está planchando un traje, ella está ocupada con el sombrero porque de lo contrario el domingo tendrá que hacer otra cosa.
Pero ahora suponemos que estás de verdad... y entonces solo se trata de este ser uno, eso se convierte en amor, ¿verdad?, ahora uno es cariñoso, cariñoso de verdad; pero ¿la está usted viviendo, esa ley?
(Señor en la sala):

—Pues, creo que no.
—Creo que no.
No, señor, es imposible.
Ni siquiera un uno por ciento.
Solo viven ustedes lo que posee la tierra y su cuerpo, pero ustedes mismos no viven nada.
Bueno, sí que viven algo.
Claro, ya les gustaría que se lo dijera.

(Risas).

Ahora todos se ríen por lo bajini.
Ahora estamos en la clase que todos conocemos, viven algo, viven la división de la personalidad.
Se dividen, están empezando a multiplicarse.
Señor De Wit, ¿a que me ha salido muy bonito?
Dios dijo: “Multiplíquense (multiplicaos)”.
Y eso es lo que hacen.
Y esa división es igual que un trueno en el espacio.
Y ahora se van a repartir.
Es lo único que vivimos los seres humanos, porque no poseemos una unión cósmica.
Ni conocen ni siquiera el alma que viene.
No saben de dónde viene esa alma.
Ahora viene algo hermoso, señora: aparecen un padre y una madre, ambos son negros y tienen un hijo pelirrojo.
Entonces dice él: “¿Será tal vez de aquel pelirrojo que siempre se dejaba caer por casa?”.

(Risas).

Y dice ella: “Granuja, ¿cómo se te ocurre?
Menuda jugarreta”.
Habían tenido un hijo pelirrojo.
¿Tan raro es eso?
Ese niño, pues, no tenía nada de un árabe, pero sí se parecía.
El pelo rojo; ambos negros como el betún —¿el betún es negro?—, como el azabache.
Esa cara era muy diferente, señora.
No se parecía en nada ni al padre ni a la madre.
Y entonces ya se hicieron un lío.
Se hicieron un tremendo lío.
Pero eso vuelve a demostrar que de todas formas no se acuerdan ustedes de todo lo que digo.
Recientemente, repasé la familia entera.
El sábado por la mañana hablé con un experto en tulipanes que también venía a (la sala) Diligentia; Arie, uno que cultiva tulipanes.
Y entonces le expliqué los mundos dimensionales de un tulipán, cómo cruzarlos.
Eso lo sé hacer yo igual que ese hombre de Sassenheim (allí se encontraban los expertos en el cultivo de bulbos).
Puedo escribir un libro, sin problema alguno, por medio del maestro Alcar, del maestro Zelanus, uno de cinco mil páginas, para analizarles los cruces para los narcisos, para los tulipanes y todas las flores, porque conocemos siete grados del espacio.
Y entonces le expliqué diversos grados.
Dice: “¿Cómo es posible? Porque ese es el camino que tengo que seguir”.
Digo: “Pero tenga en cuenta: no soy un experto.
Pero el cosmos lo conozco”.
Y ahora tenemos —se lo he contado aquí— que el bisabuelo se manifiesta en el rostro de este hijo.
Y ahora resulta que no se parece a la madre, puede haber atraído a la criatura espiritualmente, siempre hay un núcleo de los dos, pero es algo que es demasiado débil para que se pueda ver, y ahora es espiritual, es decir: aquí lo que habla en el rostro son los sentimientos.
Y eso, pues, es de ella.
Pero el bisabuelo se ha manifestado ahora como materia en esta criatura de usted.
En plena diana.
¿Ya lo sabe ahora?
(La señora dice algo).
¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—Ya lo ha contado.
—Seguro que se lo he explicado una veintena de veces.
Por eso le sometí esa pregunta, porque usted puede saberlo.
Pero ahora resulta que hay alguien que nace con el pelo rojo; y ambos padres son oscuros.
Pues, pregúnteselo a la ciencia.
Allí se pierden.
Es un fenómeno sanguíneo común y corriente, pero tiene que ver a su vez con su propia rama, digamos, con su propia familia.
Y si retroceden mucho, tal vez se encuentren en la jungla un pelirrojo de esos.
Y dirá usted: “Ah, sí, antes no había entre nosotros más que pelirrojos.
Es todavía un pedacito de nuestra sintonización de indios”.
Pero ¿lo comprende usted, señora?
¿Y lo transmitirá?
Ah, ¿que allí ya lo oirán?
¿Tiene más preguntas sobre esto, señora?
(Señora en la sala):

—Sí, señor Rulof, quisiera preguntar..., todavía hay tantos... nacen niños por el demonio que se desfoga en el ser humano.
—¿El demonio?
Que se desfoga en el ser humano.
(Señora en la sala):

—Sí.
—¿Puede desfogarse un demonio en el ser humano, señora?
(Señora en la sala):

—Bueno, el ser humano que esté poseído.
—Eso es demencia, pero aquí estamos hablando de niños.
(Señora en la sala):

—Sí.
En los libros se dice que nacen muchos niños por esa gente, ¿no?
—¿Y qué quiere decir sobre eso?
(Señora en la sala):

—¿Podría ser también que esos niños se parezcan a esa gente?
—¿A la personalidad astral?
Eso nunca será posible.
Es imposible...

(La señora habla a la vez).

... no, señora, porque el núcleo está en el embrión, vive allí.
Cuando la madre ha dado a luz a la criatura y la ha atraído, entonces ya comprenderá usted..., entonces la criatura —que, por ejemplo, será clavada a su madre—..., entonces la criatura tendrá el rostro de la madre, es diferente, naturalmente, pero allí están el rostro y la personalidad, porque este fundamento lo han puesto los sentimientos de ella.
Si nos atraviesa, el hombre —sin que el padre lo sepa, eso el hombre no lo sabe— sigue siendo, sin que lo sepa, todo ese tiempo uno con esa vida.
Pero ¿es posible eso?
Me refiero ahora a seguir.
¿Es posible eso?
Esto, pues, es profundo, desafío al mundo entero a ver quién lo puede explicar, es cósmico, usted lo puede saber, pero para eso hay que ser cósmicamente consciente, entonces le tiene que entrar un fogonazo.
Cada cosa, señora, dama, es tan tremendamente profunda, puede disfrutar aquí de una forma tan poderosa, me esfuerzo al máximo para que piense usted por su cuenta y también haga esas preguntas.
Dije: el hombre sigue siendo uno.
¿Pero es posible que eso “siga siendo”?
Esas palabras “seguir siendo”: ¿vienen al caso?
Mejor los ayudo, de todas formas no van a aclararse.
No, porque ese hombre ya era desde hace miles de años uno con esta vida.
Y siempre es uno.
De modo que el alma que atraemos y que me atraviesa no es en el momento que atraiga esa alma; no, señora, así hay miles de personas más que siguen por la tierra con quienes tengo que ver, y a esas personas no las atraigo, allí me quedo, soy uno con aquellas personas porque las he atraído en mi vida.
¿No es poderoso eso?
Si me entienden.
Porque así como así: a esa criatura la he atraído...
Señora, esos fundamentos ya los pusimos en la jungla.
¿No es divertido eso?
Tiene que regresar usted quizá hasta la era prehistórica para liberarse de un alma que allí ha vivido usted allí y que usted ha hecho trizas.
No es la criatura que ahora viene simplemente, porque ya tenemos que ver con esa vida.
Si no tenemos que ver con ella, con esa alma, con esa personalidad, entonces ni siquiera podríamos atraerla.
Así que llevamos listos ya centenares de miles de siglos, señor.
Y esa alma también; en un momento dado volverá infaliblemente a nosotros y adquirirá mi rostro porque yo tengo que ver con eso y no la madre.
Ahora voy a seguir un poco.
Hace poco no lo hice.
Pero merece la pena.
Si ahora diéramos clases universitarias, entonces ya entenderían ustedes que..., la universidad..., lo que se aprende en la universidad de un doctor..., un doctor que tiene que analizar allí un dedo.
Este es el análisis pertinente para la Omnifuente.
Entonces tienen que seguir todos los grados y las sendas más pequeñas y las posibilidades y el futuro y la maternidad y la paternidad si quieren poder responder a esta pregunta.
Esto también es un libro de setecientas cincuenta páginas si quiero analizar la pregunta íntegramente, así de profunda es cada pregunta.
Pero ¿lo entienden?
Llegamos a formar una unión.
Y ahora se dice: “¿Soy yo quien ha atraído a esa criatura?”.
Dios mío, señora, ahora no ha atraído a esa criatura, sino que la ha violado por cien mil años.
¿No es sencillo?
Y ahora mi rostro entra en esa vida.
¿Por qué?
Porque yo entonces eché a esa vida de su divina vereda.
Qué sencillo, una vez más, ¿verdad?
¿Tenía alguna cosa más?
(Señora en la sala):

—Sí.
Si la criatura no se parece en cuanto al aspecto, pero sí por su carácter ¿también tiene que ver conmigo?
—Ahora recibe a una criatura que no se parece a nada.
Y ahora escuche bien, ahora predomina aquí, sin lugar a duda, solo el nacimiento.
Si una criatura..., si un ser humano regresa a la tierra para la maternidad, para ser madre, ¿qué es lo que se manifiesta entonces?
Todos esos rasgos de carácter nuestros que tienen que ver con el carácter —escuchen bien ahora— se disuelven en una gran fuente poderosa, profunda, en una sola, y entonces no se puede ver más que una breve manifestación de los mismos.
¿Qué es eso?
Todo eso lo saben, si piensan un poco más lo sabrán.
¿Entienden?
Porque la maternidad, esa célula se transforma de pronto en una mujer, en una madre, eso sin duda que es un poderoso acontecimiento.
Si ahora eres hombre y tienes el rostro creador...
Siempre busco la maternidad que hay en mí.
Entonces uno regresa, ya lo conoces, lo sabes, uno regresa al interior de la madre y cambia la personalidad y allí forma el poderoso organismo universal: la maternidad, el organismo maternal.
Y ahora se disuelven esos rasgos de carácter que también se materializan y deforman corporalmente, que infaliblemente dan una figura, una fuerza, una irradiación al rostro, eso puede suceder infaliblemente...
Pero esa poderosa maternidad, esos cabellos largos que empezamos a tener y esos hermosos labios de las señoras, ¿verdad?, esos hermosos ojitos y todo lo que es tan hermoso, eso predomina en el carácter.
¿Ha quedado claro también?
¿Algo más?
(Señora en la sala):

—Sí, en La Haya tuve una doble, tan parecida...

—Sí, eso es posible.

—... que la gente no se lo creía...

—No.

—... como si fuera familia.
—Claro, una doble.
En Estados Unidos me confundieron con Paul Bunning, digo: “Pues Paul Bunning es narizotas y yo la tengo respingona, eso no cuadra”.
Pero ¿cuánta gente no tiene un doble?
Y eso es posible.
Pero ¿por qué es tan excepcional?
(Una mujer dice algo inaudible).
¿Cómo dice?
¿Quién dijo algo por allí?
Me pareció que preguntaba algo.
Es excepcional, porque de lo contrario uno todos los días se pasaría a sí mismo de largo en la calle.
Entonces ya lo habrían metido a usted en la cárcel y no lo sabría porque está usted tranquilamente en casa, tomándose un té, pero su segundo yo estaba robando.
¿Verdad o no?
Estese contento, señor, de que no tengamos muchos dobles, de lo contrario la vida sería peligrosa.
(Señora en la sala):

—Señor, pero ¿no puede ser eso también un alma gemela de nosotros?
¿Que sí que tengamos que ver con ese doble?
—Señora, eso es imposible.
Pero ¿por qué sí?
Continúe ahora un poco.
Ya dirá usted: “Mira ese Jozef Rulof”.
De golpe atravieso como un rayo el cosmos entero con su pregunta.
Pues es...
Me gustaría que algún día reciban todo eso.
De pronto atravesé como un rayo el cosmos entero por la pregunta de ella y entonces puedo decir: “Es imposible”, porque el cosmos entero está ahora hablando.
Es imposible, porque lo he explicado hace unos instantes.
A ver, escuchen, adeptos, discípulos de la Universidad de Cristo, escuchen, señoras y señores, lo infaliblemente profunda que vuelve a ser esa pregunta.
Es imposible, señora.
Pero ¿por qué no?
(Señora en la sala):

—Porque es del mismo sexo.
—Está en el sexo.
No es necesario que atraviese usted el cosmos.
Pero vuelve usted al sexo, al sexo propio.
Pero, se trata, aunque no de esa cuestión, sino de esta: ¿por qué ocurre tan pocas veces que se encuentre usted con su sosia, con usted misma?
No ocurre tanto, pero digamos que tal vez entre centenares de personas, entre un millón, viva también su propia imagen.
Y entonces podrá decir usted: ·”¿Tiene que ver eso con almas gemelas?”.
Es cuando dije: “No, señora, eso es imposible”.
Porque usted se pondrá a pensar: ‘Ah, entonces esa imagen se parece a mí, pero yo la conseguí de mi rama, de mi familia’.
Así que regreso directamente a mi propio pequeño espacio y estoy libre del cosmos.
¿Entendido?
¿Entiende usted? No es posible.
Pero ¿por qué ocurre tan pocas veces?
En un persona entre centenares de miles de personas, un millón, allí es posible que usted se reencuentre.
Y ¿por qué?
Porque por todos esos estados, esos miles de diferentes imágenes hay de alguna manera una sola imagen que pueda parecerse naturalmente a usted.
Porque son centenares de miles de diferentes hombres, rostros, caras, y quizá haya uno que se parezca un momento a usted, exactamente.
Sí, algo le fallará, seguramente.
Pero también puede ser como dos gotas de agua, ¿por qué no?
Pero es excepcional.
Y se ha formado por medio de la dilatación.
¿Entiende?
Así que ahora llegamos a ver esa alma universal, esa masa de nuestro grado.
Y ahora vuelve a aproximarse a mí algo hermoso: algún día verá usted su propia imagen.
Y entonces es espiritual y cósmico.
Dicho de otro modo: no tengo mi rostro tal como lo tendré en el otro lado, usted tampoco.
Hace poco... hace unas tres semanas andaba yo..., últimamente sin duda andaba en mi segundo yo, mi yo espiritual, en el futuro, como si dijéramos.
Allí me vi a mí mismo, pienso: vaya, mira ese André.
Pienso: ¿cómo es posible?
Entonces volví a los veintiuno, veintidós, allí tuve ese rostro, creo, cinco, seis meses, casi exactamente, pero después ya desapareció.
Porque con eso quiero decir que luego poseerá usted un rostro cósmicamente espiritual.
Nuestro rostro está material y espiritualmente deformado.
¿No creen?
Todos ustedes irradian en su rostro lo que sienten por dentro, y ¿ahora quieren hacerme creer que son cósmicamente conscientes?
Así que los sentimientos —de eso acabamos de hablar— crean y alumbran el rostro.
Se parece a la madre o al padre, pero ustedes crean y dan a luz al rostro.
Pero ustedes dan a luz conforme a sus sentimientos, así crean, así se forma el rostro, así es cómo lo irradia.
Resulta que sé un montón, pero no soy más que un gran ogro feo , así que eso no cuadra.

(Risas).

Eso es imposible, porque, bueno, tampoco soy semejante adonis, oiga, seamos honestos, esa nariz respingona y me van saliendo arrugas; pero eso es vejez, no tiene que ver con eso.
Pero si quisieran verse detrás del ataúd...
Esas imágenes también las ofrecí ya y entonces estuvimos hablando por la noche de rizitos, los rizitos de las señoras, aquí tienen un modelito rizado y lo cuidan mucho, pero ¿qué significa?
Si un ser humano...
Quiero ofrecer a todas las madres la prueba: no soy un tipo fácil, señora, si llega a tener que ver conmigo, no miraré su modelito rizado, sino que miro el modelito interior.
Digo: “A ver, si diera usted esos mismos colorines y esa misma boca y esa capacidad de resistencia a esto y lo otro, muy bien, sí, no tiene que dejarse contaminar, pero entonces conseguimos el embellecimiento interior para el aspecto exterior, la ampliación espiritual interior para la materia, para la acción, para el acto.
Y entonces verán, señoras, cómo en el otro lado van a echar en falta ese modelito rizado.
Y entonces pueden acudir allí al peluquero, pero este lo quemará todo.
No conseguirá usted meter ni un solo rizo.
Porque ya no estará, tendrán ustedes el mismo cabello, pero espirituales, porque en este cabello nuestro vive la fuente espiritual como cabello, allí también están sus dientecitos, sus pies, sus uñitas.
El ser humano es pertinente.
Cuando empecé con el primer desdoblamiento y tuve delante al maestro Alcar, yací en el suelo, empecé por los pies y lo repasé entero.
Digo: “Ay, ay, ay”.
Y tendrían que ver a la madre —a la madre—, la de la primera esfera, la segunda, la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta y la séptima esfera, una mujer que ha vivido aquí en la tierra, que ahora es cósmicamente consciente en la séptima esfera, una universal, que ya posee un amor macrocósmico, una personalidad, que es una alada, estas lo saben todo.
Harían bien, hombres, en ver a esa mujer.
Bueno.
Y entonces, señor Berends, ya se puede postrar uno y decir: “Oh, Padre, dame la fuerza para no pensar mal”.
Porque entonces uno está ante algo sagrado, algo poderoso, porque ese cabello es ondulado.
¿Lo ven? Las mujeres ya están riéndose allí otra vez.
Eso no les gusta, ¿verdad que no?
Porque ese cabello es ondulado, lo cubre el universo como radiación.
Y es curioso: a Cristo lo han visto, pero Él tenía el cabello espiritual ondulado.
Y no lo tenía por un ricito, lo tenía por Su personalidad, por Su conciencia.
Los ojos se ponen radiantes, las manos se convierten en imágenes, esa figura no tiene arruga alguna, señor De Wit, ni un granito, ya nada.
Aún tenemos nuestros cabellos.
Pero quizá estén hechos un colgajo deshilachado, igual que cuando estemos allí dentro, abajo, esos ya no tienen pelo.
Deberías ver esas señoras, allí, por abajo, en esas tinieblas.
Pero entonces deberías ver a los señores.
De pies, nada, de manos, nada: garras.
Pequeños labios, allí puedes poner el globo terráqueo encima, tanto han...
(Señor en la sala):

—... besado.
—No, señor...

(Risotadas).

No, señor...
Ya me lo imaginaba, ya me lo imaginaba...

(Risas).

Tanto no se han besado, señor Götte, sino que han cotilleado y charlado y deformado y echado a perder.
Ya le gustaría.

(Risas).

Mire, esto le da risa al ser humano que no lo entiende, y quizá se aparte.
Pero si se dedican a las habladurías sobre otros seres humanos, entonces destruyen algo, mancillan algo.
A mí pueden mancillarme sin problema, no se lo voy a tomar a mal nunca, nadie ha podido hacerme daño todavía, se lo hacen a ustedes mismos.
Y me salpican muchas cosas, ¿eh?, soy un malparido y no sé qué más cosas soy, un borracho y un...
Hace poco “estuve empinando el codo de tal forma en la ciudad”, que mi mujer dice: “Pero ¿cuándo pasó, pues?”, y vino alguien y me dice ella: “Ese hombre ni siquiera lleva dos minutos fuera”.
Digo: “Pues ayer, hace catorce días, estaba yo como una regadera”.
Digo: “Sí, de la gripe”.
Pero si arrojan todo eso por encima del ser humano, tendrá unos labios en el otro lado, señor, en los que ningún ser humano quiera sentarse, sino el lío animal del espacio.
Su cabeza, su rostro no tendrá... —ahora viene, señora, fíjense, señoras, señores—, su rostro no tendrá ya responsabilidad normal, cósmica, espiritual.
Lo divino por lo que poseemos nuestro rostro en el otro lado, eso está fragmentado.
Cada acto y acción equivocados quita algo de lo que es normal, radiante, en nosotros y nos deforma.
¿No está claro?
Ya nunca más a cotillear, señoras y señores, ya nunca a pensar mal sobre el ser humano.
Los convertiré en verdaderas criaturas.
La vez pasada que fui a casa me olvidé algo, entonces pensé: se me ha olvidado decirles algo, estuvimos hablando de bebés, de niños.
Pero les pondré a ustedes un pañal y les pondré los imperdibles, que de vez en cuando dan un pinchacito, pero déjelos estar, no los toquen.
Esta noche les pondré un pañal universal.
Les dejaré.
(Alguien dice algo en la sala).
¿Qué dice, señora?
¿Lo ven? Ya están liados con todos esos imperdibles.
Señor, señora, ¿ya pincha?
Si no están dispuestos que les pinche eso, nunca lo superarán.
En otras palabras: si no aceptan la ley de vida y muerte, vuelven a estar impotentes y privan su rostro de la radiación universal.
¿Está bien, señor De Wit?
(Señora en la sala):

—Señor Rulof, pincha incluso sin imperdibles, también en nuestra casa, porque cada vez que hacemos algo que...
—Claro, entonces yo me pongo junto a la estufa.
(Señora en la sala):

—No... (inaudible)... en pensamiento.
—Ah, claro, entonces si hace usted como yo, y deja que la leche en el fuego se desborde, está usted dilatándose y se va a la habitación...
Digo: “Se está desbordando la leche”.
Digo: “Pero era tan hermoso”.
Entonces se había caído todo al suelo.
Eso, claro, no puede ser.
Pero al grano.
Así que si en el otro lado les falla algo en el rostro macrocósmico espiritual... son sus sentimientos que se dilatan y que hacen que sus ojos se pongan radiantes, señor; y el sentimiento otorga a su palabra la suavidad, la benevolencia, lo amoroso.
Señor De Wit, así terminamos muy bien si lo hace usted, ¿verdad?
Entonces... entonces sus labios no se hincharán tanto, sino que adquirirán una hermosa irradiación y una bonita línea; su nariz —yo tengo un fallo porque la tengo respingona— se convertirá en una hermosa escultura.
Sus ojos irradiarán los colores del universo.
La paternidad, la maternidad, el renacimiento, la reencarnación, todo el sistema planetario vivirá en ustedes y saldrá como rayos de ustedes.
Sus cabellos tendrán tonos marrones azulados o claros.
Si son negros... el negro también funciona un poco..., pero eso, en cambio, contiene el azul del macrocosmos.
Claro, eso ya les gustaría saberlo: qué cabello tendrán luego y qué aspecto tendrán y cómo será su túnica y cómo serán las sandalias.
Madre mía, las sandalias.
Hay quien anda por allí con unos pies así con agujeros, agujeros en los cuerpos.
Gus Doré (Gustave Doré, 1832 - 1883, hizo ilustraciones para el libro ‘La divina comedia’), que dibujó la obra de Dante, se acercó, pero los verán desangrarse por completo.
Los seres humanos están tirados allí como medusas en las tinieblas, en la playa, no hay playa, pero yacen allí como medusas, hechos una baba.
¿No podemos hacernos babosos en la tierra, en esta sociedad, convertirnos en pus?
Nos convertimos en pus, nos materializamos, no animalizamos nuestros rasgos de carácter, no, señor, dejamos que se conviertan en pus, los convertimos en enfermedades, estamos mentalmente enfermos.
Esta noche dormirás, ¿verdad señor De Wit?
No tendrá usted miedo de mí, ¿no?
Señoras, entonces el rizo habrá desaparecido.
Los señores no tendrán pelo, claro, estarán..., ni siquiera estarán esos ricitos de la jungla, todo habrá desaparecido.
Estamos corporal y espiritualmente deformados.
¿Les da risa eso?
La conciencia y el amor convierten el organismo espiritual humano en una figura macrocósmica.
Los he visto, he visto el cuarto grado cósmico.
Si llegan entonces a la primera esfera, ni siquiera reconocerán a sus madres si viven allí.
Ni a sus padres, porque tendrán delante a una belleza.
A una madre de ochenta años, noventa años, la volverán a ver como una de veinticinco.
Y esos veinticinco años tienen una elocuencia del espacio.
Esa cara de antes, de cuando tenía veinticinco años, era material, ahora es espiritualmente material, ya no la reconocerán.
Ya no volverán a reconocer la primera esfera.
¿Ahora la segunda, la tercera, la cuarta, la séptima...?
Anduve con una madre, tomados de la mano, en el cuarto grado cósmico.
Entonces dijo: “Víveme, criatura de la tierra, porque yo también estuve”.
El maestro Alcar y el maestro Zelanus iban por delante y atravesábamos la naturaleza, las flores, esas increíbles flores cósmicas que ve allí, el alumbramiento, la orquídea tan grande como un planeta, por así decirlo, pueden sentarse en ellas con mil personas a la vez, una orquídea.
He visto a la madre del quinto grado cósmico, del sexto, he visto a la omnimadre como ser humano.
Durante tres viajes fuimos conscientes allí.
He visto a la madre, a la Omnimadre y al Omnihombre como ser humanos divinamente conscientes.
Esos tres viajes, primero para el macrocosmos, allí vamos ahora, esas conferencias vienen ahora.
El domingo les ofreceré el cosmos espiritual y material para el ser humano y entonces volveremos desde la luna, de este universo, al Omnigrado.
Y entonces en el siguiente viaje ustedes... —quizá sea dentro de unas seis semanas, dentro de siete conferencias—, iremos desde la luna, a partir del embrión, al Omnigrado y seguiremos el desarrollo del organismo humano.
Ese viaje yo lo he hecho.
Ningún Dante ni ningún Blavatsky lo han vivido.
Eso no es ningún farol mío, solo es porque estoy en este tiempo, traigo una doctrina propia, pero esta es de Cristo, es de la Universidad de Su vida, son personas los maestros que ahora están al servicio de este siglo.
Y nuestros libros siguen existiendo.
Allí no hay errores espirituales ni macrocósmicos.
¿No es divertido, señor Reitsma?
Ahora debería usted observar un poco a la madre de la segunda esfera.
Pero mejor quedémonos en la primera.
No saben ustedes lo hermosos, lo poderosos que son ustedes.
No pueden ni imaginárselo.
Mejor dejo libre a esa señora de Haarlem, hay que ver las cosas en que lo hemos convertido, ¿no le parece?
Esa persona en el otro lado dice: “Víveme a mí”, y es una madre y entonces atraviesas la reencarnación y con eso quieren decir: sé uno conmigo y entonces verás la maternidad y verás el alumbramiento y la creación y verás allí... estarás ante una maternidad macrocósmica.
Ay, ay, ay, ay.
Y nos partimos el cuello a diario sobre eso: “No lo hago”, “no es cosa tuya”, “arréglatelas tú”.
Ay, ay, ay, cuando oigo hablar al ser humano de ese modo, solo hablar, y entonces encima tienes que mirar que lo hagan.
Ese dormir..., sí, lo sabemos, despertarán y llegará un tiempo..., tendrán que empezar con ello, porque algún día nos liberaremos de estas desgracias y entonces lo diremos de otra manera.
Y ese mismo sentimiento como carácter se convierte en un color, una irradiación hacia su yo.
¿No es sencillo, señor?
Allí tampoco se lleva bigote, señor.
¿Por qué no?
Sí, algo sí..., algo sí cuelga por allí, pero entonces tiene otro significado.
Claro, ya les gustaría saberlo, pero de eso no hablo.
Y más cosas que les puedo contar a las señoras.
Los imperdibles y las horquillas y los botoncitos ya no son muy necesarios allí.
Allí ya no les hará falta buscar su peluquero, porque siempre llevarán un buen peinado, siempre recién hecho, siempre alegre.
¿No le parece divertido, señora?
Se ha apartado usted de las desgracias, porque en el pasado ya dije, el organismo humano aquí..., somos espiritualmente esclavos de este cuerpo.
Este cuerpo es hermoso y poderoso, pero ¿qué es cuando ve allí el otro lado?
Ah, sí, necesito unas gafas para ver.
Aquí tengo..., ah, no, primero tengo que empezar por aquí: “Llegué a oír de un caso de un predicador que tras contraer matrimonio descubrió que la desposada era materialmente, corporalmente hermafrodita.
Inmediatamente después el matrimonio se disolvió.
Pero tengo las siguientes preguntas: ¿cómo surge el hermafroditismo?”.
Un trastorno, señora.

—¿No es más que un trastorno material...?

—Sí, sí, hay algo más en eso.

—... ¿o también tiene que ver con el pasado, o sea, con los actos de la persona en cuestión en vidas anteriores?

—También eso.

—El novio de semejante pobre mujer ¿tiene derecho, en virtud de este hecho, del hermafroditismo, a disolver el matrimonio?
—A Dios le parece justo que se vaya, al espacio le parece que puedes divorciarte de inmediato y que está justificado, porque daremos a luz y crearemos.
Pero ¿esto qué es?
¿Por qué es esa madre hermafrodita?
(Varias personas en la sala):

—La transición del hombre a la mujer.
—Eso lo saben, ¿entienden?; entre el tercer y cuarto grado se produce la formación del organismo, entonces salimos de la paternidad hacia la maternidad, y entonces no hay sentimiento, no lo hay en nada.
Eso significa que ni son padres ni son madres.
Pero así es el mundo entero.
Hay cien millones de personas que viven en ese estado, y son mujer y marido, y son solamente madres y padre.
Pero ¿por qué será que sigue habiendo gente que posee ambos genitales?
¿Cómo es eso?
¿Dónde podemos conseguir un asidero?
¿Dónde vive el asidero?
¿Lo saben?
(Una señora en la sala):

—Quizá sea el deseo del padre, que quieran tener un chico cuando la madre está embarazada.
—No, una madre quería una niña, como fuera.
Sí, desde luego que consiguió su niña, en buenas condiciones.
Pero hay más que también querían una y desde luego que no la tuvieron.
No, eso (no) está en nuestras manos.
Ya entenderán: esa madre con sus deseos, no puede dar simplemente la vuelta a nuestra creación, ¿no?
Si como padre quiero tener pertinentemente una hija con mi mujer, entonces ya estoy fuera, ¿no?
Pero esta noche hemos hablado sobre el poder y la fuerza y la fuente, la Omnifuente que es madre tierra, o sea esa reencarnación la posee el ser humano.
Y pueden ustedes desear todo lo que quieran, solo pueden asesinarme dentro de ustedes si quieren tener una niña de mí y me hago un niño y soy un niño.
Así que esa creación no la pueden cambiar por su voluntad.
Ese poder no lo van a tener en sus manos.
¿Lo entienden?
Pero ¿por qué se da aquí el hermafroditismo?
(Señora en la sala):

—¿Señor Rulof?
—No hay más que una sola palabra y esta viva en la tierra, la explicación.
(Señora en la sala):

—¿No es posible que esa mujer cuando nació fuera una de dos gemelos?
—No, nada que ver.
Si se quieren poner a adivinar, llegarán a estar ante preciosos problemas.
No hay más que una sola respuesta, esta noche ya he hablado de esto, pero resulta que, claro, usted no es capaz de pensar de forma espiritual cósmica.
(Señora en la sala):

—El homosexual.
—¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—El homosexual.
—Sí.
No, señora, la homosexualidad ya se encuentra... cuando salimos de lo masculino el ser humano aún es homosexual.
Mire, el ciclo del nacimiento es así: aquí soy hombre y después voy hasta aquí, lo tengo, lo recibo, cinco, seis, siete veces, en el primer grado: vida, muerte, vida, renacimiento, de nuevo.
Hablé hace un rato de transiciones y estas también están en el nacimiento.
Así que aquí recibo mi primer... emerjo como maternidad aquí, ahora entro en la paternidad, regreso, aquí ya empieza la homosexualidad, masculina; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, y ahora soy padre y hago la transición a la maternidad.
Aquí ya empieza esa división, así que en el primer grado todos somos homosexuales, es decir, es una palabra manchada (véase el artículo ‘Homosexualidad’ en rulof.es): todos somos inconscientemente madre y padre.
Porque todavía no hemos vivido los sentimientos de lo maternal.
Así que tenemos que volver a asimilarlo.
Y eso es nuevo para cada grado.
Pero sí que está.
Pero esta noche he hablado de ello, y no hay más que una sola respuesta: ¿por qué el ser humano...? También puede ser un trastorno material, pero ¿es un trastorno?
¿Es un trastorno si eres madre y padre, a la vez?
Porque lo eres, ¿no?
Sí, así que digo: sí, también hay un trastorno, pero al final hay un trastorno muy distinto, y ¿qué es?
(Señora en la sala):

—Un alma que no quiere ser madre.
—Esta señora sí que sabe.
El alma que no quiere ser madre, una monja... (inaudible).
Solo la iglesia católica viene con estas leyes.
El ser humano se libera y se suelta del alumbramiento y hace la transición y fallece, y no hay nada más.
No hay sentimiento para crear.
Y entonces se manifiesta la naturaleza, pero a esta no se le infunde alma.
¿Entienden?
Allí está..., la fuente para ser padre y madre está dormida, el ser humano ha continuado sugiriéndola hasta matarla.
Y ahora esa creación continúa y no tiene forma de existencia, no se le influye y por eso surgen dos sentimientos de igual fuerza, porque ambos viven en el ser humano y se manifiestan esas formas genitales y están en el ser humano con un conciencia semidespierta.
Porque no son ni hombre ni mujer.
Bueno, apenas, cinco gramos, en ambos casos es infantil.
¿No es divertido?
llega hasta ese punto.
Porque si ustedes..., y eso es muy sencillo, si yo en lo psicopa..., si quiero entrar en algo y carezco de la ley que me reconduce a Dios, o sea, entonces entro en la psicopatía, es decir: la psicopatía es inconsciencia y eso es para el otro lado y el cosmos otro camino, que no lo es, así que voy a lo que no tiene sentido.
Y ahora deberían ver lo que pasa cuando un psicópata de estos llega a la tierra.
Bueno, así de infalible hace el ser humano su rostro.
Y allí ando yo, ¿lo ven?
Por la nada, desprendiéndome de la vereda divina.
Eso vuelve a ser cierto, es una verdad como un puño que se ajusta a lo que acabo de decir: si no tienes amor interior para el otro lado, allí no tendrás ricitos.
Pero en el psicópata (véase el artículo ‘Psicopatía’ en rulof.es) lo puedes ver, deforma su propio rostro, debido a que la vida no ha hecho otra cosa que vivir a la buena de Dios durante diez, veinte, treinta vidas y se ha expulsado a sí misma de la vereda divina, del rostro, pensamiento y sentimiento naturales.
¿No está claro?
Pueden decirse más cosas sobre esto.
Sobre todas esas cuestiones hay verdaderamente libros, libros, libros, libros...
Aquí tengo: “Alguien no puede suicidarse más que un sola vez en todas sus vidas, porque si volviera a aparecer una inclinación en ese sentido, una fuerza interior se lo impediría”.
Sí, eso escribe el maestro Zelanus en ‘El ciclo del alma’.
Y el martes por la noche, creo, ¿cuándo fue, en Ámsterdam? ¿O fue aquí que lo comenté?
¿No?
(Señora en la sala):

—El martes por la noche, en Ámsterdam.
—Lo comentó el maestro Zelanus...
Ah, sí, el señor Berends, en ‘El ciclo del alma’ pone... si lo has vivido bien, no te suicidas más que una sola vez.
Si lo has vivido al cien por cien.
Pero no es el caso.
Esa tortura te da tanto que recibes una paliza.
Sí, esa tortura, ya sabes, está en nosotros, pero el acto cambia.
Y entonces dijo el maestro Zelanus el domingo en Ámsterdam, dice: “Si se ha ahorcado, usted, en ese estado...”.
Antes de un árbol, bueno, ahora también es posible.
Pero en las eras prehistóricas el ser humano no se quitaba de en medio, solo ahora.
Así que eso nos conduce a la sociedad.
Pero resulta que si usas gas, el suicidio será muy diferente que si uno se quiere tirar debajo del tranvía, y el suicidio en el agua también es nuevo.
Así que es posible experimentar sufrimientos y torturas por los que se disuelve ese primer suicidio, que los entregan a ustedes a unos sentimientos diferentes, y entonces uno salta al agua, tan pancho, el suicidio más hermoso que existe.
¿Está claro?
(Señora en la sala):

—Sí, sí.
—El maestro Zelanus dice: “No he escrito sobre eso, porque entonces meto al ser humano en demasiadas leyes”.
Miren, esos libros, en esa época, también los mantuvieron apartados del cosmos, sin duda.
Porque cada libro lo habían..., ‘Las máscaras y los seres humanos’, por ejemplo, están escritos cósmicamente.
Pero ‘El ciclo del alma’, ‘Entre la vida y la muerte’, aquí siguen todavía para el ser humano, para el pensamiento del ser humano aquí.
Pero si uno continúa un poquito más, ya se está en el espacio.
¿Está claro?
(Jozef continúa leyendo): “¿Y qué pasa, pues, con Caifás que se tomó la muerte por su mano”, allí estamos otra vez, “dos veces en sus vidas anteriores?
En un caso busca y piensa sobre los acontecimientos en el Gólgota”, casi nada, “y se toma la muerte por su mano.
Y en el segundo caso su vida interior está sintonizada con Cristo, pero su personalidad se niega a aceptarlo, lleva una lucha consigo mismo y destruye su vida”.
El Gólgota era Dios, Cristo, fe, Biblia, pero también su poder.
Para eso se suicidó después.
Pero más tarde Caifás se convirtió en Hitler.
Y ¿por qué se suicidó Adolf Hitler?
¿Han leído ‘Los pueblos de la tierra’?
¿Por qué?
A Adolf Hitler lo..., tuve..., en 1935 tuve contacto con él, y entonces el maestro Alcar me llevó hasta él y vi su providencia.
¿Quién en el mundo pudo vivirla?
Yo fui la providencia de Adolf Hitler.
El maestro Alcar dice: “¿Quieres ser providencia?
Pues mira cómo esta alma se engaña a sí misma”.
Y descendí y digo: “Tú eres el mal y yo soy el bien”.
En 1935.
“Vaya, oigo la voz”.
Adolf Hitler era una maravilla de medio, pero para lo equivocado.
“Oigo su voz, ¿qué tiene que decirme?”.
Digo: “Harás esto y lo otro...”.
“Para”, dice el maestro Alcar, porque me puse a hablar con él.
Dice: “En esta vida, aquí..., no tenemos que meternos con esta vida”.
Así que por mucho que uno se ponga a hablar...
El maestro Alcar dijo de inmediato: “Para.
André, no hay que meterse allí.
Aquí solo habla el Gólgota en esta vida.
Aquí no hay nada que hacer”.
Pero me oyó; estaba dormido y me oyó.
“Providencia, ah, (en alemán:) ¿puede repetirlo?”.
Digo: “Sí, Heil Hitler”.
Levanté el brazo y digo: “Heil Hitler”.
“Vaya, (en alemán:) todo bien”.
Todo estaba bien, sí.
Entonces me oyó a mí y oyó el otro lado y oyó a miles y miles de personas y eso para él fue la providencia.
Entonces el señor iba a empezar.
Estaba atado al Gólgota, a la humanidad, a Cristo.
La raza judía (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es) tiene que ir a Cristo (véase el artículo ‘Pueblo judío’ en rulof.es).
La raza judía (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es) tiene que ir a la iglesia católica; y al final, no.
Pero si quieres existir como raza (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es) —aquí sí que voy a decir algo hermoso—, tienes que ir a otra fe.
¿Lo entienden?
Entonces su raza (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es) se disuelve.
Pero la criatura judía todavía no se deja disolver.
Ya están viendo cómo están volviendo a reunirse.
Pero háganse católicos y háganse protestantes, y ya no serán judíos y tendrán a Cristo.
Y para eso vio Caifás a Cristo.
¿No es sencillo?
Pero entonces volvió y la humanidad continúa y se desarrolla —hay que ver lo poderoso que es el libro ‘Los pueblos de la tierra’—, y poco a poco vamos hacia el despertar, a infundir alma, a Cristo, estamos otra vez ante Cristo.
Y ahora nosotros.
A ustedes los pego, los engaño, les miento, los violo, han violado a Cristo, ¿pensarían ustedes que logro desprenderme de ustedes?
Pero ahora resulta que he violado al hijo divino de Cristo y que he dejado que lo mutilaran, lo he enviado exactamente a la muerte en la cruz, ¿pensarían que me libraría de Él?
Y eso ha durado dos mil años.
La evolución continúa, ese Caifás se levanta a favor de..., en beneficio de la humanidad y quiere con violencia...
No sabe por qué, pero hay una fuerza en él.
Porque a Hitler nunca se le ha analizado cósmica ni espiritualmente; por mucho que escriban ahora libros sobre él, no llegan a tocar el alma, porque no miran detrás del ataúd de Adolf Hitler, no miran, no saben si Adolf Hitler...
Se ríen de ti si dices...
Centenares de personas, entre ellos tengo a doctores, dicen: “Jozef, no puede ser de otro modo, porque la reencarnación nos reconduce a nuestra causa y efecto”.
Ese Caifás luego volverá a estar ante Cristo; créanme.
Y entonces, entonces quiso dar al mundo lo bueno —en eso eran maestros—, la buena conciencia, pero cada ser humano tiene su causa y efecto, y los pueblos también, y estos aún no tienen sentimientos.
Podía no haberlo hecho, pero no tenía ese sentimiento.
Alemania tampoco estaba lista, no hay ningún pueblo espiritualmente consciente o ya habríamos recibido el paraíso por Adolf Hitler (véanse los artículos ‘Hitler’ y ‘Pueblo judío’ en rulof.es) y habría dicho Cristo: “A mí me has asesinado, pero por mí genial, continúa en paz”.
Pero no pudo ser.
Ahora va a comenzar.
Pero ahora el suicidio.
Se suicidó.
Primero se dejó gasear o envenenar y después se hizo quemar, así que vuelve a entrar en la putrefacción.
¿Cómo dice?
Vuelve a entrar en la putrefacción, mandó que lo quemaran.
Vuelve a ir a... pero ahora por su voluntad de agrandar el mundo, su poder, es en eso que se suicida.
Ahora no es...
Ese suicidio lo hacemos siempre... siempre entramos en el suicidio por la debilidad, por la destrucción, o lo que sea.
Así que entonces Adolf Hitler se dirigió directamente a su propia perdición.
Y para eso se suicidó por segunda vez, y cuando luego empiece para la fe y no lo consiga, encima lo hará también por la fe.
¿Me creen?
¿Entienden?
Señor Berends, espero que esté satisfecho.
Pero tengo que parar.
Aunque he llegado.
Y en el segundo caso...
Sí, he podido ofrecer una hermosa respuesta a su pregunta.
Señora y señores, hasta el sábado por la noche, hasta mañana por la noche en la sala De Komedie y la noche del domingo en Diligentia.
¿He vuelto a ofrecerles algo?
(Se oyen voces simultáneas, la gente habla a la vez). Bueno, esperen un poco.
(Gente en la sala):

—El domingo por la mañana.
—El domingo por la mañana, sí, claro.
Señoras y señores, les doy las gracias por sus hermosos sentimientos.
Hasta la vista.
(Suenan aplausos).