Noche del jueves 10 de enero de 1952

—Buenas noches, señoras y señores.
(Gente en la sala):

—Buenas noches.
—Lo mejor será que empiece con la carta del señor Reitsma.
“Durante un periodo de enfermedad de varios meses se me concedió el placer de ahondar un poco más en los poderosos libros de los maestros.
Quisiera hacerle algunas preguntas sobre los diferentes colores que irradia el aura humana”.
Ahora, si uno lo tiene, y claro que uno tiene para comer y beber, té en la cama, señor Reitsma, ¿dónde está usted?, a cualquiera le gustaría darse el placer de ahondar bien en ellos, ¿no es así?
(Señor en la sala):

—Sí.
—Entonces imagino que habrá disfrutado.
(Jozef continúa leyendo):

“En la página 375 de ‘Los pueblos de la tierra contemplados por el otro lado’ leo que toda la vida de Dios irradia un fluido vital propio.
Dado que la personalidad es diferente en cada persona, tampoco serán iguales, por tanto, dos auras, porque el aura representa la personalidad”.
Señor Reitsma: no hay ni una sola aura idéntica a otra.
Todo lo que vive tiene un aura propia.
Y aunque haya alcanzado usted una esfera, la primera, la segunda, la tercera: ni así serán iguales las auras.
Hemos vivido todos las leyes por nuestro propio yo, y por nuestros propios sentimientos y pensamientos.
Unos tienen arte y otros, en cambio, no.
Y todos esos pensamientos crean aura, color, irradiación, luz.
Y eso, claro, es, a su vez, por el reino de colores de Dios, y tiene sintonización con él, porque Dios ha dado a todo irradiación, alumbramiento, creación; sobre todo creación.
Y por la creación, por el alumbramiento, surge la creación y el color.
Ese color, por ejemplo, el color blanco de nuestra raza (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es), es un colorcito hermoso, pero no por eso dice algo respecto a la conciencia del ser humano.
Hay colores negros y colores oscuros.
Y hay gente negra y gente oscura: están mucho más lejos, cien mil veces más lejos que nosotros; esos también los hay, desde luego.
Hay negros ante quienes podemos inclinar la cabeza de lo fuertes y poderosos que son.
Así que eso significa: el ser humano interior posee una irradiación, luz, por fuera y por dentro, pero la principal es sin duda la interior —a la que se refiere usted— y entonces llegamos a la irradiación del ser humano.
Ahora estamos ante el fluido vital.
Y resulta que cada cosa, toda materia, cada almita, todo espíritu, cualquier vida, tiene irradiación conforme a su personalidad y sintonización de la cosa, el ser, el grado de vida.
Así que lo que vemos es: un pez también tiene irradiación, al igual que un perro y un gato, entonces lo que hay es irradiación animal y preanimal; y después vuelve a haber esos grados animales.
Porque a través de la vida más elevada —una paloma, un ruiseñor y otro pajarito— llegamos a los cocodrilos, a los rapaces.
E irradia vida hacia nuestros sentimientos.
¿Algo más sobre este asunto?
(Silencio).
¿Nada más?
Qué rápido.
(Señor en la sala):

—Sí, hay algo más.
—¿Cómo?
(Señor en la sala):

—Habrá algo más.
—Sí, ya lo sé, pero esto es algo que queda aparte.
Queda aparte.
(Jozef continúa leyendo):

“En la página 382 el maestro Zelanus pregunta: ‘¿Por qué un aura es de un claro verde y la otra de un rojo como marrón, y de una nitidez destellante?’. Esto último quiere decir: de una nitidez verdosa o de una incidencia directa, por un color o por lo que sea. ‘Y ¿por qué otros irradian un color amarillo estridente, o un negro profundo, lo cual apunta a la sintonización?’.
Me gustaría saber lo que significa cada color del espectro en el aura”.
Señor Reitsma, para analizar un solo color ya podría ponerme a escribir quinientos mil libros.
Entonces hay que retroceder: ¿dónde surgió ese color y cuándo adquirió conciencia y entidad?
¿Cuándo fue consciente ese color?
¿Cuándo nació?
Para eso hay que volver a la luna para constatar algunas características.
La propiedad fundamental como luz y color en el ser humano, para el ser humano: existe.
En el ser humano vive el fluido divino, como irradiación.
Y eso es el núcleo divino en nosotros para todo; que tiene maternidad, paternidad, luz, vida, espíritu, amor, luz.
¿Qué hemos materializado nosotros de eso, como sentimiento?
Pero el núcleo divino como luz y como aura vive en el ser humano.
Y también sobre eso es posible ofrecer cien conferencias.
El maestro Zelanus dijo hace poco en (la sala) Diligentia: “¿Cuándo damos algo de luz, un poco de color a su carácter? ¿Cuándo lo dan ustedes?”.
El negro profundo, las tinieblas, son la inconsciencia.
Pero el núcleo divino...
Quizá miren ustedes de forma tremendamente baja y humillante y terrible a un demonio o un satanás; desde luego que para este mundo un satanás es el horror, pera eso, a su vez, no significa nada para el espacio, porque ese satanás también lo habrá luego, y ese demonio cambiará.
Ahora, en este instante, se ha disuelto su personalidad entera.
Así que imagínense ahora ante lo que llegamos a encontrarnos.
Su personalidad entera se ha disuelto en una esfera demoniaca, en tinieblas; verde, un verde estridente, sucio, asqueroso, guarro.
Esa aura, esa..., cuando uno entra en ella es como si a uno lo gasearan, como si lo gasearan espiritualmente.
Pero en ese demonio también reside la esencia divina.
Y hay un maestro que dice: “Sí, son personas horribles quienes hacen esto y aquello y que han preparado esto y lo otro”.
Pero ni un solo ser humano... eso también lo saben.
Ni ellos pudieron eludirlo, y oscurecieron su aura divina.
Hemos hecho tantas cosas por las que se ha oscurecido nuestro verdadero fluido divino.
Les robo por un importe de quince florines —extiende la mano por un instante y ya tengo algo—, y así ya habré oscurecido algo de mi carácter, por ese robo.
El ser humano, tan común en la sociedad, que hace cien cosas, que roba, cárcel, todas esas cosas, y que también comete un asesinato...
Cuando empiecen a conocer las leyes del otro lado y del cosmos, naturalmente se verán ante una situación y dirán: “Ahora se acabó”.
Y eso es lo que haremos entonces.
Pero todos nos hemos partido nuestro asidero interior, nuestro cuello espiritual, y este sigue partido, está colgando así, de esta forma.
Aunque tengamos la cabeza recta encima de los hombros, por dentro colgamos y ahogamos todo lo que podamos para conseguir algo.
Pero ¿hasta dónde hemos llegado ahora?
Retrocedan un poco a las eras prehistóricas, vuelvan un poco por medio de otras vidas y atrévanse a vivirlas y a verlas.
Pero, queridos seres humanos míos, entonces sucumbirán en el instante en que vean esa aura, y ese carácter y esa personalidad.
Entonces uno dice: “Santo cielo, santo cielo, de allí no saldré nunca”.
Y, sin embargo, después de un poco de... trepar a gatas, seguimos y al final conseguimos salir.
Un buen día tendremos la fuerza para ello y diremos: “Ahora se ha acabado”.
Y empieza a crecer, a florecer, despierta y empieza a tener ese sentimiento —entienden, ¿verdad?—, empieza a tener otro colorcito.
Por eso habla...
Frederik y René..., ellos hablan de colorcitos.
Un carácter empieza a tener un hermoso colorcito.
Todo lo del ser humano empieza a tener un bonito colorcito si sintoniza con Cristo.
Siempre a Cristo, a Cristo, a Cristo, a Cristo.
Y entonces la gente todavía dice: “Estamos mal de la cabeza y somos medio locos”.
Y nosotros siempre volvemos con: Cristo...
Los maestros siempre vuelven a hablar del maestro más elevado: Cristo, Cristo, Cristo.
Es que no son capaces de soportar ese sentimiento de “maestro”.
Por ejemplo, un maestro de escuela.
Entonces a ese hombre lo tendrían que haber llamado “hombre de escuela”.
Lo dice el maestro Zelanus —también se lo contó, en Diligentia — en Ámsterdam dijo una vez...: “¿Por qué se llaman ustedes maestros a sí mismos?”, alguien lo dice, lo pregunta.
Dice: “Sí”.
Dice: “¿Por qué llama usted a su maestro de escuela ‘maestro’?
¿Por qué no lo llama ‘hombre de escuela’ o ‘señor de escuela’?”.
Dice: “A usted le molesta que yo diga: ‘Tengo cien millones de adeptos’”.
Dice: “Puede hablar usted diez millones de años sobre cien millones de personas; son mis adeptos, los adeptos míos.
Y el maestro Alcar tiene aún más, a mí también me tiene.
Y en mi esfera viven cien millones, diez millones, veinte millones —da igual—, pero todos son adeptos de ese maestro”.
Y ustedes, a su vez, también los tienen.
Cuando vayan a descender en esa sociedad y empiecen a ver su propio color, empezarán a tener una imagen del ser humano que todavía es inconsciente y que no hace esto.
Y si entonces quieren aceptar ustedes, tal como han aparecido los maestros —también Cristo— por medio de Cristo, sentirán, ¿verdad?, que entonces van por camino seguro y que amplían su interior, su personalidad, y podrán decir, en verdad: “Tengo adeptos”.
Si fueran uno tras otro a la jungla, ya podrían enseñar... en Nueva Guinea..., a los africanos, a la mitad de este mundo.
¿Cuántas personas tendrían en ese caso?
¿No lo aceptan?
Pues más sencillo, imposible.
Cuando hayan terminado de leer esos veinte libros, podrán recorrer el mundo entero y enseñar al ser humano.
Cuando sean capaces de explicar verdaderamente todas esas leyes...
Pero lo que leen por allí ya basta y sobra; así ya tendrán en sus manos todas las posesiones de la tierra, hasta el momento.
Y entonces se juntarán catedráticos y teólogos, también los tendrán a sus pies.
Y eso es lo que les permitirá determinar, si su vida interior tiene esa sintonización, su color y su conciencia.
Y ahora tienen..., todos los rasgos de carácter tienen un fluido propio.
Pero no puedo, así como así, ...
¿Qué es, pues, la verdad?
¿Cuándo se es verdadero?
¿Cuándo son ustedes amor?
Ese amor tiene un color en el otro lado.
¿Cuál?
(Señora en la sala):

—Naranja.
—¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—Naranja.
—¿Naranja?
El naranja está más muerto que muerto.
(Señora en la sala):

—No, quiero decir: dorado, el color dorado.
—El oro tampoco vale nada.
Hablamos de “una luz dorada”.
Si viera usted esa luz así en el cosmos, tal como la da el sol, esta está muerta en vida, muerta en vida.
Lo que ve usted allí, esa lámpara de allí, también es luz, luz dorada, ¿no?
Pero está muerta en vida, ¿entiende?, no es más que una sola lucecita, un poco de luz con un poco de sombra, eso no es un color, ¿no?
A eso lo llaman oro, pero no lo es, no...
(Señora en la sala):

—Lila.
—El lila también está muerto.
Cada color —de los que ustedes conoce aquí— está más muerto que muerto.
(Señora en la sala):

—Blanco.
—¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—Blanco.
—El blanco es aún peor, señora.
¿El blanco?
Cuando los espiritualistas empiezan a decir: “Ah, allí llega ella en una túnica nívea”, señora, entonces esta la hará congelarse.
Cuando vuelva a ver usted a su hija, y es nívea, lo mejor es que se vaya usted corriendo a la estufa, porque entonces empezará a hacer frío.
Señora, cuando llegue al otro lado: allí no anda ni una sola túnica blanca.
Una túnica blanca destellante tiene todos los colores del universo.
Pero en ese blanco vive algo, ¿entiende?, y entonces se ven los colores.
Cada tejido vive, porque allí es aura viva.
No es una pieza de ropa de franela que se compra por un florín y cuarenta céntimos la vara.
Una túnica espiritual es aura viva.
Entiende, ¿verdad?
Ahora el señor Reitsma me tiene que preguntar: “Pero ¿qué es un colorcito en el otro lado?”.
La túnica se construye a sí misma.
Allí se llega ante Dios sin ropa alguna, pero se lleva algo.
Si abandona usted un momento la primera esfera, esas túnicas ya empiezan a ponerse grises, y entonces aquí están colgando... digamos —se lo juro, señora— los jirones, y las condecoraciones, así, pienso: ‘Bueno, esto empieza a parecerse a un trapero’.
Y entonces verá usted allí miles y millones de esos traperos y traperas, porque cada rasgo de carácter los lleva a ese estado trapero.
Por eso hablamos hace poco de los ricitos de las señoras y de la raya en los pantalones de los señores, pero desapareció.
Cuando el carácter no habla ni tiene posesiones, entonces ustedes se pueden...
Para eso no hay rizadores de hierro —¿cómo se llaman esos cacharros—, allí no se pueden hacer la permanente.
Ni tampoco son capaces de darles a ustedes un ricito, porque es el alma la que riza al espíritu, es la personalidad la que riza y embellece la vida.
Cuando lleguen al otro lado y quieren de verdad...
O hay alguien que se manifieste aquí ante ustedes, un espiritualista, entonces deberían hacer esa pregunta.
Pero si yo lo digo ahora...
Miren, a mí se me van de inmediato.
Yo también estuve una vez en un sitio y entonces dijo ella: “Sí, pero mi padre ya está listo y así...”.
Digo: “Bien, señora, es posible”.
“¿Y quiere usted asistir alguna vez a una sesión?”.
Digo: “Sí, señora, ya lo haré”.
Digo: “Pero les diré exactamente lo que vea”.
Y entonces miré, y el maestro Alcar dice: “Con solo verle el pelo ya lo sabes de una vez”.
Y entonces vi a ese hombre.
Era como si le hubieran pegado una vieja peluca encima de la cabeza.
Dice: “Bonita conciencia esa, ¿no le parece, André?”.
Digo: “Sí, lo sé”.
Ah, y entonces apareció ese padre y fue maravilloso, tan maravilloso, pero todo salía de ellos.
Si de todas forman se ponen ustedes a pensar de manera hermosa, podrán decir cositas hermosas, ¿no?
Y ¿vienen estas cosas del otro lado?
Y allí siempre era esto: “Y Dios es amor y Padre, y Dios no condena”, eso lo saben todos, y entonces aparecen historietas bien bien hermosas.
Pero ese padre estaba allí con una peluca sobre la cabeza.
Digo: “Señora”, digo: “es una lástima, pero”, digo, “su padre sigue andando con una peluca sobre la cabeza”.
Y entonces dijo ella: “¿Y eso? ¿Qué significa eso?”.
Digo: “Cosas más bien feas”.
Esa señora, esa espiritista que aparecía allí, me volvió a maldecir porque, claro, allí había estado otra vez ese Jozef Rulof.
Pero cuatro semanas después esa señora volvió a visitarme y me dice: “Bueno, es que usted sí tenía razón, porque él, en el fondo, no era más que...”, lo diré con las mismas palabras, “... en el fondo no era más que un capullo”.
Digo: “Pues, eso no es cualquier cosa, ¿no?”, digo: “Porque algo de luz sí tiene”.
Dice: “En el fondo seguía siendo un capu... voy a decir las cosas como son, pero, claro, te dejas arrastrar y entonces se ve a esa gente con muy buenos ojos.
Pienso: ‘Mi padre falleció hace apenas unos diez años, quizá haya alcanzado algo’”.
Y entonces el ser humano cree al ser humano, por ese deseo tan fuerte que tenemos de que las cosas sean hermosas.
Pero esos colorines, señor Reitsma, vuelvo al asunto, no los había.
Porque tiene...
Y entonces apareció la historia.
Digo: “Sí, señora”, digo, “la peluca”, digo, “su pelo...
Puedo verlo por su aura y por su vida.
Y de verdad que no es necesario que diga cosas hermosas desde allí.
Eso se puede ver cuando uno ve.
Pero él verdaderamente tenía una sintonización que linda justamente con el país del odio”.
Entonces dijo: “Sí, de eso también era capaz.
Porque no me aguantaba”.
Digo: “Pero ¿cómo es posible que ese hombre viva en la primera esfera?”.
Digo: “¿Como puede alcanzar eso en diez años?”.
Digo: “Sí, siempre es eso”.
¿Qué pinta un espiritualista, un espiritualista que celebra sesiones y que la visita a usted en casa y que deja hecha trizas a toda la familia?
Eso no le apetece a nadie, señor.
Esa verdad usted no la acepta, porque dirá: ¡Fuera de aquí!
Porque aunque sea cierto, ni así querrá usted que se diga la verdad.
Y así la gente empezó a decir: “A ver, compruebe esto y lo otro”.
En unas ocasiones se me concedió irme, y entonces no veía nada, no había nada.
Los ricitos, señor Reitsma, no los había.
Porque tampoco había una túnica espiritual, dado que llevaba una chaqueta vieja y zapatos así de largos.
Y entonces dicen: “¿Ese es un payaso?”.
Señor, los pies de usted son así de grandes —ya lo he comentado alguna vez—, sus manos, eso ya no son manos, son garras.
Sus ojos están tan abiertos y su boca es horriblemente fea si piensa usted en cotilleos y tonterías y si quiere vivir en ellas.
Alguien que con una palabra... —las leyes divinas van así de lejos—, si usted por una palabra..., si yo..., esto es peligroso si aporto lo equivocado.
Si usted afecta y deforma al ser humano y a la ley divina para el ser humano por una palabra, entonces en ese instante no solo se deforma a usted mismo, sino su mundo entero.
Así que imagíneselo, y ni siquiera hace falta que lo haga, sino que pensando, sintiendo y cotilleando, charlando, hablando, destruyendo, deformando se deforma usted a sí mismo.
Y eso allí es tan infalible, tan real, que nosotros —gracias a Dios— no podemos eludirlo, porque algún día tendremos que empezar por fin con la armonía, a pensar en armonía con las leyes de Dios.
Y entonces empezaremos a tener colorines, irradiación.
Y ahora una túnica humana es tan tremendamente profunda que podrá ir usted por el cosmos entero, porque también está el primer estadio de la luna en estado embrionario.
Así que en esa túnica puede encontrar el espacio entero.
Tinieblas y luz, y ese puñado de colorines que hemos inventado ahora, como el azul, verde, amarillo y negro y blanco, pues, eso no es nada comparado con los millones tipos de color como grados que surgieron por la evolución divina.
Si quiere usted analizar el reino de los colores de Dios, si el maestro Zelanus se quiere poner a hacerlo, entonces Nuestro Señor tendrá que darle mil años, y ni así lo conseguirá de tantos libros que son.
Y entonces llegará de forma natural a: por medio de los colores divinos al cosmos, al sol, a la luna, a las estrellas.
La conciencia de color; los sentimientos dan color al carácter, así ya llegamos a la personalidad, y entonces estaremos ante Sócrates, Platón, Aristóteles; y así llegamos a ver la forma como entidad; y a eso se le llama hombre y mujer.
Pero eso es un grado vital en este y aquel sentimiento, con esta y aquella sintonización.
¿Algo más?
Cuando la madre llegue luego al otro lado sin haberse puesto en armonía con esas leyes, ya no habrá ricitos en el cabello, desaparecerán.
Ojalá pudieran ver ustedes al maestro Zelanus y al maestro Alcar.
Su túnica natural, su cabeza, su cabello.
Se hacen jóvenes, pero esos cabellos, qué belleza con la que se han formado esos cabellos de un ser astral.
Y entonces uno consigue que tenga bucles y una buena caída, y que tenga espacio, que hierva, que crezca, que tenga paternidad y maternidad; lo vuelven a ver todo.
En cada cosa del espacio vuelven a ver todo, en ese estado, en esa mano, en ese pie, en esas piernas, en esa cara, en ese rostro, en esos ojos, en esa boca.
¿No es así?
Debe de ser así, ¿no?
La pasada semana viví una cosa maravillosa, para mí mismo.
Justo cuando aquello..., claro, usted lo comenta, pero...
Durante toda la semana me vi andar a mí mismo, saliendo de las esferas.
Vi unos tiempos en que había hecho la transición.
Y entonces llegaron unos cinco, seis, siete de nosotros, llegaron aquí, ocho.
Yo ya había ido a recoger a unos cuantos y después llegaron otros más.
Y entonces dijeron: “Entro esos diecisiete, entre esos dieciocho, diecinueve también está André, búsquenlo, adelante”.
No pudieron encontrarme.
Pensé: ‘Sí que es gracioso esto’.
Digo: “Durante toda la semana ando duplicado aquí en casa”.
Digo: “Bueno, mejor váyanse”.
Sí, entonces ves la ley tú mismo.
Ojalá pudieras verte a ti mismo.
Y aquel que vino había leído los libros, también está ahora aquí.
Hubo algunos de aquí.
“Bien, pero ¿quién es André?”.
Eran todos chicos de veinticinco, veintiséis, veintisiete años.
Digo: “Bueno”.
Y mirando y mirando...
El maestro Alcar también estaba allí.
Allí estaba el maestro Zelanus.
Había aún más maestros, había algunos más.
Digo: “Sí, allí está André”.
“Dios mío, ¿dónde está?”.
Divertido, sí.
Pienso: ‘Así quiero que sea.
Así espero tenerlo’.
Pienso: ‘Luego no me reconocerán a la primera’.
Y entonces estaré delante de sus narices y diré: “Cómo te pareció allí? ¿Cómo te pareció en la calle De Ruijterstraat?”.
Digo: “Así lo sabrán de una vez”.
“¿Cómo te pareció en Diligentia?”.
Y entonces vi mis ricitos de antaño.
Ahora son grisees y después volverán a ser...
Volví a ver mi propia peluca de antes; adquirió otro colorcito.
Pienso: ‘Pues, tengo que conseguir que salga esa ondulación, allí, para mí mismo’.
Vi hermosos colorines, ricitos.
Pienso: ‘Allí hay que poner otra ondulación, un toque más, y entonces: listo’.
Y en eso estoy trabajando, señor Reitsma: en conseguir ese ricito.
Pero ¡lo que cuesta!
Uf.
Pero vale la pena verlo y vivirlo si conoce usted esa esfera.
Entonces tendrán la irradiación, los sentimientos, la personalidad, como color, luz, sentimiento, paternidad, maternidad, y llegarán a ver todo lo que hayan aprendido.
Y si han pensado sobre eso en su estado de enfermedad, entonces es un estado hermoso y es posible meditar.
¿No es así?
Acuérdense...
Y entonces, cuando hayan leído ‘Las máscaras y los seres humanos’, antes de que lleven puestas las sandalias.
Allí estamos ahora, señor De Wit: con unas sandalias, con una túnica que ya no... (es), digamos, una camiseta blanca corriente y moliente, sino una túnica, señor, sin cuentos, ya tiene una forma, un corte, ya está un poco entallado, por aquí.
Pero, ay, ay, cuando uno ve allí esos engendros.
Uno va directamente desde la primera esfera a la tierra crepuscular y ya se los encuentra allí.
Todavía son capaces de imaginarse terrenalmente y aún son terrenales y todavía se cubren de medallas de oro, y todavía llaman a James, para que traiga el té: “¿Dónde está el mayordomo?”.
Y viven dentro la tierra, sin saberlo.
Pero ahora vamos a seguir.
Pues, señor, entonces verá cómo cambia el rostro, cómo cambia el ser humano, los labios, los brazos son garras y ya ni siquiera hay brazos, han terminado por unirse; ha desaparecido el ser humano.
Hasta que estamos tirados como una medusa en la playa.
¿No lo sabía usted?
¿No es honesto?
Cuanto más profundos vayamos ahora, más podredumbre habrá en nuestra aura.
Solo que no oscurecerá, señor, pero apesta en nuestra aura.
Un ser humano con la conciencia normal ya no soporta estar en esa esfera.
Todo se convierte en un lío animal.
Entonces ni siquiera es posible enviar a un tigre, un león, un cocodrilo; no han hecho tanto mal como nosotros, los seres humanos.
Pero qué sencillo es.
Y entonces deberían mirar lo que ha quedado del aura y el ser humano; todo, pero completamente disuelto en las tonterías de nada que hacemos, en esos robos, esa destrucción, esa cosa destructiva que aún vive en nosotros.
Que el ser humano es inconsciente, tonto; es lo que dicen los seres humanos...
Aquí oigo a gente que dice: “Ay, ay, ay, ay, lo boba que es la gente”.
Esa gente también vivió hace dos años en esa inconsciencia.
Ahora empiezan a sentir.
Lo imagino y puedo aceptarlo tranquilamente, pienso: ‘Esa gente por lo visto ha aprendido algo’.
Porque eso ya lo sabía en 1930, ya lo sabía cuando tenía ocho años, que la gente es tonta...
No es tonta, no hay ni un solo ser humano en el mundo que sea tonto.
Entonces dicen: “Ese hombre lo destruye todo”.
No hay ni un solo psicópata en el mundo, ni un solo loco, ni un ser humano tonto; solo hay evolución en todo.
¿En qué grado vive usted?
No hay personas duras; la gente no sabe lo que dice.
Es algo que puede afectarles a ustedes.
Esa paliza es horrible si se la dan.
Y cada día los arrastran por la cocina, o por donde sea.
Y aquí pegan y dan patadas.
Es horrible.
Pero nosotros también lo fuimos hace unos instantes, hace cinco minutos.
¿Quién se vuelve a ahorcar, una vez que ha vivido esa putrefacción?
¿Quién volvería a hacerlo?
Pues el ser humano que a estas alturas se quita de en medio no lo sabe.
¿Ustedes serían capaces de hacerlo después de haber leído ‘El ciclo del alma’?
A eso me refiero.
Así que sucumbimos ante centenares de miles de cosas y asuntos y a ese sentimiento lo despojamos de su irradiación divina como color.
Qué bonito, ¿verdad?
Claro, ya podría estar hablando de esto seis noches, pero no se trata de eso.
(Jozef continúa leyendo):

También leo en la poderosa obra ‘Entre la vida y la muerte’, en la página cincuenta y siete, que Venry recibió, como sacerdote-alumno de Isis, una túnica amarilla, con una capucha azul y un cinturón rojo.
“Encima del corazón llevaba una señal del Loto”.
Miren, eran los sensibles, los dotados de la naturaleza.
Aunque Dectar llevara una señal del Loto, el color y la sustancia de su túnica era muy diferente.
Teníamos el color marrón, amarillo, y después teníamos algo más atrás, en la espalda, y luego había una cosa más sobre el hombro.
Allí el maestro Zelanus ya ni siquiera se mete, ni el maestro Alcar, con estas y aquellas propiedades que tenía un sacerdote, ese discípulo.
Las señales del arte en sentimiento, de la curación, estaban todas encima.
Eran esas... como en Inglaterra las ligas, habrán oído de ellas, nosotros también las llevábamos, debajo de la falda, en la parte inferior de las piernas.
Eran los dones invisibles visibles que nos habían dado, con la curación y todo.
Pero el color principal era este y aquel grado, y entonces eran de un color azul, amarillo, también había un amarillo tirando a blanco —este color era hermoso—, el rojo púrpura, y todos esos otros colores los tenían para su grado.
Aquí también los tenemos en la iglesia católica, ¿no?
Y diversas sectas, ¿no?
Cuanto más ascendamos, más cambiará a cada instante tu uniforme.
Es posible verlo en cualquier institución.
Si uno es general, tiene una posición mucho más elevada que la de un soldado común, ¿cierto o no?
Entonces hay esto y lo otro, y eso y aquello.
Claro, y si uno asciende aún más, señor, le cubrirán por delante y por detrás con esas... cómo se llaman, tan grandes como este platito, una chapa de latón, o con oro, y encima brilla, en el pecho.
Tantas como las de Hermann Göring, ese tuvo que encargarse una coraza, en la guerra, se caía para adelante de todo el peso.
Tenía unas quinientas colgando en el pecho; y entonces se le caía la cabeza para adelante, de las condecoraciones.
En el otro lado...
Ay, cuánto tiempo pasará hasta que ese pobre de Hermann, el pobre de...
¿Pobre? No, tampoco es eso.
Pues no haberse metido con esas cosas grandes.
Hermann Göring no volverá hasta dentro de cinco mil años, diez mil, veinte mil, entonces el mundo será un paraíso, entonces volverá Hermann.
Y entonces podrá empezar a despojarse de sus condecoraciones.
Primero, fuera con esas condecoraciones.
Porque su carácter ahí sigue.
No hay que querer poseer primero justamente aquello por lo que el ser humano lo hace tan grande a uno.
¿Cierto o no?
En el descanso alguien dijo: “Pues, sí, hay que ver el espectáculo en que el mundo ha convertido a ese capitán; el mundo entero lo sabe.
Otro ser humano se parte el lomo durante mil años y nadie lo ve, porque el ser humano aún no lo sabe.
Después, cuando asesinaron a Galileo —¿y a cuántos no asesinaron?—, cunado por fin supieron quiénes eran, claro, entonces se pusieron a llorar.
Para las cosas espirituales no se crean que a uno le dan una condecoración.
Si me dieran una cosa de esas a mí, la tiraría por la ventana, sin más.
Si estiras la mano para agarrarlo, ya estás perdido.
Si enganchas una cosa de esas en el abrigo para deslumbrar a los demás, estás equivocado.
Pero ¿quién lo sabe?
Quién lo hace?
¿Quién tiene la fuerza de decir: “No, no quiero esas cosas desgraciadas”?
“Sí, pero, señor, también recibirá diez mil florines”.
“Me da igual, pero no quiero saber nada de esas cosas miserables”.
Abunda la gente que no quiere esas medallas de pacotilla.
Y ¿tengo razón o no?
Miren, violenten cualquier cosa terrenal y sigan así, vean después si detrás hay algún colorcito espiritual.
Entonces ni se les ocurra tocarlo y digan: “No”.
Si no contiene un fundamento para el otro lado, siempre deben decir: “No”.
Nos lo enseñó Cristo, ¿cierto?
Son cosas peligrosas, qué se le va a hacer.
Miren, en el Antiguo Egipto también pasaba eso, y allí lo que hubo —y eso es así para cualquier secta— fue ascenso, despertar.
Y a medida que uno se ha despertado y se ha convertido en un maestro para esto y lo otro, cambiará su aspecto exterior.
Y eso pasaba allí en todos los templos.
Y luego tenemos aquí la pregunta: “¿Podría desvelarnos el significado más profundo de la sustancia de colores de las túnicas sacerdotales en el Antiguo Egipto?”.
Otra cosa de esas.
¿De qué le iba a servir ahora?
Igual que si ahora —por eso ya recurro a una comparación— fuera usted soldado y ascendiera un poquito y de pronto se convirtiera usted en almirante o general, ¿ya se da cuenta?
Eso pasaba allí también, con unos perifollos un poco diferentes, otro colorcito y nada más.
¿Lo ve?
Allí seguían teniendo trenzas.
¿Lo sabían?
Y cuando le ponían un lazito en el cabello, señor Reitsma, entonces uno era algo.
Encima eso.
Unos pendientes, así, por encima de los hombros.
Y si uno retrocede aún más en el tiempo, a China, donde también se vivieron las leyes metafísicas, entonces uno recibe unos lacitos hasta el suelo, con esto y aquello.
Y todas esas cosas determinaban quién era uno.
¿Qué va a poder aprender usted de eso?
Fíjense, por ejemplo, en la iglesia católica, entonces uno primero ve a un negrito, alguien que es muy negro, con un alzacuellos blanco.
Es un capellán o un cura, ¿no?
Si uno asciende un poco más, la cosa ya empieza a cambiar.
Y si llega arriba del todo, el hombre se baña en oro y tiene una cruz a diestro y siniestro y encima de la espalda y en la frente y hay cruces por todas partes.
Entonces también eres almirante, general, y santo, ¿no?
¿Ya lo sabe ahora?
Pero eso ya lo sabía desde hacía tiempo, señor, eso lo sabe usted también.
Pregunta número tres: “¿Cómo se vestían los sumos sacerdotes?”.
Con cuatro estrellas, pero ahora las tenían en el cuello, en la nuca, en la parte trasera de la levita.
Llevaban la señal.
Y aunque habláramos horas y horas sobre eso, no les serviría de nada, no aprenderían nada.
Es como si dijeran: “¿Cómo eran las ferias en la era prehistórica?
Y: ¿cómo iniciaban las mañanas dominicales en el Antiguo Egipto?
¿Cómo rezaban?”.
¿Sí?
(Señor en la sala):

—Evidentemente, no es eso lo que quiero decir.
—No, pero podría preguntarlo.
Me es mucho más útil si dijera: “¿Rezaban allí esos sacerdotes?”.
Lee usted sobre la meditación.
Y a mí ¿qué me importa?
Yo ni siquiera pregunté al maestro Alcar: “¿Qué aspecto tenían esos sumos sacerdotes?”.
Los he visto.
Pero eso no nos interesa.
Porque todo eso es camuflaje terrenal, material, como de templo.
Como seguimos viendo en el caso de diversas sectas.
(Señor en la sala):

—Yo pensaba que esos colores de las túnicas..., que determinaban (Jozef se pone a hablar a la vez)... eran clarividentes.
—Bien, eso digo, pero ¿qué más da cuando uno asciende en la iglesia católica y de una vez se hace cardenal?
Hay que ver las cosas tan hermosas que lleva ese hombre, ¿no?
Una hermosa túnica, aparecen los colorines cuando lleva puesto su grado más elevado o su traje.
¿Cómo se llama un atuendo de esos?
(Señor en la sala):

—Traje ceremonial.
—Un traje ceremonial.
Y lleva todo de encaje, ¿verdad? Encajes.
Si miro todo ese encaje, pues, sí, ya empiezo a sentir un cosquilleo por todo el cuerpo.
Una vez le pregunté al párroco —claro, ya me echó otra vez, me dio otra paliza—, digo: que si no podía renunciar a algún pedazo, porque a mamá le hacía falta un trapito de esos para cubrir la mesa, seguro que no le importaría.
Pues, que se presentara Hendrik el Largo.
Y entonces dijo: “Hendrik, a ese tuyo algo le pasa.
Que me pregunta que si no se puede llevarse un trozo de mi vestimenta para la mesa”.
Pues, no, Crisje no tenía un trocito de encaje, y ella sí que no paraba en todo el día, y él hasta lo arrastraba por el suelo, algo le sobraría, ¿no?
Pero entonces, a esa santidad la había arrinconada, ¿entienden?
¿Quieren ser santos por un trocito de encaje, por un trocito de púrpura, un trocito rojo, blanco y azul, y amarillo y verde?
En Egipto también se ataviaban, ¿con qué?
Vayan alguna vez a un museo y miren cuántos perifollos.
Todos esos gallitos de allí significaban algo, señor.
Si no la tenía, esa rayita, entonces esa mujer o ese hombre ni siquiera era de nobeza.
¿Entienden?
Pero también se fue añadiendo conciencia interior.
De modo que allí el ser humano se fue vistiendo conforme a su conciencia, y eso todavía lo seguimos haciendo.
Ahora, en esta sociedad, todas las sectas...
Como para presentarse con eso ante un sufí, o los teósofos: estos ya apenas se atreven a exhibirse de esa manera.
Pues pónganse a mirar esas túnicas de seda, los rangos y los grados que tiene la teosofía.
¿No lo sabían?
Brrr...
Y el sufí...
Mire, señor, ahora tenemos otra vez...
No me hace ninguna gracia.
Y ¿por qué no?
Porque no son más que perifollos exteriores.
Aquí estamos desnudos en un traje de confección, y tan panchos.
¿Por qué esos perifollos tan molestos?
¿Por qué ese aliño exterior para representar algo?
Porque detrás del ataúd tampoco tenemos nada, ¿no?
Eso desde luego ya es el primer error que hay.
Si me aceptaran de verdad, esa gente, les garantizo que el maestro Alcar diría de inmediato: “¡Fuera esas cosas!
Fuera esas decoraciones del abrigo.
Aquí ustedes no son nada.
Ahora vamos a empezar”.
Y esa es la realidad de la primera esfera y del espacio, ¿no?
¿Por qué tenemos que hacer esas cosas?
Sí, el Antiguo Egipto también ha renunciado a ello y ahora lo ven: ¿qué quedó de toda esa soberbia?
Nada, señor.
“Mejor seguir siendo normal, normal y corriente”, dice alguien, “así ya estamos locos de sobra”.
Sí, y ese hombre tiene razón.
Color y vestimenta, eso es lo pe... cuando leo eso...
He visto las esferas, ¿entienden?, he visto allí lo raquítico que es aquello de “aquí lo somos todo”.
Aquí estoy frente a gente que tiene esto y lo otro, y no dice más que una sola palabra, y yo sé a dónde irán luego, porque ni siquiera se han despojado de esa palabra.
Digo: “Aquí puedes seguir haciendo aspavientos y aquí puedes hacer todavía lo que quieras, ¿verdad?
Al ataúd, no pasa nada, llega la nueva evolución, estás desnudo ante tu propio interior y ya no pintas nada”.
Y entonces me río, por dentro, esos aspavientos ya se irán.
Mejor hagan como si fueran normales porque les sobra locura.
¿No es así, señora?
Sí, pero el ser humano piensa que lo exterior...
¿No es así?
Es lo exterior, nada más.
El Antiguo Egipto también tenía mucho por fuera y no quedó nada porque sucumbieron.
Si el ser humano que buscaba el bien...
Nosotros, nosotros hemos traído un libro de allí.
Ya es bastante sorprendente que uno pueda volver a ver su vida de allí y volver a vivir en ella y decir: “Sí, pero lo que era entonces era genial, aunque esto es mucho mejor”.
Porque eso ya no lo vamos a tratar.
No deseamos sandalias si no las tenemos, ¿verdad?
Y esa es la posesión de esa primera esfera.
Y entonces se... ese color inmaculado como aura se libera de su personalidad e irradia porque no imponemos una voluntad a nuestro carácter.
Nos dejamos dilatar libremente.
¿Lo comprenden?
Ustedes mismos hacen que se dilaten.
No llevan camuflajes, no llevan máscaras, son integrales, para la sociedad y todo el mundo son naturales como la vida misma, están desnudos allí.
Ya no me hace falta esconderme para la gente; allí están mis tarjetas de visita, allá, veinte de ellas, casi.
¿Necesitan aún más cosas?
Cuando luego reciban ‘Jeus III’, me habré desnudado por completo ante el mundo.
¿Aún más?
No hay más.
No tengo nada más.
Estoy allí desnudo del todo.
Ahora repartan leña, a hachazo limpio, me da igual.
Pero cuando den hachazos sabré exactamente a dónde irán con sus golpes y sus palabrerías y sus charlatanerías; ya nos volveremos a hablar.
Y justificarán cada palabra.
Yo ya no me dedico a... ni a la locura soberbia ni las majaderías.
Ahí no entro.
Sé exactamente adonde me lleva esa palabrería.
Sí.
Miren, vivir no tiene truco, señor, señora, lo que tiene truco es no pensar nada equivocado.
Y eso es lo que nos ha enseñado Cristo; es lo que nos enseñan los libros.
No hace falta que se pongan a jugar a ser cosmología ni a ser un maestro.
Con que en esta vida sean justos, de forma natural, normal y corriente, y cordiales y cariñosos —y da igual lo que sean—, irán infaliblemente hacia su propio camino, y este los conducirá en línea recta a aquella esfera con su aura vital fina, radiante, llena de amor.
¿No les parece?
Es lo que nos enseñan esos libros.
E incluso así tenemos locura de sobra.
Entonces ya no será necesario que hagamos aspavientos, porque cada ser humano, por loco que esté, por sencillo que sea, intuirá de inmediato si lo que dicen es verdad o palabrería.
Y si es verdad, señor, podrá sentirlo hasta con los pies.
Y entonces siempre es duro.
¿Por qué?
Porque no querrán lo blando ni lo cariñoso.
¿No es así?
Sí, podrán volver a decir siempre “sí”, decir “sí” y “así es”.
Yo también lo tuve que hacer: “Sí, maestro.
Si, maestro.
Sí, maestro”.
Y al final eso me asfixió, digo. “Si, sí, sí, sí”.
Y entonces volvía con miles de “síes” dentro de mí.
Pienso: ‘Bueno, ¿y qué sigues buscando aquí?’.
No se crea, señor, entonces el “¡no!” viene inmediatamente detrás y con grandes signos de exclamación, así.
Ya no habrá signos de interrogación.
¿No es sencillo?
¿Tan profunda es esta doctrina? ¿Tan difícil?
(Jozef ladra como un perro; hay risas).

Ahora ya no se hundirá nunca más.
No era Fanny, señor De Wit, era yo mismo.
Ah, ha venido usted aquí para aprender... para aprender algo, no lo sé.
Pero creo: bueno, qué calorcito tan bueno aquí.
Y no es usted el único, ¿eh?
A mí no me molesta, porque siempre estoy hablando, pero de lo contrario yo también me hundiría aquí.
Ya me gustaría alguna noche estar también en la luna aquí.
Pero vamos a seguir.
Si vuelve a ocurrir, ladraré, ¿le parece bien?
(Señor en la sala):

—Sí.
—Bien.
No, esta noche estaba en racha, pienso: ‘Estoy hablando de cosas tan..., de cosas de una hermosura tan poderosa’, y entonces, este... —no se crean que no los tenía absortos— y entonces vi al señor De Wit, dando cabezadas tan ricamente, pienso: ‘Esas cosas tan maravillosas de las que estamos hablando ahora no las está oyendo, no las está sintiendo’.
Pienso: ‘O sea, que no soy capaz de mantenerlo despierto con sabiduría’, y de golpe me vino: “¡Guau!”.
Ya no lo he visto dormir más.
Pienso: ‘Un perro, Fanny es capaz de más cosas que yo y los maestros’.
Ya no se volvió a dormir.
Y entonces dijeron: “Fue Fanny”.
No, señora, fue una historia muy distinta, porque pienso: ‘Ahora sí que quiero verlo un poco’.
Jovial y alegro... pero aquí hace un rico calorcito, ¿entienden?
Pero nos comprendemos, ¿verdad que sí, señor De Wit?
A otros ni siquiera les parecerá bien que me ponga a ladrar y dirán: “Y ese, ¿qué clase de loco es ese?”.
Miren, ya estamos, señor Reitsma, eso ya no se lo concedía a usted..., en el Antiguo Egipto no se le concedió hacer eso.
Yo no le parecía bueno al señor párroco, porque también allí me puse a ladrar.
No soy suficientemente serio, dicen.
Pero en mi interior hay un cosquilleo de diversión y felicidad y de eso siempre regalo algo.
Pero en el púlpito no está permitido ladrar.

(Risas).

Y Nuestro Señor me dijo, y el maestro Alcar me dijo: “¿De qué hablabas?”.
Digo: “Vaya”.
Fue cuando me dijo: “Entonces está bien, ladra una vez más, adelante”.
Ni siquiera les importa porque también de eso se ríen.
Una vez hice un viaje con el maestro Alcar y resulta que había alguien..., alguien que estaba hablando a las vidas, porque en las esferas se puede ver y conocer a todo tipo de personas que, como aquí en la calle Maliebaan..., antes..., en pequeños clubes...; y entonces yo también me junté, y dice el maestro Alcar: “Sintonice con esa gente y analice si está bien”.
Y de una vez me encontré allí, y digo: “¡Guau!”.
¡Y no vean cómo se asustó ese hombre!
Dijo: “¿Dónde está ese león?”.
Digo: “¿Lo ven? Ni siquiera sabe si es un perro o un león”.

(Risas).

Digo: “Ese hombre, es un inconsciente”.
Y entonces lo...
Digo: “Esperen un poco, todavía no estoy aquí.
Todavía vivo allí de donde vienen ustedes”.
Digo: “Señor, pero, señora...”, pero era gente, gente que allí también busca todavía, aún no son alcanzables.
Y de pronto está allí el párroco, está oficiando la misa.
Y el pastor protestante sí que sabe: “Y sí...”.
Y todavía está cantando y gimiendo por dentro.
Y entonces llega desde el espacio: “Oye, aquí mejor no gimas tanto, porque no te sirve de nada.
En la tierra no saben hacer otra cosa, pero aquí ya no hace falta gemir.
Aquí es mejor que seas normal y corriente, entonces es como si fueras auténtico”.
Pero allí seguía gimiendo.
Y los maestros y los demás que son conscientes están a su lado y entonces miran; no se les puede alcanzar.
Digo: “Al maestro Alcar lo alcanzo de inmediato”.
Entonces dice: “Cómo no, tú sí eres capaz, ¿no?”.
Digo: “Haré un truco y lo tengo a ese hombre.
Le asustaré”.
Digo: “Escuche: ¡guau, guau!”.
Pues, sí, así concluyó.
Entonces dijo: “André, un diez de los maestros”.

(Muchas risas).

Y ese hombre se desbocó, pensaba que había leones.
Digo: “Señores y señores, ahora tienen que irse con esos, hermanas y hermanos, con esa gente de allí, y estos les explicarán las leyes”.
Y entonces logramos liberar a esas personas de la condena, por los ladridos de un perro.
Claro, no se lo creen, ¿verdad?

(Risas).

¿Lo ven? Resulta que quiero contar algo divertido y entonces...
¿Qué? ¿O es que creen que siempre tenía que acompañar al maestro Alcar con cara de pasmo?
Durante los viajes también nos reíamos.
Por ejemplo, insultábamos la tierra, hacíamos esto y lo otro.
Si me sobraba un poco de tiempo, el maestro Alcar decía: “Acuérdese: le daré cinco minutos más, André”.
Pero entonces lo solía decir a Jeus.
Digo: “Ah, claro”.
Y entonces tenía que acudir Jozef, y después venía André, que dice: “Vamos, calla la boca, porque tienen que empezar”.
Como si...
Ahora pensamos para Dios, para el espacio.
Entonces aparecía muchas veces la cosmología.
Digo: “¿Puedo decir algo más?”.
Bien, pues entonces tengo algo más.
Pero cuando aparece la seriedad, y lo inconsciente...
Y entonces entras a las esferas, por los viajes a través de las esferas, ay, santo cielo, y ves miles de esos grupitos que están allí..., que están allí sin que los puedas convencer.
Ni siquiera saben que están muertos, ni siquiera es posible quitarles esa idea.
Ves un pequeño altar de esos, que ha edificado.
A saber de dónde saca las tablas, pero allí están.
Una bonita tela por encima, y entonces está..., está..., y se pone a rezar y a rezar, y después...
El señor cura todavía no se puede liberar de su iglesia.
Digo: “Pues ya va siendo hora de que me presente allí, porque al menos así tendré algo que hacer; no hago más que ir a ladrar en todas partes”.
Pero, claro, esto no hay quien se lo crea.
Y el ser humano que no haya presenciado esto jamás dice: “Oye, pues encima esa gente sigue escuchando a ese loco, que ladra en las esferas”.
Pero, señoras y señores, allí el ser humano no se está atrincherando como lo hacemos nosotros, allí todo es abierto y consciente, allí ven, allí saben.
Y es tremendamente difícil conseguir apartarle a ese hombre de su condena, es imposible cambiarlo, así como así.
Y lo primero que..., despiertan, preguntan: “A sí, el Se...
Ah, ¿no está la enfermera?”.
Entonces primero hay que conseguir que se crean que están muertos.
Estaban enfermos, algo sí que atraviesan.
Están enfermos, se quedan dormidos, se despiertan y siguen pensando que están en el hospital o que están en casa.
Se les sirve.
“Bien, pues un buen café”.
“¿Dónde está mamá?”.
“¿Mamá?”.
“¿Dónde está mami?”.
Todo en su propio idioma, por su propio idioma, por su pensamiento.
“Y ¿dónde está papá?”.
“¿Papá?
Ah, soy yo”.
“No, no, no, no es usted.
¿O es que me han llevado a un hospital?”.
“No, está usted muerto.
Estaba muerto allí.
No está muerto, pero ahora lo está.
Atravesó esa muerte y está vivo”.
Una y otra vez.
El maestro Alcar dice: “Desde que el primer ser humano llegó al otro lado estamos con eso: ‘Murió usted en la tierra’”.
Dice: “¿Y no somos naturales?”.
Ahora tenemos que atravesar lo que no es natural del ser humano.
Y entonces añadimos perros y gatos, dice, construimos madrigueras de ratones para hacer que el ser humano despierte espiritualmente, porque ni siquiera es posible.
Nos inventamos de todo con el fin de provocar esa sacudida de conciencia, para que se den cuenta: “He muerto en la tierra”.
Así de auténticos somos allí.
Si ustedes se van durmiendo...
¿Cuánta gente no se queda dormida?
Hacen la transición en cuestión de segundos, se despiertan, en (la calle) Spui hay mucha gente todavía que ha hecho la transición por un accidente.
Está allí, hay que llevársela a rastras.
“No”, dice, “estoy como una rosa.
Tengo que ir a mi jefe”.
Y entonces primero tienen que..., ese jefe se lo tienen que quitar.
Tienen que acompañar a ese hombre porque ese hombre no quiere perder su trabajo y porque está sintonizado al cien por cien con esa tarea.
Por ejemplo, tiene que hacer un recado para su maestro.
Y él lo tiene.
El ministro tiene que ir a París o Estados Unidos, y si ese avión tuviera que estrellarse y tuvieran que morir ministros, o uno de ellos, entonces a ese señor..., si no conoce estas leyes..., esos sentimientos no conseguirán sacarlos de ese avión, porque: tiene que ir a París.
Y entonces estará muy bien que usted sea ministro o rey o emperador, señora, pero ahora habrá atravesado usted el “ataúd” y estará ante el mundo astral y este dirá: “Usted ha muerto, señor”.
Ja, ja, ja, tengo que irme a París.
Soy de Naciones Unidas.
Tengo que hablar con el ministro de Bruselas, de Francia, de Estados Unidos”.
Y entonces tiene que empezar el maestro y decir: “Aquí no existen ministros de Estados Unidos ni de Francia ni de Alemania.
Ha muerto usted en la tierra, señor”.
Y entonces ese señor ordena rápidamente, así como así, que a ver si no pueden venir en un santiamén cuarenta y cinco soldados para detenerlo a uno.
Dice: “Sí, pero aquí...”.
“Grite lo que quiera, pero aquí no van a venir soldados.
En realidad ahora te has liberado de ellos.
Y entonces: “No, señor, grite lo que quiera, vamos, ordene: ‘¡Fuego!’
Aquí nadie dispara.
Al menos si está usted en mi mundo.
Está usted en mi mundo, puedo ayudarlo.
Pero ahora nadie dispara”.
Yo participé.
Durante noches y noches estuve con el maestro Alcar para volver a despertar al ser humano, liberándolo de su ataúd.
Señor, el maestro Alcar dice: “Mira, puedes volver en veinte años, en doscientos, trescientos años y resulta que siguen dentro de él”.
Imposible sacarlos de allí.
Porque no es posible hacerles llegar a ese mundo luminoso.
Porque ustedes están aquí y lo tienen.
Por eso ya tienen ustedes felicidad, su color ya lo es, lo es su irradiación, lo es su túnica.
Pero cuando no tienes eso, señor, entonces uno ya entiende que..., no puedo llevar a la primera esfera través del ataúd a un protestante ni a un reformado ni a un católico al cien por cien, ¿no?
Este no tarda en arrojarse al suelo para empezar a confesarse y ya no lo puedo alcanzar.
Digo: “Bien, mira, será mejor que vuelvas en cinco años”, entonces esa gente ya no tiene pecados.
Y con solo ver algo negro, señor De Wit, con una rayita clara por delante y un solideo encima de la cabeza ya quieren ponerse a confesar.
¿Entiende?
Entonces vuelven a ver al señor cura.
Debería usted empezar a hablar de eso y ya vería lo que queda de eso.
Entonces le contaré exactamente, señor, cómo irán avanzando ustedes en el otro lado, uno por uno, y a dónde llegarán a parar.
Es usted quien empieza sobre esto, pero yo ya me contendré.
Puedo contarles, uno por uno, así, sin más, dónde los veré más adelante, caso por caso.
“Pfft”.
No es más que..., era un sonidito, venía de alguna parte, es “chsss”, sopla viento y no lo sentimos, pero hay algo...

(Hay un silencio sepulcral en la sala).

Bueno, mejor no me pongo a ladrar ahora, porque de lo contrario se asustarán.
Ah, señor, el otro lado, el Antiguo Egipto...
El otro lado es tan sorprendentemente auténtico.
Debería ir usted a preguntar más adelante, debería preguntarme luego a mí —pero no se atreverá—: “¿A dónde iré a parar?”.
Adelante, atrévase.
Vamos, atrévase.
Vamos, atrévase.
Solo quiere aprenderlo todo, todo, pero pregúnteme ahora: “Señor Rulof, ¿a dónde iré a parar ahora?”.
(Señor en la sala):

—¿Al parvulario?
—¿Cómo dice?
(Señor en la sala):

—¿Al parvulario?
—Sí, ojalá lo hubiera, porque ni siquiera hay uno.
Sí.
Pregunta número cuatro: “¿Cómo son las sacerdotisas en el Antiguo Egipto? ¿Cómo iban vestidas?”.
Eran hermosas joyas de sentimiento.
Cuando conozcan a la madre en el otro lado, en la primera esfera, hombres, a la madre, a la verdadera..., en el otro lado, en la primera esfera, la madre ha alcanzado su amor natural.
¿No es así?
(Jozef pregunta a algunas personas en la sala):

¿Qué están cuchicheando allí al fondo?
¿Qué estaban diciendo allí?
¿Qué tienen que decir?
Si ven a esa madre en su túnica, en sus colorines, en sus ojos, y ven a una chica de veintisiete, veintiocho años, y ven esos ojos, tan profundos —y todas las artes y ciencias están en esos ojos— y le da la mano, y esta es benevolente y verdadera...
Ay, señor, el hombre, el creador...
Ay, señor...
(Señor en la sala):

—Entonces uno se derrite.
—Ay, señor, entonces uno se derrite.
(Alguien dice algo).
¿Cómo?
¿Cómo dice?
¿Y de qué sirve eso?
¿De qué sirve derretirse cuando uno se encuentra con esa vida inmaculada, elevada, allí, y junto a ella al hombre consciente, como creador...
Y entonces ha de saber que la segunda esfera, la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta, la séptima, usted la...
He visto los ángeles, a las maestras, a la mujer y el hombre de la séptima esfera.
He visto a la Omnimadre como ser humano de la tierra, que ha vivido en la tierra, también al hombre; al margen de Cristo.
Sí.
Cuando ese hombre andaba en el mar —estaba luchando con un barco de esos, ¿verdad?—, pienso: ‘Sí, tú haces algo por ti mismo’.
Lo que queda solo es fuerza de voluntad.
Eso es todo.
Ese hombre tiene fuerza de voluntad.
El resto no es más que sensacionalismo.
Para dar algo, para dar de una vez esa fuerza de voluntad —eso me imaginaba— a un ser humano, aunque sea para la propia conciencia, para darle la felicidad y la bendición y el espacio...
Mire, señor, debería usted entregarse en cuerpo y alma a eso, entonces ya verá lo hermoso que será.
Y es eso lo que yo siempre estoy construyendo en cada ser humano, porque sé cómo será luego su túnica, cómo será luego allí como madre.
Aquí uno se hace viejo, pero no por dentro, eso sigue viviendo.
Digo: “Sí, hombree, eso es hermoso”.
Una velocista, qué maravilla.
Fanny (Fanny Blankers-Koen, campeona olímpica, con cuatro medallas de oro en Londres, 1948) es capaz de correr todo lo rápido que ella quiera, digo: “Fanny, ¿darás esos caracteres, esos rasgos, a tu marido y tus hijos, y a Nuestro Señor y al espacio? ¿También recibirá todo eso? ¿Así, así, así y así?”.
Hágase algún día un gran artista, hágase esto y lo otro.
Todo eso, ¿recibirá el garbo, la gracia, la cortesía de la madre que se llama naturaleza?
“Sí, estamos en ello”.
Entonces debería enterarse, señor, de que no existe la condena, que no existe el Juicio Final y que existe un solo Dios que gobierna a la humanidad.
No, nosotros mismos somos dioses, pero no hace falta que nos lo imaginemos.
Lo somos.
Y ahora una divinidad apuñala a la otra: ¡zas!
Sí, ¿cuándo desaparecerá eso?
¿Cuándo darán un poco de color a su personalidad?
Cuando reciban la primera esfera, de la que siempre habla el maestro Zelanus, y eso lo pueden leer en ‘Una mirada en el más allá’, ay, queridos míos, cuando empiecen a leer eso y quieran comprender...
Créanselo, de verdad: si hay esto, que no está en armonía con la ley de la naturaleza, que es felicidad, armonía, amor, comprender, portar, y centenares de preguntas más —todas fundamentadas para su personalidad respecto a la ley divina de la paternidad y maternidad—, entonces uno no está allí.
¿No es honesto eso?
Y eso es algo que está en nuestras propias manos.
Es cuando el ser humano dice: “Es que es tan difícil”.
No, nada de nada, no es difícil, es más sencillo que nada, pero el ser humano aún no es capaz de ello, no hace nada por ello.
Cuando uno sabe que se va a la cárcel por esto, aquello y lo otro, ¿por qué lo hace entonces?
Entonces, ¿por qué roba?
¿Por qué pega a un ser humano?
¿Es que no es así?
Aún no somos capaces de ello, esa es la cuestión: tenemos que asimilar esas cosas.
Y eso no es moco de pavo.
Pero es sencillo.
Aquí, pregunta número cinco: “El emblema encima de la cabeza del faraón, ¿tenía que ver con su aura?”.
Eso también era una crucecita terrenal.
¿Lo ve?
(Al técnico de sonido): ¿Me queda un poco de tiempo, señor Van Straaten?
(El técnico de sonido):—Cuatro.
—”En la parte 3 de ‘El origen del universo’, página 195, dice que el aura de los artistas irradia arte.
¿Qué colores?”.
Aquello que deposite en su color.
Si me muestra usted el color y usted pinta, conoceré todo su interior, en cuanto a arte.
Pero no por eso es usted una mala persona.
Pero sí que es un poco extraño que el artista...
Si el artista quiere aprender conmigo —y yo fui un maestro en el arte y una vez tuve que enseñarle a un pintor que estaba casado, dije...: “Mejor que primero haga venir a su esposa”.
“¿Por qué? Soy yo el pintor, ¿no?”.
Digo: “No, necesito a su mujer”.
Y entonces pregunté a esa mujer: “¿Es muy cariñoso con usted?”.
“Bueno, tiene esto y lo otro...”.
“Sea honesta, porque lo estoy ayudando”.
“Sí, eso...”.
Digo: “Entonces primero tendré que sacar eso a golpes, entonces al menos podrá hacer el color rojo o azul”.
¿Cómo pueden comprometerse si no hay amor en ustedes?
¿Cómo quieren hacer ustedes —pintor, escritor, violinista, pianista, artista— azul, si el azul no vive espiritualmente en ustedes?
¿Qué quieren?
¿No han leído ‘Dones espirituales’?
Allí lo dice.
Pero eso es en el otro lado, ¿entienden?
Y se manifiesta aquí.
Cuelgan ustedes en la pared sus tarjetas de visita en lo que se refiere a sentimientos.
Otro está amartillando el piano, y dice uno: “Oye, tú mejor déjalo”.
Y quiere ponerse a gritar, y quiere hacer esto y quiere hacer lo otro —¿no lo oyen?—, el sentimiento de ustedes...
Esos medios les hacen falta.
Pero cuando los medios están y no hay sentimientos, el mundo dice: “Tú mejor vete con todo ese griterío”.
Esos cuadros no dicen nada.
Y el libro de usted es vacuo, carece de sentimiento.
¿Qué bibro —vaya, cómo me salió—, qué libro significa algo para el ser humano?
Aquel en el que viva el sentimiento del espíritu, siempre que contenga bondad y amor, de lo contrario no nos dirá nada.
De lo contrario no leeremos el libro.
Ni lo leerá nadie más.
¿No es así?
Y da igual que escriba sobre pasiones diabólicas; solo cuando habla lo más elevado reacciona el ser humano.
¿Respecto a qué?
De la armonía, de la justicia, de Nuestro Señor, señor.
¿No es así?
Gracias.
Así al menos conseguimos entrar.
“Se trata de los colorines”, diría René.
Sí, señor, de los colorines, de la figura, de la conciencia de los colores, y es eso lo que recibe carácter.
(Jozef sigue leyendo):

“Aunque los maestros rechazan cualquier gratitud, sí que puedo estar muy agradecido”, por dentro, dice Frederik, ¿no es así?, “por todas las cosas que nos trajeron”.
Señor Reitsma, doy gracias por ello, pero se las envío al maestro Zelanus y al maestro Alcar, porque son ellos quienes se lo han dado; yo no soy más que un chapuzas.
El té está servido, señoras y señores.
 
DESCANSO
 
Aquí tengo una carta muy gruesa y larga.
¿De quién es?
(Una señora en la sala):

—Mía.
—Señora, cuando vuelva a escribir: más corta, se tarda demasiado; es una gran...
“¿Puede explicarme lo siguiente? Hace apenas un año estaba visitando con una amiga mía una conocida íntima suya.
Después del té, mi amiga se puso a tocar el piano.
La otra señora cantó.
Yo estaba sentada al lado del piano, en una pequeña silla, escuchando.
De pronto, como en un fogonazo, mi amiga se transformó.
Adquirió el rostro de una mujer muy joven.
Me veía sentada a mí misma en un sillón muy a la antigua, profundo.
Era una niña de unos diez años, repanchingada en el sillón.
Escuchaba cómo tocaba la joven mujer, con mucha concentración.
Me sonrió brevemente.
Esto me atravesó como una sacudida.
Un instante indivisible, después todo volvió a la normalidad.
Poco tiempo después estaba trabajando en la cocina, un sábado por la noche.
Me entró la sensación de que alguien me decía: “Mira en el espejo”.
No hice caso y seguí trabajando.
Se repitió por segunda vez.
Me quedé sorprendida cuando miré.
La cara en el espejo no solo era la mía, sino también la de mi amiga.
No sería capaz de decir si ella era yo, o yo ella.
También esto no fue más que un fogonazo.
Pensé: ‘¿Tanto me estoy dejando llevar, o qué es esto?’.
Pero hace un par de meses tuve un sueño que me volvió a unir al pasado y con ella.
Me encontraba en un gran salón, de hace años, no había muebles, pero el alfombrado y la tapicería eran de un estilo muy anticuado.
De pronto se me hundió el suelo bajo los pies.
Oigo que alguien dice: ‘No tengas miedo, estás soñando’.
Me quedé tranquila hasta que el suelo se detuvo.
Me encontraba ante la entrada de un largo pasillo.
Estaba de espaldas a él.
Entonces empezó a deslizarse bajo mis pies el suelo del pasillo.
Había habitaciones a ambos lados.
Podía mirar dentro de todas ellas.
Todas eran del mismo estilo que la primera.
Después de haber pasado por delante de muchas de ellas el suelo se detuvo a pocos centímetros de la entrada de otra habitación.
Era menos anticuada y en la pared había una hilera de preciosos cuadros.
Solo había flores en ellos.
Los marcos eran modernos.
Entré en la habitación.
Sentí una mano sobre el hombro.
Me giré y frente a mí tenía el rostro de mi amiga.
No le pregunté más que: ‘¿Tú?’.
Asintió con la cabeza y dijo: ‘Sí.
Fui yo quien te llevó por todas estas habitaciones.
Vamos, seguiremos juntas’.
Llegamos al exterior y nos vimos en un gran terreno en obras.
Había hombres trabajando por todas partes.
Había montones de madera, hierro, carbón y turba.
Los hombres daban golpes, martillaban y serraban con tanto ruido que no podíamos entendernos.
Fuimos a buscar un rincón apartado, pero no lo conseguimos.
Entonces decidimos ir cada una en una dirección para buscarlo.
Mi amiga se fue por detrás de un gran montón de madera.
Me quedé mirándola y entonces me desperté bruscamente.
Me quedé echada, pensando sobre todo esto.
Aunque mi amiga y yo tenemos cada una tareas vitales muy distintas, coincidimos en muchas cosas.
Tenemos las mismas aficiones y ambas disfrutamos de los mismos libros.
Nos han preguntado más de una vez si somos hermanas”.
¿Y qué es lo que quiere que le diga yo?
(Señora en la sala):

—Sí, algo sobre aquello que se me manifestó, y sobre el sueño.
El significado que tiene.
—Vaya, no logro entrar en eso.
Durante la lectura siempre entro, pero aquí no.
Porque, mire, a ver, esto, claro, es un batiburrillo.
Aquí primero atravesamos una casa.
Mira usted en el espejo, la ve, es posible.
Es posible tener que ver con personas y de pronto se ve una imagen, uno mira en el espejo, puede que se nos haya dicho, podemos haber sido influidos, es posible recibirlo.
Mire, porque un sueño es..., un sueño tiene de inmediato un fundamento espiritual, ¿verdad?
Pero aquí —¿me entiende?—, aquí apenas nos encontramos con un fundamento espiritual.
Claro, es posible que usted vea una casa con una serie de habitaciones, y que sea vieja, amueblada, eso nos retrotrae a doscientos años atrás.
Pero la turba y madera, y gente que ya está usando martillos, ese martillo, por ejemplo, ya es de estos tiempos, y esa turba también.
El pasado viene ahora al presente.
Y allí había gente trabajando.
¿Tenemos que decir..., tengo que decir..., el ser humano en la sociedad tiene que aceptar que por estar usando martillos y formones, y todas esas cosas, que uno por eso..., espiritualmente..., que dando golpes, martillando, serrando, que así conseguimos conciencia espiritual?
Entonces ¿tenemos que decir, tengo que extraer de esto, por ejemplo, que esa gente está trabajando en ella misma porque está dando golpes con el martillo?
Eso no es un fundamento espiritual, ¿entiende?
Y ese fundamento está allí, directamente.
Ahora tienen ustedes: “Y entonces fui a mirar y se disolvió ella detrás de una pila de madera”.
Esa pila de madera también pertenece a este tiempo.
Es decir: esos impactos y ese martilleo bien pueden ser de hace unos siglos, entonces teníamos martillos y es cuando empezamos a montar con martillos esto, lo otro y aquello, eso ya lo hacían los romanos, por así decirlo.
Pero la turba y otras cosas no las conocían todavía en esos tiempos.
Y esa casa anticuada, esas cosas anticuadas, eso solo podemos encontrarlo en tiempos, digamos, anticuados, de hace ochenta, noventa, digamos ciento cincuenta años.
Pero entonces llegamos a unos tiempos muy diferentes, y entonces ya no se trata de cosas anticuadas, entonces tiene otro nombre.
¿No es así?
El Renacimiento, lo que se les ocurra.
¿De qué siglo se trata?
Esto me conecta ahora con...
Por ejemplo, es posible, cuando uno quiere analizar un sueño, entonces la palabra dice si es un fundamento espiritual.
Y eso, ¿usted lo había pensado?
Que uno diga: entro en una casa anticuada.
Y entonces pensará usted: eso ya es reencarnación, por lo visto..., por lo visto me ha enviado a través de muchas vidas.
Esa amiga de usted podría ser su madre, podría ser su hija.
Y ahora hemos atravesado todas esas habitaciones —digamos que una habitación es una vida—, las hemos atravesado y entonces llegamos a otra habitación más, y estaba allí...
Entonces buscábamos un sitio tranquilo.
Entonces usted ya estaba fuera... (inaudible).
Llega usted a una habitación, esta era menos anticuada, y en la pared había una hilera de preciosos cuadros.
¿Así que eso lo siento usted de forma pura en estos tiempos?
Todos representaban flores.
Los marcos eran modernos, así que también los podría haber comprado usted el año pasado.
“Entré en la habitación, sentí una mano sobre el hombro, me giré y frente a mí tenía el rostro de mi amiga”.
No.
Aquí no tengo ningún asidero.
¿Usted, sí, señora?
Para mí aquí no hay ningún asidero espiritual.
Esto, materialmente, es muy de andar por casa, algo de lo que el ser humano alguna vez puede soñar, y entonces tenemos que ver con papá, con madres; ahora usted lo tiene con su amiga.
Pero yo no tengo ningún contacto espiritual.
Y por muy poco que haya, yo ya se lo extraigo, pero aquí no logro un asidero.
Así que lo reflejo honestamente, ¿entiende?
Y si bien es verdad que ha escrito usted un montón, poco se mantiene en pie, dirá usted.
Pero con su amiga y con otra gente —para eso no hace falta solo tener una amiga, también su marido lo puede tener— también pueden tener exactamente las mismas aficiones.
También puede haber cosas, sentimientos, que otros, en cambio, no tengan, y así es como surge la diferencia en el carácter.
Porque tampoco significa siempre, si usted también...
Hay gente: “Si, pero los dos sentimos exactamente lo mismo”.
Bien, pero eso no significa nada.
Si encuentra usted allí algo hermoso, dice: “Me gusta leer”.
Y a otras personas también les gusta leer.
Eso ya es un rasgo de carácter muy grande, porque entonces uno puede intercambiar ideas.
Pero eso no significa que adopten exactamente lo mismo de esos libros y vivan algo.
Le hago leer algo, lo leen cien personas y todas son diferentes, pero solo hay un núcleo en ese libro, en ese capítulo, y aun así todos lo convierten en algo diferente.
Y entonces, aunque lean, no hay comprensión ni sentimiento ni análisis.
¿Y qué queda entonces de ese “me gusta leer”?
Si uno analiza ese “me gusta leer”, no significa, señora, señor, que también tengan el análisis y el sentimiento para ello, que lo porten, la conciencia.
Aunque le guste algo a usted, eso ya es para el ser humano..., por ejemplo: las personas que participan juntas en ello pueden erigir una vida poderosamente hermosa.
Y eso dos católicos también lo saben hacer.
Pero yo no me cambio con un católico ni con un protestante ni con un budista ni un sufí, debido a que mi estado, lo que yo reciba y viva tenga espacio y claridad.
Yo continúo debido a que hay otro maestro que me ayuda y dice: así, así, así.
Así que mi rostro, mi sentimiento en el arte, en un sueño, en algo para la sociedad, los alimentos y todo lo que haya, eso lo convierto en profundidad porque la adquiero.
Y ese católico y ese protestante puede que sean muy felices, pero en su propio mundo.
El mío tiene una profundidad mil veces mayor, es más amplio, también tiene más felicidad.
Mi amor se hace más amplio, más grande, más hermoso, si lo hago.
Ya estamos otra vez.
Pero en esto no tengo ningún fundamento espiritual.
Es decir: todo eso que usted ha vivido allí, esa casa... contiene un cierto empuje y eso significa: llegamos, vivimos en un espacio, y este espacio tiene habitaciones.
Y es esa esfera en particular...
Puedo hacer algo con eso, pero, claro, no es eso, porque es usted quien tiene que haberlo soñado y no yo.
Esa habitación ha cambiado, una tras otra...
Si hubiera depositado usted otra cosa en esto.
Me estaba imaginando esto, creo: ‘Ah, eso ya vendrá también’.
Porque también hubo una vez una señora que vino a verme, me dice: siempre sueño esto y aquello y lo otro y tatatatá, y entonces esas habitaciones tenían cada vez algo diferente”.
Y dice: “Qué raro, y ahora la última...”, y entonces dice: “Y entonces aparecí y oí decir: ‘Aquí está la habitación, pero tienes que buscar la puerta, todavía no está’”.
Digo: “Señora, eso es una verdad como un puño”.
¿No tienen que buscar ustedes todos la puerta del más allá?
Y es que la había.
Entonces dijo: “Y yo que no logro entar.
Y cuando pienso que la puerta está allí, es que lo está”.
Digo: “Señora, recorrerá usted el universo completo, la sociedad entera, recorrerá usted el diccionario entero para encontrar esa puerta”.
Digo: “Porque le falta la llave.
Ojalá la tuviera ahora”.
Digo: “Puedo ponerla a su lado, así, sin más.
Entonces vuelve a abrirse la puerta”.
Fue cuando dijo: “¿Entonces qué?”
Digo: “Eso usted no lo sabe, y esto no lo sabe y aquello no lo sabe; y lo podrá saber si lee estos y aquellos libros”.
Y se puso a leerlos: a la mañana siguiente la llave estaba en su mesita, por decirlo de alguna manera; entonces abrió la puerta y dijo: “Sí, ahora lo sé”.
Y entonces hubo una puerta allí.
Curioso que construyamos una casa, un templo, pero también la entrada.
Y aunque pongamos una columna..., empecemos a..., y le demos una manita de color, con un puñado de cuadros en la pared, pero conseguir que se abra esa puerta, señor, esa entrada realmente normal de algo..., tiene que haber una entrada, ¿no?, pero no suele haberla.
Pero aquí está todo abierto y todo es viejo.
No nos den conciencia, esas habitaciones pequeñas no difieren de color, no tienen aura.
Eso no lo han visto.
Sigue estando en la tierra.
Sigue siendo una casa vieja, ¿o es un pequeño castillo antiguo?
Pero no contiene ampliación espiritual, ni al comienzo ni al final.
¿Lo acepta usted?
(Señora en la sala):

—Sí.
—Gracias.
¿O cree que es otra cosa?
(Señora en la sala):

—No.
—Claro que sí.
Usted sabe ver.
Aquí tengo otra pregunta, procedente de Haarlem.
Así.
“El haber nacido bizco —¿está bien eso—,
¿el haber nacido bizco tiene un significado cósmico?”.
Pero ¿es que hace falta tener significado cósmico para ser bizco?
Señor, eso es un pequeño nervio, deficiente, débil, eso dígaselo al señor.
Es un pequeño nervio en el ojo que ya no va recto, sino que se curva a la izquierda.
Así, así y así.
Así, mirar bizco yo también lo sé hacer bien, pero...
¿Lo anotará?
Es un trastorno material.
La de cosas en las que piensa el ser humano, ¿verdad?
Cuando un ser humano es bizco, ¿tiene significado cósmico?
¿Qué es lo que tiene significado cósmico, señora?
¿Qué no tiene más que significado cósmico?
(Señora en la sala):

—Mi marido pensaba que en relación con la paternidad y la maternidad del ojo izquierdo y derecho.
—Ah, sí.
Claro, y entonces pensó: si esa madre resulta que es bizca, la maternidad también lo es.
La de bobadas que dice el ser humano.
Ese Jozef Rulof, la que prepara, hay que ver.
Si la sociedad lo oye y dice: “Jozef Rulof dice: ‘Si ves a una madre bizca, también tienes una maternidad bizca’”, me pueden dar veinte años, no hay problema, los aceptaré.
Dígaselo ya al juez; que me eche a la cárcel, adelante, si es capaz de sorprenderme con algo que no existe.
Pero entonces primero he de tener al erudito, por ejemplo a Einstein y otros, para explicarlo.
Tengo que poder defenderme, de lo contrario me podrán echar a la..., entonces enciérrenme.
Mejor denme con un martillo en la cabeza y échenme del mundo.
Señor, voy a...
Ahora voy a mirar bizco, ya verá, señora, pero me sigo sintiendo hombre, ¿entiende?
Pero, veamos, ¿qué es cósmico?
¿Es que esto tiene significado cósmico?
¿Qué cosas no tienen más que significado cósmico?
Es algo que también le pueden decir.
¿Lo saben, señoras y señores?
En realidad, ¿qué es lo que tiene...?
(La señora en la sala dice algo).
Sí, señora, pero no me diga que eso es cierto.
Le debo una respuesta, claro, pero digo, así como así: no es cierto, se equivoca a fondo, y aun así está usted cerca.
(Señora en la sala):

—Dar a luz a almas.
—Sí, señora, pero eso es lo mismo, y no lo es.
¿Qué es lo que tiene conciencia cósmica? ¿Qué es lo que tiene significado cósmico en el ser humano?
¿Ese estrabismo?
¿La sordomudez?
(Señor en la sala):

—La personalidad de él o ella.
—Señor: aquello en lo que usted lo convierta; su espíritu tiene significado cósmico.
Pero nada de su cuerpo, señor, es terrenal, corriente y moliente.
Ese hombre ha leído todos los libros, ¿verdad?
¿Por qué sigue preguntando cosas así?
No es fácil, por lo visto.
(Señora en la sala):

—Sí, debido a que es un trastorno material, pero él pensaba que un trastorno material con karma o algo así guardaba relación con ello, y esto con la paternidad y maternidad...
—Y entonces mejor otra vez al espacio, miren.
¡Y entonces mejor otra vez al espacio!
Mejor díganle al señor que un ojo bizco es una nervio o pequeño músculo debilitado.
Y, claro, podrán decir: “Bueno, ¿será cierto eso?”.
Pero mejor acudan a un médico.
¿Cómo dice, señor?
Señor, ¿qué dijo usted a esa señora?
Es que a mí también me gusta que...
Sí, es que está susurrando algo divertido, a mí también me interesa.
¿Qué dice?
(Señor en la sala):

—Que no es cierto lo que dice usted.
—¿Que no?
(Señor en la sala):

—Que en efecto tiene significado cósmico.
—¿De verdad tiene significado cósmico?
(Señor en la sala):

—Es una ley del karma.
—Mire, señor, tonterías...
¿Una ley del karma? ¿Mirar bizco?
(Señor en la sala):

—Sí, señor.
—Señor, eso es un trastorno de su nervio óptico, nada que ver con el cosmos.
Todo lo que usted reciba aquí en la tierra, señor, del cuerpo, que si nace usted ciego, no tiene nada que ver con el cosmos, porque la conciencia cósmica es la victoria del espíritu, y la materia permanece en la tierra.
La vida interior es la que tiene que enviarlo a usted al cosmos, pero el cuerpo se queda aquí.
Si pudiera llevarse usted el cuerpo, yo podría acompañarlo, pero el cuerpo se queda aquí.
(Señor en la sala):

—Pero, señor, el cuerpo se hace en esta vida para la siguiente.
Esta vida que tenemos ahora se hizo en tiempos anteriores.
Así que también tenemos ese cuerpo material.
—Sí, y ahora le...

(El señor habla a la vez).

Sí, sí.
Ahora es no es más que estrabismo.
Pero ahora se queda usted ciego..., ciego.
Y entonces dirá usted: “Ahora sí que lo es usted en el cosmos”.
No, señor, usted no hace más que vivir en este cuerpecillo.
No tiene usted más que conciencia humana.
Aquí el ser humano no tiene nada de saber cósmico, sentir cósmico, pensar cósmico.
Y eso no es cosa del espíritu, señor, sino del cuerpo.
Y el cuerpo es terrenal y seguirá siéndolo.
Al final siempre tengo razón.
Porque el espíritu es universal; pero el cuerpo no, señor, entra al ataúd y se pudre hasta desaparecer.
Pero el espíritu es cósmico, y el cuerpo jamás se hará cósmico.
(Señor en la sala):

—No, naturalmente que no.
—¿Cómo dice?
(Señor en la sala):

—El cuerpo es una manifestación del espíritu.
—Mire, no quiere usted entrar.
Tiene que dejar usted en la tierra lo corporal, lo material, porque son las leyes corporales, terrenales, materiales; y las del espíritu se elevan mucho más, más profundamente que el espacio, regresan a Dios.
Ese hombre habría podido preguntar, decir: “La conciencia divina..., lo divino, ¿tiene que ver con mirar bizco?”, eso también lo podría haber preguntado.
(A alguien en la sala):

Sí.
(Señora en la sala):

—Pero el médico puede rectificar ese ojo bizco, ¿no?
—Ya estamos.
¿Puede hacerlo si eso es una ley cósmica?
Mire, si el médico puede resolver la ceguera, ¿tiene conciencia cósmica con sus conocimientos, ese puñadito de conocimientos?
Señor, eso está en la doctrina, corriente y moliente, de que dé al nervio esto y lo otro, y eso es.
Por eso es conocimiento terrenal, posesión terrenal, y no tiene nada que ver con el karma, señor.
Sí cuando uno se queda ciego.
¿Ya se entra entonces en una ley de karma?
No, señor, entonces uno entra en una ley en la que se vive un trastorno; se es antinatural, porque un ser humano natural tiene que ver.
(Señor en la sala):

—Sí, exacto.
—Sí, pero ¡eso es aquí!
Mejor vaya al cosmos, pero solo podrá hablar de conciencia cósmica y de posesión cuando la haya asimilado.
¿Y la tiene usted?
Ese cosmos, señor, esas leyes del espacio ni siquiera nos afectan todavía, porque todavía no hemos entrado en ellas.
¿Cómo puede el cosmos golpearme con la ceguera si aún no tengo contacto con el cosmos?
(Señor en la sala):

—El cosmos... (inaudible)... lo tiene usted mismo.
—Ay, señor, vamos a ver...
Aquí en la tierra vive el ser humano, pero el cosmos es este universo.
¿Poseen ustedes aquí en la tierra el universo?
¿Siente algo de él?
(Señor en la sala):

—Bueno, en parte.
—No, nada, señor.
Nadie de nosotros, yo tampoco.
(Señor en la sala):

—Nuestra vida es parte del universo.
—No, señor, solo el globo terráqueo lo tiene.
Usted ha recibido una vida aquí, un cuerpo de la madre tierra, pero sintonizado con y por la tierra.
Pero la tierra no es más que una chispa en el universo; y ahora estamos hablando de conciencia cósmica, de sentimiento cósmico...
Cuando se ponga a hablar el cosmos, señor, ya no podrá estar usted ciego y ya no se podrá ser bizco, ya no podrá tener cáncer ni tuberculosis, porque estará usted en armonía con el cosmos.
Pero no lo estamos.
Y pensará usted: eso es karma.
¿No?
Karma.
¿Quiere usted comparar una ley del karma, que es tan tremendamente profunda, con el estrabismo?
Pero no entrará usted en esto, lo cual demuestra que allí no está usted dentro.
Pero va a llevar la tierra al cosmos y dejará que este vuelva a aquella, y entonces dirá usted: “Eso es karma”.
Porque es posible que la ceguera le golpee por medio de su karma, ¿no?
Pero dónde, a qué profundidad... ahora empezamos a preguntar: ¿qué profundidad tiene el karma de usted?
¿Para qué?
Porque es usted bizco, ¿eso es karma?
(Señor en la sala):

—Bueno, ser bizco es...
—Está usted ciego, señor, ceguera..., ¿el cosmos está ciego, por tanto, si la luz del espacio también se oscurece porque es usted ciego?
Entonces tiene usted unión con esa ley del karma.
Pero el sol siempre luce.
Mire, no, señor, no hay que buscarlo tan lejos.
Vive en nosotros.
Pero no es del espíritu, señor; es un trastorno corriente y moliente, eso es lo que es ser bizco, que actualmente se le puede quitar a cualquier ser humano.
Pero una ley del karma no se puede quitar, señor, porque es espiritual.
Así que es un trastorno de andar por casa, material, corporal, humano, y nada más.
¿Lo aceptan, señoras?
(Gente en la sala):

—Sí.
—Mire, es una lástima que hayan estudiado mucho en la teosofía.
Así excluyen...
La teosofía es poderosa, pero ha perdido la realidad.
(Señor en la sala):

—De eso se trata, precisamente.
—Y es una lástima.
Hay teósofos que lo vuelven a arrojar por completo y que luego colocan de nuevo fundamentos.
Pero los teósofos siempre me cuestan, porque no hay quien los arrastre fuera de ese universo.
Aunque todavía se lo tienen que ganar.
Y entonces aparecen las pistas falsas.
Porque al ser humano lo tiene que...
El ser humano desaparece por la podredumbre.
¿Cómo puede el cuerpo tener un significado cósmico?
Qué sí que lo tiene, señor, pero de otra manera.
Que sí.
Nuestro cuerpo es cósmicamente consciente.
Si vive usted lo más elevado para la tierra y tiene la raza blanca (véase el artículo ‘No existen las razas’ en rulof.es) y va y tiene la misma sintonización de la primera esfera, será un organismo de una belleza poderosa, sin trastornos.
Claro, pero el espacio no tiene nada que ver con eso, señor.
Entonces habré completado el ciclo de la tierra como ser humano material y espiritual, ¿verdad?
Pero esto es un trastorno común y corriente.
Un trastorno no es, sin embargo, una ley.
Aunque una ley no es por eso karma.
Si esa ley corresponde al cuerpo, también tenemos que analizarla y seguirla corporal, humanamente, y dejar el espíritu al margen, porque eso, a su vez, es otro mundo.
Y eso lo ha juntado y construido la teosofía, y lo ha enviado al cosmos, pero ahora se han hecho un lío.
Nosotros, en cambio, desvelamos aquí cada fundamento y dejamos al cuerpo lo que le corresponde; y lo que recibe el espíritu ya tiene suficiente profundidad.
Pero eso nos guía sin la menor duda a esa primera esfera, y entonces puedes ser cósmicamente consciente.
Pero entonces es el espíritu.
Y el ojo interior, señor: veo aquí en la gente mucho más estrabismo interior que material.
Aquí tengo unos cuantos que miran así..., así...
Digo: claro, esos están hablando y hablando y entonces me miran y de golpe eso se queda torcido para un lado.
Digo: ¿lo ves? Allí tienes el estrabismo espiritual, señor.
Y eso no significa más que: al ser humano lo puedes...
Hace un rato hablé de ricitos, pero otra opción es mirar si los ojos espirituales..., ver si están derechos en la cabeza.
Y entonces a veces los veo descentrados, así.
Y, señor, eso es una verdad como un puño, pero los sentimientos van a tontas y a locas de la misma manera, no paran, gente.
¿No es así?
Y tenemos que analizar esas cosas, vivirlas conforme a la ley del nacimiento, ¿entienden?
Pero si al karma corporal lo...
Señor, puedo seguir mucho más tiempo, pero mejor extráigalo usted mismo.
Si se pone a comparar el karma corporal con el espiritual, señor, entonces me gustaría decirles: ¿existe el karma corporal?
¿Ha descubierto usted..., ha descubierto Blavatsky en la teosofía..., ha podido aclarar y analizar si tal vez existe el karma espiritual?
(Señor en la sala):

—Sí, lo espiritual se vive en lo material.
Sí, el karma espiritual existe.
Solo conocemos: tienes karma por el asesinato.
El resto no existe.
Solo por el asesinato.
Se puede vivir un solo karma.
Pero ¿también se puede vivir karma corporal?
(Señor en la sala):

—No, no es posible.
—Claro que sí.
(Señor en la sala):

—Es espiritual.
—Señor: cáncer y tuberculosis.
Hay médicos que dicen: “No, señor, es cosa de usted mismo”.
Pero la verdadera configuración de mi enfermedad la vuelvo a extraer de mi propia familia; es karma material, corporal.
Pero eso no es, señor.
Porque mi padre y mi abuelo y toda mi familia, y la de usted y de los demás, también han sido conformados por este desmantelamiento.
Entonces puedo volver a la jungla, donde empezó todo, y vuelven a quedar al margen mi padre y mi madre y toda mi familia.
A eso lo podemos llamar karma corporal.
Pero eso no es.
Es evolución común y corriente.
Y por eso puedo analizar de modo infalible —conozco las leyes— que el estrabismo es, ni más ni menos, un trastorno corporal y no karma.
Y por eso lo oí cuchichear y quise enterarme.
¿Lo acepta ahora?
Complicado, ¿verdad?
(Señor en la sala):

—... no es difícil.
—No.
(Señor en la sala):

—Para mí está más claro que el agua.
—Bien, entonces todo aclarado.
(Señor en la sala):

—No es posible separar el espíritu y la materia.
—¿Cómo dice?
(Señor en la sala):

—El espíritu y la materia son inseparables.
—Allí estamos otra vez, ¿entiende?
Están hechos un lío.
El espíritu y la materia son inseparables.
Señor, el espíritu es el mundo espacial, el divino.
Y le digo: y lo corporal se pudre aquí y se disuelve y permanece, va a podrirse por completo hasta desaparecer.
No siquiera tiene...
Bueno, ya hará aparecer alguna vez una brizna de hierba.
(Señor en la sala):

—... se disuelve.
—¿Cómo dice?
(Señor en la sala):

—Se disuelve, se disuelve químicamente en otras sustancias.
—Sí, sí, pero de eso no estamos hablando.
Estamos hablando de mirar bizco.
(El señor habla a la vez). Sí, pero, no, estamos hablando de mirar bizco y entonces usted dice: “Lo espiritual no se puede separar de lo corporal”.
Señor, el que continúa soy yo y el cuerpo se queda en la tierra.
Yo soy karma, sí.
Pero ese cuerpo, ese pobre cuerpo mío no, señor.
Claro, ya me dirá usted: “Sí, lo eché a perder, lo que hice...
Tengo ceguera”.
Otro trastorno.
Pero, bueno, entonces usted puede decir: “Sí, señor, pero tú, en cambio, has hecho esto y lo otro, y eso te ha causado la ceguera”.
¿Entiende?
Entonces soy yo.
Bien, soy yo, pues.
Pero ese pobre cuerpo tiene que salir, porque no posee nada, no tiene karma.
¿Entiende?
Y para este caso de ahora es un leve trastorno, común y corriente, de un pequeño nervio.
Porque allí sigue la luz, todo sigue allí, un médico lo puede corregir sin problema, hasta ese punto hemos llegado ahora.
Pero tiene que dejar que el espíritu sea el espíritu, y darle espacio.
Y no hacer que tenga que cargar con todo, así, sin más.
Ni decir una y otra vez: ya, pero ese espíritu mío que...
¿Entiende?
No, hay que dejar que la naturaleza sea la naturaleza, el ser humano el ser humano y el espíritu el espíritu.
Y todos son mundos diferentes, allí está la dificultad.
Y ahora va a conducir usted lo material a lo espiritual, va a conectarlo —eso es uno, es inseparable y aun así separable— y llevarlo al espacio, peor aun, ¿entiende?
Y aunque vivamos en el espacio, todavía no lo poseemos en armonía.
De eso, señor, es...
Si tuviéramos una conciencia espiritual corporal...
En el cuarto grado cósmico ya no podemos ser bizcos y ya no se da la ceguera.
¿Por qué no?
Porque allí tampoco vivimos ya errores.
Pero ahora usted puede...
El ojo débil que tiene usted ahora lo tiene de sus padres.
Cuando un niño de cuatro, cinco años tiene que llevar gafas, el padre dice: “Vaya, es que no me da para eso”.
Pero entonces regresemos un instante al segundo y tercer... allí ya andaban... entonces tenían nueve meses y llevaban gafas, por así decirlo.
¿Entienden?
Así que esa debilidad la volvemos a ver en ese organismo; pero no se le echa la culpa a ese espíritu de aquellos padres.
Es esa endogamia que poseemos por nuestro organismo.
Y, bueno, mirar bizco... pues ni siquiera me parece muy grave.
Ser ciego.
Sí, señor, si no hubiera mancillado la luz en sus ojos, igual que yo, que todos nosotros...
Porque Dios no nos dio la luz en los ojos para solo ver desgracias en el ser humano y en la sociedad.
Dios solo nos dio la luz en los ojos para contemplar y valorar la hermosura de Él y de Sus creaciones, pero allí nosotros hemos metido suciedad.
Y nosotros hemos mancillado y deformado al ser humano.
¿Entiende?
Y es así como pueden decir ustedes: “Mire, eso es karma”.
Entonces yo también regresaré a la tierra.
Yo también soy ciego.
¿Entiende?
Señor, una madre se baja mal de una silla; inclina un instante la cabeza y la inclinación ya estaba en el ojo de la criatura.
Una vez tuve que hacer un diagnóstico.
Que viene el maestro Alcar y dice...
Aquí estaba ese ojo, estaba arrinconado, muy nítidamente.
La mujer dice: “¿Y qué es esto?”.
Es como si hubiera medio chino en ese ojo derecho, pero era un europeo, se había quedado marginado.
El nervio estaba paralizado.
Digo: “Mejor vaya a ver a un médico, señora.
No puede hacer nada por ello, pero quizá pueda reanimarlo con rayos”.
Y también ha llegado un poco más de fuerza y entonces se elevó el párpado.
Así qué, ¿qué había sido?
Claro, a la mujer le repercutió en el espíritu y este lo transmitió al ojo, ¿verdad?
¿Que es karma?
Bueno, claro, así no pararemos nunca.
¿Lo acepta?
Es algo que le puede servir a usted, a nosotros, para aprender.
Pero no es fundamental para nada.
Dicho de otro modo: esto es tan nimio y tan pequeño, es algo tan cotidiano que no por ello podemos ver en esto una ley espiritual, ¿no cree?
(Señor en la sala):

—¿De modo que la ceguera nunca puede ser algo espiritual?
—Claro que sí, es posible que por estar ciego, completamente ciego...
Es el karma de mayor peso que hay.
Es algo que podemos haber asfixiado espiritualmente, como persona.
¿Cómo es el estado de un ciego que nace ciego?
Entonces puede hablar el espíritu, el espíritu, pero el cosmos aún no.
Ahora todavía siguen... es una posesión del ser humano, ¿verdad?
De la tierra, en cambio.
Aquí en la tierra hemos cometido errores, pero no en el cosmos.
No es más que una pequeña chispa, ¿entiende?, la tierra no es más que una pequeña chispa.
Así que tengo que..., ese cosmos hay que sacarlo y tiene que llegar solamente a lo espiritual y a lo material del ser humano.
Poseemos karma humano material, y espiritual, sin duda.
Tenemos psicopatía, locura, todo ello es inconsciencia.
Ahora nos quedamos ciegos.
¿Qué es, pues, ser ciego? ¿Cómo surge la ceguera en el ser humano?
Y añado: no hay ni una sola persona entre ustedes que pueda explicarlo.
Si ahora resulta que ustedes poseen tanta cosmología, podré explicarle al médico por qué puede nacer una persona ciega.
¿Sabe usted lo que es, señor?
Todo el mundo me da la razón.
Y entonces usted dirá: “Cielos, cielos, cómo es posible”.
Ahora recibo la imagen.
Ahora estoy viendo.
El maestro Alcar dice: “Añade eso también”.
(Señor en la sala):

—Cuando oscurecemos la luz de los demás, eso vuelve a repercutir en nosotros, ¿no?
—¿Cómo dice?
(Señor en la sala):

—Cuando oscurecemos la luz en los ojos de otros, repercute por sí solo en nosotros, ¿no?
—Sí, sí que es así, pero en el fondo no.
No estoy hablando de eso; eso ya es karma.
Pero ¿por qué existe la ceguera?
¿Cuándo surge?
¿A qué se debe?
Puede ser karma, pero prefiero dejarla todavía un poco de lado y así puedo ahondar aún más.
¿Cuál es el fundamento para una persona ciega?
(Señor en la sala):

—La falta de luz.
—Eso también, pero no es eso.
(Señora en la sala):

—... luz espiritual.
—Tampoco, señora.
No, no lo van a adivinar nunca.
Se sorprenderán cuando les diga dónde empieza.
En realidad, ¿qué es?
¿Por qué?
Porque la ceguera no existía.
¿Saben lo que es la ceguera?
Claro que lo pueden saber.
Lo que vi fue algo sorprendente.
Bueno, ¿lo saben?
(Señora en la sala):

—Para impedirle hacer aquello que de otra manera el alma, bueno, por un crimen o lo que sea...
—No lo va a adivinar nunca.
Bueno, ¿qué es?
¿Qué dijo usted por allí?
(Señora en la sala):

—Cuando alguien siente la necesidad de matar o de incendiar algo.
—No, no es eso.
¿Lo sabe usted, señor?
Si lo sabe, le daré —si los tuviera, porque no los tengo, pero bueno, entonces ya los tomaría prestados esta noche— mil florines.
Puedo apostar, sin problema alguno, cien mil florines.
(Señor en la sala):

—La enfermedad en la materia.
—No, señor.
Es sorprendentemente hermoso lo que recibí, entré como en un fogonazo.
El maestro Alcar me dice: “Sométeselo a los niños”.
Ya ven que el maestro Alcar sigue estando atento.
Digo: “Maestro, gracias, no había pensado en esto”.
De pronto estaba en ese mundo; cuando estaba hablando con usted, empezaba, es cuando empiezo a ver.
Y entonces no lo veo a usted, solo veo esa imagen.
Y entonces estoy viendo.
Usted se difumina del todo y entonces aparece la imagen y esta empieza a hablar —eso es el ser uno con todo— y de pronto...
Pienso: ‘Hay que ver, qué hermoso es esto’.
Pienso: ‘Se lo someteré’.
No van a averiguarlo jamás.
¿Qué es ser ciego, señoras y señores?
¿No lo saben?
¿Les molesto un poquito más?
(Risas).

Miren lo que han aprendido.
Miren, estos son, pues, maestros, nunca nos quedamos sin saber qué decir.
Señor, esta pregunta se la puede someter al médico más prestigioso y al psicólogo y a Einstein y a cualquier catedrático, y entonces lo que hará será...
Sí, claro, si lo sabe, de lo contrario dirá: “Vamos, lárgate con esas locuras”.
Pero algún día tendremos razón.
Es, nuevamente, una pena... no es una lástima que entre en el mundo, pero teníamos que consignarlo alguna vez; esto.
Así es como he dicho cien mil cosas aquí, que siguen sin servirme de nada, pero algún día tendré razón.
La ceguera solo surge, señor, porque el espíritu es atraído hacia la tierra y, al estar dormido, no puede dar luz, dice el maestro Alcar, a los tejidos.
Y ahora, nace el niño, ya está ciego.
El tiempo de ser uno con el espíritu, el espíritu consciente... llega a la tierra en la madre y el espíritu hace que los tejidos sean conscientes.
Ese espíritu duerme, se despierta después de tal y cual tiempo y entonces se ha acabado, entonces el niño ya tiene ojos ciegos, dentro de la madre.
¿No le parece sorprendente?
Eso acabo de verlo aquí.
El espíritu del mundo de lo inconsciente sigue durmiendo, pero es atraído y no llega a evolucionar.
Y eso es lo que se convierte en la persona ciega en la tierra.
¿No le parece hermoso?
(Señor en la sala):

—Sí, es una ceguera espiritual que se manifiesta en la materia.
—Sí, señor.
(Señor en la sala):

—Es de lo que hemos hablado una vez aquí entre nosotros.
—No, eso ya lo he dejado de lado.
Ya le gustaría a usted, se está aferrando a algo.
Mire, ahora lleva usted el karma, así, sin más, de la ceguera a algo que estoy contando, eso tampoco vale.
Es un mundo aparte.
Ahora solo hablo de: ¿cómo surge la ceguera?
Pero no estoy hablando del karma.
Eso lo tiene que abandonar ahora y ese es su error.
Cada cosa, señor, es un mundo, es un espacio, es una entidad.
Y puedes..., el agua no la puedes unir al papel de lijar y bebértela.
Porque el papel de lijar sigue siendo papel de lijar.
Y el agua es agua.
Y ahora no hace usted otra cosa que unirlas, pero allí está siempre el error.
Hay que poner fundamentos; el hecho.
Con usted ahora no me sirve de nada, porque se pondrá usted a vincular esto y lo otro.
Esa cosa poderosa que hace que sea atraído el ser humano, el alma, entra en la madre, es uno, el empuje empiece a..., exista, que la vida esté allí, empiece a crecer, pero lo que tiene que haber no está, porque falta la luz en los ojos, en el espíritu, no se ha despertado.
Y entonces se despierta el niño, tiene que despertarse, pero le falta la conciencia, la armonía, y llega a la tierra; y, claro, ahora lo puedo reconducir al estado en el que ha vivido el ser humano.
Si ahora le he privado a algún ser humano de la luz en los ojos, eso ya estará allí.
Ese proceso asesino para quemarle a un ser humano los ojos ya está en mí.
Porque he violado la luz que es para otra persona, he quitado la luz de esos ojos, y eso no repercute en mí, sino que ya está dentro de mí.
Así que ya llego con el mismo karma en la madre y no tengo luz porque violé esa luz.
Ahora se puede volver a aclarar todo eso.
Y entonces es natural.
Por eso digo: resulta que el espíritu, los sentimientos, la personalidad son los demoledores de todo.
Pero aquí solo les ofrezco la visión cósmica correspondiente y digo: ¿cómo es que es posible que nazcan personas ciegas?
¿Y no le parece imponente esta realidad?
Por tanto, debido a que el alma, o sea, la personalidad, no está en armonía, aún no ha despertado, porque usted ha violado algo —claro, todo eso forma parte de ello— , llega usted a la célula, en la madre, y allí falta la conciencia plena, y así le faltará a usted la luz en los ojos, sin duda.
(Señora en la sala):

—¿... inconsciencia?
—¿Cómo dice?
(Señora en la sala):

—Si somos inconscientes...
—No, pero eso no es.
No, no es la inconsciencia.
Mire, aunque sea inconsciencia, pero un ser humano que es inconsciente...
En el cosmos, en la naturaleza, no hay inconsciencia.
Pero si quiere volver a usar esa palabra, para una ley, para una maternidad o una paternidad, o para un nacimiento, una reencarnación, o para la luz en los ojos, o para el hablar, el sentir, para el arte, entonces también hay que darle fundamentos espaciales a esa inconsciencia y tenemos que poder verlo y vivirlo por las leyes de la madre naturaleza.
Esa inconsciencia existía porque había una sola cosa para la que el alma no poseía la conciencia, y eso es, pues, la luz en los ojos.
Para otro ser humano será una psicopatía.
Toda esa personalidad ya no tiene luz y llega a la tierra, y regresa rápidamente, y quiere..., se despierta... ese demonio...
Hay personas con ganas de ofrecer una curación a una vida psicopática, pero, cielos, cielos, si la personalidad despierta del todo, tendrás un diablo en casa (véase el artículo ‘Psicopatía’ en rulof.es).
Porque la psicopatía es desintegración.
¿Comprendes?
Hay personas que quieren resolver la psicopatía : “Sí, necesito esto y la gente aquello.
Pero, Dios mío, Dios mío, cuando ese ser humano vuelva a despertar..., porque hemos..., por la desintegración nos hemos llevado a esa cosa inconsciente, y hemos asfixiado nuestro ser uno natural con las leyes de Dios.
¿Comprendes?
Y ahora queremos que un loco de esos...
Un loco ni siquiera importa tanto.
Pero un psicópata, ese rostro retorcido...
¿No los han visto en Noordwijk, a esas criaturas, que andan tan...?
Que llegan y dicen: “Ue, ue, ue”.
Pienso: ‘Dios, Dios, Dios’.
Pues, les gustaría curarlos.
Pienso: ‘Ay, santo cielo, ¿por qué no se abstienen mejor? Porque parece que están despertando un huracán’.
Si esa personalidad, esos sentimientos que ellos mismos han asfixiado...
Ha retorcido los sistemas corporales, es cuando vemos allí...
¿Qué clases de seres son?
Hay de esos viejitos allí...
Ayayay.
Y entonces dicen: “Ay, pobrecito, qué demencia”.
Pero, oigan, ¿saben ustedes que los habita el demonio que se ha desfogado durante vidas y vidas, y que ha transgredido el ser uno natural con el fruto? (El orador no quiere decir que los habite un demonio externo, sino que el alma, en determinados profundos grados de psicopatía, se ha desfogado de forma demoniaca en vidas anteriores, y que ahora, durante el ser uno natural con el fruto en el vientre maternal, retuerce, sin querer e inconscientemente, los sistemas del nuevo cuerpo que está surgiendo).
Y ahora eso vuelve a despertar y retuerce a cada fundamento de ese templo hasta desquiciarlo, y desgarra la imagen natural original que se llama, pues, ser humano; una cara normal, un rostro normal, sentimientos naturales normales.
Eso es la psicopatía.
¿Qué profundidad, pues, tiene un psicópata?
Dios mío, Dios mío, ¿cuántos miles de vidas no tendrá esa vida a las espaldas, rotas, una tras otra, rotas, rotas, rotas, hasta que ya no hay ninguna normalidad?
Uno tiene una oreja torcida, otro un rostro torcido, un ojo retorcido, una figura retorcida.
¿Quién es capaz de retorcer mi mano por medio del pensamiento?
Nadie en absoluto.
Eso sí que lo puede hacer uno mismo.
Y eso ocurre entonces cuando uno regresa a la tierra, en el primer estado, cuando uno puede inflar, ffft, un tejido.
¿Qué tenía usted, señora?
(Señora en la sala):

—Señor Rulof, una enfermera en Rosenburg contó que muchas veces las personas dementes que están allí recuperan la normalidad justo antes de morir.
—Sí, las personas dementes, pero no los psicópatas.
De esos hay pocos.
(Señora en la sala):

—Ah.
—Mire, una persona demente, sí, porque la demencia es posesión, eso lo puede leer en ‘Las enfermedades mentales’.
(Señora en la sala):

—Sí, sí.
—Pero un psicópata también puede convertirse..., en el momento de morir puede convertirse en sentimientos humanos, infantiles.
Ese rostro puede cambiar, como si dijéramos: “Mira, mira, cómo está cambiando; es igual que un niño pequeño”.
Entonces emerge una vida en la que ese niño era un niño, sí, sí.
(Señora en la sala):

—... un, ... ¿cómo se llama eso? (inaudible), una mujer que había llegado a los noventa años de edad, demente, recibe una visita y esta presenció que se convirtió en alguien muy normal.
Y entonces dijo esa señora: “Qué maravilla que ahora pueda hablar de forma normal contigo”.
—Sí, tuve que hacer un diagnóstico, en 1937, en el 38.
Llego a casa de unas personas, resulta que también tienen una hija psicopática, me dice la señora: “Señor Rulof, todo va de maravilla”.
No la tenía en tratamiento, pasaba por allí.
Que me dice ese hombre: “Vaya a echar un vistazo”.
No pude hacer nada.
Me dice: “Todo va bien.
Avanza que es una maravilla”.
Digo: “Sí”.
¿Iba a contarles que estaba actuando la muerte?
(Señora en la sala):

—Sí, eso también pasó entonces.
—Pasaron otros cuatro meses y después les tocó enterrar a la cría.
Pero la transición ya estaba cambiando el rostro.
Fíjense la manera tan sorprendentemente natural en que ocurrió; hacer la transición, la continuación es evolución, es cambio.
Y por ese cambio, por el ataúd, la vida volvió en una encarnación en que era consciente, porque en esos centenares de miles de vidas uno no siempre ha sido psicopático.
En Ámsterdam le contaron al maestro Zelanus...
(Dirgiéndose a alguien en la sala): Ah, creo que fue usted, señor Bouma.
¿Estaba usted allí?
Entonces le dijeron al maestro Zelanus, dice: “Ahora...”.
(Al señor Bouma): Sí, fue usted, ahora lo sé.
Dice: “Ahora ya no nos podemos volver locos ni psicopáticos, ahora que sabemos todo esto”.
¿Es así?
(Señora en la sala):

—Sí.
—Señora, está usted todavía ante eso, ante la psicopatía.
¿Qué sabe usted?
Es que aún no tiene esta posesión.
Si quiere ponerse de los nervios y quiere poseer la cosmología, le garantizo que en cinco meses habrá perdido el norte.
Nosotros tenemos las pruebas.
Y entonces tomó a un ser humano.
Dice: “¿Quiere que se lo demuestre?”.
A eso ha asistido usted.
Y entonces fue a Frederik, al ser humano que quería jugar a ser Frederik, y tuvimos la prueba.
¿No es así, Kees?
Entonces dijo: “Eso a mí no me puede pasar”.
Señor, vamos, entre en mi vida, y en dos semanas estará del todo grogui.
Fijo.
Póngase a vivir lo que he vivido yo.
Debería vivir todo eso, adelante.
Y en una semana: habrá perdido el norte.
Él sí que valora lo que recibimos ahora.
Él es quien puede vivir y sentir más las cosas, lo que recibe ahora.
¿No es así, señor Koppenol?
Ya me gustaría que todos ustedes se volvieran un poco locos, pero bien locos, y así sabrían lo poderosos que son los maestros; y lo sorprendente que es poder seguir ladrando como un perro en este estado, de forma lúcida y clara, como una gallina, señor De Wit: ¡guau!
Hace un rato estuvimos ladrando, señor Heuvel.
Si usted aún es capaz de hacerlo, seguirá siendo la prueba de que pertenece a lo normal, porque en nuestra sociedad andan bonitos perritos.
Si sigue oyendo ladrar al perro...
Señor, ¿es cierto o no?
Pero a ese perro ya ni se le oye.
Ya no se oye el cacareo, los gallos ya no están, las gallinas ya no están, ya no ves cerdos; ya no hay nada en la sociedad.
Todo se disuelve, ¿no es así, señor?
Has vivido algo hermoso, ¿verdad?
Para ya no volver a empezar.
Pero, una hermosa sabiduría.
En una semana consigues avanzar mil años.
¿No es así?
Pero el peligro...
No lo puedes hacer, no está permitido que lo hagas.
¿Por qué?
Uno se pierde a sí mismo.
Entonces se volverán psicopáticos, señoras y señores.
Si quieren seguir siendo normal...
Ya me hacen cargar tantas cosas, porque mi doctrina está loca de remate.
Pasan tantísimas cosas por encima de mi cabeza.
Pero a mí me es indiferente.
Si sigo siendo normal, y pueden sorprenderme aquí, pienso: esto es pasarse de la raya.
Por eso ladro de vez en cuando, pero entonces los mantengo otra vez un poco en la tierra.
Porque pienso: ‘Imagina que a alguien se le vaya la pinza”.
Porque entonces es a Jozef Rulof a quien se le fue la pinza, ¿verdad?
Y entonces volvemos a ser medio conscientes.
¿Qué tenía usted, señora?
(Señora en la sala):

—Tengo una pregunta.
En 1944 me encontraba en... se trataba de una mujer pública... ya entrada en edad...
No, pero es que había una mujer y que... estaba echada en la cama... y tenía la cabeza hecha tal lío que la dejaron que se fuera un día a casa, y volvió, y tenía la cabeza totalmente hecha un lío.
Tuvimos que cargarla entre cinco pera llevarla adentro.
Pero esa mujer, cuando estaba a mi lado o junto a mí, se encontraba del todo tranquila, podía hacer con ella lo que quisiera.
Y en cuanto estaban con ella sus hijas o sus cuñadas o hermanas, pues, no hay había quien pudiera con ella.
Y me veía obligada a acompañarla a todas partes.
Me llamaba por mi nombre en todas partes.
Pero justo antes no me veía, todavía me gritaba.
—Eran ustedes una de sentimiento a sentimiento.
Bien, el ser humano sentimental...
¿Por qué?
Tuve una persona demente, un ser humano estresado que ya no sabía lo que hacía, en dos segundos conseguí tranquilazarla.
Yo me callaba.
Solo pensaba.
Eso era a lo que ella se asía.
Pero un médico no es capaz de eso.
Un médico no sabe a qué asirse con esa gente.
Lo único que quieren es llevarlos allá, y no es para nada allí a donde tienen que ir.
Tienen que estar echados, hay que dejarlos echados, echados.
Lo único que quieren es: a moverse, a moverse..., choques y dormir, y esto y más...
Digo: “Doctor...”.
Otra señora: una cura de sueño de seis días.
Digo: “Doctor, ahora va a ver la que ha preparado”.
(La señora en la sala continúa con su relato):

—Yo era capaz de andar horas por el jardín y lo hacía todo con ella, pero en cuanto ella veía a un médico...
(Jozef continúa):

—Asesina usted el interior, porque ahora le priva incluso de los sentimientos, del ser uno con el organismo.
Entonces ahora la gente recibe una cura de sueño.
Una persona entre un millón a la que le sirve de algo, el resto, como murciélagos, se estrella contra las paredes del organismo y no puede regresar en la conciencia diurna, porque una anestesia, una anestesia consciente ha separado el cuerpo del espíritu.
Pero el espíritu se mantiene despierto y no puede regresar en ese organismo porque todo está paralizado.
Y entonces uno recibe más desintegración que edificación.
Eso también es algo, con eso también están investigando, con el sueño impuesto.
A eso lo llaman una cura de sueño; de mal en peor.
Hay algunas personas...
Eso se le puede dar a una vaca, pero una vaca no es un ser humano.
He podido dar consejos a médicos por medio de los maestros.
Dice: “Yo ya no me meto en eso nunca más, porque le sirve a uno entre mil.
El resto vuelve con un sistema nervioso destrozado”.
Lo dice el propio médico.
Y también están renunciando a los choques porque desconocen, a su vez, los sentimientos.
No saben cuanto pueden procesar los nervios por un choque, no saben cuánto los nervios, no saben cuánto el cerebro, no lo saben.
No conocen la conciencia de los sistemas.
Y a unos, señor, quieren hacer que se duermen y tranquilicen, y a otros los despiertan.
Es cierto.
Señoras y señores, ¿he podido ofrecerles algo, por pequeño que sea?
(Gente en la sala):

—Desde luego.
—Entonces les doy las gracias, y hasta la semana que viene.
(Gente que aplaude).